Argentina, Tierra de Contrastes y Pasiones Infinitas. Autor: Xavier Flotats

Después de mucho insistir, el verano del 2007 me decido por visitar a dos hermanos argentinos que viven en Córdoba, la segunda ciudad del país después de Buenos Aires, a los cuales conocí en un viaje por el desierto del Hoggar en Argelia, y de paso aprovechar la ocasión para recorrer Argentina durante el poco más de un mes que estaré de ruta. Me atrae la idea de perderme por este país inmenso y donde la naturaleza es superlativa ya que en su territorio hay cataratas tan bellas como Iguazú, quebradas patrimonio de la humanidad como Humahuaca, glaciares imponentes como el Perito Moreno, cerros altivos como el Aconcagua o el Fitz Roy, reservas increíbles de fauna como Península Valdés o parques naturales asomándose a la Antártida como el de Tierra del Fuego. Pero aún más me atrae la idea de conocer a sus gentes y sus costumbres, que van desde un indio guaraní en la región de Mesopotamia a un típico porteño, desde un cordobés a un salteño, desde un habitante de la Patagonia a uno de la propiamente Ushuaia cayéndose del mundo. Nada se parecen entre ellos como en nada se parecen las cataratas de Iguazú al Parque Nacional los Glaciares. Y es que hay tanta distancia desde la frontera norte situada en La Quiaca fronteriza con Bolivia a la del Sur en Ushuaia cerca de la Antártida como la que hay por ejemplo entre Madrid y Moscú. Es este abismo físico pero también cultural y antropológico el que intentaré descubrir a lo largo de mi trayecto, sin olvidar que existen unos tópicos archiconocidos que en el fondo unen a esta gran tierra como son entre otros la hierba mate, la carne, el tango o los psicoanalistas.

A finales de julio ya estoy en Buenos Aires, ciudad que alberga a casi la mitad de la población del país a los cuales se les llama porteños. Mis anfitriones en un bed and breakfast me hacen sentir como si no hubiera cruzado el charco mientras nos tomamos unos cuantos mates sin parar de charlar cada noche, otra de las esencias del carácter argentino. Cada día sigo sus consejos y así visito el bohemio San Telmo repleto de tiendas de antigüedades y cafés como  los de antes; el barrio de Palermo con las tiendas de moda y tendencias más chic; la elegante Recoleta donde se encuentra enterrada Eva Perón, Evita; el humilde pero colorido barrio de la Boca; el micro-centro lleno de tiendas con el gran obelisco en la confluencia entre la Avenida  de Mayo y Nueve de Julio; el vanguardista Puerto Madero al lado del río; cafés literarios como el Tortoni, una verdadera institución; la emblemática Plaza de Mayo junto a la Casa Rosada donde reside el poder político del país…en fin son días en medio de la jungla urbana que a decir verdad me producen cierto agobio por lo que me despido de Marcelo y su compañera en busca de otras ondas, ché.

En una hora y cuarto el avión aterriza en  Puerto Iguazú, en el nordeste del país. Enseguida se nota un ambiente más relajado y un clima mucho más cálido que aportan mejores  vibraciones. Después de un pantagruélico asado que no puedo terminar, ando hasta el  hito tres fronteras que indica el límite fronterizo con Paraguay y Brasil mientras algunos niños guaraníes intentan venderme sus artesanías. Sin embargo si estoy aquí es  para admirar su joya natural más preciada, las célebres Cataratas de Iguazú declaradas Patrimonio de la Humanidad en 1986 por la UNESCO y que minimizan sin dudarlo a las canadienses del Niágara.

Dedico un día entero para visitar Iguazú desde el lado argentino y otro día desde el lado brasileño. Me quedo maravillado observando desde las distintas pasarelas el conjunto de saltos de agua que bajan a raudales con el arco iris y un paisaje sublime siempre como telón de fondo. Empiezo a comprender que aquí la naturaleza es desbordante, que por muchas fotos que se hayan visto previamente el estar in situ en el lugar te deja boquiabierto. No es de extrañar pues Iguazú en nombre indio significa “grandes aguas” y son las primeras de todo el planeta en volumen de agua.

De Puerto Iguazú tomo un colectivo hacía Salta, serán más de veinte horas de travesía bordeando la frontera con Paraguay a través de una de las regiones más pobres del país y con un mayor número de indígenas, el Chaco. Salta la linda, que es como se la conoce, es junto a la ciudad de Jujuy la puerta de entrada al magnífico Noroeste argentino, una de las zonas aún poco explotadas por el turismo y que permite apreciar una cultura mucho más andina casi más propia de la cercana Bolivia que de Argentina. Este andinismo se nota por ejemplo en las facciones de sus habitantes mascando coca para evitar el cansancio y la somnolencia  y en sus creencias en la Pachamama, la Madre Tierra que proporciona vida y a la cual se ofrenda cada uno de agosto sobre todo con coca, tabaco y alcohol.

De Salta parten excursiones inolvidables por sus entornos. Quizás la más conocida sea la que transcurre por la Quebrada de Humahuaca, Patrimonio de la Humanidad, un valle donde todavía existen pueblos perdidos que viven sin prisas y al igual que sus ancestros, conservando su cultura andina en medio de unos paisajes sobrecogedores, sobre todo por las distintas tonalidades de colores que se pueden contemplar en sus cerros, de hecho uno de ellos el llamado Cerro de los Siete Colores en Purmamarca es una de las postales más típicas de toda Argentina. Pero también se puede llegar a Salinas Grandes, unas salinas en medio de la puna  de un blanco hipnotizador a semejanza del Salar de Uyuni en la vecina Bolivia; también a San Antonio de los Cobres, un pueblo minero de pobreza extrema que parece sacado de una película del far-west americano; también al pueblo perdido de Iruya colgado entre picos a punto de desplomarse; también al Parque Nacional los Cardones, con unos cactus de altura impresionantes; también a Cafayate, donde se elabora el delicioso vino torrontés; también a Cachí un lugar detenido en el tiempo con una plaza asombrosa en plenos valles calchaquíes; también al desconocido Parque Nacional El Rey y al enigmático Parque Nacional Baritú.
También así seguir nombrando sitios de belleza extrema para evidenciar  que está del todo justificado un viaje por sí sólo a esta región mucho menos turística que la  Patagonia pero con un encanto especial por la pervivencia de una cultura andina transmitida de generación en generación.

Impresionado todavía por la belleza salteña por fin me decido a visitar a los dos hermanos que me han invitado a pasar unos días en su casa de Córdoba, la segunda ciudad del país, mucho más pausada que Buenos Aires y repleta de edificios históricos.  Así tendré la oportunidad de vivir casi una semana de forma típicamente argentina, tomando mate mientras charlamos hasta la madrugada y más, saliendo a cenar parrilladas en restaurantes sin turistas, visitar pueblos de las sierras grandes y de las sierras chicas cordobesas donde aún no ha llegado el turismo en masa como por ejemplo Villa Carlos Paz, Villa General Belgrano, Alta Gracia, La Cumbrecita, Villa Ceballos, etc. Son días donde se me enganchan a mi vocabulario palabras y expresiones típicamente argentinas pero sobre todo donde puedo acercarme a la verdadera alma de los argentinos, tan contradictoria que difícilmente se puede aprehender en tan poco tiempo. No sin razón aquí las consultas de los psicoanalistas están más solicitadas que en ningún otro lugar del mundo. Apasionante.

Me despido de mis dos anfitriones en el aeropuerto de Córdoba deseándoles mucha suerte y esperando verlos otra vez, ojalá. Ahora sí, por fin tomo un vuelo a Puerto Madryn, en la Provincia de Chubut y puerta de entrada a la impresionante reserva faunística de Península Valdés. Este será mi primer encuentro con la mítica Patagonia, esta vasta extensión de terreno donde los horizontes parecen nunca tener fin y por donde fluyen muchos de los sueños de cualquier viajero.

Después de transitar por la inmensa estepa patagónica y ver algún que otro guanaco y ñandú, llegamos finalmente a Península Valdés. Aquí se concentra en su máxima expresión una vida salvaje en un estado casi intacto: puedes casi tocar las ballenas francas que pasan por aquí de julio a diciembre tomando una excursión desde la localidad de Puerto Pirámide o asistir al ritual de caza de las orcas hasta tierra firme; observar manadas de elefantes marinos después de bajar por un acantilado en un entorno virgen como es Punta Ninfas o ver colonias de pingüinos en la más concurrido Punta Tombo siempre en compañía de grupos de aves marinas revoloteando por doquier. Sin dudarlo uno no debería perderse esta explosión de vida animal tan pura en un planeta que cada vez más está destrozando la pureza de entornos salvajes.

Después de pasar cuatro días en Península Valdés, compro un billete de autobús hacía El Calafate, localidad turística al lado del Lago Argentino y punto estratégico para visitar el Parque Nacional los Glaciares donde las nieves eternas son las protagonistas.
Un día visito el espectacular Glaciar Perito Moreno, el más accesible de todo el parque y por tal razón el más popular ya que desde las plataformas se pueden apreciar perfectamente sus paredes que emergen casi 100 metros y con suerte contemplar algún desprendimiento de hielo. Otro día navego por el llamado Canal de los Témpanos del cual emergen inmensos icebergs y se contemplan glaciares más recónditos pero no por eso menos espectaculares como el Uppsala, el mayor de todos, para alcanzar finalmente Bahía Onelli, una bahía espléndida entre picos nevados  que muere en el Lago Onelli donde múltiples lenguas glaciares confluyen, como las del  glaciar Bolado o el Agassiz. Aquí todo destila magia, entorno salvaje, se notan las cercanías de la Antártida y el nombre de la zona no puede ser más evocador: Masa de Hielo Continental Patagónico.

Pero aún quedan muchas sorpresas para nuestros ojos en las cercanías de El Calafate. Por ejemplo,  dirigirnos a El Chaltén, la llamada capital del trekking argentino, para pasar unos días caminando entre sus cerros, lagos y bosques al pie de dos bellísimas montañas que atraen a escaladores de todo el mundo, como son el Fitz Roy y el Cerro Torre. Y si nuestras ansias para continuar maravillándonos continúan, no hay más que cruzar la frontera a Chile y perdernos por el Parque Nacional Torres del Paine. Una gozada para quienes quieran disfrutar de la naturaleza en un entorno prácticamente inalterado por el ser humano.

Mi última parada por este largo periplo argentino será, como no podía ser menos, Ushuaia, la mítica ciudad de Ushuaia en la última provincia argentina, Tierra del Fuego. Esta ciudad pasa por ser la ciudad más austral del mundo, el fin del mundo, a más de 5.000 quilómetros de la frontera argentina con Bolivia. En la Oficina de Turismo se encargan de certificar gratuitamente en el pasaporte que estás ahí, casi cayéndote del mundo. No es de extrañar que aquí existiera en sus días una prisión alejada de todo y de todos.

Ahora sí, estoy lejos, muy lejos. Sin embargo los días se me esfuman sin darme cuenta entre excursiones, mates, asados y curioseando por las tiendas, señal inequívoca que Ushuaia ha colmado mis expectativas.  Aprovecho para navegar por el Canal de Beagle entre lobos marinos y cormoranes hasta el faro Les Eclaireus que no debe confundirse con el faro del fin del mundo; visito el museo para ahondar un poco más en la cultural yámana, los primitivos habitantes de estas tierras; camino hasta el Glaciar Martial para tener una inmejorable vista de la bahía de Ushuaia y atisbar las cercanías de Chile;  me pierdo un día entero por los senderos marcados del Parque Nacional de Tierra del Fuego hasta llegar a la Bahía Lapataia, más allá la nada más absoluta. Y es que Tierra del Fuego es aún tan misteriosa y tan abrumadora que te acaba atrapando para siempre. Al igual que la Patagonia. Y como no, Argentina.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Un viaje realmente envidiable por uno sitios de ensueño y que yo también anhelo conocer.

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