Andando a Otros Ritmos. Autor: María José Contreras

Un billete de ida a Bolivia y de vuelta por Argentina, una mochila que va pesando más a medida que incorporo nuevos amigos, deliciosas experiencias, paisajes de durísima belleza y aprendizajes de otras gentes, otras vidas, otros mundos.

En el avión, antes de aterrizar.

Nueve horas después de despegar, en lo más profundo de la selva amazónica, entre Manaos e Iquitos, pero a once mil metros de altura escucho a Julieta Venegas, “… y poco a poco dividir el tiempo y la velocidad, frenar el ritmo e ir muy lento, cada vez más lento…” mientras saboreo la insípida pasta que tenemos para comer.

La Paz

La Paz, Bolivia, treinta y tres horas después de iniciar el Viaje.

Aterricé ayer tarde, y en El Alto, aeropuerto de La Paz, me espera Alcira, mi amiga boliviana que me acompañará gran parte de este camino y que, hace algo más de un año, me invitó a conocer su tierra. Junto a ella está Don Miguel, su compañero de trabajo, que, sin yo preguntarle, me comenta:“mire, a mi edad, yo ya no quiero almacenar cosas… yo lo que quiero es vivir sin preocuparme de acumular nada…” ¿Qué sabría ese pequeño hombre de mi?

Alcira me recibe con una botella de agua y unas cápsulas de sorochipill para evitar posibles complicaciones por la altura, pero por ahora solo tengo una pequeña molestia en los ojos a causa de no dormir bien en el viaje y de la luz del sol, tan fuerte aquí.

En un mercado tradicional que había cerca del hotel las cosas están sorprendentemente baratas. Quisiera comprarlo todo, pero debo contentarme con mirar y decir: “que bonito, que líiiindo”. Nos reunimos con Rosi y Aída, amigas argentinas con las que quedé hace ya tiempo para recorrer el camino, para dirigirnos hacia “el mercado de las brujas”, donde venden todo tipo de amuletos, brebajes y productos para cualquier necesidad; el amor, el trabajo, para atraer clientes a tu negocio, para tener un feliz viaje… pero el producto estrella, en todos los puestitos, es el feto de llama, que se debe enterrar en el suelo para tener felicidad y buenas vibraciones  antes de construir tu vivienda sobre él.

Tanto hemos preguntado a las brujas que nos hemos enterado casi de todo. Cuando estamos terminando, súbitamente, el día se oscurece, una sacudida de  frío recorre los puestitos y se desata en pocos minutos una lluvia de granizo que nos encoge el estómago y nos empapa. No sabemos si es brujería o efecto del clima, pero por si acaso compramos rápido y nos vamos de allí con una sensación extraña, sin tan siquiera comentar entre nosotras, no vaya a ser que la Pachamama se nos enfade de verdad por preguntonas.

Imaginaba una ciudad diferente, caótica y sin alma. El centro histórico tiene unos edificios impresionantes, adornados con preciosos balcones y fachadas señoriales, aunque todo está bastante deteriorado y algunos modernos edificios han ido sustituyendo a las casas en ruinas.

Los nevados alrededor, las casas trepando, realizando imposibles equilibrios entre las paredes de piedra que se vienen abajo de cuando en cuando, el tráfico loco, las cuestas… Todo son cuestas, no hay una sola calle recta, lo que obliga al caminante a subir y bajar para volver a subir y a bajar antes de la siguiente cuadra.

Es una ciudad original, aunque el centro carece de grandes edificios: apenas una plaza con la Catedral y la Gobernación, que los domingos por la tarde es invadida por los niños que van a dar de comer a las palomas para que les se posen cerca.

Me gusta. Además de ser la capital americana más alta, tiene unas montañas preciosas, un paisaje que cambia cada minuto, y unas cuestas que desde cada perspectiva ofrecen diferentes imágenes de la ciudad.
Mil calles que suben y otras mil que bajan, juntas y desordenadas, sin motivo aparente. Un tumulto de taxis, minibuses y colectivos. Deportes de riesgo: cruzar una calle sin ser atropellado, detenerse en un puesto a mirar sin comprar nada.

Es una ciudad bulliciosa, donde el ruido y las diferencias sociales conviven pacíficamente en un estallido de color, de bandas de música y de olor a empanadas fritas y salchipapas.

Una ciudad andina, con el encanto del desorden y la impuntualidad como bandera, pero acogedora, llena de sorpresas, lugares recónditos y mucho por descubrir.

Con la estupenda familia de Alcira, que me ha adoptado como a un miembro más, partimos camino  de Coroico pasando por la llamada “carretera de la muerte”. Vista de cerca, en medio de nubes, nieve, sol radiante y unos cuantos carteles anunciando “peligrohombrestrabajando”, no parece tan peligrosa. Es más bien un lugar “calmoso”, vivo pero apacible, tranquilo, con sol, luz y unas aguas limpias y hospitalarias que me invitaron a sumergirme en ellas y a contemplar la posibilidad de descansar, desconectar y ser consciente de mi aceleración cotidiana.

Y justamente una semana después,  cuando el cuerpo se empieza a acostumbrar a los paisajes, a la altura y a dejarse llevar, agarro el primer busito para empezar el Viaje hacia el Sur.

Potosí

Salgo hacia Potosí, dejando que la paz vaya entrando en mi vida, y, aunque hay ciertos momentos en los que me adelanto y me propongo llegar a tiempo, ha sido muy lindo dejar que la vida pase, sin avasallar, por encima de mí.

El primer contacto con Potosí fue difícil: Rosi y yo decidimos subir a las Minas, pues creo necesario conocer no solo las Iglesias, las Catedrales, la magnífica Casa de la Moneda y la ajetreada vida nocturna, sino también la vida íntima de la ciudad; Por eso contactamos con un chaval que, además de los cinco idiomas que decía hablar (español, inglés, quichua, aymará y celular), sabía latín y griego.

Nos llevó a la mina, detallándonos un rosario de nombres y hechos que no siempre fueron fieles a la historia y al lugar y nos hizo entrar en una de ellas. Agua en el suelo, olor a sulfúrico,  golpes en la cabeza contra el techo y el cuerpo contra las paredes, mucha angustia y algo de miedo. Quería salir de ese lugar maldito, donde se sentía el dolor de los mineros, se oía su respiración forzada y sus irrecuperables pulmones afectados de todos los síntomas tóxicos que inhalan a diario.

Fui un poco turista fotográfica, me dejé llevar por mi pasajera y privilegiada situación de observadora en la lejanía. Me he sentido indefensa, frágil, segura de que en cualquier momento podía no pasar nada o venirse el cerro sobre mí en lo más oscuro y húmedo de la montaña.

La ducha que traté de disfrutar a conciencia, no logró limpiar todo ese polvo y sufrimiento que recogí de la mina, polvo que se me ha quedado adherido a la piel para recordarme la desgraciada situación de quien tiene que pelear a diario con la vida para llegar a comer y ver la noche.

Y, en medio de todo, el Piswcha Sharmi, un lugar agradable, calentito, con una comida espectacular y un ambiente donde los problemas se olvidan y solo queda espacio para lo que realmente he venido a hacer: hablar, reír, descansar, idear y dejar que el ambiente inunde poco a poco mi cuerpo y mi alma en busca de mi anhelado ritmo y lugar.

Uyuni.

De camino a Uyuni, en el colectivo, atravesando, por fin de día, la árida, pedregosa y hermosa zona del altiplano boliviano disfruto del paisaje; Viajar de noche, como hicimos de Cochabamba a Potosí, tiene la ventaja de ahorrar tiempo y alojamiento, pero echo de menos contemplar los maravillosos paisajes que atravesamos.

El transporte se ha detenido una media hora porque  una volqueta acaba de caerse por un barranco, y hemos parado hasta conseguir sacar a tirones al conductor que estaba dentro. Afortunadamente las heridas no son de gravedad, pero la situación es caótica,  Decenas de personas que miran, esperan, se acercan al barranco para asombrarse de que pueda haber alguien vivo ahí abajo, que se mueven, se paran y se vuelven a mover sin rumbo ni propósito durante todo el tiempo que ha durado el rescate.

Un señor ha gritado desde fuera del corro donde estaba situado el herido: “no le den agua, soy médico”. ¿Qué tipo de médico permanece a cinco metros sin acercarse? He intentado darle un poco de agua en las heridas, para quitarle al menos las señales de hierros y tierra que tenía en el  brazo y transmitirle algo de cercanía y humanidad. Finalmente le he limpiado la boca con un pañuelo de papel mojado, con la esperanza de aliviarlo mientras se ha quedado cubierto de mantas, con la gente mirando a su alrededor deseando seguir su camino libres de otro problema más.

Se han portado como uno solo, han abierto el camión, las mujeres han ido obligando a sus hombres a bajar y echar una mano a los que trabajaban, y entre todos han sacarlo del amasijo de hierros en que se había convertido la cabina.

He subido al colectivo con una sensación de ahogo en la garganta que ha aumentado cuando éste ha arrancado bruscamente antes de que pudiera llegar a mi asiento y mirar por última vez el pequeño bulto que formaban junto a la carretera el hombre, su cobija y el par de personas buscando irse de allá cuanto antes.

El viaje continúa y debo comprar ropa de abrigo para prepararme al frío de Uyuni. Aprovecho el mercado de Potosí para hacerme con una vistosa manta de segunda mano, unas medias gruesas y un par de pantalones de más. Utilizaré la manta como capa si la necesito, me parece exagerado darle uso a todo, pero hago caso de los buenos consejos bolivianos.

Pasamos algunos cerros nevados al fondo. Súbitamente el camino se convierte en un desierto de arena, una pista polvorienta, ardiente, plagada de cactus y con un sol a cuatro mil metros de altitud que quema y asfixia.

Salar de Uyuni y Tupiza.

El Salar es una experiencia fuera de lugar, un espacio único, donde todo es espejismo y nada es lo que parece. En la soledad de lo alto de la isla Incahuasi, junto a una pequeña ofrenda a la Pachamama, me sentí en completa conexión con la tierra y el cielo. Silencio absoluto, paz, sintonía.

Una visión única, diferente a todo lo demás. Las lagunas, los flamencos, los pueblos abandonados… todo se confunde en la noche oscura a 4.400 metros de altitud, con un frío polar en el que se siente morir y del que sólo me recupero al sumergirme en las ardientes aguas volcánicas ya al día siguiente. Es un viaje difícil, duro por las austeras condiciones de los albergues y el intenso frío, tanto como nunca antes lo había sentido.

No podré olvidar la tierra al revés, las montañas de mil colores, las calientes aguas templando mi cuerpo dolorido de frío, los mates de coca y las conversaciones bajo el desértico sol de mediodía.

Las imágenes se amontonan, una tras otra, sin dar tiempo a recomponerse entre escena y escena mientras seguimos avanzando hacia la tierra de Alcira.
Tupiza enamora. Con su sol de justicia, sus aires polvorientos, sus rojos perros callejeros y sus luchadoras gentes, enamora.

Santa María del Valle de Catamarca (Norte Argentino)

3:48 de la tarde. Colectivo a Tucumán. Fin del Viaje compartido.
Me acaban de dejar las chicas en la estación. Han sido 25 días preciosos, de acomodo, de aprendizaje, de frío, de calor, de helados de chocolate, de dulce de leche y de mucho cariño recibido.

He descubierto un mundo de colores. Argentina, al igual que Bolivia, merece otro paseo, otra visita, otra estadía.

Y tengo mil planes en la cabeza, y no quiero pensar para que no se me muevan, pero sobre todo me siento muy afortunada, ahora tengo Bolivia y Argentina llena de amigos.

La entrada en Argentina fue rápida, sin tiempo para acomodar el cambio de un país a otro, para sacar conclusiones, cerrar experiencias y abrir  otras. Tampoco me ha importado, por que sé que queda pendiente. Es un lindo y variopinto país para vivir, descansar, dejarse mimar por su clima, sus montañas, su atención. Para disfrutar de la vida, dejándola pasar.
Tucumán, Córdoba y sus sierras, solo de pasada y sin el calor humano, quedan como unas lindas paradas en medio del camino, haciendo del colectivo por unos días mi cama y mi hogar.
El punto final del viaje lo pone la cosmopolita Buenos Aires, acelerada en su justa medida, señorial, hermosa. Sus comidas, teatros, mercados callejeros y la estupenda compañía que disfruté allí no hacen sino dar los últimos retoques a un viaje que no debo ni quiero cerrar.

Avión de regreso

Ahora que estoy llegando a España, quiero buscar algo, tan solo algo, que no haya salido bien en el viaje, para analizarlo y no idealizarlo como lo tengo en estos momentos, pero no lo encuentro.
No vuelvo con pena de que se haya terminado, Vuelvo sabiendo que es solo una pequeña interrupción.
Entre ayer y el día anterior, he paseado, he hecho un tour en colectivo, he ido a mercadillos artesanales de Palermo, he entrado un momento en un Shopping lleno de ropa de moda y de gentes muy elegantes, he callejeado por Corrientes y por Mayo, he comido en Puerto Madero y San Telmo, he comparado pizzas de masa fina y gruesa, churrascos y parrilladas, me he dejado seducir por el acento porteño y acabo de venir de ver en el teatro a Cecilia Roth. No he perdido el tiempo, pero sin correr y sin ponerme una meta en ningún momento. Aún así, me voy con la total seguridad de que Argentina se me ha quedado sin ver y sin sentir, y que debo volver pronto.

Ver solo los paisajes de Bolivia y Argentina, ya de por si es una experiencia maravillosa, pero el aprendizaje que he tenido de sus gentes, que me introdujeron en este mundo nuevo y fascinante para mi, me enseñaron no solo a buscar y a distinguir los diferentes helados de chocolate y dulces de leche, sino  mucho de la vida, de sus ritmos, de sus tiempos, y de cómo lo importante no es estar en el momento preciso en el sitio adecuado, sino disfrutarlo. Y eso ha hecho que compartir este viaje sea el mejor recuerdo que pueda llevarme.

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  1. Elvira Endo Alvarado

    Has hecho solamente un alto en el camino; regresando a tu pais has abierto solamente un paréntesis en el tiempo.
    Argentina sigue ahí, esperándote para ofrecerte todos sus encantos y misterios.
    Y nosotros estaremos aquí, esperando compartir contigo tus nuevas vivencias

  2. Julian Membrillo Moreno

    Me parece un relato precioso.transmite un gran intensidad en la des cripcion de tus vivencias por esas tierras hermanas.

  3. Manuel Mata.

    Me encanta, tu forma de describirlo me parece haber hecho el viaje contigo.
    Enhorabuena es magnifico.
    Manolo Mata.

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