El Punto de Giro. Autor: Jesús Sánchez Celada

El aeropuerto de Bombay es parecido, si no exactamente igual, que cualquier aeropuerto europeo, por eso el choque es tan grande cuando sales al exterior de este improvisado oasis metalizado. El caos es total. Pese a estar apartado unas decenas de kilómetros de la ciudad, cada metro cuadrado de suelo tiene su o sus ocupantes. Cientos de coches con aspecto picasiano marchan lentamente sin ningún tipo de orden aparente, junto a bueyes famélicos y perros y gatos y monos y demás muestrario animal. Y por todas partes, es decir, absolutamente en todos los sitios, como encima de los escasos semáforos, bajo los coches, sobre los autobuses, allá donde miro una masa compacta de seres humanos se mueve como si fuese la lava recién salida del volcán. La pobreza y la miseria lo inundan todo, lo impregnan con un extraño sabor, que no acaba de ser amargo, porque la gente sonríe. Y parece que sonríen de verdad.

La primera noche la paso en un hostal. Seis euros. Pienso que es barato, cuando veo la habitación entiendo que no, que es carísimo. El espacio justo para una cama minúscula y repleta de manchas de grasa. El color de las paredes era la primera vez que lo veía, tenía un aspecto extraterrestre aquella habitación. Conseguí dormir un par de horas sobre mi saco de dormir, empapado en sudor y atacado constantemente por un número indeterminado de mosquitos, podía ser uno, pero también podían ser mil. A la mañana siguiente, volví a sumergirme en el mar de seres vivos y mecánicos de las calles de Bombay dirección a la estación central de tren, que a diferencia del aeropuerto, esta sí estaba en sintonía con la ciudad que la rodeaba. Cinco horas y media después conseguía entrar en el tren que me llevaría cerca de Anantampur. Mi billete de primera clase me daba derecho a un camastro de plástico duro, junto a otros siete camastros iguales ocupados por quince personas en total. Conmigo, dieciséis. Pese a la araña del tamaño de una pelota de tenis que merodeaba a escasos centímetros de mi cabeza, conseguí dormir buena parte de las veinte horas que duró la travesía.

Sentí el primer pinchazo en el estómago cuando bajé del tren. Afortunadamente me dio tiempo a llegar a la letrina de la estación, un cubículo de un metro cuadrado con un agujero en medio y realmente sucio. Creo que fue en ese momento cuando mi concepto occidental de Limpio-Sucio cambió para siempre. En el llamémosle taxi que me llevo a la base de la fundación Vicente Ferrer sentí unos dolores en el vientre que jamás había experimentado. Un pinchazo agudo que se desplazaba por él, de forma circular. Maldije al hombre que me había vendido el arroz con salsa en el tren. Le maldije cien veces. En la base, casi sin poder presentarme, tuve que volver a salir corriendo hacia el, ahora si, impoluto cuarto de baño. Pase cerca de una hora allí, totalmente destrozado. Luego me acompañaron a mi cabaña, y me tumbé en mi cama retorciéndome del dolor.

A la mañana siguiente los efectos de los medicamentos habían aliviado mi maltrecho vientre, y me encontraba un poco mejor, que sigue siendo mal. Me aconsejaron dejar el viaje para el día siguiente, ya que era una travesía dura, pero yo me negué. Quería ir ya. Quería conocerle ya. Quería saber cómo era posible que ese niño de once años que me escribía cartas vivía allí, rodeado de todo aquello, de todo aquel imposible que se me antojaba la India. Y, porque no decirlo, quería volver a casa, a mi pisito de soltero de Madrid, con mi sofá de cuero, mi televisión de plasma con sistema home cinema, mi aire acondicionado, mi comida precocinada, mi botella de Rioja y mi cama de dos por dos. Y entonces, tras el durísimo viaje, que duró horas y horas atravesando inmensos espacios de tierra muerta, divisamos un punto al final del camino. Esa era la aldea donde vivía el ser responsable de mi viaje.

Y cuando llegué, todo era una fiesta. El pueblo entero se había reunido para darme la bienvenida. Los niños, los muchísimos niños acompañaron al coche en sus últimos metros antes de detenerse en un pequeño claro entre las chozas, que era la plaza central de la aldea. Cuando salí del coche, de entre la gente empezó a sonar música, un sonido claro y rítmico, que parecía venir del fondo de la tierra y los allí reunidos empezaron a bailar al son de los tambores. Una señora muy mayor, la más mayor que pude ver, se acercó a mí y me colocó un collar de flores en el cuello. Todos bailaban y reían y me miraban con los enormes ojos de la curiosidad y del agradecimiento. Pude ver y casi hasta tocar esos sentimientos puros de gratitud de aquella gente, estaba marcado en su rostro. Mis veinte euros mensuales, ese papelito azul que cada mes viajaba cientos de miles de kilómetros desde la sucursal de mi banco en el centro de Madrid hasta aquel remoto lugar, era el causante de que una aldea entera me estuviese eternamente agradecida. No les pude decir que era yo el que les daba las gracias, que eran ellos los que me estaban ayudando a mí, que gracias a ellos, era capaz por fin ya no solo de ver la India de otra forma, con mas perspectiva, sino de entender mejor cómo funciona el mundo, como funciona de verdad, independientemente de los centros comerciales, de mi futuro ascenso en mi empresa, del necesario cambio de neumáticos del coche o del resultado del partido del domingo. El mundo se trata de eso. De dar, aunque sea una mínima parte de lo más mínimo que imagines, porque la recompensa, es la vida.

Y se me olvidó en donde estaba, de donde venía, los cuarenta grados de temperatura y hasta mi gastroenteritis aguda, que ahora recuerdo con una sonrisa en la cara. Solo podía ver y sentir una extrema felicidad y un profundo sentimiento que jamás antes, como me sucedió tantas veces durante el viaje, había tenido: sentí emoción por nuestra raza, sentí admiración y devoción por el ser humano.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Me tocó las fibras más sensibles de mi ser.
    Este relato es una sinfonía de amor fraterno donde se nos recuerda que quien da también recibe de vuelta.
    Me hubiera gustado leer sobre el encuentro con ese pequeño ser que motivó el viaje.

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