El Legado del Viejo. Autor: Madre Pepa

Alrededor de las ocho de la mañana, el viejo muy viejo entraba en el último vagón del tren de cercanías arrastrando una maleta con ruedas, se sentaba en la primera plaza que veía libre, preferentemente junto al pasillo, y, tras recuperar el resuello durante un par de minutos, procedía a descargar el contenido de la maleta: libros, libros y más libros.
Esta operación la repetía a diario desde hacía cuatro semanas.
Aquella mañana de domingo, al anciano le costó un esfuerzo supremo arrastrar la maleta rodada, tal vez porque pesaba más, o acaso porque él podía menos que otros días.
Cuando empezó a depositar con sus manos temblorosas los libros en el pasillo del vagón, una mujer de mediana edad, apiadándose de él, se ofreció a ayudarle.
-Gracias, señora. El Parkinson mío, hoy, está más alterado que de costumbre, tal vez porque los domingos prefiere estar en la cama, y no en un tren. Eche un vistazo a la colección que he traído, y, si le gusta alguno de los títulos, quédese con él.
-Es usted muy amable. Me quedaré con éste que tiene una tapa muy bonita –y la mujer guardó en el bolso una edición antigua de “Papá  Goriot”, de Honoré de Balzac.
-Coja otro. Los días festivos suele viajar muy poca gente en el tren. Habrá libros para todos.
-Con uno me sobra. Yo, ahora, a causa de las dioptrías, leo bastante despacio, y, además, dispongo de muy poco tiempo.
-Siempre se tiene el tiempo que uno quiere para leer un poco cada día –reflexionó en voz alta el viejo.
La mujer siguió colocando libros en el suelo, en silencio. No tenía nada que objetar al comentario del anciano. Por supuesto que una persona dispone del tiempo que quiere para leer al menos unos minutos  al día.
-¿No le gustan? –preguntó la mujer al viejo muy viejo, unos segundos después, una vez que los libros estuvieron perfectamente alineados en el pasillo.
-Todo lo contrario, señora. Mi vida ha sido muchísimo más completa gracias a ellos. Su lectura me ha ayudado a entablar frecuentes diálogos con lo mejor y lo peor de mí mismo, diálogos cuyos frutos, después, me han permitido salir al exterior, al encuentro del mundo, más sabio o, si lo prefiere, menos estúpido, porque el libro, que no es un fin en sí mismo, cumple su cometido cuando incita al lector a aproximarse al otro, no a huir de él. La literatura, señora, en mi caso, no sólo me ha liberado de los estrechos límites del “yo”, también me ha conducido al corazón del prójimo –el anciano suspiró mientras sus ojos, como si súbitamente le hubiesen insuflado vida, resplandecían con un extraño fulgor-. Qué panorama se divisa desde allí, desde el santuario del otro: lo mejor y lo peor de la humanidad, o sea, lo peor y lo mejor de uno mismo. Nada más y nada menos.
-Si sus libros le han aportado tantas satisfacciones, no acierto a comprender por qué los abandona a su suerte, aquí, en el vagón de un tren de  cercanías.
-Para que otras personas dispongan de la oportunidad de obtener el mismo provecho que yo. Ya no los necesito.
-¿Cómo que no? Los libros se pueden releer.
-Se pueden y se deben releer. Por eso los he releído, algunos, como “La isla del tesoro”, “El Aleph”, “Crimen y castigo”, “Campos de Castilla”, “La montaña mágica”, “El paraíso perdido”, “Don Quijote de la Mancha”, “La Biblia”, “Tom Sawyer”, “Los miserables”, “Guerra y paz”, “El corazón de las tinieblas, “El retrato de Dorian Gray” y algún otro que ahora mismo no consigo recordar, más de media docena de veces. Los libros que he traído conmigo al tren en las últimas semanas son mis favoritos, y no puede calificarse de favorito un libro que no se ha releído, ¿no le parece?
-Ya lo creo que me lo parece. Esa es la razón por la cual yo legaré a mi hijo todos los libros que poseo, varios centenares, la mayoría de tapa dura. Haga usted lo mismo, y no se desembarace de ellos de esta forma. Si los heredan sus seres queridos, cuando se vaya al otro mundo, tendrá la seguridad de que los deja en las mejores manos.
-Las mejores manos son las que veo en este vagón. Hace ya demasiado tiempo, señora, que mi casa sólo acoge la soledad forzada de un hombre decrépito que arrastra los pies cansinamente por un largo pasillo poblado de añoranzas. Soy viejo, demasiado viejo, y ha llegado la hora de descansar. Está bien que mis libros sigan latiendo en el corazón de la vida, en el tren, en el lugar donde muchos de ellos palpitaron de alegría. Aquí, entre viaje y viaje, leí la mayor parte de ellos. Trabajé de interventor ferroviario durante más de cuarenta años, en trenes de larga distancia casi siempre, y, poco antes de jubilarme, en los de cercanías.
-Ya decía yo que su cara me resultaba conocida.
-Yo también la conozco a usted. Antes, siempre iba leyendo durante el trayecto.
-Hasta que me quedaba dormida. ¿Devolvemos los libros a la maleta?
-¿Qué dice? Entonces, perderían su razón de ser.
-Si los relee, no. Deles una nueva oportunidad.
-Eso es lo que estoy haciendo, darles una nueva oportunidad.  Yo, señora, ya estoy muerto.
Dicho lo cual, el viejo muy viejo se desplomó hacia un lateral y cayó fulminado sobre uno de los libros.
Los otros ocho ocupantes del vagón, todos a una, se congregaron en torno al anciano justo a tiempo de distinguir, en los ojos de éste, una figura compuesta por letras. Parecía un hombre.

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