Bhutan, El Tiempo Dislocado. Autor: Javier Castaño Rodriguez

Como un reino mítico enclavado entre montañas sibilinas y eternas, como un feudo antiguo enraizado entre la tradición y la niebla, lo primero que sorprende de Bhutan es su misterio, su condición de país escurridizo e inexplorado. Desde que, tras una complicada acrobacia aérea, a la altura de un selecto puñado de pilotos, aterrizo en el aeropuerto de Paro, me invade la persistente sensación de estar habitando un territorio prohibido, de estar irrumpiendo en un incontaminado reducto de virginidad.

Camino con pies de plomo por las calles de Paro. En una mezcla de alerta y admiración, marco mis primeros pasos por esta diminuta ciudad, procurando descubrir las calles e intersecciones de un mapa invisible. Niñas jugando a una suerte de versión asiática del juego de la gallina ciega, mujeres comprando en carnicerías de luz lúgubre y angular, monjes adolescentes holgazaneando y deambulando, exhibiendo su ingenuidad en gestos torpes y ralentizados. No es difícil adivinar que la honestidad y la integridad son señas de identidad de éste pueblo peculiar y amable, de estas gentes de Druk Yul o “la tierra del dragón de truenos”. Si bien las leyendas autóctonas atribuyen al dragón una participación inestimable en la configuración del espíritu local, a base de truenos rugientes y estrepitosos, cuando serpenteas entre sus habitantes y tomas el pulso a sus agrestes caminos, el silencio, la neblina y una paz primitiva invaden, lentamente, tus sentidos.

Una decena de hombres, corpulentos y lustrosos, juegan al deporte nacional, el tiro con arco. Llevan atuendos tradicionales y  modernas zapatillas de deporte. Uno podría pensar que sus arcos son de madera y han sido fabricados siguiendo patrones artesanales. Sin embargo, son arcos de competición. La combinación me provoca estupor y un esbozo de sonrisa. Son un punto extravagantes pero, sin duda,  fascinantes. Son una muestra viviente de las convulsiones entre pasado y presente que azotan éste reducto oriental.

Edad Media y democracia

Este ínfimo país, flanqueado por las altas cordilleras de los Himalayas, ha vivido en un limbo histórico, apenas violado por algún alto funcionario de la Corona Británica en el S. XIX e intrépidos viajeros europeos que desconocían, si ese terreno montañoso y de exuberante vegetación, pertenecía a la imperial China, a la exótica India o gozaba de algún tipo de entidad propia. Esa carencia de agentes externos ha provocado una fantástica conservación de las tradiciones y costumbres autóctonas, un recelo firme y cauteloso, hacia cualquier forma de contaminación externa, que pudiese oscurecer o hacer languidecer sus ritos y costumbres arcaicas. A causa de la invasión China de Tíbet en 1959, y la posterior llegada de refugiados tibetanos a territorio butanés, el Estado decidió quebrantar su aislamiento milenario y abrir sus puertas al mundo.

De éste modo, lo que, anteriormente, podría ser definido como una monarquía feudal, inició una andadura, pausada pero decidida, hacía un Estado actual, un Estado que instauraría un equilibrio, prolongado y complejo, entre tradición y modernidad. He visitado otros países que, al menos teóricamente, pretendían alcanzar semejante objetivo, pero he de decir que, por lo que han visto mis ojos, ninguno lo ha hecho con el acierto y virtuosismo de Bhutan.

La hoy Monarquía Constitucional de Bhutan, está regentada por el Rey Jigme Singye  Wangchuck, el cual alcanzó el trono tras la abdicación del llamado Padre de la Nación, Jigme Dorji Wangchuck. A pesar de haberse independizado de la India, Bhután mantiene un acuerdo en virtud del cual las relaciones exteriores del país son gestionadas por Gran Bretaña, si bien ésta se compromete a no interferir en sus asuntos internos. Así las cosas, los butaneses festejaron, con una mezcla de prudencia y regocijo, sus primeras elecciones democráticas en 2008. Quizás sus habitantes atesoran la sensación de haber pasado de la Edad Media a la Democracia en un lapso de tiempo excesivamente corto, en un abrir y cerrar de ojos, en un plazo tan breve, que los ha dejado estupefactos y satisfechos, con un pie puesto en el pasado y otro intentando dilucidar el sendero del futuro.

Tradición y Gomina

En un pequeño comercio de Thimphu, un joven me muestra con desparpajo, imitaciones de prendas deportivas. Su ordenador tiene conexión a Internet. Podría estar en Bangkok o en Hanoi. Sin embargo, cuando salgo de nuevo a la calle, adivino una especie de recelo velado en los mayores, sus miradas muestran un punto de desconfianza y extrañeza. Disparo extasiado mi objetivo, mientras un grupo de niñas me pide que las retrate, y posan, coquetas y sonrientes, esmeradas e inocentes, ante la cámara. Luego me escriben en un trozo de papel la dirección de su escuela para que les envíe las fotografías.

Pregunto a nuestro guía por su nación. Viste con el traje tradicional butanés, calcetines altos de lana y zapatos a juego. Lleva gomina, sonríe como un galán del Hollywood de los cincuenta y habla un más que correcto inglés. Me cuenta que la mayoría del país vive de la agricultura y ganadería. Es una economía de subsistencia que apenas está comenzando a dimensionarse. Exportan energía hidroeléctrica a la India y sus sellos son piedras preciosas, orfebrería postal codiciada por ávidos coleccionistas occidentales. El Turismo se afianza como una relevante fuente de ingresos, si bien está fuertemente regulado por el Gobierno, que no quiere ver alterado el equilibrio medioambiental y cultural de su nación.

Libre albedrío regulado

Las autoridades butanesas han orientado su turismo hacia un público selecto. Esperan que los viajeros gasten al menos cien dólares diarios. En el país, cohabitan resorts exclusivos como Amankora o Uma Paro, que albergan habitaciones de diseño, decoradas con un exquisito minimalismo, con hoteles básicos y correctos, que únicamente satisfacen las necesidades básicas del viajero. Dormí en los segundos, reponiendo fuerzas para el ajetreo del día siguiente y visité los primeros, constatando que la yuxtaposición de lujo y sencillez, de nobleza y exclusividad, estaba realmente lograda. En todo momento, un guía y un conductor, tutelaron mis visitas y reglamentaron mi curiosidad. Respetuosos y gentiles hasta un extremo difícilmente imaginable en Occidente, marcaban los límites de mi libre albedrío. En Bhutan, todo viaje ha de ser organizado ya que un organismo regulador controla los aspectos principales del mismo como itinerario, pago de tasas o alojamiento.

Los Castillos del Himalaya

Otro elemento, único y portentoso, de Bhutan son los Dzong. Majestuosas fortalezas, máximo exponente de la arquitectura tradicional y centros religiosos, militares y administrativos. Simbolizan la particular identidad de Bhutan y son de una belleza conmovedora. Se alzan, mastodónticos y refinados, entre las verdes colinas y valles. Son el máximo exponente de Bhutan, del territorio que algunos denominan el último Shangri-La. Fue el militar de origen tibetano Shabdrung Ngawang Namgyal el que inició en el S. XVII la construcción de éstos Castillos del Himalaya, instaurando un sistema político-religioso, que con puntuales modificaciones, se ha mantenido hasta nuestros días.

Una porción del imponente Dzong de Thimpu alberga las oficinas del Rey de Bhutan mientras que, en el lado opuesto, se encuentra un centro monástico. Los funcionarios reales se confunden y entremezclan con los apaciguados monjes, dando el mejor ejemplo de la doble función, político-militar y religiosa, de estas grandiosas estructuras. Paseo con  parsimonia por ambos enclaves. Los monjes ni siquiera reparan en mi presencia. Caminan envueltos en un halo de misticismo y sobriedad. Los funcionarios, por su parte, acaban joviales su jornada laboral, como niños maduros y educados que han finiquitado un día más de colegio.

Felicidad interior Bruta

Mientras que los estados occidentales compiten entre ellos en términos de PIB, Producto interior Bruto, Bhutan se desmarcó de ésta corriente universal, midiendo su riqueza en función de su FIB, Felicidad Interior Bruta. Lo que podría calificarse, a simple vista, como una excentricidad de su monarca, es tomado muy en serio por sus habitantes, que dicho sea de paso, profesan una adoración cuasi religiosa por su rey. Algunos de los indicadores de dicha felicidad son la cultura, la educación, la salud, el bienestar psicológico, el desarrollo sostenible o la diversidad medioambiental.

Una expresión práctica de ésta doctrina se dio en 2004, cuando Jigme Singye  Wangchuck prohibió el consumo de tabaco, que fue sustituido entre la población por el consumo de Doma, una nuez de areca manchada con polvo de lima y envuelta en una hoja de betel. En Bhutan todo el mundo masca Doma, tiñendo sus dientes de un rojo intenso. Una mujer me acompañó a comprar Doma. Sentía curiosidad por desvelar su sabor. Tardé unos segundos en escupirlo y una desagradable sensación nubló mi boca durante varios minutos. El maná de Bhután, y de otras partes de Asia y Oceanía, no está prescrito para los exquisitos paladares occidentales.

El Nido del Tigre

Cuenta la leyenda que el Guru Rinpoche llegó cabalgando a lomos de una tigresa a lo que hoy es el Monasterio de Taktshang Goemba, más conocido como “Tiger Nest”, el Nido del Tigre. El complejo se alza en el Valle de Paro a más de tres mil metros de altitud. Es un recinto sagrado y lugar de peregrinación para los budistas.

Inicio una ascensión a pie de unas tres horas, tras las cuales asisto a un espectáculo de evidente belleza. Un Monasterio colgado, literalmente, de la montaña. Un santuario de paz que desafía las leyes de la gravedad y se levanta, diminuto y glorioso, en la espalda de un macizo rocoso.

Han sido unos días breves e intensos. Bhutan me despide con afecto y educación, con sobriedad y amabilidad. Como un gigante bonachón que habita en un reino minúsculo de truenos y felicidad. Como un sensato y sabio monje que pretende encarar el futuro con un rosario en una mano y en la otra un teléfono de última generación.

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  1. Antonio Checa

    Muy interesante el articulo. Espero que los butaneses pueden pilotar su transición a la modernidad sin traumas .

    Un viaje que debío ser inolvidable.

  2. Ofelia severina

    Un relato tan preciso, detallado y tan bien escrito que te transporta a ese interesante pais.

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