El Atillo. Autor: Francisco bautista Gutiérrez

Me asomo al océano temblando por el frío, palpitando por  miedo y moviendo mis piernas a causa de la intranquilidad, miro hacia las olas que lejos de todo sentimientos lamen la orilla del mar llevándose la arena y los restos de las pateras, trozos de madera mugrientos que no entienden de sacrificios, de dolor, de cuerpos rotos y de niños ahogados, restos que no saben el significado de los trozos de uña, clavados en la madera, de los desgarrones que estas producen tratando de salvarse de un frío caótico, de una muerte anunciada.
-¿Porqué?
-Porqué?…pregunto una y mil veces mientras oprimo contra mi pecho la bolsa de plástico en la que guardo mis escasas  y pobres pertenencias.
-¿Porqué?…Y nadie responde a mi pregunta.
-¿Porqué?..y solo el silencio es testigo de mi congoja.
Pataleo sobre la sequedad de la tierra escuchando el chapoteo de mis sandalias, mojadas a causa del agua que resbala por mis pantalones humedeciendo el suelo, dejando que la tierra se estremezca al llegarle un líquido salado mientras mi pecho se desgarra en un llanto, en un sordo lamento que nunca saldrá de mí, pero que siento palpitar, como lo hizo en su momento el alma de las víctimas desnudas que descansan  en las fosas hechas por la arena, cadáveres que nunca llegarán a ser resucitados por no tener el amor y la solidaridad de la muerte anunciada.

En estos momentos, clavado en el suelo quiero sentir el placer de saborear el tránsito de mi alma a un cuerpo nuevo, transformándome en otro ser al haber encontrado la esperanza, resucitar de esta muerte física, de esta inmortalidad que me acuna.
-Libre…
-Dios libre….
-Libre….
-Por fin…
-Menos mal que ya ha llegado el día…-me atrevo a susurrar- Ya iba siendo hora…por fin libre.
Grito una y mil veces agradeciendo a un Dios el haberme podido librar de las ataduras, del mal impuesto a los que como yo estamos buscando preservar la vida de la locura o de lo divino, prepararme en definitiva para conseguir vivir aun antes de la muerte, librarme de los elementos titánicos, reunirme aquí en la tierra con la divinidad que me ha de gritar.
-¿Dónde estáis?
-¿Dónde os escondéis?
-¿Dónde os ocultáis?
-Os necesito…acudid a mi..os espero con impaciencia.
Pregunto al mar, imploro una respuesta para que la imagen de mi compañera llegue a mi y al fin aparece impregnada de un halo de divinidad, rodeada de mis hijos que mantienen la sonrisa en sus labios esperanzados en su futuro, en un dinero que les va a permitir sobrevivir, dando gracias porque yo haya podido abandonar la tierra que me oprime para tratar de encontrar un lugar lejos de la desolación que me cubría desde mi idílica infancia.

Y desde entonces mi alma que es eterna existe en la ladera, preexiste de manera espiritual, impura pero libre de un cuerpo aburrido para buscar incansable un lugar donde asentarse.
Como me sucede a mi que giro a mi alrededor para clavar mis ojos en el horizonte en el que bajo un cielo azul ondea una bandera protegida y amparada por un hombre de uniforme que me observa burlonamente.
-No…
-Dios  no…
-No…no…
-Es que no puede ser.
Y se dispara mi mente, se enfrenta a hechos y situaciones que ha vivido o que ha sentido en el mar a mis espaldas, tachonada de historias, de relatos, de viajes y de seres que no dudan, que viven liberando a su mente, sintiendo y sufriendo pero viviendo en paz y alegría una soledad que a mi me oprime, que me aprisiona hasta dañar mi pensamiento, mi mente insatisfecha, atormentada, viviendo de alucinaciones.
-Maldita sea…
-Dios…..
-Es imposible.
-Es innecesario.
Y en un instante me invade la furia y no porque desee un poder, porque quiera ser el amo del Universo, me invade la rabia por no poder ser mi propio soberano, ni tan siquiera de mi propia y verdadera sabiduría, ni de mi vida que terminará siendo  destruida por el rayo, como el principio como el comienzo que surgirá desde las cenizas.

Pero sobrevivo, aunque a veces dude si estoy o no en la tierra de los vivos o en el paraíso de los muertos o peor aún que no me encuentre en ningún sitio caminando hasta que mis zapatillas caigan en pedazos como mi mente, mi angustia mental invocada de forma apática, pero inquieta, viajero incansable a través de los campos mezclándome con dioses disfrazados de insectos, negando mi existencia  para poder enfrentarme a un renacer iluminado, repleto de vidas, de cadáveres y de renacimientos en el paraíso de los héroes.

¿Qué puedo hacer?
-¿Qué voy ha hacer?
-¿Qué tengo que hacer?
-¿Donde acudir?
-¿A quien puedo implorar por mi vida?
-¿Qué Dios puede escucharme?
-¿Quién me ayudará?
Susurro cuando veo como se aproximan a mi algunos seres y hurgo en la bolsa de la que saco restos desgarrados de un diario, el dibujo descolorido de mi hijo, recortes de prensa con ofrecimiento de trabajos y el recuero de mi compañera en forma de una fotografía en la que surge un halo, su alma que trata de separarse del cuerpo para poder encajarse en el mío.
-Vamos amigo, tienes que regresar.
-Porqué?
-Porque este no es su puesto.
-Pero soy como todos…humano…
-Pero no de aquí.
-Solo quiero trabajo…mis hijos…mi mujer…mi casa.
-No se puede hacer nada..
-No quiero volver..no tengo posibilidad de retorno.
-O lo hace por las buenas o por las malas…
-Si…si..ya vuelvo…
Me detengo. Solo han transcurrido unos minutos desde que me han dejado en la entrada de la aldea, después de un viaje en avión y complementándolo con unas horas en la parte trasera de un desvencijado camión, sin mas palabras que las pronunciadas por unos soldados que odian su trabajo, hombres rudos, hoscos, arrojado sin piedad entre escombros en el vehículo que no se detiene a lo largo de todo el camino.
Solo necesito unos segundos para recobrar la compostura cuando me obligan a bajar arrojándome en medio de la carretera, sin mas palabras, sin ninguna  frase de aliento, riéndose ante mi expresión cuando trato de defenderme al sentir que me roban aquellas pocas monedas que me dieron en el país del que he sido expulsado. Me paso la manga por el rostro para limpiar las lágrimas. Incrédulo, con la mirada clavada en la casa de arcilla cerrada al sol que a mediodía golpea sin piedad, tratando de escuchar las voces de mi familia, la que quedó indefensa cuando partí con la misma tristeza con la que regreso, una tristeza de años, como el sudor que resbala por mi rostro e inútilmente trato de secar.
A mis espaldas queda al fin el hambre, el frío, el miedo ante un mar inhóspito, embravecido, rabioso porque algunos seres indefensos quieran romper su paz, su sosiego conseguido a lo largo de una eternidad, un mar que envía a sus olas para que nos empujen hacia la orilla, sin entender de llantos ni de lamentos, sin conocer de suplicas ni de rabia, sin aceptar que lo único que deseamos es poder sobrevivir aún a costa de nuestra propia vida.
Y camino con rapidez, lo hago hacia el encuentro de mi compañera, de mi hijo que me recibirán con los brazos abiertos, que acariciaran mi barba de varios días con sus pequeñas e inocentes manos, agradeciendo a Alá que me haya permitido volver y no quedarme en el camino, como algunos de nuestros compañeros de viaje que se han quedado en el fondo del abismo, en la playa golpeados y rotos por las rocas a las que fuimos empujados.
Me acariciaran y acariciaré pensando en el la injusta sociedad, en la humanidad que nos desprecia, que cierra los ojos a la luz, a la realidad, a la vida de unos seres que como yo nos hemos vistos abocados a la locura, a la salida de nuestra patria por un mundo mejor.

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  1. Elvira Endo Alvarado

    Has descrito con una gran sensibilidad el dolor de los sueños sin cumplir y de las ilusiones y las esperanzas rotas.

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