Viaje al fin del mundo. Autor: Martín Camps

Jueves 4 de marzo, 2010

Lo mejor del viaje es la expectación del viaje, la espera, el contar las semanas que faltan para abordar el avión, tomar el tren o zarpar. Viajar ayuda a que la rutina cotidiana fluya más rápido y cuando menos los piensas ya faltan unos días, porque el dicho es irrefutable: no hay fecha que no llegue ni tiempo que no se cumpla. Y en la víspera, hacer la maleta, pensar cuidadosamente qué llevar. He notado que siempre me excedo en libros y nunca en calcetines o lapiceros.

Viernes 5 de marzo

Nos despertamos a las tres de la mañana, nuestro hijo seguía dormido, pero ha viajado tanto como nosotros a sus cuatro años de edad. Llegamos al aeropuerto y fuimos a Los Angeles, nuestra primera escala. En el Aeropuerto, justo antes de subir para nuestro vuelo a Santiago de Chile, nos dijeron que el vuelo a Punta Arenas estaba cancelado. Dialogamos, nos quejamos y finalmente nos dieron un vuelo después de una escala de diez horas en las tiendas de campaña que había puesto la autoridad aeropuertaria después del sismo de 8.8 grados que sacudió esta región. Aunque el sismo fue a 320 millas lejos de allí, pero un sismo de esa magnitud mueve todo, pero no nuestro ánimo de ir por primera vez a la Patagonia con un grupo de 15 estudiantes. Viajar con estudiantes es tal vez una de las experiencias docentes más intensas, es el salón de clases perfecto, pero la clase no termina después de la hora asignada. Además, hay que coordinar estancias, comidas, trasnportación, logística, estar preparado para los accidentes, imprevistos, enfermedades, padres preocupados por su “criatura”, es decir, funcionar como locus parentis pero también como agencia de viajes rodante, escritorio de quejas y posible demandado si las cosas no salen bien, porque siempre hay algo que no sale bien, y ya lo dijo, sin decirlo, la ley de Murphy: shit happens.

Volamos ese día a Santiago, pero nos detuvimos antes en Lima, Perú, por 25 minutos latinoamericanos que suelen ser 45 o una hora. En el aeropuerto había un grupo interpretando el “cóndor pasa” los recuerditos, las figuritas, las playeras estampadas con el nombre del lugar visitado. Las vendedoras de “duty free” en sus trajecitos anaranjados, muy monas. Me fui a la cafetería a pedir un agua mineral con gas y platicar con el mesero que estaba apuradísimo sirviendo pisco sours y cervezas a los turistas demandantes. Hicimos fila para entrar al avión y nos fuimos, Lima fue para mí ese pedacito de aeropuerto folklorizado, las luces de una ciudad bien delineada y en algún lugar de la noche las ruinas de Macchu Picchu latiendo en las montañas de Cuzco.

Sábado 6 de marzo

No se puede llegar a la Patagonia sin oler a sudor seco de treinta horas de vuelo

No se puede llegar sin las piernas entumidas

Sin el sueño atrasado en los párpados

Sin el estómago pesado por las malas comidas

Sin el olor a pies, sin la ropa sucia

Sin el libro de lectura arrugado por los manoseos del trayecto

Sin las rayas del sueño incómodo en la cara, como latigazos de un sofá irregular

Si llegas aseado, descansado, sin imprevistos, sin dolores de cabeza, no has llegado entonces a la Patagonia.

Llegamos al aeropuerto de Santiago cuando despuntaba el día. Vimos por la ventanilla del avión las tiendas blancas que recibían a los viajeros. Había cierto aire de temor por la campaña de los medios de comunicación en Estados Unidos por convencernos de que Chile estaba en ruinas, de que las calles estaban bloqueadas y la gente estaba robando las tiendas en un ataque de rapiña. Pero lo cierto, lo supimos por amigos que vivían en Chile, que en Santiago las cosas estaban calmas, no como en Concepción o en los poblados que sufrieron el embate del tsunami. Bajamos las escaleras, recogimos las maletas, pasamos por la sección donde algunos familiares esperaban. Estaban silenciosos, con las manos cruzadas, era un silencio de la espera y el miedo de que sus familiares no aparecieran. Los únicos que hablaban eras los taxistas que prometían viajes baratos hasta Santiago. Nos juntamos para esperar en una de las tiendas. Vimos algunos vidrios rotos que se colapsaron durante el terremoto y cintas amarillas de no cruzar porque aún estaban inspeccionado los daños. El hotel Holiday Inn Express estaba desierto. En esa mañana lo que mejor sonaba era una ducha con agua caliente. Pero había que esperar doce horas para salir a Punta Arenas.

Esa noche salimos a Punta Arenas en un avión pequeño, era el único vuelo de ese día. Punta Arenas no es zona sísmica. Punta Arenas es como otro Chile, la región magallánica se quisiera más bien apartada de Chile, quisieran su propio aeropuerto, su propio estado, su propia ley, están tan lejos de todo. Bendita Punta Arenas, tan lejos de Chile, tan cerca de los pinguinos. La tarde estaba fresca y el haber salido a la ciudad nos había renovado los ánimos para proseguir con el viaje a la Patagonia. En los periódicos había una fuerte campaña posterremoto donde se animaba a la gente: Fuerza Chile, decía hasta en las ventanas de los autos, una campaña como la que siguió a los ataques terroristas en Nueva York.

Domingo 7

Anoche nos fuimos a la cama obedeciendo a la gravedad del cansancio. Desperté 5 horas después, pude soñar, primera indicación de alivio. Me bañé, escuché la conversación de una pareja en el baño por los tubos del aire o el caño, una conversación en belga, por lo tanto como si no la hubiera escuchado. Fui a desayunar, un almuerzo británico (Después de todo Chile es la Inglaterra latinoamericana): jamón en tres rodajas, queso, café y pan con mantequilla y mermelada. Abrí la terraza del cuarto de hotel, el campanario de la iglesia de enfrente llamó a misa de diez. Al fondo de una calle, el mar como una avenida gris, revuelta y viva. En la calle de abajo un perro callejero flaquísimo y una señora que se prepara para entrar a la iglesia.

El camión nos llevó al puerto para tomar el “Melinka” (nombre que suena a mujer viajera que no se acuerda del nombre de ningún puerto) que nos llevaría hasta la Isla Magdalena, donde se encuentra una colonia de pingüinos patagónicos. El “Melinka” es una embarcación para transportar automóviles, con espacio para diez carros. Es lento, le toma tres horas para llegar a la isla cuando podría ser al menos una hora y media. El mar estaba calmo, sin viento, un clima raro para estas regiones. A lo lejos la isla se iba acercando lentamente, las distancias suelen ser tramposas en el mar, una isla que parece cercana puede estar verdaderamente lejos, cuantos náufragos no han de haber muerto al saltar de sus barcos pensando que la isla de la salvación estaba cerca. Ante todo, respeto a los océanos. Había sol en uno de los costados del barco y unos noruegos se apiñaron para absorber cada gota del sol, parecían un musgo blanco y repentino que le creció al barco, no se movían ni para dejar pasar a los marineros.

La isla está colonizada por 42 mil pingüinos, en algunas ocasiones puede haber hasta 72 mil. Los críos ya se han marchardo para esta fecha, se han ido nadando hasta Curazao (¿) una isla en Brazil, los padres se quedan para mudar sus plumas. Pienso que hay en la isla cierto aire de alivio de que se han marchado los niños y de que finalmente se pueden dedicar un poco a resolver los asuntos de la casa, como tomar el sol y cagar sin reservas. Los pingüinos cagan con un chisguete verde que lanzan con bravato. Son monógamos y viven en su nido, una pequeña cuevita donde platican todo el día pinguinadas, supongo. Sus hijos regresarán después a ese mismo hogar, al exacto lugar, para continuar el proceso de la vida.

En la isla sólo vive un hombre que “cuida” de los pinguinos por 11 días ¿Qué leerá, qué hará con tan jugoso pedazo de tiempo para vivir solo? Don Roberto se llama y platicamos de los pinguinos, del ruidazo que hacen cuando están con sus críos. Me dijo que una vez un turista japonés fue abandonado por un barco. “Apareció allá, le dije que no se podía quedar” pero más tarde el barco regresó por él, todos en el barco le aplaudieron, porque darle pamba o una cachetadas nomás no se podía. Don Roberto vivía en Punta Arenas y ese era su último día en la isla, antes de ir a ver a su esposa e hijos. Dijo que en la isla vivía con un investigador de Oregon, Estados Unidos, “el oso”, le decían, que estudiaba a los pinguinos, también vivía una señora que cocinaba. Yo imaginaba siempre a los pinguinos sobre la nieve, pero estos pinguinos magallánicos vivían sobre la tierra, estaban mudando sus plumas y ya estaban listos para irse a Brasil. Donde por cierto, en el 2009, unos pinguinos aparecieron ante la sorpresa de los bañantes que tomaban el sol en la playa, cuando un grupo de pinguinos, desorientados por el cambio de temperatura en el agua, aparecieron en Salvador, en la región de Bahía. Muchos pinguinos llegaron muertos, otros vivos, que después de semanas de engorde y horas con el veterinario, fueron llevados por avión a la patagonia. Nos saldrá caro reubicar a tan desorientada naturaleza, le tendremos que pagar boletos de avión a las tortugas y mandar por tren a las aves migratorias, en clase turista.

Lunes 8

Partimos de Punta Arenas a las ocho de la mañana, son dos horas y algo hasta Puerto Natales. Los de Punta Arenas le llaman los “tira piedras” a los natalinos por un partido de fútbol entre las dos ciudades que terminó ganando Punta Arenas y los natalinos recurrieron a deshogarse a pedradas. Llegamos a las cuatro de la tarde. Había fuerte viento que agitaba las olas de lago “Ultima Esperanza”. Puerto Natales es una ciudad pequeña y tranquila, donde llegan bastantes turistas europeos en su camino a las Torres del Paine o a recorrer los fiordos en los carísimos “paquetes” vacacionales de las agencias de viaje. Nuestro guía me comenta que no hay un ministerio de turismo en Chile, por lo que no hay reglas muy establecidas para capacitar a los guías y básicamente cualquier hijo de vecino se puede comprar un camioncito para llevar turistas a los parques a ver los glaciares. Ya entrados en la conversa le digo quiénes son los peores turistas que vienen a esa región y me contesta rápido: los chilenos. Mientras los brasileños, europeos o americanos se toman la foto de lejos con los guanacos, los chilenos quieren la foto abrazados o montados del guanaco y no se tocan el corazón ecológico para tirar la basura de las frituras o los sanwiches.

Después de recorrer las calles de Punta Arenas que estaban bajo un necesario remozamiento de las banquetas para hacerlas más apropiadas para el turismo, fuimos en el camión a la cueva del Milodón, un animal prehistórico que habitó en esa cueva donde han encontrado sus huesos. Dicen las placas informativas (que por cierto sucumben rápidamente a la erosión y apenas se puede leer lo que dicen) que ese lugar es uno de los sitios más importantes en el mundo para la arqueología. Allí, en esa cueva hace 12,000 años habitaron los primeros humanos. Esa cueva fue formada por un glaciar que se derritió y el agua la cavó antes de que se secara. La caverna parece la boca enorme de una ballena desdentada. Aquí, nuestros antepasados aprendieron a vivir en colonias, sin duda nació la política sin palabras, a fuerza de garrotazos (¿Cómo ahora?). Me voy hasta la parte de atrás de la cueva y pienso que yo me hubiera agenciado ese lugar, por esa natural inclinación mía a permanecer en los márgenes, a elegir la silla más alejada del salón de clase, para desde allí sentar base, tener perspectiva y tener como único aliado a la pared para cuidarme la espalda.  El olor tuvo que haber sido insportable, las fogatas, el olor a la sangre de los guanacos que mataban para alimentarse, el orin y la mierda.

Martes 9 de marzo

Hoy es el día en que veré un glaciar por primera vez. Pensé que los vería primero en Alaska; por algún tiempo estuve planeando ese viaje, pero fracasó por falta de dinero y tiempo, queda pendiente ese viaje, como un buen libro que se aplaza para esperanzarlo, para que sea como un premio una vez que se abra la portada y se empiece la lectura. Así este viaje a Alaska.

Nos levantamos a las 5 y media para ir hasta el puerto donde nos esperaba la tripulación del “21 de mayo” un barco más bien pequeño, pero con un espacio interior para los pasajeros. Empezamos la navegación por el fiordo “Ultima esperanza” el agua estaba calma como una cama bien hecha. En el barco había una tiendita con una pareja de chilenos muy serios, me costó sacarles plática, pienso que así ha de ser en zonas tan alejadas, una natural desconfianza con los foráneos y su manera de micro-saquear las piedras, los paisajes, el agua, etc. Le dije que por qué se llamaba el barco “21 de mayo” me dijo con forcejeos que porque fue la fecha de la Guerra del Pacífico. En efecto, fue la guerra contra Perú y Bolivia que terminó con el hundimiento de la fragata chilena “La Esmeralda” en el combate naval de Iquique, ese día también se celebran las glorias navales. Es decir, navegamos en un bote chileno que celebra el hundimiento de un barco chileno.

Empezamos a ver a la distancia los glaciares acumulados en el cuello y la cabeza de las montañas, el agua se agitó con los impredecibles vientos patagónicos. Empezamos a ver más cascadas por el deshielo de los glaciares. El capitán del barco nos llevó hasta la caída de una de las cascadas, podíamos tocar el agua o recoger un poco en la mano para beber. Así llegamos hasta el glaciar Balmaceda. Aquí estuvo Neruda y no dejó metáfora viva, sin embargo, puede uno decir siempre algo más:

Como una novia de cien mil años

que se desnuda gota a gota

de su ajuar de novia.

El barco nos dejó en un muelle desde donde se puede caminar para ver de cerca un glaciar. Llevé a mi hijo en hombros por el trayecto, cargar a un niño de casi cuatro años a cuestas puede ser una tarea agotadora, no tanto por el peso, sino por las inumerables paradas para recoger piedras, cortar hojas, etc. Desde lejos, ambos presenciamos el momento exacto en que se desprendió una sección de los hielos. Se escuchó como una detonación de vidrios milenarios. El glaciar estaba azul por la reflección del sol. Había mucho hielo en el agua, la velocidad en la que se derretía y avanzaba no dejaba duda del calentamiento de los océanos. Tomamos unas fotografías como lo demanda el manual del homo turisticus, para llevar una rebanada evidencial de nuestro paso por ese lugar, una hebra de memoria en nuestras cámaras. Ver esos hielos que existían antes de que nosotros aprendieramos a hablar tiene algo de extraordinario y maravilloso, como si contemplaramos el inicio del tiempo o como si fueramos esos imaginarios patagones que fantaseó Darwin, que eran tan enormes que los hombres apenas les llegaban a la cintura. El hielo sorprende porque es un ejercicio de paciencia, es tiempo petrificado, son nieves que nunca vimos caer y es un frío que no entendemos. Más fotografías del “tiempo petrificado” y nos vamos.  Le pregunto a nuestra guía del barco si se pueden tocar los hielos que han llegado a la orilla y dice que no. No le he caído bien a la muchacha, estuvimos hablando durante el barco y creo que fueron mis comentarios sobre la división de clases en Chile y del racismo imperante en América Latina (donde juran que no hay racismo) lo que no le gustó. Ella, tan nívea y rubia como una holandesa, pero con el acento chileno. De seguro pensaba quién era yo para juzgar su blancura colonizadora y su pasado de usurpadores, tal vez, quién sabe.

Después de ver perder mi virginidad de ver glaciares, tomamos un “zodiak” o una embarcación inflable con motor que nos llevó hasta una orilla donde nos sirvieron almuerzo como parte del “paquete”. Un pollo y una botella de agua con gas y panecitos con mantequilla. Lo mejor fue la vista del glaciar en el fondo, desde cierta perspectiva el glaciar se podía ver a través del vaso de agua como si la masa de hielo se estuviera derritiendo directamente en mi vaso.

Domingo 14

Todo viaje tiene su fin. Después de 15 horas de espera en esa zona franca del tiempo que son los aeropuertos, quemando tiempo a toda costa, mal comiendo, contemplando el ir y venir de la gente que llega, se va. Las mujeres que se visten para llamar la atención de todos los hombres y provocar la preocupación y el celo resignado de sus acompañantes. El aeropuerto de Santiago estaba semifuncional, había algunas cuarteadoras en las paredes, nada grave, algunas columnas habían sido reforzadas con unos soportes de madera que se veían enclenques en comparación con el tamaño de la viga de metal.

Ya en el avión me embistió el sueño, mi vigilia quedó derramada en los techos de Santiago cuando despegó el avión. Cuando desperté estabamos en algún lugar del Pacífico, según decía el mapa con el avioncito digital.

En la casa nos esperaba el hojal del árbol, el pasto crecido, los periódicos abandonados que el vecino muy generosamente amontonó en un rincón al lado de la puerta y el correo en una bolsa de plástico. Ahora sólo queda ver las fotos para recordar el trayecto.

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