El Cazador de Moscas. Autor: Arilena

I

Llegó a la isla como quien despierta de un mal sueño. Abrió los ojos, se los restregó y se limitó a mirar la espesura verde oscuro que empezaba al acabar la arena.
Aquella misma mañana salió de caza. Afiló un rama larga, recta y cruzó la playa donde quedaron las huellas de sus pies profundamente marcadas en la arena.
Al principio buscó cabras salvajes, monos, pájaros incluso. Pero allí lo único que había eran árboles enormes y moscas.
Moscas grandes.
Y muy negras.
Y ruidosas.
Y aún así, eran moscas difíciles de cazar.

II

“Ésto es cómico” pensaba el cazador mientras se desenredaba una liana de la pierna. “Terriblemente cómico”
Había trepado a un árbol, un cocotero que extrañamente no tenía ningún coco. Había subido a la rama más alta, acechando a las moscas. Había apuntado con la lanza, sigiloso, como ha de ser todo buen cazador. Había esperado, acercándose milímetro a milímetro a las gordas moscas posadas al final de la rama. Se había arrastrado, desgarrándo la tela de la ropa.
Luego había arrojado la lanza y ensartado una de aquellos bichos. Se había levantado apenas, movido unos centímetros más adelante y, todavía con la lanza bien apretada —y la mosca clavada en la punta— había resbalado y había quedado colgando de espaldas al suelo, sujeto por unas lianas. La nube de moscas volvía a posarse otra vez. En las ramas, en las hojas, en las lianas y en la lanza y una, del tamaño de un puño cerrado, sobre la tripa del cazador —movíase nerviosa, reconociendo ese terreno blando y carnoso al que estaba poco acostumbrada—.
—¡Terríblemente cómico! —gritó el cazador agitando en el aire la lanza.
Y la mosca de su tripa, del tamaño de un puño cerrado, echó a volar, asustada.

III

—¿Cómo se llamaba? —dice.
Las enormes moscas zumban por todas partes.
El cazador mira la hoguera del centro del claro. Ha decidido que dormirá allí. Ahora cocina una de las moscas que cazó.
—¿Cómo se llamaba?
Coge la lanza con la mosca ensartada, la aparta del fuego y se la acerca. La toca con dos dedos. Tira de una pata. La prueba. Todavía está algo dura.
—¡Dime mi nombre! ¿Quién es el hombre de la isla? —grita hacia ninguna parte.
Luego sigue comiendo. El resto de moscas zumba. Y eso es lo único que se oye en la isla.

IV

Esa mañana llovía mucho. El cazador —podría decirse así— nunca había visto llover de aquella manera, pero tampoco —nunca antes, al menos— había tenido que vivir en una isla llena de moscas.
Ellas, las moscas, habían desaparecido de las hojas que goteaban agua. Idas, ocultas, evaporadas. El cazador podía dedicarse ahora a afilar su lanza —pude que a fabricar una nueva— sin prisa, sin tener que salir a cazar. Descansaba bajo una hoja grande de palmera. Pudiera ser que pensara en si a la gente se le mojaría la ropa que había tendido, o en cuanto tiempo puede llenarse un charco antes de convertirse en laguna. También pudiera ser que no pensara en nada.
Observaba la punta de su lanza con detenimiento. De vez en cuando la rascaba por un lado, y las muescas de madera caían al suelo lleno de agua.
Llovía, llovía mucho. El cazador de moscas nunca había visto llover de esa manera hasta esa mañana.

V

Amanecía y todas las moscas —todas—, habían vuelto a los árboles. Sentado bajo la hoja de palmera, el cazador tardó en moverse. Había cogido la lanza (estaba apoyada en el tronco), había mirado alrededor, y no había tardado en decidir el camino: el que quedaba a su espalda.
Caminó hasta media tarde. Tenía ya cuatro moscas colgando del cinturón. Entonces se paró delante del cocotero, le dio un golpe al tronco y luego, entre inquieto y nervioso como un niño pisando los últimos charcos de lluvia, pegó la oreja a la madera.
Sonrió. Volvió a golpear pero esta vez tanteando; primero fuerte y luego cada vez más débil todo alrededor del tronco. Y más alto —por encima de su cabeza— y a la altura de los pies. No le quedaban dudas. Ese era el cocotero perfecto, los cocos estaban listos.
Apenas si estaba oscureciendo pero las moscas ya bajaban al suelo, a dormir. El cazador encendió una hoguera junto al árbol. Los cocos, decidió, los sacaría a la mañana siguiente.

VI

—Puag, ¡moscas! —imagina que alguien le dice
—¿Y no serían mejor saltamontes? ¿hormigas, si acaso? —otro entra en la conversación.
—Sí, eso —habla el primero —fritos o algo así, como hacen los pigmeos.
Le señalan la hoguera, las moscas asándose lentas.
—Moscas, moscas ¿a quién se le ocurre? —un tercero dice mientras mastica algo.
El cazador se levanta, le da vuelta a las moscas. Se han chamuscado un poco por ese lado.
—Moscas. Son tan vulgares.
Por encima de la hoguera los árboles y en los árboles el zumbido intermitente.
—Saltamontes. Busca saltamontes. Suena bien. Cazador de saltamontes.
—¿Y qué es eso de cazador de moscas? —dicen.
El cazador se da la vuelta y les manda callar.
—Silencio —pide y vuelve a darle otra vuelta a las moscas que están al fuego.
Se le han quemado.

VII

A veces piensa —el cazador, piensa— que debería llevar la cuenta en alguna parte. No sabe exactamente que cuenta debería llevar. A veces cree que lo mejor sería saber cuantas moscas ha cazado. Otras simplemente piensa en cuantas ha asado y cuantas ha comido cocidas —él prefiere el cocido de moscas, sin ninguna duda—.
A veces piensa —el cazador, piensa— que lo que debería contar son los días desde que llegó a la isla. No sabe cuantos son. Se dice “debería marcar palitos en la corteza de un árbol”. A veces piensa —el cazador, piensa— que lo mejor sería ponerse a separar uno a uno los granos de arena de la playa.
A veces piensa —el cazador, piensa— en todas las gotas de agua que han caído sobre las hojas de sus cocoteros, en si el mar se hiela en invierno y si las moscas se extinguirán. Piensa en cuanta gente no ha dicho su nombre.
A veces piensa —el cazador, sí, piensa—.
A veces no piensa en nada.
A veces —el cazador, sí, a veces— sólo está.

VII

Esa mañana la niebla es más espesa que nunca. Lleva días sin llover pero todo huele a agua temblona, a punto de precipitarse. Es difícil, también más que nunca, ver las moscas. “Cazarlas” se dice el cazador.
A veces, para matar el hambre (y el tiempo), se pone a vacíar los cocos.
Los usa como jaulas. Los vacía (están llenos de madera roja y musgo blancoazulado) por un agujero en la corteza dura. Luego los lleva uno a uno hasta la playa y los hunde en la arena para que el agua no pueda llevárselos mientras regresa a por el siguiente. Puede tardar un día, incluso más, nunca ha llevado la cuenta.
Cuando los tiene todos en línea (paralela a la costa), semienterrados en la arena de la playa, los ata todos juntos con una liana. Tira y los acerca a la orilla. No tiene más que sentarse a esperar (no debe ser impaciente, el cazador de moscas lo sabe) mientras el agua arrastra los cocos, los sumerje como botellas de náugrago y poco a poco, los va volviendo transparentes.
Luego los usa como jaulas.
Para las moscas.
Aunque hoy, esa mañana, la niebla es más espesa que nunca.
Es por eso que también es más difícil que nunca ver las moscas.
Ni siquiera se ven los cocos transparentes del suelo.
Las jaulas para las moscas.
El cazador sabe que están vacías.

VIII

Una silla de tres patas es lo que, podría decirse así, el cazador más desea en el mundo.
Sólo eso, una silla de tres patas.
—Sólo serviría con tres patas —piensa en voz alta.
Ahora siempre piensa en voz alta. Eso asusta a las moscas. Un poco sólo. Lo suficiente para que dejen de zumbar unos segundos. Además le gusta escuchar su propia voz entre las enormes hojas de los cocoteros.
Antes de llegar a la isla, recuerda, solía quedarse a mirar las sillas vacías que quedaban en el parque después de terminar el teatro. Todas en fila, ordenadas, rectas, vacías. Las piensa en su isla, en la playa, con las patas hundidas en la arena todas iguales, ordenadas y vacías; pero luego mueve la cabeza, dubitativo.
Una silla de tres patas, podría decise así, es lo que más desea en el mundo. Aquí no hay filas, ni sillas iguales vacías y rectas, unas a lado de las otras.
No.
No las hay.
Cuando piensa su silla, el cazador la ve allí sola, con las tres patas hundidas en la arena y nada más.
Una sola silla de tres patas.

IX

Con más de diez moscas para la cena, el cazador es inmensamente feliz. Las ve revolverse en las jaulas. Aún no las ha matado. “Todavía no hace falta” se dice. Las mira con un aire feliz, como diciéndoles que no se preocupen, que todo saldrá bien.
—Mis niñas. Todo va a ir muy bien.
A las más grande la llama Eleanor. Lo decidió cuando consiguió por fin encerrarla en la jaula.
—Ea, ea. Eleanor —le dice a veces.
Y Eleanor se revuelve dentro de su coco-jaula mientras el cazador va amontonando palitos secos.
—Ea, ea. Eleanor, bonita —le dice de nuevo.
Un humillo tímido empieza (¡Al fin!) a salir de entre la leña. El cazador coje entonces su lanza y alcanza con la otra mano una de las jaulas. La abre despacio, con cuidado que la mosca no escape, y zas, la ensarta. Sobre la hoguera le da vueltas lentamente.
—Oh, Eleanor, no hay ninguna prisa.
Cuando acaba con las otras nueve coje con delicadeza la jaula-coco de Eleanor. Ella zumba dentro (casi se podría decir que tiembla). El cazador la mira sonriente, con la jaula-coco a la altura de los ojos.
—Eleanor, querida, no hay porqué tener miedo. Todo saldrá bien.

X

El cazador preferiría olvidarse de las moscas por un tiempo. Por eso sale de esa parte de la isla cercana a la primera playa.
Y no, no ha olvidado la lanza.
Antes de salir a explorar se aseguró de dejarla bien escondida.
“Vamos, olvida las moscas” se dice.
Pero las oye zumbar y zumbar, todo alrededor suyo.
“Olvida las moscas”
Y aún siguen ahí.
Ha salido de noche. No hay peligro —lo sabe, seguro— y las moscas duermen. Aunque no es fácil encontrar caminos entre la maleza y las lianas que cuelgan de los árboles sigue adelante.
“Adelante siempre” se dice estirando los brazos, como desperezándose.
Cuando comienza a amanecer el cazador descansa. Se tumba bajo unas hojas grandes de palmera y se duerme.
Sueña que está cazando.
“No, no” se dice todavía revolviéndose en sueños.
Las moscas le sobrevuelan.
“No, no, no”
Pero al final abre los ojos.
Agarra un palo (¿acaso no es esa su lanza?) sin mirar y golpea a una, dos, tres; bien gordas, que caen al suelo.
El cazador de moscas las mira desde arriba. Se encoge de hombros ligeramente y arroja el palo lejos, todo lo lejos que puede.
Volverá a su sitio cerca de la primera playa. No hay más remedio, lo ha comprendido.
Sólo le queda encontrar el palo de nuevo. Ese palo que acaba de utilizar. Porque… ¿acaso no era esa su lanza?

XI

—Las moscas son insectos dípteros —recuerda el cazador que le decían en la escuela.
Les hacían aprender el número de patas (arañas ocho, insectos seis, cangrejos 10) y luego tenían que recitarlo al día siguiente, como si fuera una tabla de multiplicar.
—Cangrejos seis, insectos ocho, arañas diez— decía alguien.
—¿Son ortópteros los saltamontes? —preguntaba otro.
En primavera se llevaban los bichejos a clase, en cajas de zapatos con agujeros o metidos en calcetines. La maestra seguía repitiéndoles aquello de los dípteros.
—Las moscas son insectos dípteros, porque tienen dos alas.
El cazador, de niño, podía recordar la mayoría de nombres de los bichos que se comían las plantas del jardín de su madre. En la playa, con el sol a punto de irse, piensa en todos aquellos nombres que ahora le suenan tan lejanos.
Cuando anochece vuelve a la selva. A las moscas que le miran desde los árboles les dice:
—No sois nada más que insectos dípteros de seis patas. No me mireis así.

XII

No es algo tan común encontrase un papel arrugado, con una frase ―unas pocas palabras a lápiz― en medio de la selva. Por eso el cazador de moscas está apoyado contra un tronco, por eso lee despacio. Estira el papel y se lo acerca a la cara y un segundo después lo aparta deprisa.
Es la prueba ―la única que tiene― de que quizás no está solo en la isla, de que puede haber alguien más.
Es por eso por lo que, cuando las moscas se han posado en los árboles, al atardecer, decide arrojar el papel lejos, muy lejos, y olvidarse de ese pequeño detalle.

XIII

Después de pasarse un par de horas proyectando, mirando fijamente el lugar escogido, desbrozándolo con los ojos y viendo más allá de los troncos de palmeras y cocoteros, por fin el cazador se pone manos a la obra.
—Este lugar es perfecto —se dice.
Tiene que darse prisa, reunir los materiales antes de que caiga la noche. Elige los mejores troncos de árbol, jóvenes pero firmes y seguros para construir las paredes. Para el techo utiliza una red trenzada con las lianas de la selva que luego recubre con grandes hojas de palma.
Se para y descansa. Un poco después cocina un par de moscas. Fritas. Se puede decir que le gustan, mucho. Al ponerse de nuevo al trabajo mira hacia el horizonte. La tormenta todavía aparece lejana, en el mar, pero se acerca.
Sólo media hora después el cazador ha acabado su refugio. Una caseta sólida, resistente, perfecta.
—¿Acaso alguien lo habría podido hacer mejor? —dice orgulloso.
Luego ríe, mirando hacia las moscas, satisfecho, repitiendo para sí esa última frase.
—¿Lo hubierais podido hacer mejor?
Pero es apenas un susurro, o quizás tan sólo el zumbido intermitente de las moscas antes de que llegue la tormenta.

XV

Debajo de una piedra hay una piedra. Debajo de ella hay una piedra. Aún así, todavía debajo vuelve a haber otra y un poco más abajo aún hay alguna más. Si sigue levantando piedras puede que debajo de la última —pero sólo de la última— encuentre una mosca. Eso nadie lo sabe. Ni siquiera el cazador lo sabe. Por eso sigue levantando piedras en esa playa rocosa. Levanta piedra, tras piedra, tras piedra.

XVI

El cazador lleva una semana pensando que por fin volverán a por él. Es un presentimiento extraño, quizás un cambio —ligero, muy ligero— en el color o en el movimiento de las nubes.
Hace un par de días, a punto de arrojar la lanza, ha levantado la cabeza y luego ha apoyado la mano, a modo de visera, sobre la frente.
—Las nubes están cambiando de color —ha dicho.
Luego ha vuelto a la caza. La mosca gorda seguía posada en la misma hoja, en la misma posición, y antes de arrojar la lanza, el cazador ha estado tentado de hablarle, de contárselo.
—Las nubes han cambiado de color —ha estado a punto de decirle a la mosca—. Van a venir a buscarme.
Pero al final no ha dicho nada. Ha apretado la lanza en la mano, ha apuntado recto —guiñando un ojo como cualquier cazador auténtico haría— y ha atravesado a la mosca gorda y negra.
Al final de la mañana ha cocinado la mosca y se ha sentado en la playa mirando el cielo.
Ha sido entonces cuando lo ha visto.
Allí, en su isla llena de moscas, estaba volando a lo lejos una gaviota.

XVII

Si llueve quedan charcos en el suelo.
—Es lo lógico, por supuesto ―piensa el cazador. ―Pequeños charcos redondos.
Como cuando la arena de la playa queda salpicada por ellos tras una tormenta. O a lo largo de los caminos, bajo los árboles. O también esos diminutos estanques que se quedan atrapados en las hojas.
Si llueve quedan charcos en el suelo.
Pero no siempre llueve y el suelo se seca. Y los charcos se secan.
―Los charcos deberían secarse ―se dice el cazador.
Porque desde la última tormenta, aunque ha brillado el sol durante dos semanas, los charcos siguen en la playa, a lo largo de los caminos bajo los árboles o atrapados en las hojas.
El cazador se arrodilla en la arena y se inclina sobre uno de los charco y con las manos en forma de cuenco, empieza a quitar el agua de allí.

XVIII

Mirando la línea del mar con el cielo el cazador piensa en construir una barca.
—Sería muy fácil— se dice.
Sólo sería cortar unos cuántos árboles, ya lo ha hecho otras veces, y atarlos con alguna de las cuerdas que ha ido tejiendo durante este tiempo, nada más. Quizás podría poner una vela. Y un timón.
El cazador se apoya sobre su lanza mirando el horizonte. Esa mañana ha terminado una balsa robusta, bonita, que podría llevarle a cualquier sitio. Quizás es eso lo que le preocupa. Al final carga con ella y la arrastra hasta el fondo de la playa.
—Aquí estará bien— dice y se da la vuelta, porque con el rabillo del ojo ha visto una mosca gorda, rica.
Allí queda la balsa, amontonada junto a las otras balsas que el cazador ya había construido antes. Y es que todavía no ha decidido si salir con ellas de la isla será el fin de su viaje o el principio de otro nuevo.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Curioso tema gastronómico….me costó leerlo a pesar de que está bien escrito.

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