Viaje a Utopía. Autor: Madre Pepa

La mujer se había propuesto dejar sin lágrimas al futuro de su futuro. Por eso lloraba mañana, tarde y noche, en la casa donde trabajaba de criada para todo, en la calle y, a hurtadillas, también en el transporte público.
-¿Tan mal pintan las cosas, mujer? –le preguntó el hombre que acababa de sentarse junto a ella, en el último vagón del metro de Metrópoli.
-Mucho peor que mal. Soy colombiana y mi permiso de residencia caduca el próximo mes; me temo que no podré renovarlo. Es tal mi amargura, que por eso me refugio aquí en mis horas libres, siempre en el último vagón, bajo tierra. Acurrucada en el asiento, contra la ventanilla, puedo llorar sin llamar demasiado la atención –respondió la mujer enjugándose las lágrimas con un pañuelo azul que olía a mar profunda.
-A mí sí que me ha llamado la atención.
-Hoy he disimulado bastante peor que otros días… ¿Cómo le van las cosas a usted?
-Bueno, digamos que regular. Me encuentro muy lejos del sueño de mi vida, casi una utopía, pero yo sigo perseverando: como dice el proverbio, el viaje de mil millas empieza con el primer paso.
-¿Y se puede saber cuál es el sueño que usted considera una utopía?
-En lo que respecta a la actividad profesional, vivir de lo que escriba, lo cual considero casi una utopía. Este casi es el que alimenta mi esperanza; por eso me esfuerzo.
-¡Es usted escritor!
-Intento serlo a todas horas, todos los días.
-¿Qué tipo de textos escribe?
-Cuentos, y siempre me salen utópicos, quizá porque subconscientemente creo que es la única manera de seducir a la utopía de mi sueño. El proceso de creación resulta un misterio para mí. En la superficie, al aire libre, no se me ocurre casi ninguna historia que merezca la pena, y eso que busco con afán el horizonte de una utopía. Sin embargo, en cuanto me adentro en las entrañas de la tierra y subo a un vagón del metro, mi inspiración se desmelena, como si sólo en la oscuridad pudiese encontrar la luz.
-La luz brilla más en la oscuridad.
-¡Se me acaba de ocurrir uno!
-¿Un cuento?
-Sí. ¿Quiere que se lo escriba en la próxima estación? Aquí, con el traqueteo del tren suburbano, me resultará muy difícil hacerlo.
-No tengo dinero para pagárselo.
-Cuando lo pase a limpio, se lo regalaré.
-Si es así, lo acepto.
-Además, me lo ha inspirado usted.
-¿Yo, inspiradora de un cuento utópico?
-¿Y por qué no iba a serlo?
-Porque mi futuro es de todo menos utópico.
-¿Está segura? –le preguntó el cuentista mientras se comía con los ojos a la mujer.
-Pues…
-Hemos llegado a mi estación… ¿La suya también?
La mujer, con los ojos entornados, azorada, guardó silencio, como si no se hubiera repuesto todavía de la sorpresa de haberse encarnado en la inspiración de un escritor empeñado en alcanzar la utopía de un sueño. Mientras tanto, el hombre, cabizbajo, giró sobre sus talones y se dirigió a la salida.
Se apeó del vagón un segundo antes de que las puertas se cerraran sin percatarse de que una mujer caminaba junto a él.
-También es mi estación, ahora sí.
Esa voz, esa voz… El escritor dobló el cuello y, en efecto, a su lado tenía a la persona que protagonizaría uno de sus mejores cuentos, quizá el mejor. Un cuento cuyas letras olerían a mar profunda.

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