Rugby y Malvinas. Autor: Ana Astri-O’Reilly

Al primo de Sean le gusta  restaurar vehículos antiguos. Su último proyecto fue un colectivo de marca Bedford de la década del 50. Para el estreno, el primo David organizó una excursión a Brighton, al sur de Inglaterra, a ver un partido de rugby entre su club, Tunbridge Wells Rugby Club, contra el equipo local, Brighton Blues.
El contingente consistió en David, nosotros, algunos amigos de David de la época en que jugaba al rugby y algunas esposas. En total éramos unos catorce.

Partimos de la casa de David en Tunbridge Wells y fuimos recolectando gente en el camino. Apenas se subieron los últimos, alrededor de las once de la mañana, descorcharon el vino, abrieron las cervezas y dieron comienzo a la maratón etílica. El plan era almorzar en un pub de campo de camino a Brighton, ver el partido y parar en al menos otros dos pubs antes de volver a casa. El plan se cumplió al pie de la letra.

Cuando llegamos al club, me asaltaron recuerdos de cuando iba a ver partidos de rugby con mi(s) novio(s). Los sonidos eran los mismos: el silbato del árbitro, los entrenadores gritando instrucciones, los jugadores en el banco caminado de acá para allá y alentando a sus compañeros, los espectadores (padres, novias, amigos, hijos, socios del club) también animando al equipo, el ruido que hace el botín al chocar con la pelota de cuero, el uuuuummpff! que sale del scrum. Lo que cambió fue el idioma de esas instrucciones y gritos de aliento, las colinas de fondo y que el árbitro era una chica. Eso me dejó pasmada. Hay que tenerlas bien puestas para enfrentarse a jugadores enojados que te llevan una cabeza de alto y tienen la espalda el doble de ancho que la tuya.

No puedo decir que hablé de rugby con los amigos de David porque no sé mucho pero traté de estar a la altura de las circunstancias. Varios me dijeron que sentían mucho respeto por los Pumas por la garra que tienen y que les parecía excelente que hayan sido aceptados en el Tres Naciones (ahora Cuatro) junto a Australia, Sudáfrica y Nueva Zelanda. Por adentro, pensaba “¡vamos Pumas, carajo!”

Después del partido, fuimos al bar del club. Allá no acostumbran hacer los terceros tiempos espectaculares que se hacen en Argentina, sino que los dos equipos van al bar y cada uno toma y come lo que quiere.

Las mujeres de nuestro grupo se habían ido a Brighton a hacer compras pero yo preferí quedarme. Me sentía más a gusto en el club que yendo de compras con unas desconocidas. En el bar, donde los amigotes sesentones se siguieron “adobando”, me pedí un chocolate caliente. Imagínense  como me miraban: me quede a ver el partido en vez de ir a gastar plata y estaba tomando chocolate en vez de cerveza.

En un momento, estaba con Sean y se acerca Martin a sentarse con nosotros. Charlamos de bueyes perdidos. En eso me preguntó de qué país soy (cuando dije que el español es mi lengua materna).

– Argentina.

– Ah. The Falklands – ahí revoleé los ojos y puse cara de “no me saques el tema, me pone incómoda”.

-No, no, esperá. Yo estuve allá en el ’82 – Me quedé helada. No sabía qué decir, como encaminar la inevitable conversación, aunque sentía mucha curiosidad. No conocía a ningún ex Royal Marine que hubiera estado en Malvinas (mi suegro fue Royal Marine pero en esa época ya estaba retirado).

Martin nos contó cosas que ya había escuchado en esa época  por boca de un excombatiente argentino y años después por la prensa. Por ejemplo, que les dio una inmensa lástima el estado de los soldados argentinos después de la rendición, muertos de hambre y de frio. Enseguida les dieron de comer y ropa de abrigo. Eso es exactamente lo que contó Tony, un empleado de mi papá que peleó en Malvinas.Fue mejor el trato que recibieron como prisioneros de guerra que el que recibieron de sus propios superiores (quienes les retaceaban comida y abrigo, que algunos pobre chicos metían las manos directamente en el fuego del frio que tenían, que no funcionaban los percutores de sus rifles). Martin también destacó la valentía y aptitud de los pilotos argentinos.

Aunque estas cosas ya las sabía, me sorprendió escucharlas por boca de quien fue el enemigo. Pero lo que realmente me dejó más que atónita fue lo siguiente: Martin contó que volvió a las islas para el vigésimo aniversario y quedó disgustado con la actitud de los kelpers. Les negaron permiso a los padres de los caídos argentinos de flamear la bandera argentina en el cementerio de Darwin durante dos horas en señal de respeto. Parece que esa actitud rompe los códigos de los militares. Y también presenció actos de racismo y discriminación (en un caso, contra un hombre de raza negra). Martin dijo – This is not what I fought for (esto no es por lo que luché).

Los soldados lucharon por una cosa y los políticos, por otra. Yo pienso que estos últimos deberían escuchar los relatos y formas de sentir de los veteranos de ambos ejércitos y actuar en consecuencia, en vez de usar el tema como un medio para subir en las encuestas o enquistarse en el poder.

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  1. Aledys Ver

    Mirá, yo estoy convencida de que esa fue una guerra que se peleó por las razones equivocadas. A nuestros soldados que pelearon con valor a pesar de todo, los embaucaron con la idea de defender la soberanía, cuando ya sabemos que de lo que se trataba era otra cosa… y los ingleses medio que no entendían nada. Los kelpers, no me extraña que se hayan quedado con la sangre en el ojo. Traerles una guerra hasta la puerta de su casa, no debe figurar entre sus recuerdos más entrañables precisamente.
    Y lo que te contó este ex Royal Marine es lo que he escuchado yo misma de boca de combatientes, incluso oficiales, que fueron tratados con dignidad luego de la rendición.

  2. Graciela Pezzo

    Me encanto tu relato, Ani, no solo por su vigencia sino por la pasion que le pones a la narracion. Excelente!!!!!! Un abrazo a la distancia, Graciela Pezzo

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