Ah! Paris, Paris… Autor: Leny

El Extraño que vuelve a París después de veinte años de ausencia, está ansioso por ver, oler, tocar, oír y sobre todo saborear los cambios que se han producido durante este tiempo. París es la ciudad de los sentidos que te atrapa sin tú darte cuenta. El Extraño se pregunta si todavía existirán aquellas brasseries de barrio que frecuentaba en su época de estudiante; aquellas pequeñas boulangeries como la pastisserie Vinnoise de la rue Ecole de Medecine en la que cada mañana hacía cola para comprar el brioche que se comía apresuradamente porque llegaba tarde a clase; o aquellas librerías en las que siempre salía con un libro de poche. Su ansiedad por visitar lo conocido y descubrir lo nuevo lo llena de excitación

Día 1: 12.30h   Hotel Lumen

El Extraño llega al hotel, facilita sus datos, entrega la tarjeta de crédito y espera pacientemente que le asignen su  habitación. Sorprendentemente le informan que no tendrá la habitación disponible hasta las 15.00 horas; resignado por el contratiempo –lo que más le apetecía en esos momentos era tomar una ducha caliente- , deja la mini maleta que le obliga a llevar Easyjet y dirige sus pasos hacia el Museé del Louvre.
Día 1: 13.30 h     Musée del Louvre
Antes de acceder al museo por la famosa Pyramide de vidrio y aluminio obra del arquitecto Leoh Ming Pei (1989), decide tomarse un tentempié en el Café Marly que se encuentra justo delante. El local es precioso, las chicas que le reciben aún más. Altas, esbeltas y elegantes le guardan el abrigo y lo acompañan a una minúscula mesa situada justo al lado de una pareja madura muy elegante. El Extraño se acomoda, se relaja, y esboza para sí una leve sonrisa pensando: Ah! Paris, Paris… como si degustase una sabrosa crème brulée. Echa una ojeada a la carte y se decide por una omelette aux fines herbes y una cerveza. La pareja vecina no ha pronunciado ni una sola palabra, ni tan siquiera se miran, cada uno saca su respectivo iphone,  blanco el de él, negro el de ella, para aislarse aún más, si cabe, el uno del otro.

-Oh! Excusse moi! -le dice la señora de la mesa de al lado al caérsele la servilleta sobre su zapato

-Je vous en prie Madame, c’est pas grave, le responde el
Extraño entregándole amablemente la servilleta, satisfecho de su buen acento francés.

El Extraño no conocía el acceso al museo por la Pyramide y queda fascinado por su red de nervios de acero y cristales triangulares; baja las escaleras mecánicas y como no hay cola, compra su ticket –12 € no le parece demasiado caro considerando que es el Louvre- y sube por el  ala Sully para contemplar las pinturas francesas de los siglos XVII y XVIII conocidas como L’Ecole du Nord. Curiosamente no hay mucha gente y puede deleitarse con los Poussin, los Rubens, Watteau, Fragonard… hay cuadros magníficos, “grand format” como dicen los franceses, especialmente los de Delacroix y Gericault. Pasadas tres horas piensa que su habitación ya estará disponible y vuelve al hotel.

Día 1: 19.30 h        L’Operà

Duchado, descansado, abrigado –la temperatura en la calle es de 2 grados- y feliz, encamina sus pasos hacia la Place Vendome que está iluminada con unos curiosos neones blancos a modo de adornos navideños. Cartier, Mikimoto, Chaumet, Van Cleef & Arpels, Bulgary … son las auténticas guirnaldas de la plaza. El extraño vuelve sobre sus pasos y decide tomar la rue Saint Honoré hasta la Madelaine y de allí a l’Operà.  Nada ha cambiado, todo está igual –piensa emocionado- intentando recordar sus anteriores paseos por el barrio del lujo y del glamour. Repentinamente siente hambre y se dirige al Café de la Paix, sabe que es muy típico y muy tópico pero aún así no se resiste a entrar y contemplar una vez más las hermosas salas del restaurante. Se decide por una mesa al lado del ventanal y pide un entrecotte au point y ½ botella de vino tinto. ¡Caramba! –exclama en voz alta, este vino está realmente bueno, ¡ya puede, costando 35€! -piensa el extraño y decide, a pesar de todo  darse un pequeño homenaje. De nuevo la media sonrisa reaparece en su cara -¡Ah! Paris, París, piensa entornando los ojos. Por desgracia -l’addition, Monsieur – le saca de su ensoñación: ¡83 €! un entrecotte, media botella de vino y un café ¡pas mal!-exclama, y la sonrisa del extraño se vuelve mueca, paga, sale, y el aire gélido de la noche parisina lo impulsa a volver al hotel.

Día 2: 9.30h  Saint-Germain-des-Prés

Una hora tarda el Extraño en llegar a su destino. Saint-Germain-des-Prés se ha convertido en el barrio de moda de París. Las boutiques más in: Paule Ka, Antik Batik, Paul&Joe, Le petit Haut…; las brasseries más populares: la Flore, Lipp, Le deux Magots… y la gente, riadas de gente pululan arriba y abajo con paquetes, charlando y riendo ajenos a los difíciles momentos que está viviendo Europa como “si la cosa no fuera con ellos”. El Extraño se sorprende pero queda enganchado por el bullicio y se deja llevar. Entra en una boutique y decide que esta vez le llevará un regalo a su hija; se acerca a una dependienta y pregunta el precio de un bolso verde que le parece muy sofisticado pero piensa que a Carmen le gustará. Piensa que es carísimo –no está acostumbrado a comprar regalos, siempre los compraba su mujer… – pero le da vergüenza hacerse el tacaño delante de la señorita y lo compra. Sale de la tienda con el paquete y no sabe dónde meterlo, se arrepiente de su repentina generosidad pero ya es tarde y busca un restaurante no tan bullicioso para descansar y reponerse de su excéntrica acción. Le Relais de l’entrecotte, 20 Rue Saint Benoit, ¡increíble! –piensa el Extraño- estos franceses ponen unos nombres rimbombantes a los antros más normales y se quedan tan anchos. Lo sientan de nuevo en una minúscula mesita al lado de una pareja de hombres claramente homosexuales. En la carta no aparece el menú, sólo bebidas y postres; decide esperar a la camarera, que para más inri lleva una cofia medio torcida y un uniforme rojo chillón con delantal; ésta se acerca a la mesa y le pregunta cómo quiere el entrecot – saignant, a point ou bien fait?. El Extraño contesta sin pensar – a point s’il vous plait. Et pour boire? –le sigue preguntando la camarera mientras apunta en el mantel de papel blanco: a point et bierre. El extraño mira a su alrededor y se da cuenta de que todos comen la misma carne con la misma salsa y con las mismas patatas fritas. Efectivamente, la camarera le trae un bol con una ensalada bañada en salsa vinagrette y dos minutos más tarde una bandeja con un entrecotte cortado en lonchas finas sumergido en una salsa verde de mostaza, y otra bandeja repleta de patatas fritas. De repente, le entra un hambre canina y se enfrasca en el plato que le han traído, aislándose de todo el bullicio para concentrarse en la carne y las patatas, cuando por debajo de la mesa vecina asoma la cabeza de un perro que reclama su ración a uno de los dos emperifollados comensales de la mesa de al lado

-Excusez-moi Monsieur! Mon chien lui gêne ?, le pregunta el de gafas

– Pas du tout, j’aime les chiens, en fait j’ai un fox-terrier nommé…

– KuKu soyez bon!

Y el emperifollado vecino prosigue su charla con su compañero de mesa sin atender a las palabras del Extraño. No es que quisiera entablar una conversación « canina » pero que no le dejasen acabar su frase no le gusta en absoluto y sin pensar en tomar postre o café, pide l’addition, paga, se levanta sin despedirse de sus vecinos y sale a la calle con aire resuelto, de nuevo dispuesto a deambular por Paris. Inconscientemente sus pasos lo encaminaron de nuevo al hotel Lumen para poder echarse una siestecita antes de proseguir con su paseo. Al entrar en su habitación ve con gran frustración que no la han limpiado, la cama está deshecha, las toallas por el suelo del minúsculo cuarto de baño, el vaso y la botella de Perrier siguen encima de la mesita de cristal… Indignado, decide ir  personalmente a recepción a quejarse cuando se topa de cara con la mujer de la limpieza, la cual le comenta, muy tranquilamente que no le ha dado tiempo de hacer su habitación y que espera que mañana sí lo tendrá; le ofrece unas toallas limpias que deposita en sus manos y se marcha tan tranquila como ha llegado. El Extraño no da crédito -¿cómo puede un hotel de 4 estrellas ofrecer tan mal servicio?-se pregunta, ¡esto en los hoteles de Barcelona no pasa!, ¡seguro!, pero París es París. Se mete en la desordenada cama de malhumor e intenta relajarse durmiendo su ansiada siesta.

Día 2: 17.30h      Le Marais

Le Marais es un barrio delimitado por la rue du Temple, la rue de Bretagne, el Boulevard Beaumarchais y por el rio Sena. En él viven la mayoría de los  judíos parisinos y últimamente se ha convertido en el barrio gay por excelencia de Paris, -extraña combinación, piensa el Extraño, -pero de todo ha de haber en la viña del Señor, se dice para sí. Culturalmente es un barrio muy completo, dos museos, el Museé Picasso ubicado en el Hôtel Salé de la rue Thorigny y el Museé Carnavalet en el 23 de la rue Sevigné dedicado a la Historia de Paris. Curiosamente es un barrio que recuerda un poco al Born de Barcelona, –¿será porque ambos tienen museos Picasso?, se pregunta el Extraño-, sus calles estrechas, sus tiendecitas de objetos innecesarios que te atrapan por la vista, sus cafés minúsculos con terracitas en la acera con estufas de alcachofa para que puedas fumar, sus casa bajas  de color blanco y gris… La plaza del barrio es, por excelencia, la Place des Vosges, un cuadrado perfecto y exquisito (140 x 140 mts) con una arquitectura del siglo XVII idéntica en sus cuatro lados y unos hermosos  árboles que rellenan el inmenso espacio. En el número 6 se alza  la Maison de Victor Hugo que invita al Extraño a visitarla. Les Vosges es la plaza más antigua de París y quizás la más bella –piensa embelesado. Su razón de pasear por le Marais es la cita ineludible que tiene con dos maisones: la Maison George larnicol en el 14 de la rue de Rivoli conocida como le meilleur ouvrier de France y La Maison de Thé Mariage Frères en el 30 de la rue de Bourg-Tibourg. La primera es una chocolatería que parece extraída de un cuento de Andersen; por todos lados hay chocolate en sus más variadas formas: setas con enanos, cajitas-corazón, esculturas, adornos de navidad, bombones y un amplísimo mostrador con  macarons de variados sabores; todo de un gusto y una calidad exquisitos; compra una cajita de ocho macarons de diferentes colores  repitiendo, eso sí, el marrón oscuro de chocolate que es su preferido. En la segunda maison se deleita con el aroma del thé que impregna todo el viejo establecimiento y después de oler varios potes se decide por el “jardín de jade” un té verde aromático con el que desayunará cada mañana a las 7 en punto. Absolutamente satisfecho emprende el camino de regreso al hotel por la rue de Rivoi, infestada de gente a esa hora de la tarde.

Día 3: 9.30h  despedida

El Extraño tiene su último día perfectamente planificado, debe visitar aún muchos lugares y no puede entretenerse. Deja su mini maleta en la cosigna del hotel y sale a la mañana invernal de París. Atraviesa les Tuileries deteniéndose un momento en el lago y sigue hasta les Invalides pasando por Le Grand Palais; se detiene en el magnífico Pont Alexandre III y llega a Les Invalides. Allí entra en un Café para reponer fuerzas, – il fait froid Monsieur, asseyez-vouz s’il vous plait – le dice la camarera muy amablemente, ¡caramba! -piensa el Extraño, estos parisinos se han vuelto la mar de simpáticos- y después de tomarse el deseado café, sale a la calle rumbo a la Tour Eiffel. Baja por la rue Chevert atravesando un mercadillo de brocanters y por fin llega al Parc du Champ de Mars donde al final se erige majestuosa la conocida torre. No sube –al Extraño no le gustan las alturas- y después de hacer de fotógrafo de 2 parejas españolas que desconoce pero que se han acercado a él reconociéndole como paisano, se encamina a Trocadero. Allí han plantado unas cabañas de madera  con techo nevado de algodón donde venden adornos navideños y sirven vino caliente y PAELLA, ¡increíble!-piensa el Extraño. Todo el ambiente navideño le recuerda la Fira de Santa LLúcia, a la que llevaba a su mujer y a su hija todos los años, levantándose muy pronto por la mañana para llegar antes que nadie y poder pasear a sus anchas por entre los puestos de figuritas  para acabar desayunando un chocolate con churros en la Granja Dulcinea de la calle Petritxol. El Extraño siente añoranza, gira en redondo, sube al bateaubus que le cuesta 14€ y baja en Notre Dame su última visita. De repente se pone a llover, hay una larga cola para entrar en la iglesia y la aglomeración de gente le apabulla; vuelve al bateaubus se baja en la parada de su hotel y pide un taxi para el aeropuerto de Orly. El taxista le comenta el éxito del Barça en “el Clásico” jugado la noche anterior y se lamenta de que Benzema, jugador del Real Madrid de origen árabe como él, no hubiera marcado más goles. El Extraño, que es del Barça a rabiar, no le contesta y se sume en sus pensamientos, cada vez le entra más prisa por volver

¡Ah! Barcelona, Barcelona!

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Un Comentario

  1. Elvira

    Me gustó, me gustó!
    Original manera de contarnos su recorrido de añoranza por París…
    La frase final tiene su dosis de humor y es un retrato de la condición humana: ni aquí ni allá.

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