Palestina, tantos motivos. Autor: Raquel Velasco Alonso

Estas Navidades tuve la oportunidad de realizar un viaje solidario a Cisjordania organizado por la ONG AIPC-Pandora que duró una semana. Estos viajes consisten en poder acercarnos a la realidad con la que vive el Pueblo Palestino ocupado por Israel.

Es fácil sentirse libre, pero no se puede saber lo que realmente esconde este sentimiento si antes no se ha sufrido la negación a serlo.

Entonces viene a mí aquella dependencia del aeropuerto de Ben Gurion en Tel aviv,  tras nuestro viaje a territorios ocupados de Palestina, donde la mediocridad y vulgaridad que trasciende en mis días se puso colorada ante la certeza de lo insignificante y falso que es ese sentimiento de libertad del que tanto he hablado:  Un segundo dura el momento en el que pasas de ser tratado como un ciudadano a ser tratado como terrorista, despojándote de la dignidad y los derechos que caen como los pantalones que te piden que te bajes para registrarte tras haber indagando entre tu ropa y tus cosas.

Israel considera a Palestina territorio terrorista, y temblando en esa sala fría del aeropuerto soy consciente de lo ligero que es para ellos hacer este juicio y de lo eficaz que resulta la política del miedo. EEUU, supongo, que ha sido un buen maestro y el término terrorismo se ha convertido en un filón para desmontar el mundo a su antojo sin crítica posible, por que en fin, ¿quién va a quejarse de un bombardeo si es contra “terroristas”?

Renunciar a nuestros derechos como ciudadanos libres parece incluso que compensa si el argumento es la lucha contra el terrorismo. En teoría ellos nos protegen de esta amenaza harto explotada, pero mi duda con los pantalones bajados en el aeropuerto de Tel Aviv es, y de ellos ¿quién nos protege?

El interrogatorio se convierte en un dedo acusador, unos mapas y unos kuffiyas (pañuelos típicos palestinos que representan la insurgencia y la lucha)  se transforman en mi cabeza y en su intolerancia represora, en armas, en una amenaza. Me lo creo, y ellos más.

Como en el experimento de la cárcel de Stanford, la presión psicológica nos domina y asumimos el rol de sumisión, convencidos de haber hecho algo verdaderamente ilegal. El acusador se transforma en control de la situación y, en definitiva, en poder. El poder que reside en el que domina. Una joven mucho más bajita que yo se vuelve un gigante. Ambas asumimos nuestro papel en este teatro de títeres manejados por una maquinaria superior.

Cuando confirman que no somos peligrosos, y tras quedarse mi maleta, argumentando motivos de seguridad, vuelta la calma, incluso risas y sarcasmos. Para nosotros, solo una experiencia, para los palestinos, la cotidianeidad, el día a día de lo que supone no ser libre y no contar con derechos.

El avión despega.

Y vuelve a mí la reflexión sobre la libertad… o la ausencia de la misma.

Nos hemos creído y tomado ese descafeinado con la intención de despertarnos y activarnos, y le echamos azúcar para adornar la farsa. Así es la libertad del mundo occidental. Nos proclamamos muy libres hasta que descubrimos que con un simple chasquido de dedos se derrumba el castillo de arena. Esta reflexión, este desencanto de mundo, este pesimismo crítico que deja la estela del conocer, de quitarse la venda, se hizo muy presente en este viaje a Palestina.

A veces ser libre es tan inmenso o sencillo, según en que lado del muro de Cisjordania, estés, como reclamar tu derecho a existir, a ser, a estar, sin más.

A veces no tener libertad son esas restricciones que afectan a los imponderables de la vida real, a veces es que cada noche te corten la luz mientras estás leyendo un libro, porque Israel tiene el control eléctrico y se encarga de avisar cada noche que ahí está vigilando y controlando.  A veces es que un recorrido de 5 minutos se convierta en una hora porque los Check Points cortan sus pasos habituales obligándoles a dar un rodeo. A veces es bajarse de un autobús para cruzar de un pueblo a otro para enseñar tu documentación a dos críos judíos que no se preocupan por esconder su escopeta por muchos niños que halla a su alrededor, o que en el parque donde juegan tus hijos paseen soldados armados…

A veces falta de libertad no es que bombardeen tu casa, y cuando la reconstruyen la vuelvan a bombardear, ni que maten en una manifestación a tu hermano, ni que tu hijo sea disparado mientras está en la escuela, ni que construyan casas enemigas donde tu antes tenías tierras, con piscinas mientras piensas que pueden cortar tu suministro de agua, ni que encierren en la cárcel a niños de 13 años a los que sólo les espera el futuro de un arma, niños que pueden pasar años en la cárcel,  donde ls interrogan y les torturan y cuando salen parecen ancianos de 18 años, ni que profanen aquello que rige tu vida, ni que un muro te impida ver las montañas y el color del atardecer en Palestina. Eso no es solo falta de libertad, es falta de vida, de derecho a vivir.

Caminando por las calles de Nablus descubro cómo los niños son el sonido de esta ciudad, que huele a café y especias, y los escombros de la guerra se transforman en una oportunidad de juego. Las explanadas huecas que deja tras de sí el bombardeo son un terreno virgen donde los niños meten su mano para jugar con una paradójica libertad y tranquilidad que han perdido muchas de las calles del mundo occidental acobardado por su miedo. ¿Quién es más libre?

Me confieso sorprendida cuando las mujeres nos cogen las manos para mostrarnos, en sus baños públicos donde acuden a tratamientos de belleza y relajación,  su más absoluta intimidad, con una sonrisa y predisposición, una falta de tapujos y de vergüenzas que ya la quisieran las mujeres “modernas” occidentales. Nos hacen participes de la vida palestina, entre el calor de su denso y fuerte café. Es el primer día, todo lo comparo con mi mundo.

La iluminación suave de las casas que flanquean el monte de la ciudad, traen serenidad, la serenidad del que espera. Son mucho más cálidas que cualquier decoración navideña y tras esas vistas de los campos de refugiados Askar y Balata despedimos el año. En este campo de refugiados nos acoge la asociación Hewar que como la mayoría de las asociaciones de voluntarios de Palestina destina sus acciones a la infancia, a ofrecer espacios lúdicos y de aprendizaje para los niños tras su jornada escolar, todo para alejarles de la lucha armada a la que muchos se ven forzados por la represión y asedio judío. En Nablus también tenemos la oportunidad de conocer a la socióloga, periodista y miembro del Parlamento Palestino Nayat abu Baker. Con la imagen de la Mezquita de Jerusalén de fondo nos dice que “los palestinos no odian a Israel, odian la ocupación”.

Por las carreteras para ir a visitar Jenin entre risas nerviosas descubro que estas personas lo más cerca que están de ser terroristas es desafiando  las curvas en la carretera, con el pie, que parece que les pesa más al tocar el acelerador.

Jenin nos recibe con la escultura de un burro hecho con los pedazos de las ambulancias que atendieron a las víctimas del bombardeo israelí. No quedan ruinas pues el pueblo está reconstruido con la condición de dejar las avenidas suficientemente anchas como para que puedan entrar los tanques judíos. Un estado de alarma permanente. Las ruinas del bombardeo se van, el miedo se mantiene y quedan historias de jóvenes muertos, aquellos que los palestinos llaman mártires, que no son más que críos que cogen demasiado pronto un fusil, síntoma del odio que les han brindando, productos de una guerra que ellos no empezaron.

Un joven nos enseña imágenes de la segunda Intimada tras el bombardeo en Jenin, imágenes de su hermano fallecido durante los enfrentamientos con las tropas judías. Me desconcierta el orgullo  palestino por estas muertes, la frialdad con la que nos enseñan sus fotos, pero entonces recuerdo que mi mirada aquí quizás no tiene cabida. Es fácil juzgar para el occidental que se cree libre, para aquel nunca ha tenido el valor de admitir ser esclavo.  ¿Terrorismo, violencia, radicalismo? ¿Alguien tendría valor de hablarles a los palestinos de la alternativa de la lucha pacífica sin avergonzarse? Y recuerdo esa frase: “no odiamos a Israel, odiamos la ocupación.” La violencia aquí no es por odio, la insurgencia responde a una situación de injusticia, defenderse de tanques nunca fue fácil para una población en desventaja.

Los campos de olivos, fuente modesta de riqueza Palestina y símbolo de la paz, se enfrentan al muro de Bilin lugar donde los activistas plantan cara tras la alambrada al apartheid de Israel que se mantiene vigilante desde las torres de control del muro.  Hay restos de bombas de humo y gas a los pies de la alambrada que recorta que divide Cisjordania. Kilómetros de muro recortando Palestina. Los palestinos saben como es la imagen de una frontera, saben que las fronteras son creaciones humanas de hormigón. Lo saben muy bien.

Tras visitar la tumba de Arafat,  Ibrahim, un niño con gesto serio y sereno toca la guitarra en el campo de refugiados de Aljalazon en Ramallah. Pertenece a la organización Chilhood Cultural Center y Women Activities Center, cuyas acciones son velar por la infancia del campo de refugiados.  En ocasiones han podido organizar campamentos de Verano en España y dar la oportunidad a los niños palestinos a viajar. Así aprendió Ibrahim a tocar la guitarra.  Hace mucho frío y la lluvia recorre las calles sucias, en ruinas de este campo asediado por los asentamientos judíos que les rodean como el cazador que espera paciente.  Se pueden ver en puntos estratégicos flanqueando algunas colinas.

Nos cuentan cómo en una ocasión los soldados israelíes dispararon a un colegio del campo de refugiados y el frío se vuelve un actor secundario. El té caliente no sirve. Ser escéptica quizás me salve y pienso que con suerte no sea verdad, quizás ser víctimas de la pena es su única alternativa para buscar ayuda, pero esto tampoco me consuela.

Entre el humo de las sisas y el calor de la estufa me siento casi como en casa, un bar de Ramallah se convierte en el verdadero refugio de un campo de refugiados y quejarme por dormir una noche en el suelo le resulta insultante a mi corazón que desde que comenzó esta aventura palpita como hacía tiempo. A nuestro lado presos políticos liberados, algunos de ellos niños, niños que olvidaron hace mucho lo que es ser niño, niños que han pasado años en la cárcel. La autoridad Nacional Palestina, su representación de Gobierno, poco ayuda al pueblo palestino en lo que refiere a presos políticos palestinos.

Las organizaciones de voluntarios con poca ayuda de las Naciones Unidas y con el apoyo de las asambleas populares de los campos de refugiados son los que luchan por ofrecer una vida digna a los niños y sus familias, quienes sin apenas ayuda logística ni profesional reconstruyen casas.

Los voluntarios nos llevan de un pueblo a otro en sus coches personales, o en sus taxis tapizados y recubiertos de mil adornos. Ir dejando atrás cada ciudad trae pequeñas nostalgias que se hacen eco en los viajes silenciosos.

Nos abrimos paso entre el bullicio de los mercados de Hebron. Una ciudad que aún siendo aplastada por el dominio judio, no han callado sus voces y no se conforman con sobrevivir. Ante la mirada constante del fusil reconstruyen la ciudad adornándola con el eco de todo aquello que perdieron. El Comité de Rehabilitación lucha desde 1996 por reconstruir la ciudad. Los puestos de control de Israel se instalan sobre antiguas escuelas, levantando muros en mitad de sus pequeños comercios, dividiendo la Mezquita de Abraham. Hebron queda dividido y desde una azotea del Comité de Rehabilitación observamos las calles de la zona judía vacías, un cementerio cobra demasiado protagonismo en medio de esa zona y un puesto de control judío sobre la colina mantiene la ciudad en tensión.

Visitamos el campo de Refugiados Al fawar donde mi cámara queda prendada de una niña palestina con un Abrigo Rojo. Recuerdo la historia de la niña del Abrigo Rojo que recoge la película de Schindler sobre el holocausto judío.  Demasiados niños y niñas pagan el odio de la guerra.

Pienso en los portales de Belén que adornan muchas de las casas. ¿Dónde están los campos de refugiados? Aquí no hay visita de los reyes magos. El sonido de los cazas no sale en las historias sobre Belén, tampoco el muro de la vergüenza. Alambradas y hormigón dejan claro la intención de negociación y convivencia del pueblo judío. Pero una vez más, como las mejores poesías que nacen en tiempos de guerra, dibujos y frases abren ventanas a la libertad, los niños jugando a los pies del muro  en Belén, desafían el color gris con el que tratan de tapar su cielo azul. Conocemos la famosa Basílica de la Natividad, y paseamos por los mercados de Belén. El árbol de Navidad adornado en medio de la plaza de Belén nos devuelve al mundo occidental. Belén tiene una presencia turística más presente. Mientras que en Nablus la gente y los niños miraban nuestras cámaras con sorpresa, en Belén pasamos desapercibidos hasta que llegamos al campo de Refugiados alejado del centro de la ciudad.

Youssef ,voluntario , que minutos antes derrochaba humor al volante, se detiene a mirar el hueco que deja una casa bombardeada en el campo de Al Dheisheh. Los daños colaterales de la guerra vuelven frágiles los cimientos de los hogares contiguos. Les prohíben reconstruir aquellos edificios que han bombardeado, más si son familia de algún mártir. Pero nos volvemos a despertar a las 5 de la mañana con la llamada al rezo en el Centro Al phoenix, bombardeado en dos ocasiones. Rendirse no parece una opción en Palestina. Las calles de Al Dehisheh recrean las pinturas de Bansky. En el centro de voluntarios Al Phoenix, conocemos a Issa Qaraqi, Ministro de asuntos de prisioneros y ex-detenidos de la ANP y nos cuenta las terribles condiciones con las que se encuentran los presos palestinos y las consecuencias psicosociales a las que tienen que hacer frente cuando son liberados. Nos habla de cómo les prohíben contar con sus símbolos religiosos durante el encarcelamiento, la falta de trato digno a la que se enfrentan cuando pasan días sin comer o les obligan a beber su propia orina.  Encarcelan mujeres embarazadas a las que no les ofrecen asistencia médica. Nos habla de un caso. Una mujer a punto de dar a luz cruzaba uno de los checkpoints en coche. Le obligaron a bajarse del coche, tuvo que esperar tanto tiempo a que los soldados de israel permitieran su paso que se vio obligada a dar a luz allí mismo. Después fue atendida por una ambulancia que llegó tiempo después. Nos cuentan el caso del soldado Israelí detenido en cárceles palestinas. De cómo los medios internacionales se hicieron eco de este caso, mientras que a diario detienen a muchos palestinos. La mayoría de los voluntarios palestinos que conocemos han sido detenidos por su lucha activa contra la ocupación.

Los taxis alternando banderas palestinas con banderas del Barça o del Real Madrid, cosa que nos llama la atención,  quedan atrás en Jerusalén, donde me siento indigna de contemplar el hermoso brillo de la cúpula de la Mezquita de la Roca que no pueden disfrutar los palestinos.  La mezquita de Alaza a un lado y la cúpula dorada al otro me recuerda cuando en coche los voluntarios palestinos se paraban en un mirador de la carretera a buscar el diminutos garbancito dorado a lo lejos. Ese pequeño destello era el brillo de la mezquita de la Roca tan sagrada para los palestinos y el mundo árabe en general. Entusiasmados vitorean cuando algún rayo de sol la iluminan y la encuentran desde tanta distancia. Se conforman con ese pequeño destello.

Entre los judíos ortodoxos no puedo evitar dejarme llevar por mi empatía subjetiva hacia Palestina, y hasta los niños judíos me parecen adultos fríos y extraños con sus trajes negros, caminando como fantasmas por el muro de las lamentaciones.

Vuelvo a sentirme una turista deslumbrada por la historia de Jerusalén, pero deseando volver a campo de refugiados. Aún me sorprende encontrar un control de seguridad que divide barrio musulmán y judío. Cristianos, judíos y musulmanes, la religión gobierna esta hermosa ciudad.  Jerusalén representa su estatus quo con una escalera atornillada en la basílica donde se cree que está enterrado Jesús. Con esto quieren representar que no pretenden que nada cambie.

El reencuentro con los voluntarios de Nablus, Fredy, Mahmud, Ali, etc , en Jerico nos da una tregua de frío. Me sobra el abrigo al conocer a las mujeres del campo Aqbat Jabber que con sus manos no solo cuidan de los niños de Jerico, cuidan de toda la ciudad con una sonrisa hermosa, reconstruyendo edificios, replantando olivos, ofreciendo actividades para niños , mujeres ancianos, adolescentes etc,  desterrando mitos sobre la fuerza de las mujeres musulmanas. No me sorprende el calor que desprende Jerico. Cuesta arriba por el Monte de la Tentación, el joven Alí hace gala de su fuerza física y  alardea de ser campeón de Natación Palestino y profesor de Educación Física en colegios.

A lo lejos vemos las orillas del Mar Muerto, un mar muerto tan cerca a un pueblo tan lleno de vida, Palestina. Y llega la despedida.

 Palestina era en mi cabeza sinónimo de guerra, conflicto, lucha armada, terrorismo, bombas, intifadas, muerte… Todos esos aspectos que invaden los medios de comunicación, estas historias que acompañan nuestras sobremesas a diario, algo a lo que estamos acostumbrados e inmunizados, el día a día del telediario. Quizás por eso mi sorpresa reside en la otra cara de Palestina: la de la sonrisa; la de la infancia recorriendo sus calles, como si, paradójicamente, no hubiera nada que temer; la de los olivos adornando los campos; la del olor a especias gobernando los mercados de las ciudades; la de su humor; la de su generosidad; la de sus platos de comida rebosando; y sobre todo, la de un pueblo que no lucha por odio, lucha por vivir. Palestina, tan pequeña y tan gigante. Palestina para mí ya no es sólo un lugar de conflicto, son muchos  motivos, y cuando sobran los motivos ¿Cómo no van a luchar hasta con piedras?

Versos a Palestina:

Rebusco mi libertad en su mirada cansada

Es árida y desierta la lucha que se desangra sabiéndose perdida

Son abrumadoras las lágrimas de una calle devastada

Comienza a rugir el motor de mi huida

 

Cuando las banderas representan sonrisas

Los colores ondean en el viento sus caricias

Y entiendo el sentido del orgullo palestino

Jamás comprenderán aquellos que sin intentarlo siempre se han rendido

 

Busco en sus historias aquello que nunca encontré

Se esconde en sus palabras la canción que no escuché

Me avergüenzo de todos los poemas que no escribiré

 

La infancia es una batalla que todos cargan a sus hombros

Y entre la guerra los niños plantan cara a los escombros

 

Soy ajena entre los versos que ya he andado

Me lleno de vida entre desconocidos

A veces mis palabras son solo susurros de un eco acobardado

En esta aventura rechazo el rescate de nuevos estribillos

 

Un lugar donde el odio no es el motivo

El sueño es el aliento del guerrero cautivo

La esperanza cobra verde en una bandera sin camino

Ser libre de repente cobra sentido

Lo demás, lujos desmedidos

 

Carcajadas y generosidad insonorizando un bombardeo

El miedo de sus calles no se adueña

Niños corriendo desafiando el estallido del infierno

Nos miramos y me siento tan pequeña,

Y ahora solo me repito, volveremos a vernos

 

Palestina no he venido a salvarte

Quizás, tampoco a luchar por ti

Palestina no he venido por ti

Vine por mi, pero me vuelvo contigo

Palestina no eres más que un pueblo sencillo

Palestina has puesto bandera a mis estribillos

Has dado sangre a estos latidos

Y me siento egoísta, he ido a exprimir tu sonrisa

Para bordar los retales que guardan mis camisas

Tu bandera es diferente, no representan una patria

Representan la vida, un sueño sin cerrar los ojos

Las fronteras son irrisorias cuando sonríen

Se intuye música tras sus aromas.

Los asentamientos judíos traen el frío

Las alambradas rasgando la esperanza

El tabaco sabe afrutado y dulce

Caos hermoso en sus calles. No encuentro sombras de soledad

Todos los rincones tienen su hueco

Palestina que puedo yo darte, tan vacía

Tantos olivos ardiendo.

Restos de alguna bomba, el humo lo nubla todo

Pero Palestina siempre guarda un sol que duerme en Jerusalén

Contemplándolo a lo lejos desde un mirador, Si su Dios bajase se sentiría abrumado,.

Un atardecer que cobra vida en el mar muerto

Palestina un bote achicando odio. Pero se hunde. Duele

Palestina viendo tus niños libres, es obvia la lucha

Están vigilando, vigilando cuantas veces sonría Palestina

Cuantos poemas agitando mis cortinas

Palestina no es un país, son las mariposas volando entre la lluvia

La flor de loto navengando hermosa entre el lodo. Mi flor de loto arde en mi espalda

Palestina , Nablus, Hebron, Ramala, Belén, Jerico, Jenin, mi cosquilleo por volver.

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