Cariño mío… Autor: Raúl Mateos Barrena

–  Cariño mío, ¡nos vamos de vacaciones…!
Esta señora que ha hablado es mi mujer.
En efecto, hoy comienzan nuestras vacaciones. Es uno de agosto, y no he tenido que levantarme a las seis de la mañana para ir a currar. Es la primera cosa estupenda de las vacaciones.  La segunda, tan estupenda o más que la primera, es no tener ver a un tipo alto y barbudo, con gafas de miope y mentalidad de cacique. O sea, mi jefe.
De modo que corramos un opaco velo sobre las desdichas cotidianas. O mejor no. Descorramos un momento ese velo. ¡Ahí te quedas, jefe…! ¡Explotador! ¡Lechuguino! ¡Mentecato!…
Ahora sí, cerremos el velo definitivamente.
Pues bien, henos aquí –mi señora y yo- en medio del tráfico, rumbo a la estación de tren. Mi señora lleva un par de bolsas de viaje de mediano tamaño y no excesivo peso. Yo llevo dos maletones gigantescos que asustarían a un levantador de pesas. Irónicamente, mis cosas van en unas de las bolsas que lleva ella. Las suyas son todo lo demás. ¿Qué demonios habrá metido esta mujer en las maletas?… Si sólo vamos a estar una semana fuera. Cuando recupere la respiración se lo preguntaré. O mejor no, seguro que me come el coco, como siempre.
La semana pasada compramos los billetes. Somos pobres, así que elegimos el tren más barato. Y dada la fecha en que nos encontramos, me temo que puede ir lleno el tren. Aunque sólo hay una estación antes de ésta a la que ya estamos casi llegando. En una estación no puede llenarse todo un tren. En el andén se ve bastante gente, pero espero que haya sitio para todos.
Me equivoqué. En una estación sí puede llenarse todo un tren.
Mi señora me mira con cara de pánico. Yo le respondo con un gesto de resignación. Intentamos aproximarnos al borde del andén, pero desistimos. La multitud que nos rodea es toda una amenaza para nuestra integridad física. ¿Qué comerá esta gente?… Parecen fieras salvajes. ¿Serán seguidores radicales de algún ayatolá?… ¿Hinchas de algún grupo ultra futbolero?…
Creo que no. Hace un momento parecían humanos normales. ¿Por qué asaltan el tren con esa furia?… Me vienen recuerdos de las pelis de John Wayne, el feroz ataque de los comanches sobre el viejo ferrocarril cargado de pioneros que cruza el Oeste, las asustadas damiselas que buscan protección en los rudos brazos de los vaqueros…
Quizá no comprenda este gentío que puede hacerse daño o puede hacérselo a los demás. Mi señora me dice que sí lo comprenden. Y debe tener razón, porque mi señora es muy lista.
Optamos por intentar llegar al pasillo del vagón en vez de quedarnos en la plataforma. Resulta difícil, tremendamente difícil. Dibujo en mi cara una sonrisa estúpida para evitar que los seguidores del ayatolá se enfaden cuando les piso. Pido disculpas acompañadas de gestos de impotencia y sufrimiento. Ellos parecen entenderlo. Después de todo, tampoco son tan malos. Doy por seguro que no habrá ningún asiento libre, pero abrigo esperanzas de que haya sitio para los maletones en el portaequipajes.
Mis esperanzas eran infundadas. Debo seguir cargando con el ajuar de mi señora.
En la siguiente estación el gentío es aún mayor. Por detrás de nosotros pasa una panda de chavales y hablan con otro que viaja sentado. El chaval se levanta, cede el asiento a mi señora y se marcha con sus amiguetes.
–  Cariño mío, esto es un milagro.
La miro tiernamente. Yo no creo en milagros. Ella sí. Quizá esté ella en lo cierto. Siempre lo está.
Cuando abren las puertas en la estación, sé que la situación va a empeorar. Suenan golpes, gritos, insultos y lamentos. Al cabo de unos segundos se produce la avalancha y, por más que lo intento, no puedo evitar ser arrastrado. Mientras la horda de hunos se va ubicando procuro no perder de vista a mi señora y a los maletones. Atila se ha puesto junto a mí. Es un tipo grueso y bigotudo. Su camisa está empapada en sudor, no dibuja sonrisas estúpidas en su cara,  ni pide disculpas. Tampoco me da la impresión de que le importe que los seguidores del ayatolá se enfaden. Cuando sea mayor, me gustaría ser como Atila.
Por fin, cesa el torbellino. Mi señora está bien, no le ha afectado el terremoto. Su mirada me indica que se compadece de mí. Estoy a unos cinco metros de ella. Ha conseguido retener consigo uno de los maletones, pero el otro está bajo las pezuñas –perdón, los pies- de Atila. Me gustaría decirle que no pisotee mi maletón, mas no me atrevo. Es capaz de darme un guantazo y mandarme a cien años luz. Con gente como Atila nunca se sabe qué puede pasar. Más fuertes eran los apuestos centuriones romanos y nada pudieron hacer ante la agresividad del rey huno.
Y no es sólo Atila el que se encuentra en un estado bastante alterado. A mi derecha, dos emperifolladas señoras arremeten verbalmente contra los responsables del ferrocarril. A mi espalda, los improperios van dirigidos hacia el presidente de la Comunidad. Y, junto a mí, echándome el aliento en la cara –un aliento realmente desagradable- otro individuo descarga sus iras contra el ministro de turno. A todos ellos les llueven las culpas de la caótica situación. Creo que tienen razón. Consulto con la mirada a mi señora. Ella asiente. Esta vez estamos de acuerdo. No nos merecemos esto aunque seamos muy pobres.
Junto a mi señora se ha colocado una familia con pinta sospechosa, cargada también con muchos bultos. Mi señora es joven, estamos en agosto y el calor pega lo suyo, por lo que viste una vaporosa blusa bastante escotada. Observo que el padre de la familia tiene su mirada puesta en el escote de mi señora. El hijo mayor también mira el escote. El pequeño es aún más osado que sus familiares y se sienta en el brazo del asiento ocupado por mi cariñin. La madre no se entera de nada, o finge no hacerlo.
Tres cuartos de hora después llegamos a la población más turística del recorrido. El tren emite suspiros de alivio. Atila baja de mi maletón y se dirige a la salida. La familia sospechosa también marcha. En el portaequipajes va quedando sitios para mis bultos y yo, por fin, puedo sentarme junto a mi cielín. Recuesto mi cabeza sobre el asiento y cierro los ojos durante unos segundos. La paz ha vuelto. Sobrevivimos.
– ¿Estás cansado, cariño mío?… Pobrecito.
Le sonrío. Es encantadora, ¿no es cierto?
Tras decirle a mi señora lo mucho que la quiero, saco de una bolsa de viaje un libro de informática. Llevo unas semanas estudiando, a ver si me promociono en la empresa donde curro y, por lo visto, los megabits y el software son fundamentales para ascender. Yo preferiría leer alguna novela de intriga, pero el jefe me ha dicho que eso no vale para nada. Que lo importante es la tecnología. Me reconforta pensar que todos mis esfuerzos tendrán algún día su justa recompensa, y que mi mujer podrá comprarse vestidos de moda y alguna que otra pulserita. Incluso podríamos adquirir un coche de segunda mano. Porque comprar una vivienda es por el momento impensable. Resulta muy tedioso encadenar los megabits pero quizá merezca la pena.
Mis pensamientos son interrumpidos por el rasgueo de una guitarra. La toca un chico joven, de unos dieciocho o veinte años. No va mal vestido y cubre su cabeza con un llamativo sombrero negro. Creo que nos va a deleitar con una canción. Acierto. Empiezan a sonar las notas de un viejo tema de José Feliciano… el de la lejana montaña por la que cabalga un jinete que lleva en el pecho una herida… El chico parece muy educado y da la impresión que lamenta las molestias que nos causa. No es necesario que nos esforcemos para sentir cierta simpatía y solidaridad con el muchacho, aunque –si hemos de ser sinceros- canta bastante mal y desafina de una forma que haría palidecer a José Feliciano si lo escuchara. Al acabar su actuación se quita el sombrero negro, y recorre el vagón agradeciendo las monedas que depositamos en él.
– Cariño mío, ¿no queda ya mucho viaje, verdad?
La carita de mi señora sigue tan angelical como siempre.
Pero, ¿qué pasa?, ¿qué jaleo es éste?. ¡Santo Cielo! Es una invasión de pequeñajos. Todos ellos cargados con mochilas y cantimploras, y cubiertos con una gorrita amarilla en la que puedo leer: “Colegio Los Diablillos”. Los que pusieron nombre al colegio acertaron plenamente, porque los pequeños demonios saltan como cabras, vociferan, nos pisan, se pelean, caen encima de nosotros y berrean. Al cabo de unos minutos me quedo asombrado al comprobar que los dos cuidadores han logrado que los chicos ocupen cada uno su asiento sin necesidad de usar el látigo de cincuenta colas que llevan a su espalda. La niña que se ha sentado frente a mí se mete un dedo en la nariz y atrapa un moquillo. Hago gestos con la cabeza para indicarle que eso no está bien. Ella me mira unos segundos con sus grandes ojos azules, Creo que comprende lo que quiero decirle. Sin embargo, acaba de sacarse el moquillo y lo pega debajo del asiento. Me quedo un poco frustrado.
Por detrás me llegan indicios de una pelea de enanos. Golpes y lamentos dan paso al sonido de una cantimplora que se cae. El agua fluye por el suelo del vagón. Los cuidadores se percatan de la disputa y corren a zanjarla, pero entonces ya no es sólo una pelea, sino que han surgido nuevos focos de desorden. Segundos después, el caos en el vagón vuelve a ser absoluto. La pequeña rubita de enfrente descubre que le gustan los charquitos de agua y, sin pensárselo mucho, abre su cantimplora y derrama el agua sobre el suelo ya empapado. Siento deseos de estrangular a los seres diminutos, pero la buena educación que he recibido me impide hacerlo.
Una vocecilla me susurra al oído que es El Zorro,  y yo soy el capitán de los soldados. Antes de darme tiempo a abrir los ojos siento un golpe en el pecho. Ante mí veo a un pequeñajo con una espada en la mano. La rubita de enfrente me grita: “¡Venga, muérete, que te ha matado!”. No sé qué responder. Ante mi silencio, el pequeño de la espada dice que sólo estoy herido. La pequeña, entonces, dice que es la novia del Zorro, coge su cantimplora vacía y me la tira a la cabeza. Afortunadamente, me da tiempo a cubrirme el rostro con las manos. En ese momento llega un cuidador que regaña a los diablillos y me pide disculpas.
Miro a mi señora. Se está partiendo de risa.
Al entrar en la estación anterior a nuestro lugar de destino notamos movimientos extraños en el andén. Empleados del ferrocarril agitan banderas y policías uniformados se acercan. Nada más detenerse el tren, una potente voz resuena a través de los altavoces: “Señores viajeros: Cojan sus equipajes y bajen del tren”. El mensaje se repite varias veces, de forma que hasta los diminutos logran entenderlo.
Vuelvo a cargar con el ajuar de mi mujer, y rodeados de enanitos bajamos al andén. Nos dicen que nos alejemos, pero existe un consenso colectivo de sentarse en el primer sitio que uno encuentre. Enseguida comienzan a circular rumores sobre el suceso. Unos dicen que hay una amenaza de bomba, otros comentan que se trata de una operación antidroga, los más osados opinan que el tren está contaminado por algún producto químico y es posible que ya todos estemos contagiados.
–  Cariño mío, tienes cara de estar cansado.
La miro con dulzura. Siempre está preocupándose por mí, cuidándome, procurando que nada me falte.
En ese momento, El Zorro y su novia echan a correr en dirección al vagón que ocupábamos. Dos policías que los ven, van raudos tras ellos. Pero antes de que lleguen los sabuesos, El Zorro y su novia han tenido tiempo de subir al compartimento, coger la espada y bajar otra vez. Los policías les miran con cara de pocos amigos. El Zorro levanta el sable al cielo y grita: “¡Soy El Zorro!”
Media hora después, y tras un minucioso registro del tren, reemprendemos la marcha. No hemos conseguido saber si estamos contagiados por algún producto tóxico, por lo que hay personas muy preocupadas. Los niños comienzan a cantar el “Salí de mi campamento… “, y parece que esto les mantendrá entretenidos durante un rato.
Cuando llegamos a nuestro destino y el tren acaba de pararse, veo a una persona alta y gruesa, con gesto huraño y ademanes desafiantes. Me recuerda a mi jefe.
–  Cariño mío, ¡es mi mamá!.
¡Ay Dios!… Es mi suegra.

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Un Comentario

  1. Elena2704

    Me encantó! Viví el viaje como si yo estuviera en ese vagón pero a pesar de las peripecias me divertí un montón.
    Lo doy por finalista

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