Viaje por Tierras Salvajes (cuarta parte y final). Autor: Rudy Hedemann

La luna aún emitía pálidos destellos sobre el campo, cuando los colores rosados del cielo comenzaron a cobrar intensa vida por el naciente. El amanecer anunciaba otro día despejado y caluroso; la sequía continuaba. En ese momento, los dos hombres que regresaban a Córdoba a curar sus heridas partieron con muestras de dolor en el rostro y temor por sus vidas. Aunque los habían dotado de fusiles y suficiente pólvora, sabían que no estaban en condiciones de enfrentar a ningún enemigo.
Como siempre que se hallaba ante una situación difícil, el capitán Carrasco golpeaba sus botas con el rebenque hasta hacerse doler. Con semblante adusto montó a caballo, dio la orden de partida y la caravana se puso en movimiento en completo silencio; los únicos sonidos provenían del resoplido de los caballos y el chirriar del carruaje con el oro.
Imprimieron un ritmo de marcha más lento, ya no tenían animales de refresco para la diligencia y el calor se hacía más intenso con el correr de las horas. De los pastizales y arbustos del costado del camino se levantaban nubes de mosquitos que los acosaban, martirizándoles la piel. El baquiano Flores propuso que en el siguiente arroyo se untaran la cara con barro, para mantenerlos alejados.

Al cabo de tres días de insoportable calor, resolvieron detenerse con mayor frecuencia.  Necesitaban refrescarse bajo la sombra de algún árbol, reponer energías. Los animales, que a ojos vista estaban más flacos, revelaban el cansancio de tantas jornadas agobiantes. Mientras tanto, los mosquitos continuaban con sus ataques durante el día y la noche. Los hombres, con sus caras embarradas para protegerse, parecían máscaras salidas de una comparsa.
Luego de cruzar el río Carcarañá sin grandes dificultades, el sargento consultó a Flores:
—¿Cuánto falta para llegar a Buenos Aires?
—A este ritmo, tardaremos seis o siete días—respondió el baquiano.
—¿Iremos a la Posta del Paraná a reponer víveres? —preguntó el capitán, tratando de mostrarse indiferente.
—Mejor que eso será que don Ramón nos cambie los caballos —dijo Flores con disimulada sonrisa de complicidad.
—Y usted, sin el barro en la cara, podrá ayudarle a la hija de don Ramón a sacar agua del aljibe —agregó el sargento Barca con una risotada.
Carrasco no sabía si retar a su subordinado o complacerse de la situación. Por primera vez desde el ataque de los indios, en la caravana se había escuchado una risa.

A la mañana siguiente, los rayos de la aurora parecían más amarillos que de costumbre. Algunas nubes oscuras que parcialmente le interponían el paso, dejaban pasar destellos que se proyectaban sobre el campo como saetas doradas.
Las horas transcurrieron bajo un techo de nubes que volaban hacia el oeste, llevando humedad y sombra que aliviaba a los cansados viajeros. Hacia el crepúsculo, la temperatura comenzó a descender rápidamente.
—Mañana tendremos agua —sentenció Flores.

Acamparon en una lomada desde la que se veía el horizonte en todas direcciones. Cuando despertaron, no podían ubicar el lugar de la salida del sol. El cielo se había cubierto por un espeso manto oscuro con delgados resplandores que iluminaban el interior de las nubes. A lo lejos, hacia el sur, borbotones de bruma parecían levantarse de la tierra.
—Por aquel lugar está lloviendo. Se nos cruzará la tormenta en el camino —dijo el baquiano con voz intranquila—. Carguemos todas las maderas secas que podamos dentro de la diligencia. Más adelante no podremos hacer fuego.
Antes del mediodía llegaron nubes tan bajas que parecían poder tocarlas con las manos. Eran negras, algunas casi violetas, arrastradas por el viento hasta deshilacharlas. Llegaron acompañadas de una ligera brisa sobre el campo que alivió la piel de los hombres.
La tormenta se acercaba. La brisa se transformó en viento impetuoso, la temperatura se volvió fría de golpe y el cielo se tornó negro azabache. Los resplandores lejanos eran ahora relámpagos penetrantes que enceguecían, y los truenos eran cañonazos que retumbaban por todo el campo, intranquilizando a los animales.
La primera ráfaga estuvo a punto de hacer caer a Carrasco del caballo, quien giró la cabeza para prevenir a la tropa; no fue necesario, ya todos estaban preparados para enfrentar la tempestad que tenían delante.
El agua comenzó a caer en grandes gotas aisladas que regaron el suelo sediento, impregnando el aire con un penetrante olor a tierra húmeda. Unos segundos más tarde, un aguacero intenso empapó a los viajeros. La lluvia, empujada por el viento hasta convertirla en horizontal, los lastimaba y deshacía rápidamente las máscaras de barro que tenían sobre la piel, marcándoles surcos por los que corrían gotas que lavaron sus caras en pocos minutos.
La intensidad de la lluvia disminuyó, pero continuó cayendo toda la tarde. El camino se volvió difícil para los caballos e inestable para el carruaje. Al cesar los relámpagos, hicieron noche debajo de un ombú gigante que los protegía de la inclemencia.

Amaneció sin lluvia, aunque el cielo se mantenía cubierto, amenazante.
—Seguirá lloviendo —anunció Flores—. Es una sudestada que llega desde el río de la Plata.
La diligencia avanzaba con dificultad, las ruedas se hundían en el barro hasta los ejes y se atascaba, obligando a los hombres a desmontar para volverla al camino con la ayuda de sus caballos.
Por la tarde, el viento comenzó a aullar implacable, castigando de frente a los hombres. Para amortiguar esa fuerza, los jinetes tiraban su cuerpo hacia adelante hasta acostarse sobre el cuello de los animales. Flores, mientras tanto, permanecía sentado sobre el pescante, atento a la huella y a los pozos.
De pronto, como si alguien hubiese abierto una brecha en el cielo con una espada, el sol iluminó el campo con rayos amarillentos que las nubes se encargaron pronto de cerrar otra vez. El mal tiempo seguiría.

Durante dos días, un impiadoso vendaval castigó a los abatidos jinetes. El agua se acumulaba a los costados del camino, invadiéndolo, formando charcos donde abundaban ranas y sapos que se reponían de tan larga sequía.
Los hombres buscaban algún lugar que les resultara familiar, pero el paisaje había cambiado. Dos pequeños arroyos se confundían ahora en uno solo, formando una laguna debajo de la cual pasaba el camino.
Una de las ruedas se hundió en una profunda huella, la estructura se sacudió, un gemido surgió de la rueda izquierda por el esfuerzo y dos rayos se astillaron. Tardaron horas en reparar los daños, bajo una constante cortina de agua que los atormentaba.
A pesar del toldo que los cubría, las noches eran húmedas, penosas, ingratas; no había lugares secos donde descansar ni techo seguro donde guarecerse. Se turnaban para dormir dentro de la diligencia.
La previsión de Flores de almacenar leña en el carruaje fue acertada, pero sólo les quedaba para una noche más. Además, la comida escaseaba y los animales de caza habían desaparecido.
Fue al promediar la tarde que desde lejos les pareció reconocer un conjunto de álamos altos y gruesos. Sí, recordaron que allí habían presenciado la carneada. Al llegar, descubrieron que todo se había convertido en un gran pantano. Los troncos de los árboles estaban dos pies debajo del agua y solamente una parte de la cornamenta del buey sobrepasaba ese nivel. Una sensación de abatimiento se apoderó de todos.

Al día siguiente, Flores les dio una buena noticia: estaban a poco más de un día de la posta del Paraná. Por fin descansarían y, de paso, verían lindas mujeres.

Luego de otra noche de lluvia sin interrupción, iniciaron la jornada. A medida que avanzaban, el campo parecía modificarse; ahora tenía la apariencia de un gigantesco lago de aguas poco profundas. Únicamente el camino mostraba todavía el color de la tierra, surcado por huellas de ruedas, pisadas de bueyes y cascos de caballos.  Las aguas parecían cubrirlo todo. Al atardecer, después de dejar atrás un recodo del camino, ante su vista apareció la Posta del Paraná. Los ojos se iluminaron y una sonrisa de alivio asomó en todos los rostros. El puestero Ramón los recibió con un caldo caliente que los recompuso.
—Hoy los atenderé yo. Mis hijas y mi señora están en Buenos Aires hasta la semana próxima —les explicó—. Esta tormenta las está demorando más de la cuenta.
Los soldados dirigieron la vista sin ningún disimulo hacia el Capitán, que intentó mantenerse indiferente al comentario.
—¿Nos podrá cambiar los caballos? —consultó Flores—. Los nuestros están muy cansados.
—Los que tengo en el corral llegaron en la diligencia de ayer, y me parece que están peor que los de ustedes. Uno tiene una pata lastimada.
Carrasco y el baquiano intercambiaron miradas de desaliento.
—Don Ramón ¿Quiere decir que no hay mujeres en la casa? —preguntó el soldado Santos que regresaba del llamado baño.
—Ni mujeres ni huéspedes, salvo ustedes.
—Entonces, podríamos lavarnos en bolas junto al aljibe.
—El campo es de ustedes, hagan lo que quieran —respondió el puestero con una sonrisa de complacencia.
Se desnudaron desinhibidos. Caminaban descalzos sobre la tierra mojada, con placer, descargando los nervios y tensiones de tantos días. Divertidos como chiquillos se bañaron bajo la lluvia, arrojándose agua unos a otros con el balde del aljibe. La misma lluvia que los había castigado durante casi una semana, la recibían como si fuese un bálsamo.
Por fin, después de largo tiempo, esa noche pudieron dormir en lo seco. Se levantaron con mejor ánimo, desayunaron bien y recuperaron una parte de las fuerzas perdidas. Las únicas provisiones que Ramón les pudo dar para el viaje fueron cuatro gallinas, galletas y un poco de carne salada. A él también le escaseaban por el mal tiempo.

En los días siguientes, la lluvia se aplacaba durante la noche y regresaba, recia, durante la marcha. Parecía una burla de la naturaleza. De vez en cuando, el sol se animaba a traspasar las nubes durante unos instantes, llegando a los hombres como una ilusión. Pero al rato, el vendaval regresaba nuevamente.
Un poco más adelante encontraron un árbol caído, partido al medio y chamuscado por un rayo. El avance se hacía penoso.
Al tercer día, con los caballos flacos y débiles que por momentos se volvían indóciles, estaban a dos leguas de Buenos Aires.
Azotados por el viento y el agua, algunos hombres tosían hasta perder la voz. Otros se movían con torpeza, rígidos, lentos y doloridos. Todos necesitaban llegar a destino y descansar, estaban al límite de la resistencia física y anímica.
—Cuando crucemos el arroyo, estaremos muy cerca de Buenos Aires —anunció Flores.
—¡Vamos, soldados, prometo mujeres y una paga extra cuando lleguemos! —los estimuló el Capitán.
—Arriba, que ya estamos cerca —arengó el sargento Barca.
—¡Allá está el árbol, el sauce donde nos refrescamos en el viaje de ida! —dijo el soldado López, entusiasmado.
Al acercarse descubrieron que lo que había sido un plácido arroyo, ahora tenía las aguas desbordadas. El tronco del gran árbol parecía brotar del medio de un lago. La vegetación de las orillas no se podía ver, superada por la crecida.
Buscaron un lugar para el cruce, pero no lo encontraron. La corriente había devorado las barrancas, dejando a la vista un pequeño banco de arena que servía de tímida referencia para iniciar la maniobra.
Flores dirigió los caballos hacia ese lugar e inició la maniobra. De pronto se detuvo, dudó. La corriente era muy fuerte y empujaba a los animales de costado.
—Está muy peligroso. Lo mejor es atar una soga al árbol de allá, para frenar el empuje del agua —su brazo extendido señaló la otra orilla.
El capitán se dirigió a su pequeña tropa.
—¿Quién se ofrece  ir  al otro lado?
—Yo me ofrezco —dijo Fuentes.
Aligerado de botas y pantalones entró con el caballo al arroyo, llevando una soga con un extremo anudado a la diligencia. El animal nadaba con desesperación, luchando contra la corriente impetuosa que lo arrastraba. Cuando llegó al centro de la correntada, pareció detenerse. Después de tantos días de entrega, mal alimentado y sufriendo las inclemencias, el noble bruto flaqueó. Las fuerzas lo abandonaron y el agua lo lanzó corriente abajo, revolcándolo. El cuerpo del caballo pareció flotar junto a Fuentes, que se aferró a las crines sin saber que el animal ya no respondía. Los dos fueron arrastrados hasta el fondo. Murieron casi al mismo tiempo.
Desde la orilla, los ojos desorbitados de los hombres seguían los cuerpos que se iban aguas abajo. Nada podían hacer, salvo observar. De pronto, la soga se tensó y la diligencia comenzó a oscilar peligrosamente.
—¡Corten la soga! ¡Corten la soga! —gritó Flores—. La punta está atada a la montura.
Carrasco, consternado, trató de sobreponerse. Sacó la espada y cortó la soga de un sólo corte.
—Ya sabemos cómo hacerlo —gritó—. ¿Quién se anima?
—Iré yo —se ofreció Barca.
El sargento unió dos sogas que le permitieron llevar su caballo aguas arriba, previendo que la corriente lo ayudaría a ir en diagonal hasta el otro lado. Eligió el caballo más fuerte y se lanzó a las aguas nadando con la corriente a favor. Jinete y montura llegaron con esfuerzo hasta el árbol, entre gritos de alegría de los que se quedaron del otro lado.
—El agua está profunda. Cubrirá parte de la diligencia —advirtió Barca a los gritos.
Carrasco miró a Flores, consultándolo con la mirada.
—Capitán, cuantos más caballos haya del otro lado y más sogas para el tiro, mejor será.
—Santos, López —ordenó Carrasco sin titubear—. Crucen como lo hizo el sargento. ¡Rápido, que la correntada está aumentando!
A la media hora, los tres hombres estaban rodeando el árbol con las sogas, formando una polea. Un extremo estaba atado a las monturas de los caballos y el otro al carruaje.
El cruce comenzó. La diligencia se mecía entre el fondo irregular y la corriente que la empujaba. Una de las cuerdas sujetaba la estructura para que no volcara, mientras que los caballos jalaban las otras dos para colaborar con las cuatro bestias que, pataleando en el agua sin encontrar donde apoyarse, arrastraban el vehículo con dificultad.
Carrasco se mantenía cerca del carruaje, atento a las maniobras de Flores que se había atado para no caer.
Cuando estaban en el medio de la furiosa correntada, bajo una lluvia impiadosa y truenos que aturdían, un rayo cayó sobre el árbol, destrozándolo.
Las ramas golpearon a los tres hombres  y la descarga los electrocutó. Las sogas cedieron.
La diligencia, sin sostén de las cuerdas, dio vuelta sobre sí misma, despedazándose. Los trozos de madera y las astillas parecían estallar, saltando por el aire para luego desaparecer bajo las aguas. Flores, arrastrado por la corriente, desapareció en el remolino que se formó a su alrededor. Carrasco alcanzó la orilla casi sin aliento para comprobar que todos estaban muertos.
Tenía ganas de llorar, gritar su impotencia, dejarse morir. De pronto observó que una soga permanecía atada a lo que quedaba del tronco. La amarró a su caballo y comenzó a tirar. En el otro extremo, desvanecido y casi ahogado, apareció Flores flotando sobre el agua. Carrasco colocó el cuerpo fláccido del baquiano sobre el barro y trató de reanimarlo. Todavía respiraba. Con unas ramas armó una camilla y lo acostó.

Agotado, sucio y desmoralizado, el Capitán llegó a Buenos Aires sobre su alazán arrastrando una rústica camilla en la que llevaba a un hombre desfallecido.
A las diez de la noche, aterido de frío y con espasmos, se presentó ante la guardia del virrey Sobremonte. Casi de inmediato, el virrey se acercó vistiendo ropa de cama blanca, perfumada. Su rostro evidenciaba mal humor.
—¿Dónde está mi oro? ¡Mi oro! —gritaba una y otra vez, como si el Capitán no comprendiera sus palabras..
—En el fondo del arroyo, señor marqués.
—¿Dónde está mi oro? ¿Dónde? ¡Mi oro!
—No puedo decir el lugar exacto, señor. La corriente arrastró la galera con las cajas y el oro aguas abajo. Murieron todos mis hombres.
—Capitán, eres un inútil, igual que tus soldados. Todos son unos inútiles ¿Acaso no has aprendido nada en la academia militar de Toledo?
Una especie de conmoción se apoderó de Carrasco. Por su mente pasaron las imágenes del viaje, el ataque de los indios, la muerte de sus hombres, la inundación. Aunque sus ojos habían perdido el  color y su cuerpo flaqueaba hasta casi desmoronarse, su orgullo de militar español le dio fuerzas para responder:
—He aprendido todo y me he recibido con honores, señor virrey. Pero allá no enseñan a defenderse de las maldiciones.

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