Brasil, Infinitas Sensaciones. Autor: Xavier Flotats

Verano del 2.007, rumbo a Buenos Aires.  Durante más de un mes viajaré por Argentina, desde las regiones de Salta y Jujuy en el Norte hasta  Tierra del Fuego en el extremo Sur. Ushuaia, la mítica y soñada Ushuaia,  por ser la ciudad más austral del mundo y el fin de la Patagonia, será mi último destino. Mientras sueño en los días que me aguardan en Argentina,  empieza a sonar en mi ipod  “Minha Galera” de Manu Chao. Es una de mis canciones preferidas y me transporta al universo emocional de Brasil. Así que me olvido rápidamente de Argentina y mi subconsciente empieza a fluir por Brasil.
Brasil, diecisiete veces la extensión de España, es immenso, desigual y camaleónico. Pero hay rasgos que marcan a sus gentes,  a los brasileños. Y esto es independiente de que sean blancos, negros o mestizos. Palabras como la saudade (próxima a la melancolía), el jeitinho (buscar un “chollo” para salvar el papeleo) o el candomblé (ritual equivalente al vudú en Haití o la santería en Cuba) forman parte de su cultura diaria. Y sus relaciones sociales más bien inestables, su pasión por la música y el baile,  sus playas infinitas, sus cuerpos sensuales, sus frutas tropicales, su fútbol-samba o su  propensión a la extroversión también los delatan.
Precisamente este verano se cumplen siete años que estuve en Brasil, recorriendo su  Nordeste, desde Salvador de Bahía a Natal.  Y ahora regresaré  a Brasil desde Argentina, ni que sea por un sólo día para admirar desde  el Parque Nacional de Foz de Iguazú sus famosas cataratas de Iguazú desde el lado brasileño.  Esto me llena de alegría pues volveré a pisar de nuevo el país que me abrió las puertas a Sudamérica, después vino Venezuela y en camino está Argentina.
Vuelvo a escuchar la canción. Y otra vez. Y otra. Mis sentidos huyen a Brasil. Recuerdan que me  enamoré del mestizaje de Salvador de Bahía, que en Morro de Sao Paulo disfruté sin ruidos ni tecnologías de la simplicidad de la vida, que en Pipa la naturaleza salvaje y su ritmo bohemio me atraparon, que en Porto de Galhinas  disfruté de fiestas y amaneceres infinitos, que en Natal sus buggeiros me hicieron sentir la libertad como nunca…aquí empezó mi particular idilio con Sudamérica  del  cuál todavía hoy, siete años después, no he podido sustraerme. Y no creo que en el futuro  tampoco pueda, sería como perder mi capacidad para continuar sintiéndome  niño aún con 35 primaveras.
Llego a Buenos Aires aún soñando en mis días por Brasil. Después de tres días en la capital argentina, vuelo a Puerto Iguazú. Visito las cataratas de Iguazú desde el lado argentino y al día siguiente cruzo la frontera en bus para visitarlas desde el lado brasileño. Ya estoy por fin en Brasil para admirar su joya natural más preciada que aún tenía pendiente: las cataratas de Iguazú, que en indio significan “Grandes Aguas”.  Leí en una guía, no me acuerdo cual, que Eleanor Roosevelt dijo una vez que a su lado las cataratas del Niágara parecían un chorrillo de agua. Y en verdad no le faltaba ni un ápice de razón.
¿Qué decir que no se haya dicho de las cataratas Iguazú? Pues nada. Ya está todo escrito y  todos los saltos han sido infinitamente fotografiados. Miles de libros y toneladas de tinta. Pero aún así, las sensaciones sólo se viven en el lugar in situ, pues las fotografías aún no captan emociones. Uno debe estar en el lugar, no hay más que decir. El entorno es mágico con un arco iris permanente que proyecta una luz perfecta sobre los saltos de agua, que placer sería poderse levantar cada día y poder ver este espectáculo natural. Son estas imágenes que para siempre se te quedan grabadas en la retina.
Los saltos se pueden visitar desde el lado argentino y brasileño. Se dice que Argentina tiene las cataratas y Brasil la vista.  Esto es cierto, aunque ambas visitas merecen la pena. La Garganta del Diablo, una de las cascadas más importantes, es sobrecogedora. El agua cae con tanta fuerza que al aproximarse uno queda empapado a menos que se disponga o se alquile un impermeable.  Y todo esto en medio del Parque Nacional de Iguazú, un entorno natural aún preservado en estado salvaje, en los límites fronterizos de Brasil con Argentina y Paraguay.
Regreso a Argentina el mismo día para continuar mi trayecto. Me esperan aún casi cuatro semanas de viaje hasta Ushuaia.  De la ciudad de Puerto Iguazú, en la región argentina de Misiones, tomo un colectivo hasta Salta. Serán unas 20 horas de viaje y sin duda el ipod será mi aliado. Otra vez empieza a sonar Manu Chao. Y mis sueños regresan a Brasil, al igual que ya me sucedió en el vuelo de ida. Pienso en la inmensidad de este país, aún mayor que Argentina, y en las innumerables emociones que te puede despertar. Hace siete años fueron en el Nordeste brasileño, con su costa atlántica sin fin.  Ayer le tocó el turno a Iguazú. Pero aún me quedan pendientes dos santuarios naturales como son el Pantanal y  la Amazonia.  Y la Chapada Diamantina, en el Estado de Bahía, que según me han contado es también espectacular. Y  ciudades como Río de Janeiro o Florianópolis.  Así que por tercera vez  regresaré a Brasil para continuar despertando sensaciones, infinitas sensaciones. No sé si en un año o en cuatro, ahora ni me lo planteo pues  estoy empezando mi recorrido  por Argentina.
Finales de agosto del 2.007, aeropuerto de Ushuaia. Argentina toca ya su fin. Hoy tomaré un vuelo a Buenos Aires y después otro para Madrid. En el avión repaso  mi diario y fotografías, que recuerdan mis días en Argentina. Pero otra vez empieza a sonar mi música preferida  y sin quererlo  ya me imagino el siguiente viaje, es alma de viajero, y me pregunto ¿quizás Brasil por tercera vez? ¡Ojalá!. Sensaciones, infinitas sensaciones.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Has retratado y descrito ese enamoramiento, esos flechazos que surgen entre uno mismo y el sitio que se visita.
    Cuando sucede, te aseguro que son amores eternos.

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