Una vuelta por los valles Calchaquí. Autor: Rafael Restaino

Crónica de un viaje acotado

UNA VUELTA POR LOS VALLES CALCHAQUÍ

Fernando Pessoa, el gran poeta lusitano, supo decir que se podía viajar sin moverse del lugar, incluso supo señalar que el mayor viajero que conocía no había partido nunca de su ciudad, pero con mapas, planos, fotos, ilustraciones, notas y libros de viajes recorría rutas inverosímiles. Indudablemente, toda una teoría sobre la inmovilidad. Una teoría que comparto al menos en invierno, pero cuando estalla el verano tórrido de mi llanura bonaerense, debo decir en honor a la verdad que ese consejo me parece absurdo y hasta estúpido a pesar de provenir de un poeta de mi cielo. Mucho más cuando instintivamente, comienzo a desembolsar la mochila y los elementos necesarios para un viaje. Y ni hablar cuando mate por medio comienzo a delinear con mi compañera la posible hoja de ruta.
A esta altura de mi vida puedo confesar con firmeza que no existe nada más maravilloso que sentir otros olores, observar otros cielos, descubrir cascadas en perdidos arroyos, maravillarme ante el color de su plumaje y el canto de extraños pájaros, recopilar historias perdidas y, por sobre todo, tener ese inesperado diálogo con un  extraño. Para ello –puedo asegurarlo-  no es necesario viajar como lo han hecho Hannon, el cartaginés; o Herodoto, quien será reconocido como el padre de la historia; o Benjamín de Tudela; o el griego Pausanias; o el monje viajero Fa-Hian; o como el gran Marco Polo, cuyo viaje desde Constantinopla a la corte del emperador de la China sigue siendo inspirador para todo viajero. No es necesario para quien escribe estas líneas estar quince años dando vueltas por países exóticos como lo hizo el último de los nombrados y tantos otros. A veces basta con la actitud, con la decisión, aunque sea para realizar un viaje de unos pocos kilómetros.
Y sin dudas algunas digo que cualquier excusa es buena para decidir un viaje aunque sea como en este verano que por razones de tiempo decidimos algo acotado: conocer una parte de nuestro país que siempre habíamos salteado y que lo teníamos como una asignatura pendiente.
Pienso que hasta el mismo Pessoa hubiese dejado ese aire escéptico, esa posición divagante, suspensiva si me hubiese acompañado a recorrer el sorprendente Valle Calchaquí, ubicado en el amplio y misterioso noroeste de la Argentina.

Hacia el Valle Calchaquí

No se puede dejar de tener la sensación al atravesar provincias como la de Santiago del Estero o La Rioja de que tenemos un país deshabitado. Una visión que fue tomando cuerpo como la certeza de la esquilmación que sufrieron estos pueblos realizadas por los Incas primero, por los españoles después y los ingleses más tarde. Todas fueron terribles pero la deforestación que llevaron adelante los ingleses tendría que declararse de lesa humanidad. Devastaron de manera impiadosa a estas provincias dejándolas sin quebrachos, sin algarrobos, y envenenaron las aguas y  cambiaron el régimen de lluvias. Pero vayamos al objetivo de nuestro viaje y dejemos por un momento esas especulaciones políticas y también algunos percances propios de un viaje: ruptura del cable del embrague y una herida de consideración en mi pierna derecha. Cada uno de esos hechos merece un párrafo como tantos otros, pero quiero apresurarme para no agotar el número de palabras propuestas en las bases y decir que el valle que deseábamos desde hace tiempo recorrer con Marita está comprendido por el río Calchaquí que le da el nombre hasta su confluencia con el río Santa María y, además, la parte norte del valle de Santa María o de Yocavil. Comprende territorios de la provincia de Tucumán, Salta y Catamarca. El paisaje de este valle es delicioso y amable, con sauces, álamos, algarrobos y molles rodeando cultivos de uva, pimientos, papas o maíz. Hay caseríos dispersos a lo largo y a lo ancho y pequeños pueblos compactos formados con construcciones tradicionales de origen hispánico. Su inicio se encuentra en la bella población de Tafí del Valle y luego vienen los pueblos de Cafayate, Animaná, San Carlos, Molinos, Seclantás, Cachi, La Poma, San Antonio de los Cobres.
El ingreso a la provincia de Tucumán es no sólo ingresar al mundo de las chacareras, de las zambas y de las coplas; es ingresar a un verde más verde que cualquier otro. Un verde que resulta de sus plantaciones de cítricos, de las plantaciones de caña de azúcar y de esa lujuria subtropical y violenta que aparece y se acrecienta camino a Tafí. Es un verde compuesto de arbustos, de helechos, de plantas como los gigantescos laureles. Aunque no se quedan atrás los jacarandá y los lapachos florecidos. Además, esos ríos de montaña que caen dando saltos para envidia del más osado trapecista. Aquí se tiene una idea de lo que puede ser el Edén.
El nombre de pueblos como Acheral o Montero lo hacen introducir a uno a esas canciones que se escucharon desde pequeño y mientras las vamos recordando como la inmortal Lunita Tucumana, nos introducimos a un extraordinario camino de cornisa con su curvas cerradas que llevan decididamente a ese valle de forma oval: el valle de Tafí. Un valle limitado por cerros y dominado por ese misterioso embalse La Angostura donde es posible la pesca del sabroso pejerrey.
Después de dar unas vueltas por la villa decidimos al ver la invasión de turistas, instalarnos a las afueras. Lo hicimos en un pueblito más pequeño, más desolado: El Mollar. Para describir este lugar me bastaría decir que en la hondura del valle el manzanar perfuma el viento que embriagado de polen, galopa las laderas enriqueciendo el silbo del crespín inconsolable; me bastaría decir que no existe otro lugar donde la luna caiga de esa manera en la madrugada; me bastaría decir que el bombo y la caja de alguna coplera anónima resucitan un balido bagual de antiguos toros. Pero, por sobre todo, este es el lugar donde se encuentran los menhires, esos monolitos de piedra. Están dispersos en todas partes del valle. En un parque pudimos observar unos doscientos de ellos. Estos exponentes líticos, complejos, con sus figuras aún no comprendidas son únicos en la Argentina. En ellos se puede comprender la impunidad existente en varios sentidos: la manera en que fueron profanados, la libertad con la que muchos se adueñaron para colocarlos en sus jardines y lo realizado durante la tiranía del gobierno militar. Esa asesina dictadura entre 1976-1983, manchó de sangre todo lo que tocó y entre sus asesinatos se encuentra la forma en que removieron, transplantaron y distribuyeron al azar a estos tótemes que son verdaderos libros que contienen en sus aún indescifrables páginas miles de años de cultura.

Las ruinas de Quilmes

Luego de pasar por pintorescos pueblitos donde pudimos observar al costado del camino los cardones nos detuvimos en Amaicha del Valle, donde existe un permanente cielo límpido y profundo que no es manchado ni por el ala de un cóndor en su vuelo continental. En este lugar comimos empanadas, humitas y bebimos abundante cerveza como si fuera el último día de nuestra existencia, pero no era el último. Por lo tanto tuvimos que quedarnos. Fue una suerte, ya que además de recorrer a pie las nueve manzanas que comprende el singular pueblo nos permitió conocer la historia del cacique Chapurfe, quien logró en 1716 una cédula real por la cual se le otorgaban 90.000 hectáreas. Sus descendientes continúan administrándolas mediante una sociedad y convirtiendo esta experiencia en la única organización indígena de este tipo en el noroeste argentino.
Esfuerzo y voluntad se requirieron para que podamos partir hacia el lugar que todos nos habían señalado: las ruinas de Quilmes. Debo decir que una vez más me encontré sorprendido al observar ese notable emplazamiento que se encuentra a unos 2.000 metros de altura. No creía nunca que fuera tan grande a tal punto que no pude dejar de recordar las ruinas de Machu Pichu. Esta ciudad de los Quilmes de la que solo se ha recuperado un diez por ciento, delata una gran organización, una civilización importante. Lo demuestra el tipo de casas construidas de manera subterráneas o en piedras, el sistema de regadíos con enormes represas en piedras y los gigantescos canchones aterrazados dispuestos en las lomadas para cultivar con mayor éxito. Este lugar fue el último gran bastión indígena ante el avance del español y sólo la traición de otros pueblos indígenas permitió su derrota. La crueldad del conquistador se puede apreciar en la forma en que descuartizaron a los principales guerreros y la forma en que llevaron a pie hasta la ciudad de Buenos Aires (casi unos mil kilómetros) a unas 260 familias de derrotados. Muchos de ellos fueron vendidos o murieron a lo largo del camino.
Aquí, decididamente, toma dimensión la colonización cultural de nuestro pueblo. No tenemos ideas de esas batallas Calchaquíes contra el colonizador, no conocemos nada, pero nada de nada, de estos antiguos habitantes. Sabemos al dedillo los dioses egipcios y hasta la cantidad de escalones de las pirámides, sabemos como confeccionaban sus sandalias los griegos, sabemos como eran las estrategias y tácticas guerreras de los romanos o las descendencias de los reyes a lo largo del medioevo; pero no sabemos como se festeja a la Pachamama, como se adora a Yastay, el dios de los animales o a Pijilay, el espíritu alegre del carnaval. Aquí me animo a una definición: un viaje más allá de los días o de los kilómetros recorridos es, por sobre todo, modificador y profundamente ideológico.
Una definición que se afirma cuando nos detuvimos en el pequeño pueblo de Tolombón, un nombre que recuerda a los antiguos habitantes de la comarca, cuyo jefe Juan Calchaquí encabezó entre 1561 y 1563 el levantamiento indígena que acabó con las tres primeras ciudades fundadas por los españoles por esta parte de América: Cañete, Córdoba de Calchaquí y Londres. Aquí en este lugar conocí la historia más apasionante de este viaje: la de Pedro Chamijo, un español que se hizo pasar por descendiente de inca y encabezó la última rebelión calchaquí. La información que recabé en dos días permite un libro o al menos un excelente guión cinematográfico. Una historia apasionante la de este personaje.

Cafayate, capital del vino

Recorriendo un camino solitario nos fuimos introduciendo a un paisaje peculiar de verdes viñedos, de cumbres envueltas en un estrago de lilas profundos, de vigorosos azules, entreverándose con los pardos pétreos de las montañas. Llegamos a Cafayate cuando la tarde comenzaba a declinar. No teníamos ganas de armar la carpa y fue excusa suficiente la falta de sombra en uno de los campings. Encontramos un pequeño hostal en cuya cocina comunitaria había una atmósfera a cominos, un siseo a cebollas dorándose en grasa de pella y ese olor me despertó la necesidad de buscar para compartir con los dueños de casa y una pareja de mochileros, unas botellas de vino de la marca más venerable para quien esto escribe: Don David. Fue una noche magnífica donde se descorchó botellas de buen vino, coplas, leyendas y magníficas historias. No vayan a creer que es algo especial esta vivencia. En estos lugares del norte de mi patria los corazones están abiertos de esa manera, aunque siempre me sorprendo como es posible en pleno verano comer esos guisotes de mondongo, tamales, humitas de chala, guaschalocro, patasca y carbonada o chivitos asados y beber tanto vino. En el clima seguramente se encuentra el gran secreto.
Al otro día recorrimos esta pequeña ciudad. Nos demoramos en el Museo de Arqueología para conocer elementos de la cultura Candelaria y Santamaría ¡impresionante! Debería repetir lo que vengo diciendo casi permanentemente en este relato, pero creo que no hace falta. Voy a demorarme en otro asunto: los vinos de Cafayate. Es sabido que en Mendoza se encuentran muy buenos vinos y en San Juan, y en La Rioja, pero los vinos de esta zona son muy buenos. Vinos gruesos, alcohólicos, aromáticos, consecuentes con la memoria de la uva torrontesa que los propicia. Recorriendo sólo unas pocas cuadras uno visita las bodegas La Rosa, Etchart, La Banda, Don Domingo, Nanni, Michel Torino, donde generosamente se lo invita con una copa para convertirlo en contundente devoto de ese perfume, de ese sabor.
Para completar el recorrido es ineludible instalarse unas horas en la finca Las Nubes. Está ubicado en el cerro San Isidro, en las cercanías de unas pinturas rupestres. Desde ese lugar es posible observar en su total magnitud infinitos telones superpuestos de montañas, escuchar el canto de una bumbuna, observar como a medida que llega la noche el cielo se hace más cielo, beber razonablemente el buen vino que allí elaboran, comer quesillos de cabra y sentir que se marcha del alma esa capa ferrugosa y que es muy posible en este mundo tener una existencia mucho más que razonable. Aquí se hace posible decirle a Cafayate a boca de jarro:

Si hay algo que te encadena
Y queda dentro de ti
Cuando te vayas de aquí
Llevate para tu viaje
De Cafayate el paisaje
Y este cielo Calchaquí

Debíamos partir de esta tierra vinera, de esta tierra algarrobera, encendida de ceibos y lapachos; de esta tierra cantada por el Payo Sola, Por Nella Castro, por Manuel Castilla, por Araóz Anzoátegui. Debíamos partir lo más rápido posible si queríamos cumplir con nuestro proyecto. Nos habíamos quedado más días de lo pautado y se lo teníamos que restar a los otros lugares que nos quedaban por conocer. Sabemos las trampas en estos asuntos que hacen fracasar los mejores intentos. Por lo tanto juntamos nuestras voluntades y pudimos hacerlo: “Y al salir de Cafayate/se me aflojó el corazón”.

Hacia el pueblo de Cachi

He leído libros de viajes y recorro en un viajo Atlas caminos indescriptibles; pero desafío a cualquier viajero si no pondría el camino de Cafayate a Cachi entre los diez mejores del mundo. Mi pobre pluma se esforzará para registrar aunque sea en parte esas bellezas y justificar semejante aseveración.
Decir en primer lugar que ya la salida de esta ciudad hacia el norte es vistosa ya que la ruta esta bordeada a lo largo de unos dos kilómetros por una alameda y viñedos y montes de algarrobos. Luego viene un camino enripiado y aparece un inesperado paisaje de arena blanca y finísima que forma continuos y enormes médanos. Luego el camino se hace sinuoso en ascenso y aparecen unas formaciones erosionadas que han sido denominada según la impresión que causan: Los Castillos, La Yesera, El Fraile, el Anfiteatro, la Garganta del Diablo. La mayoría de ellas producidas por la erosión del agua. La otra particularidad de este camino es que los cambios de luz los convierte en diferentes imágenes.
Para todo esto debo decir que por razones de tiempo no pude visitar la casa-finca de la Bodega San Vicente de la cual me han dicho que es ejemplo de las casa con galerías de arcos o0jivales. También pasamos de largo el pueblo de Animaná y de San Carlos, un poblado reconocido como de mayor tradición histórica, ya que se encuentra entre las primeras fundaciones realizadas por los españoles. Aquí estuvieron los jesuitas y es sabido que fue el pueblo que más estuvo del lado español en las luchas por la independencia. Debíamos habernos quedado al menos un día, pero no se puede todo; y lo mismo nos pasó con el pueblo Molinos y Seclantás. No se puede todo.
Llegamos a Cachi, lugar donde hubo un fuerte asentamiento prehispánico y que por 1670 se fundara por los españoles. Tuvo en su momento una gran importancia por ser un lugar de invernada de las tropillas de vacunos y mulas. Después de haber encontrado un lugar en el albergue municipal, salimos a recorrer el pueblo. Sentados en su particular plaza le recordé a Marita una anécdota donde el poeta Manuel Castilla y el músico Cuchi Leguizamón andaban una noche por este pueblo buscando un lugar donde le pudieran vender vino. No conseguían y estaban en un estado de desesperación hasta que una viejita se apiadó de ellos y les dio dos botellas. Cada uno la llevaba amorosamente en sus brazos. “Era una imagen muy tierna” –supo decir el Cuchi- “porque estábamos acunando al vino, justo a él, que tantas veces nos durmió”. Y en ese mismo instante compusieron una canción hermosa: Canción de cuna para el vino. Y en un esfuerzo singular, bajo el estimulo de esa escenografía y de ese clima benévolo recordé la primera copla:

Arrorró mi vino
Lámpara de amor
Que tu sueño crezca
Cantando en mi voz

El viaje, la caminata por la plaza y el aire fresco despertó el apetito y antes de que nos pasara lo de Castilla y Leguizamón, nos sentamos en el único restaurante que quedaba abierto. Pedimos humita en chala y empanadas de entrada y chivito a la parrilla que era el único que quedaba. En vinos la oferta fue generosa, pero fui a lo seguro e hice descorchar un Don David, vino propio de este terruño Calchaquí, cuyo color, aroma y su agradable paso en boca lo hizo decididamente mi preferido.
Al otro día recorrimos el museo arqueológico, el mercado artesanal y por la tarde fuimos hacia Las Pallas que se encuentra a unos diez kilómetros. Es un lugar que tiene microclima, yacimientos arqueológicos y casas circulares de piedras y otras casas semisubterráneas. Preguntar por estas construcciones es introducirse a la historia profunda de nuestro país.
Después de agotar los veinticinco días dispuestos, regresamos como siempre a nuestra húmeda llanura. Pero no somos los de siempre. Si bien tenemos dudas de haber visto y sentido lo que creemos haber visto o sentido ¿es que acaso es posible tanta belleza y tantas historias en unos pocos kilómetros? tenemos plenamente la certeza de que algo en nuestro interior se ha trasformado y yo siento dentro mío la imperiosa necesidad de poner mi granito de arena para hacer una revolución si es necesario y se comprenda de una vez por todas que tenemos uno de los países más maravillosos del mundo.

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  1. Bernal

    Queda probado que no existen viajes acotados. Muy bueno. Felicitaciones sobre todo por la carga ideológica que tiene el relato.

  2. Bernal

    Exelente!!!…Muy bueno lo que lei. Realmente quiero utilizar este espacio para felicitar al autor. Gracias por compartir su aventura

  3. facundo

    Excelente relato. Una prueba evidente de que no existe un viaje acotado. Felicitaciones al autor y a los organizadores.

  4. Elena2704

    Inigualable entre lo que he leido hasta ahora!
    Lo que podría haber sido un simple diario de viaje se enriquece con el excelente manejo narrativo del autor.
    Me sentí totalmente identificada con el primer párrafo de este relato y sobre todo con estas líneas: “A esta altura de mi vida puedo confesar con firmeza que no existe nada más maravilloso que sentir otros olores, observar otros cielos…”
    Yo también he viajado bastante sin moverme de mi lugar pero reconozco que es mucho mejor hacerlo desplazándose.
    Saludos al autor, a los patrocinadores y a los lectores

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