Viaje por Tierras Salvajes (tercera parte). Autor: Rudy Hedemann

—Coronel Crespo —preguntó el Capitán Carrasco —¿Pudo mantener en secreto el transporte del oro?
—En un cuartel se sabe todo.
—¿Alguien más lo sabe?
—Mire usted, hicimos lo posible para que el secreto quedara puertas adentro, pero  los pobladores de Jujuy algo sospechan… algún soldado lo comentó en una alcoba. Eso es suficiente.
En ese momento se acercó Valerio Iñíguez, un postillón que conocía el camino y las postas desde Jujuy hasta Buenos Aires.
.—¿Usted sabe que tendremos que llegar rápidamente al puerto? —preguntó Carrasco.
—Llegaremos pronto y con la carga intacta, no se preocupe —Iñíguez remarcó las palabras con una pícara mirada y un escupitajo espeso—. Solamente demoraremos al atravesar algunos ríos… es la época de lluvias imprevistas.
—¿Y los indios?
—No molestarán, somos muchos para esa tropilla de brutos ¿No es cierto, Flores? —comentó con una risotada.
Flores, el baquiano, asintió con la cabeza y dijo:
—Pero tendremos que estar alertas.

Además de los cajones conteniendo el oro, cargaron la galera con odres con agua, comida preparada con pasta de choclo, empanadas de maíz y botellas con chicha que el Coronel Crespo había encargado especialmente. “Esa bebida les reconfortará las noches en la montaña y les dará ánimo en la llanura”.
Cuando supo que la chicha se hacía con maíz fermentado con saliva, Carrasco se prometió a sí mismo no beberla “aunque estuviera muriéndome desangrado”.
A la madrugada, los portones del fuerte se abrieron y una orgullosa caravana partió llevando un carruaje escoltado por nueve jinetes erguidos y confiados. Tres soldados iban al frente, junto con el baquiano Flores. Detrás, la diligencia con los caballos de refresco atados a la culata, y cerrando la partida el resto de los soldados junto al capitán.
Súbitamente, dos paisanos y una anciana formaron una barrera en la calle, mientras otros pobladores observaban la escena con rostros de enojo y temor.
Los primeros soldados sortearon al pequeño grupo por un costado, situándose a sus espaldas, en tanto el carruaje se detenía a poca distancia de la mujer, quien permanecía con una mano levantada.
—Anciana, están impidiendo el paso. Apártense —ordenó Carrasco haciendo avanzar su alazán.
—¡Ustedes se llevan el oro que pertenece a la Pachamama! —gritó la mujer con ojos enrojecidos.
—¡El oro es de la montaña, es de los hijos de esta tierra! —agregaron los otros, mientras miraban temerosos los caballos moviéndose a sus espaldas.
Cuando el sargento arremetió para dispersarlos, los dos paisanos se unieron a los que estaban en la vereda. La anciana no se movió.
—¡Malditos los que roban el oro y malditos los invasores españoles! —la mujer sacudía el brazo con el puño cerrado.
—Apártese de una vez —dijo López, empujándola con el estribo y haciéndola caer de rodillas.
—¡Maldigo a ustedes… maldigo al que posea este oro… y malditos quienes lo deseen! —de la garganta de la anciana salían gritos ahogados por la ira.
Los pobladores gritaban sin atreverse a intervenir, mientras los soldados giraban con los caballos alrededor del carruaje. Resultaba difícil entender que una débil mujer, de rodillas, estuviera deteniéndolos.
—Este oro se marcha para España y tus maldiciones no pueden cruzar el océano — gritó López, con una mueca irónica.
Carrasco no sabía cómo reaccionar. Nunca había vivido una situación parecida. Estaba desorientado, al tiempo que sentía pena por esa mujer indefensa.
—Vieja loca, tus maldiciones no llegarán a ningún lado —vociferó Salazar, uno de los soldados.
De pronto, Carrasco ordenó que la caravana reanudara la marcha.
—Vieja sucia —agregó Salazar—. Dios está en Madrid y no viene por estos parajes. Tu maldición será inútil.
Los pobladores enmudecieron. Sus miradas se clavaron en la mujer y luego en la torre de la iglesia, de donde surgieron suplicantes tañidos. Los que observaban la escena se persignaron. Ese soldado había cometido sacrilegio, renegando de la presencia de Dios.
Al tiempo que la galera se alejaba, la anciana se puso de pie y su boca se abrió como fauces hambrientas, dejando salir un rugido que rebotó en ecos interminables contra las paredes del cuartel.
—¡Que la muerte los acompañe y que la ira de la Pachamama los castigue!
Los soldados mantuvieron sus ojos en la mujer hasta que la curva del camino la hizo desaparecer.

A la noche, cuando la montaña se abría en una extensa franja de tierra, organizaron un corral para los caballos. A pocos pasos, una gran roca rodeada de pequeños arbustos sirvió de refugio contra el viento. Solamente el resplandor del fuego quebraba la oscuridad de la noche.
Todos permanecían en silencio alrededor del fuego observando las brasas, escuchando atentos el murmullo de la brisa entre los arbustos. Nadie se atrevía a hablar de la maldición y del repiqueteo de las campanas que aún resonaba en sus oídos.
Por fin, después de un escupitajo, Iñíguez se decidió.
—Yo no creo en las brujerías.
—Pero la luz mala y los gualichos existen —respondió Flores con convicción.
Como si alguien hubiera dado permiso para hablar, todos quisieron dar su opinión sobre brujas y maldiciones.
—En Sevilla —dijo Hernán Méndez—. La vieja Carmen maldijo al matrimonio de un primo mío, y el primer hijo les nació muerto y con seis dedos en cada pie.
—Que la maldición de esa loca de Jujuy no nos toque —tartamudeó el soldado Oviedo, persignándose. Algunos lo imitaron.
—Una vez, en Valladolid, Ramón Castellanos perdió el habla porque una bruja lo apuntó con el dedo cuando bostezaba —agregó Salazar.
Las cabezas de los soldados asentían como si fueran marionetas. Tensos y con ojos de asombro, acompañaban con murmullos el final de cada relato. De pronto, unos gruñidos los obligó a callar. El terror asomaba en sus rostros. Esperaban recibir en cualquier momento los resultados de la maldición.
El capitán Carrasco se puso de pie de un sólo salto.
—¡Soldados! —gritó con tono autoritario—. Es un tigre de la montaña que asedia nuestros corceles. Me avergüenzo de que un soldado español les tema. Las brujerías existen solamente en la imaginación.
Recogió dos ramas encendidas y las blandió contra el viento. Caminó hasta donde estaban los caballos e iluminó el lugar. Por un costado, una sombra ágil y silenciosa desapareció tras las rocas.
—Ya lo ven —los reprendió—. El miedo a la maldición está en sus cabezas. Eso los vuelve débiles e inseguros.
Caminó alrededor de ellos golpeándose la bota con el rebenque. Cuando vio que estaban en silencio, les habló con voz imperiosa:
—A partir de ahora no permitiré que se hable de hechizos ni brujerías durante el viaje ¿Entendido?

En dos semanas llegaron a Córdoba acompañados por un tiempo sin lluvias, caminos secos y transitables. Todos los cursos de agua estaban con poco nivel y ninguno había presentado dificultades para el cruce.
Sin embargo, esa tranquilidad que gozaban durante el día se transformaba en nerviosa ansiedad al llegar las sombras. La noche provocaba en los hombres un presentimiento de misterios y amenazas. Ninguno olvidaba la partida de Jujuy, la anciana gritando sus maldiciones y las campanadas de la iglesia retumbando sobre sus cabezas.
Nadie se animaba a hablar de ello; Carrasco vigilaba que eso no sucediera pues no quería que sus hombres estuvieran nerviosos ni atemorizados por historias, leyendas o maldiciones. Pero no podía evitar que sus miradas inquietas observaran las sombras buscando algún mal imaginario.
El soldado Oviedo, un sevillano que pronto regresaría a España, entonaba canciones alegres de su tierra, así que para levantar el espíritu de los soldados, Carrasco le pidió que todas las noches cantara sus coplas:

Sevillana de mi vida
Sevillana de mi amor
Sevillana, yo te quiero con todo el corazón.

Sevillana, tu mirada
Sevillana, tu color
Sevillana, yo deseo que me dones tu pasión

Ni bien Oviedo terminaba, permanecían en silencio contemplando el fuego, escuchando el susurro del viento, el movimiento de los arbustos o el sacudir de los juncos al costado del camino. Dormían inquietos, deseaban ver las luces del día nuevamente.

Luego de Córdoba, el paisaje volvió a ser una llanura verde que se confundía con el horizonte.
—Nunca tuve un viaje tan bueno —repetía Iñíguez, haciendo sonar el látigo sobre la cabeza de los caballos, al tiempo que lanzaba una espesa escupida—. Hasta ahora no tuvimos lluvias y los indios nos han dejado tranquilos.
—No nos confiemos —gritó Flores desde su caballo—. Un amigo me dijo que los indios están muy inquietos. A ellos los atacaron durante el día y les robaron dos bueyes.
Carrasco, que escuchó el diálogo, se acercó al sargento Barca.
—Sargento, estemos alertas y marchemos en doble hilera sin separarnos demasiado… y reforcemos las guardias.
Al caer el sol, dos pequeños grupos de indios con el torso descubierto miraban la caravana desde lejos. Algunos montaban a caballo, llevando lanzas, y otros iban de a pie con boleadoras atadas a la cintura. De vez en cuando, un nativo se acercaba al galope para observarlos desde cerca sin importarle ser visto.
A partir de esa noche, tomaron más precauciones que de costumbre: además de dos fuegos, montaron dos puestos de guardia. Ahora, una nueva inquietud se había incorporado al pensamiento febril de los soldados.
Con más razón aún, Oviedo cantó sus acostumbradas coplas.

Las sombras del amanecer no habían desaparecido cuando una bandada de pájaros despertó al campamento. En el momento que terminaron su desayuno de galletas y mate cocido, el calor ya se hacía sentir.
—Capitán —dijo el sargento Barca— ¿No será mejor que Flores se adelante para observar si hay indios emboscados?
—Ya lo había pensado,  pero tengo dudas de hacerlo. Cuanto más nos separemos, mayor será el riesgo.
El militar dudó unos momentos.
—¡Sea! Que alguien lo acompañe para mayor seguridad… y que nos esperen en un lugar con sombra para descansar a media mañana.
Barca comunicó la novedad al baquiano, quien eligió a Fuentes para acompañarlo, un soldado que tampoco hablaba demasiado.

Después de tres horas de marcha agobiante, la caravana encontró a los dos hombres a la sombra de un árbol poco frondoso.
—¿En qué lugar estamos? —preguntó el capitán.
—Este arroyo no tiene nombre. Cuando está crecido, el nivel llega hasta este árbol —respondió Flores.
—No alcanzo a ver el arroyo.
—Sígame —agregó el baquiano en forma lacónica.
Luego de caminar cincuenta pasos, descendió hasta el lecho casi seco seguido por el capitán.
—Mire —señaló con la mano—. La tierra reseca que estamos pisando, normalmente es barro o está húmeda. Hay sequía.
Un hilo de agua que llegaba desde el oeste se perdía entre terrones resquebrajados, y un poco más allá terminaba evaporándose con los rayos del sol.
—Gracias a Dios, hay agua suficiente para los caballos. Descansemos media hora.

A medida que la tarde avanzaba, los cuerpos de los hombres se transformaron en torrentes de transpiración. La quietud en el campo era total. Solamente algún pájaro se atrevía a sobrevolar de vez en cuando el estiércol dejado por los caballos.
Cerca del atardecer, el cansancio de los hombres era evidente: caras enrojecidas, labios secos, cuerpos húmedos y músculos doloridos. Santos apuró su caballo para alcanzar al capitán.
—Capitán, hace un rato vi a tres indios a caballo, y ahora hay otros cuatro que parecen vigilarnos.
—Yo también los observé, soldado. No se preocupe que marchando juntos estamos prevenidos —respondió con palabra firme.
—Pero… reconocí a uno de ellos que ayer también nos vigilaba.
—Todos ellos se parecen.
—Permítame insistir. El que yo digo tiene una cicatriz en el lado derecho de la cara y una mancha oscura en el pecho. Es el mismo de ayer y monta el mismo caballo —Santos se mostraba seguro con los detalles.
El capitán pensó unos instantes.
—Bien, dígales al sargento y a Flores que vengan.
Cuando los dos hombres se acercaron, Carrasco expuso su idea.
—Abrevemos los caballos lo antes posible y elijamos un buen lugar para acampar. Hagámoslo antes de que se oculte el sol —los miró de reojo sin detener el galope—. Hoy no pensemos en cazar, tenemos comida suficiente en la diligencia. No gastemos energías ni nos separemos, todos estamos cansados y sofocados. Lo que menos necesitamos es que esos indígenas nos sorprendan.
—De acuerdo capitán —respondió Barca.
—A media legua de aquí hay una laguna. Algo de agua debe tener todavía, pese a la sequía —aseguró el baquiano.
Cuando llegaron, descubrieron que la laguna era un pequeño charco barroso donde los caballos tomaron agua con dificultad, filtrándola entre sus dientes, resoplando como si protestaran.
Después de atarlos entre sí, formaron una especie de cadena cuyo primer eslabón estaba amarrado a un viejo tronco de árbol. En un costado, acamparon sobre un pequeño promontorio.
A pocos pasos de allí, la laguna daba vida a pastizales y juncos espesos que, al retirarse el agua, se habían convertido en amarillentos, secos y quebradizos. Mientras los soldados cortaban las varas más altas para encender el fuego, pequeñas lagartijas zigzagueaban entre sus piernas.
Al ocultarse el sol, todo estaba preparado para pasar la noche.
Campos fue asignado a la custodia de los caballos y al cuidado de una fogata.
Frente a la diligencia, a pocos pasos de donde dormirían los hombres, Méndez estaba a cargo de la misma tarea.
Agruparon los fusiles con las bayonetas caladas, apoyando las culatas en el suelo.
En la quietud de la llanura, solamente se escuchaba el crepitar de las llamas y algún aislado resoplido de los caballos. Los hombres habían terminado de comer y el cansancio y la modorra los mantenía más callados que de costumbre. Recostado contra una de las ruedas, el codo apoyado en uno de los ejes, Carrasco pidió a Oviedo que cantara alguna de sus coplas.
—Primero permítame ir a los juncos, tengo necesidad —explicó con una sonrisa forzada, mientras se tomaba la bragueta con las dos manos.
La luna aún no había asomado, así que caminó en la penumbra adivinando donde pisaba. Dejó atrás el promontorio en el que estaba la diligencia, pasó al costado de los caballos donde estaba Campos y continuó hasta llegar al borde de los primeros pastizales.
Orinó con fuerza salpicando los juncos como una llovizna. El líquido al caer sobre el juncal rebotó en las varas cercanas, haciendo que las lagartijas corrieran agitando los pastos secos. Oviedo sonrió, no pensó que fueran tan ruidosas. Al terminar, dio media vuelta y regresó al campamento a cantar.
Apenas más allá de donde Oviedo había orinado, agazapado y arrastrándose como si fuera una lagartija más, un indio inclinó la cabeza entre los gajos secos para observar al soldado que se marchaba. Luego, miró a Campos, que custodiaba los animales, calculó la distancia que lo separaba y se deslizó sobre la humedad dejada por la orina sin importarle.
En su mano llevaba una cuchilla cubierta por barro para que no brillara. Sus músculos estaban tensos, la vista fija en los caballos. Un poco más atrás, un compañero lo seguía arrastrándose con los codos apoyados en la tierra, cargando entre los brazos una especie de grueso poncho empapado en agua.
Al otro lado del campamento, el fuego proyectaba la sombra de la diligencia, tras la cual se protegían tres indios resueltos a saltar. Cada uno tenía boleadoras preparadas en la mano, una cuchilla en la cintura y el deseo de matar y robar. Más atrás, un cuarto sostenía entre las manos un poncho de lana embebido en agua.
Los torsos desnudos brillaban por la transpiración. Los ojos acostumbrados a la oscuridad seguían los movimientos de los soldados, en tanto los oídos estaban atentos a la señal de ataque del jefe, que esperaba el momento adecuado.
Oviedo cantó:

Sevillana de mi vida
Sevillana de mi amor
Sevillana, yo te quiero con todo el corazón.

Sevillana, tu mirada
Sevillana, tu…

No pudo terminar. Un bolazo le pegó en la nuca matándolo en el acto, al tiempo que un griterío ululante paralizó a los soldados.
El indio que se arrastraba por los pastizales y acariciaba las patas de los caballos para mantenerlos tranquilos, entró en acción cuando escuchó los gritos. Se arrojó hacia adelante con el puñal en la mano para clavárselo a Campos en las costillas y enseguida en el cuello, haciendo que la garganta y la boca del soldado formaron una masa sanguinolenta.
Los que llevaban los ponchos empapados en agua los arrojaron sobre las brasas, provocando dos nubes de humo que enrarecieron el aire y produjeron la oscuridad absoluta.
Varios salvajes que llegaron a los saltos desde los pastizales aprovecharon la confusión para montarse a los caballos saltando sobre cuerpo de Campos. El jefe de ellos, llamado Rail, llevaba una especie de lanza hecha con caña tacuara que, después de clavarla en la pierna de Méndez, se perdió en la noche al galope tendido.
El capitán Carrasco, de espaldas a la diligencia, al ver caer a Oviedo, comprendió la situación y en medio del griterío se dirigió adonde estaban los fusiles. El humo y la oscuridad impedían ver. Desenvainó su espada y comenzó a blandirla en todas direcciones en el momento justo que un indio se abalanzaba sobre él. El salvaje, con la espada clavada en un costado, a pesar de estar herido de muerte pataleaba e intentaba seguir gritando.
Flores recogió las boleadoras que habían derribado a Oviedo y salió corriendo por el camino en dirección incierta.
Los soldados corrían de un lado a otro, desordenados, confundidos. La oscuridad y la sorpresa los había desorientado; buscaban sus rifles guiándose por el tenue resplandor de las brasas cubiertas por los ponchos mojados, que habían empezado a secarse.
Casi al unísono, los fogones estallaron en llamas  y los ponchos ardieron creando una potente luz que iluminó el lugar. Los soldados tomaron los fusiles y enarbolaron las espadas.
Salazar disparó a quemarropa a uno que tenía las boleadoras preparadas, haciéndolo caer de bruces, pero sin impedir que una bola le pegara en la frente. La cabeza del soldado se sacudió como si fuera un muñeco, las cervicales crujieron y la vista se le nubló.
En tanto, Carrasco hizo fuego sobre otro que escapaba a caballo. El animal, descontrolado, aplastó a Iñíguez contra la diligencia quebrándole la clavícula.
El sargento Barca, trenzado en lucha con un indio corpulento, lo golpeó en las costillas haciéndolo caer con la boca buscando aire con desesperación. El sargento aprovechó para clavarle la bayoneta en el pecho.
Con la misma velocidad que habían comenzado, los alaridos se acallaron. En ese instante,  con voz apagada de tanto gritar, Carrasco impartió instrucciones para que se reunieran junto a él.
—¡Vengan todos aquí!. Los heridos que no puedan moverse que se queden en su lugar, ahora iremos por ellos. ¡Orden, soldados, orden!. Los indios ya se marcharon.
El recuento de los muertos y heridos fue penoso. Habían fallecido Campos y Oviedo. El soldado Méndez, con un lanzazo en la pierna, y Valerio Iñíguez, con la clavícula rota, estaban imposibilitados de continuar la marcha. El golpe en la frente mantenía a Salazar mareado e inestable. Un desaparecido era el baquiano Flores, que se había marchado corriendo por el camino, quizás fugado.
Un indio, sentado e inclinado hacia un lado, sostenía con las manos la carne desgarrada del cuello. Sus ojos ya no tenían color. El capitán consideró un acto de piedad rematarlo con el fusil.
En ese momento se escuchó el resoplido de un caballo. Todos hicieron silencio y prepararon sus fusiles.
De la oscuridad surgió la figura ensangrentada de Flores, llevando de las riendas al alazán del capitán. Tenía una mano cortada, los brazos magullados por los golpes y la boca abierta para poder respirar. Casi desmayado se sentó en el suelo. Estaba agotado por el esfuerzo. Inspirar le causaba dolor y el calor lo sofocaba. Nunca contó una palabra de lo sucedido.

La luz del día encontró a los hombres cansados y desanimados. Salazar se levantó más mareado que la noche anterior. Sus palabras eran confusas, se quejaba del dolor y se masajeaba la sien derecha como un poseído. Imprevistamente, saltó hacia adelante, tomó la espada. y comenzó a moverla en círculos sobre la cabeza, gritándole a un enemigo oculto e imaginario. Como si lo hubiera encontrado en algún lugar que solamente él podía ver, salió corriendo hacia lo que quedaba de la laguna, perdiéndose entre los juncos.
—Déjenlo. Parece haber perdido la razón y será difícil dominarlo en ese estado. Esperemos que regrese —indicó el capitán—. Dediquémonos a los heridos y veamos qué hacer con Méndez e Iñíguez, que no podrán seguir con nosotros.
—Capitán, estamos a dos días de Córdoba. Lo mejor será que vuelvan para allá —propuso Flores.
—Estoy dispuesto —aceptó el postillón con cara de dolor.
—Yo también —dijo Méndez, sosteniéndose en una pierna.
—Necesitarán dos caballos. ¿Cuántos quedarán para la caravana? —consultó Carrasco.
—Diez en total.
—Se requieren cuatro para la diligencia, que conducirá Flores; quedan Barca, Santos, López, Fuentes y yo —dijo el capitán—. Son nueve caballos en total. Quedará uno de refresco, que podría ser para Salazar, si es que regresa.
—Solicito su permiso para ver si Salazar todavía está en la laguna —se ofreció Santos.
—Vaya con cuidado. Ese hombre tiene una espada y podría ser peligroso.

A los pocos minutos, Santos regresó.
—Salazar encontró por fin al enemigo que buscaba, pero no lo pudo vencer —dijo con voz apagada—. Murió ahogado. Lo encontré boca abajo en lo que queda de agua pero sin soltar la espada.
Carrasco mantuvo la compostura. No podía quejarse ni lamentarse delante de su reducida tropa, necesitaba levantarles el espíritu y organizar el viaje a Buenos Aires.
—Sargento. Enterremos a los muertos, incluyendo los indios. Abrevemos los caballos y partamos —ordenó con voz todavía ronca.

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