Averiados. Autor: Alejandro Ruiz Criado

Ella se rió sinceramente, con ganas, mientras miraba mi expresión descompuesta. Yo me asomaba a las tripas humeantes sin tener ninguna idea de cómo calmarlas, pero con la necesidad de que todo aquello no estuviese sucediendo. En ese momento no podíamos plantearnos comprar otro coche. Si sumábamos lo que nos habían dado a cada uno al despedirnos no llegábamos ni a los dos mil euros.

Pero a pesar de todo ella estaba allí, feliz, olvidado todo lo que habíamos perdido desde que cerraron la fábrica. La idea de hacer ese viaje había sido suya, aunque quien más lo necesitaba era yo. Convenimos en que nos sentaría bien alejarnos unos días de aquella ciudad sin futuro llena de parados. Tan parado como igualmente se quedó el coche a mitad de trayecto hacia la casa de unos parientes, inmóvil en mitad de una cuesta en una sierra seca y deshabitada.

El conductor de la grúa fue amable y comprensivo: yo os lo acerco a un taller de todas formas, pero ya os digo que os saldría más barato comprar uno nuevo.

Y, ¿qué hacemos ahora? Murmuré comprobando en el mapa que estábamos en medio de ninguna parte. Un puntito apenas señalaba lo que debían de ser tres casas medio caídas a unos diez kilómetros de donde estábamos.

Ella le pidió al conductor que nos acercara hasta allí para esperar a que pasase un autobús o un milagro, lo que sucediera antes. Pues seguro que el milagro llega antes, hija, le respondió.

No eran tres casas, sino siete, pero la mitad estaban arruinadas. Por fortuna una de ellas era un pequeño hotelito rural que solo abría en temporada alta, pero que dadas las circunstancias nos haría un favor. El dueño también tenía en el caserío una granja de pollos y parecía simpático. Nos acompañó hasta la puerta de una habitación que parecía la celda de un convento de clausura. Paredes blancas y desnudas, cobertor blanco sobre la cama de madera, tapete blanco sobre la mesa situada entre dos sillas. Una pastilla de jabón blanco junto a la palangana y a un espejo de brillo empañado. Y tras las cortinas igualmente níveas un balcón de forja que daba al valle.

Ella había dejado restos de grasa de las máquinas en el jabón. Y mientras yo también me afanaba en hacer desaparecer los restos de nuestro pasado ella salió al balcón.

Ven a ver esto, me dijo. Un valle seco, como ya había visto otros tantos, pensé sin querer decirselo. Pero no era solo otro valle más.

Nos quedamos casi una hora asomados al estrecho mirador. Y estuvimos de acuerdo en que ese sería un buen lugar en el que quedarnos a empezar algo o en el que seguir haciendo nada.

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Un Comentario

  1. Elvira

    Me gustó, me gustó.
    Finalmente tenía razón el conductor: el milagro llegó primero.
    Que el valle sea bien verde para estos dos nuevos habitantes de este pueblito semiderruido

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