Un Paseo por el Desierto. Autor: Rudy Hedemann

Caminando frente al Mediterráneo, satisfecho por las perspectivas que se abrían para sus negocios, Abdullah se convenció a sí mismo que merecía un desahogo. Se acercó a un bar ubicado sobre las amplias veredas de la costanera y pidió un café a la turca. Mientras bebía, recordó los seis meses de agotadoras negociaciones con los proveedores de repuestos para petróleo, que habían llegado de Estados Unidos. Si bien los respetaba, al mismo tiempo sentía un profundo odio por ellos. Esos hombres se sabían poderosos y actuaban con soberbia, exigentes, casi extorsionadores.
Al principio, y con algo de inocencia, Abdullah había creído que representar a Muhamar Kadafy para adquirir válvulas y motores destinados al petróleo libio facilitaría los acuerdos. Pero se equivocó. Otros también jugaban el mismo papel que él. Es que Kadafy no confiaba en nadie y dividía el juego superponiendo intereses e interlocutores. Desesperado por ver pasar el tiempo sin resultados, Abdullah pidió ayuda a su primo Mohamed, quien le prestó sus  oficinas y colaboró para armar una misce en scene que terminó  por convencer a los proveedores para hacer negocios con él.

Mohamed era un hombre dedicado a la exportación y otros negocios relacionados con el comercio internacional, una especie de despachante de aduana que hacía contactos entre fabricantes pequeños y compradores del extranjero, cerraba tratos, tramitaba permisos, ponía la mercadería en puerto, etc. Excelente vendedor, sus clientes lo llamaban “el fenicio” por su habilidad para comerciar y llevarse la mejor parte. Ganaba bien, pero le gustaba el juego y las mujeres. Dilapidaba sus dineros en el casino o en cualquier tugurio clandestino.     Una vez al mes, visitaba los mejores hoteles de El Cairo para relacionarse con mujeres extranjeras; le atraían las rubias de ojos claros y piel blanca (“las teñidas no me gustan”, aclaraba) En ellas gastaba fortunas invitándolas a los mejores lugares y haciéndoles suntuosos regalos. Mohamed no era tonto y sabía que sólo de esa manera podía conquistarlas ya que era extraordinariamente feo. De piel opaca, su frente era pronunciada, resaltada por una calvicie temprana. Su boca era pequeña, en punta, y su nariz era enorme y rojiza como una berenjena. Para colmos, estaba cubierta de cicatrices de la viruela que había sufrido de chico.
—Mohamed, primo mío —dijo Abdullah una tarde—. Quisiera retribuirte el gran favor que me has hecho.
—Querido primo, no tienes que darme las gracias. Yo he sido solamente una herramienta de Alá, quien ha querido bendecir tus negocios —respondió Mohamed con gesto solemne.
—Escúchame con atención, deseo invitarte a un viaje en camello por la ruta de los antiguos beduinos.
Mohamed escuchó sin decir una palabra.
—Llegaremos a un oasis donde nos atenderán como a príncipes durante tres días —continuó Abdullah con entusiasmo y con lujuria en su mirada.
—¡Cuéntame! —preguntó por fin Mohamed, llevado por la curiosidad de saber de qué se trataba .
Abdullah le dio detalles.
—¡Iremos y volveremos en camello!, como lo hacían nuestros antepasados. Hace mucho tiempo que deseo internarme en la inmensidad del Sahara, escuchar su silencio, comer dátiles arrancados con la mano y bañarme en una fuente natural de agua dulce.
Los ojos de Mohamed se contagiaron del entusiasmo de su primo Abdullah y comenzaron a brillar.
—El viaje dura siete horas a marcha calma, para no agotar a las bestias. En el oasis no hay electricidad, ni radio ni diarios; solamente un manantial fresco que surge de las profundidades y bellas mujeres que nos estarán esperando. Para ti reservaré tres hermosas muchachas con formas ondulantes como los médanos del desierto, ojos oscuros como la noche y cuerpos ardientes como el sol del mediodía. Un cocinero marroquí estará a nuestra disposición desde la mañana hasta la noche.
El rostro de Mohamed pareció encenderse de agitación. Las promesas resultaban tentadoras: quietud, bellas mujeres y delicias gastronómicas orientales.
—Nos vendrá bien a los dos descansar de esta ciudad —continuó Abdullah con una mueca de astucia, intentando convencer a Mohamed—. A la fatiga de todos estos meses por lograr los contratos con esos herejes se suma el nacimiento de mi hijo Abdo, que Alá lo bendiga. Mi mujer no me ha querido atender en todo este tiempo.
Mohamed se inclinó hacia su primo y le habló con voz casi imperceptible, a modo de secreto.
—Debo decir que a mí también me vendrá bien. Mi mujer está muy gorda, y las extranjeras están secando mis bolsillos.
Decidieron ir en septiembre, cuando el clima comenzaba a ser más benevolente, el calor apretaba menos durante el día y las noches eran frescas, casi frías.

En el oasis, los tres días con sus noches fueron de placer y regocijo sin límites. Los dos hombres disfrutaron hasta el hartazgo de tal forma que la noche anterior a la partida se juramentaron repetir la experiencia. Estaban felices, satisfechos. La sangre árabe fluía por sus venas, la raza se expresaba en sus actos, en sus gestos, inmersos en recuerdos ancestrales de largas travesías que esperaban la recompensa al final del viaje.

El día del regreso, se levantaron a las cuatro de la madrugada y partieron rápidamente. Querían llegar a Trípoli antes de las once, cuando el sol comenzaba a lastimar la piel. Al alejarse del oasis y adentrarse en el desierto, se dieron cuenta de que la noche estaba más oscura que los días anteriores. Solamente se veían algunas luces centelleando con intermitencias en el cielo. “Es extraño, cuando nos acostamos, el firmamento estaba casi transparente y la arena brillaba con las luces de las estrellas”, razonó Abdullah.
A las siete de la mañana el sol parecía retacear la salida, transformado en una esfera dorada que se desdibujaba detrás de las nubes. En ese instante, la inmensidad del Sahara regalaba colores cambiantes con el correr de oscuros cúmulos.
De pronto, el viento cálido matinal comenzó a tomar fuerza y el aire refrescó. Los dóciles camellos se exasperaron, sacudían las cabezas, levantaban y bajaban sus cuellos en señal de inquietud. Se hacía difícil mantenerse en la silla.
A los lejos, divisaron un manto de niebla que oscurecía el sol y se acercaba velozmente. Mohamed se dio en cuenta enseguida y advirtió a Abdullah con un grito.
—¡Tormenta de arena! ¡Tormenta de arena! —señaló con el brazo.
En segundos, una especie de pared indócil se deslizó sobre ellos, molesta, hiriente, avasallante. La arena comenzó a amontonarse sobre los equipajes, a clavarse entre sus ropas. Se hablaban a los gritos y no se escuchaban. No veían por donde iban. Perdieron el rumbo.
Desataron una de las valijas, dejándola caer, y con la soga unieron las riendas de los dos camellos entre sí. Debían mantenerse juntos. Abdullah marcharía adelante llevando una brújula que no podía distinguir a cinco centímetros de sus ojos.
La tormenta de arena no cesaba. Los dos camellos mostraban la fatiga después de tanto esfuerzo, hundiéndose en las dunas, soportando el viento que azotaba sin sosiego. Desde hacía cinco horas, las ráfagas castigaban el desierto en forma impiadosa, levantado nubes de arena que cegaban, desorientaban e impedían respirar. La arenisca lastimaba la cara, se colaba entre la ropa hiriendo la piel.
A las diez de la mañana nada había cambiado. Abdullah procuraba mantener un rumbo aproximado hacia el norte e intentó decírselo a su primo para darle tranquilidad. Gritó con todas sus fuerzas pero sus palabras eran apagadas por el ruido del viento y de la arena que los maltrataba. Giró su cabeza y a duras penas vio la borrada imagen del camello de Mohamed. Ató su brazo derecho a las riendas y bajó de un salto. Su corazón se detuvo. Mohamed no estaba sobre el animal. Angustiado, montó y regresó a buscarlo, yendo en círculos, imaginando cuál pudo ser el recorrido que habían hecho.
Media hora más tarde, desistió. Era imposible hallarlo. “Quizás no lo encuentren nunca, tapado por un médano de diez metros”, se lamentó, recapacitando que él mismo no sabía dónde estaba. ¿Qué podía hacer? ¿Llegaría alguna vez a Trípoli? ¿Qué le diría a la esposa de Mohamed, y a los hijos?

A las ocho de la noche, cuando llegó a las afueras de la ciudad, la tormenta ya había calmado, pero el rostro de Abdullah estaba irreconocible. Tenía los labios hinchados, los pómulos sangrando, los ojos enrojecidos. Sus manos ampolladas y doloridas mostraban el esfuerzo por mantener las riendas y aferrarse al animal durante la tempestad. El agotamiento y la angustia no lo dejaban pensar. Se tiró sobre el pasto casi inconsciente. Durmió dos horas conservando las riendas atadas a su brazo. Cuando despertó, se dio cuenta que le habían robado un camello. No le importó.
Llegó a su casa y entre sollozos pudo comentarle a su esposa Yamila todo lo sucedido, mientras su pequeño hijo Abdo dormía ajeno a todo. Se aseó y fue a la casa de Mohamed, donde revivió el drama con más fuerza. Se sentía culpable ante tanto dolor.

Regresó a las dos de la mañana, más agotado y dolorido que antes. Necesitaba recuperar energías con urgencia, así que tomó dos tazas de té con mucho azúcar y comió varios dátiles.. Enseguida, su esposa le aplicó paños fríos en las heridas de la cara y un aceite espeso sobre las ampollas de las manos. Cuando los dolores empezaban a disminuir, Yamila se decidió por fin a informarle las últimas noticias de Libia: Kadafy había sido derrocado y los negocios con los norteamericanos habían sido cancelados por el nuevo gobierno.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Aquí valdría decir: “Lo que la tormenta de arena se llevó”….
    Al menos disfrutaron a tope de sus tres días de gloria.

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