Tras la tumba de Enrique VIII. Autor: Alberto de Frutos Dávalos

Fijamos el norte de nuestra brújula en Londres, la ciudad donde los asesinos en serie se matriculan con honores; pues cuentan para sus fechorías con la complicidad de la sigilosa niebla. Todos los rincones de la capital del susto parecen remitir a un misterio indescifrable, que hace que los mercaderes del homicidio se froten las manos: allí, unos turistas a las puertas de las mazmorras; allá, otros frente a la Torre que fuera testigo de tantas decapitaciones; más lejos aún, unos sibaritas del crimen husmean las placas de la calle Fleet, donde un diabólico barbero dejara su impronta; o preguntan al policía de turno por la situación exacta de la Taberna del Diablo, demolida en 1787.

¿Cuántas veces Jack el Destripador se ha ausentado de su féretro para transmitir su oscuro abolengo a esas otras criaturas de la noche que se recrean en las súplicas de sus víctimas? ¿Qué disfraces visten a los vampiros del siglo XXI? ¿Qué pieles a los hombres-lobo que peregrinaron desde América en pos de las furtivas emociones de la campiña inglesa? ¿Alguien puede indicarnos dónde se compraba sus corbatas el asesino de Frenesí, la película del londinense Alfred Hitchcock? ¿Qué tiene de “némesis” el Támesis, tan espeso y oscuro que se diría un río de sangre?

Londres es así: un cielo brumoso en cuyo abdomen se clavan monolitos y estatuas ecuestres, un grito en la noche, una nana que pone los pelos de punta, las cadenas de los presos que resuenan en las galerías de un castillo. Y tiene, sí, el color de las novias tras el velo, porque Londres es una ciudad pálida, lívida, casi cadavérica.

A veces, al viajero no le queda más remedio que salir a tomar el aire. Tras escuchar las preces de los ojos –hartos de tantas truculencias–, los pies se ponen en marcha, dispuestos a abandonar esa urbe mefistofélica. Eso sí, sin alejarse demasiado, porque la tentación del regreso es muy fuerte. En las proximidades de la ciudad del Támesis menudean los puntos de interés para todo aquel coleccionista de jeroglíficos sin respuesta.

A tan solo cuarenta minutos en tren desde Paddington –una de las estaciones con más movimiento de la capital– se encuentra la parada de Slough-Windsor, que, además del castillo, residencia oficial de la reina Isabel II, presume de albergar la universidad de Eton, forjadora de una ilustre elite de premios Nobel, pensadores y ministros…, tan incapaces como cualquier otro mortal de arrojar un poco de cordura sobre este caos llamado mundo.

Pero no nos desviemos de nuestro asunto. Tras seguir las murallas del castillo, visitar los apartamentos reales –con el recuerdo todavía vivo del incendio que los asoló en 1992–, la casa de muñecas o la sala de dibujos, donde sobresale el trazo del divino Leonardo, llegamos a la capilla de San Jorge, el verdadero tesoro de Windsor, que acecha al intruso con los mil ojos de sus ventanales. Sus pináculos semejan lanzas que guardaran una reliquia de valor incalculable; y, en realidad, no es una, sino muchas: San Jorge brega contra el dragón para velar el sueño de varias dinastías reales, que duermen bajo las losas de la capilla.

Este sobrecogedor recinto, plagado de estandartes, alberga las tumbas de Eduardo VII y Alejandra –bisabuelos de Isabel II–; Jorge V y María –sus abuelos; Jorge VI y la Reina Madre –sus padres–; Eduardo IV; Juana Seymour; Enrique VIII o Carlos I.

Los tres últimos, junto a un hijo de la reina Ana, están enterrados bajo una lápida de mármol que reza lo siguiente: “In a vault beneath this marble slab are deposited the remains of Jane Seymour, Queen of King Henry VIII –1537–; King Henry VIII –1547–; King Charles I –1648–; and an infant child of Queen Anne. This memorial was placed here by command of King William IV. 1837”: “En una cripta bajo este bloque de mármol están depositados los restos de Juana Seymour, Enrique VIII, Carlos I y un hijo de la reina Ana. Esta placa fue colocada aquí por orden del rey Guillermo IV en 1837”.

Al llegar a la altura de la inscripción, no podemos dejar de pensar, como el título de la obra de Shakespeare, que “mucho ruido y pocas nueces”. De modo que el gran Enrique VIII –el inmenso, si nos atenemos a su tamaño– dio con sus huesos en una especie de “fosa común”, junto a su tercera esposa y al rey que perdió la cabeza en 1649, durante la convulsión de la revolución inglesa.

La modestia de esa estela desentona con el ideal de una Europa renacentista, plena de luz y audacia, que contagió su espíritu por igual a nobles y plebeyos, y de la que el monarca inglés fue uno de sus máximos valedores. Antes de que el carácter se le agriara por la falta de un hijo varón, Enrique VIII fue un caballero alegre y apuesto, un donjuán que ejercía el derecho de pernada sin violencia y que organizaba unas fiestas que eran la envidia de todas las cortes europeas. A su alrededor, tintineaban las joyas, y la música de los pífanos encandilaba a los comensales en los banquetes. Gracias a los fastos de ese otro Quinto Centenario que en Inglaterra conmemoró su ascenso al trono, conocemos mejor al personaje: su flexibilidad y falta de madurez en los primeros años, cuando, en una capilla del palacio de Greenwich, contrajo matrimonio con Catalina de Aragón, la austera hija de los Reyes Católicos.

¿Habría tolerado el rey, entonces o después, esa cripta anónima, que tuvo que esperar a 1837 para ser reconocida gracias a la placa que colocó Guillermo IV? Decidimos investigarlo.

Como es lógico, el rey nunca proyectó abandonarse a la muerte de esa guisa. Su última voluntad, que podemos examinar en su testamento, hablaba de las piedras más finas de Oriente para ornamentar su postrera morada y del resplandor que irradiarían los blancos pilares de mármol y los broncíneos ángeles que velarían por su sueño. Cuatro imágenes a tamaño natural del rey y la reina Juana y una estatua del monarca a caballo, bajo un arco triunfal, se dispondrían sobre su mausoleo, en lugar de las sandalias de los turistas y los mocasines de los guías que lo pisan ahora.

Tales exuberancias le fueron en realidad sugeridas por la sed de inmortalidad de otro prócer de la época, el cardenal y Lord Canciller Thomas Wolsey (1471-1530), quien se adelantó al augusto bosquejo encargando una tumba de esas proporciones al escultor Benedetto da Rovenzanno. La caída en desgracia del cardenal propició que Enrique empezara a crascitar como un cuervo; y, en fin, que se comportara como tal. Así, no dudó en rapiñar la base de mármol, los pilares y las estatuas que el italiano había facturado ya al arzobispo, y convino que se ajustaban como anillo al dedo a su futura tumba. Las afinidades que en vida comparten los poderosos se reproducen más allá de la muerte, y no es extraño que los gustos, cuando son buenos, coincidan.

¿Qué sucedió para que el sepulcro se dejara a medio hacer? Pues lo más obvio: que Enrique se murió, en 1547; y de su testamento, como suele pasar, no se acordó nadie. Ya se sabe que los vivos solo acatan las últimas voluntades de los difuntos cuando estas son llevaderas; y ni Eduardo VI, ni María, ni Isabel I, juzgaron que el dispendio decretado por su antecesor lo fuera. De modo que las piezas permanecieron cada una por su lado, a la espera de que un alma caritativa las soldara. ¿Descansaría al fin el alma en pena del octavo de los Enriques?

Porque no es solo que nadie se acordara de su testamento, sino que tampoco el paradero de sus restos pareció importarle a nadie. Descubiertos en 1813 bajo el reinado de Jorge III, en la obra An account of what appeared on opening the coffin of King Charles I in St. George’s Chapel, de sir Henry Halford (1813), nos tropezamos con un esclarecedor párrafo: “La bóveda está cubierta por un arco de medio ladrillo de espesor, mide siete pies y seis pulgadas de largo y cuatro pies y diez pulgadas de alto. El ataúd más grande, que se supone contiene los restos de Enrique VIII, mide seis pies y diez pulgadas de longitud. Se hallaba junto a un olmo de dos pulgadas de espesor, pero, tras su colapso, solo quedaron de este unos pocos fragmentos. El ataúd de acero parecía haber sido golpeado con violencia en su mismo centro y una considerable abertura dejaba ver el esqueleto del rey, a quien todavía quedaba algo de pelo en la barbilla. El ataúd más pequeño, tal vez el de la reina Juana, se hallaba intacto; ni la simple curiosidad del príncipe regente –el futuro Jorge IV– fue suficiente para enturbiar la paz de sus restos”.

De modo que Enrique VIII se revolvió en una triste fosa durante casi trescientos años, sin que nadie se cuidara de rendirle el tributo que, por su grandeza, merecía. Y, encima, al descubierto, en un ataúd maltrecho, que lo dejaba a expensas de las necesidades de las alimañas.

Cromwell, un pionero de las guillotinas en testas ungidas, que solo compartía con Enrique su afición a las hachas, dispuso en 1648 que ese patrimonio de mármol, pilares y ángeles, más difícil de acoplar aún que un puzzle blanco, se vendiera o repartiera con fines ciertamente utilitarios. Así se hizo. Dos candelabros, cuyas réplicas se encuentran hoy en el altar mayor de la capilla, acabaron en la catedral de San Bavón de Gante, y los beneficios por la venta del metal sirvieron para pagar a la guarnición del castillo de Windsor.

La piedra del sarcófago resistió todavía varias décadas en su cuna nativa de San Jorge, pero, en 1808, se transfirió a la cripta de la catedral de St. Paul, para ornamentar la tumba del almirante Nelson, otro agraciado, involuntario en esta ocasión, de la lotería mortuoria del cardenal Wolsey…

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