El viaje de mí vida. Autor: Pandora Coelho

Paula tenía veinte tres años y trabajaba en un bar de alterne.

Su belleza estaba concentrada en su rostro de niña y su negra melena, que le llegaba a la cintura.

Descendiente de árabes, utilizaba sus encantos como bailarina para atraer clientes.

Fue después de una presentación que, aquel hombre extranjero se le acercó.

– ¡Hola! – la saludó – ¿Cuánto cobras?

Ella le dijo cuanto y por cuanto tiempo.

El hombre sacó un mazo de billetes verdes del bolsillo y le ofreció dos billetes de cien dólares por una hora.

Más que deprisa ella aceptó.

Subieron a la habitación.

– ¿Quieres algo especial? – le preguntó Paula.

Era normal que los clientes que pagaban más, deseaban algo en especial y aquel extranjero no sería diferente, principalmente por que le había pagado el doble de lo que cobraba ella.

– No, solo quiero hablar contigo. – respondió sentándose al borde de la cama.

Ella comenzó a quitarse la ropa.

– ¡No! – se apresuró él en pedirle – No quites nada, solo siéntate aquí a mi lado.

Ella estaba extrañada. Nadie le había pagado nunca tanto solo para sentarse a charlar, pudiendo hacerlo en el bar.

– Estoy de viaje de negocios. – comenzó el hombre – Soy dueño de una casa de alterne en España y me gustaría que trabajaras para mi.

Ella no entendía muy bien que deseaba aquel hombre con “trabajar para él”.

– Te pagaré el viaje y te daré el dinero necesario para entrar en el país. Luego me devolverás el dinero que llevaras en el bolso y me pagará el billete en pequeños plazos.

– No sé. No te conozco y no confío en ti. – tajó ella.

El hombre le dijo que volvería dentro de dos días para saber su respuesta.

Se levantó y se marchó.

Aquella noche apenas pudo trabajar. Estaba excitada por la invitación.

Siempre era una tentación ver a un hombre con tanto dinero en el bolso, pero también había escuchado historias de mujeres que salían del país para trabajar y no volvían jamás.

Pensó, pensó y pensó.

A los dos días, allí estaba el hombre extranjero. Sentado en la barra con su copa de whisky importado. Cuando la vio, se levantó y fue a buscarla.

– Te invito a una copa. – le dijo.

– Ahora no puedo, tengo un cliente esperándome. – mintió.

El hombre dijo que le esperaría.

Estuvo fugando del extranjero toda la noche, hasta que el bar iba cerrar.

Entonces llegó el propietario y le informó de que tenía una cita nocturna.

– No puedo. – dijo ella.

– El cliente te ha ofrecido mil dólares. – le informó el propietario.

Ya habían dispuesto una habitación para ellos y un de los chicos de seguridad estaba dispuesto a pasar la noche de guardia, por si acaso.

Ella acabó aceptando.

– El cliente ya te esta esperando en la suite. – le dijo el propietario.

Ella picó a la puerta y abrió.

Una voz masculina le mandó pasar.

Cuando entró se quedó helada como una estatua. Era el extranjero.

– Como me has evitado toda la noche, decidí pagar una cita contigo. – dijo el extranjero extendiéndole el dinero – Puedes coger el dinero y aceptar estar una noche conmigo o puedes salir y olvidamos todo lo que hablamos.

La verdad era que, ella necesitaba el dinero. Tenía que pagar las medicinas a su padre y mantener a una casa.

Cogió el dinero y lo guardó en un pequeño cofre que traía siempre consigo cuando subía a la habitación hacer un trabajo.

Después de mantener relaciones con el extranjero, éste le contó donde tenía su bar y como funcionaba.

Al final decidió que no era mala persona y además era muy bueno en la cama.

Al día siguiente fue sacar el pasaporte y dar entrada en el visado.

A la semana, recibió una llamada del extranjero y concertaron una cita, dos horas antes del embarque.

Era un restaurante en el propio aeropuerto.

Comieron un menú típico de São Paulo, virado a Paulista.

Luego embarcaron. El extranjero se sentó a su lado, aun que procuró hacer que no la conocía.

El viaje fue causativo, pero una vez en Barajas y pasado el control, volvió a respirar con tranquilidad.

El extranjero tenía un coche que lo esperaba y en seguida corrieron carretera con destino al norte de España, más precisamente, Llanes.

Era un sábado del mes de enero, hacía mucho frío.

La dejaron en un piso, donde otras cuatro mujeres vivían. Tres de ellas eran brasileñas.

– ¡Hola! – saludó la más alta – Me llamo Elena.

– Yo soy Meire, esta es Clara. – le dijo la más delgada.

– Yo soy Inés y soy dominicana, si necesitas de algo, dímelo. – dijo la más morena de todas.

– Gracias, me llamo Paula.

Las mujeres se preparaban para marcharse. La más alta le preguntó si iba a descansar o si iba a trabajar desde el primero día.

Ella no estaba cansada, más bien estaba nerviosa y para soltar toda la adrenalina acumulada, decidió trabajar.

Fueron caminando, fue entonces que ella observó en el pueblo que estaba.

Era típico de una película. No podía creer que había tenido el coraje de atravesar el océano para trabajar como prostituya en España. Pero así había sido.

El extranjero en ningún momento le había mentido, y ella sabía a que había venido.

Las calles estrechas, las construcciones antiguas, tal vez centenarias. Todo para ella era nuevo, lindo e irreal.

El bar era un sótano, adaptado para ello. Era extremadamente pequeño y oscuro, pero el movimiento era impresionante.

Detrás de la barra estaba la mujer del extranjero. Mujer menuda de pelos rubios y muy mala leche con los clientes que intentaban sobrepasar los límites.

Comenzó a trabajar muy bien. En ningún momento quedó parada. Entró y salió de las habitaciones durante toda la noche.

Ya a las cinco de la mañana, aun había aquellos que le estaban esperando, pero la mujer detrás de la barra les dijo que deberían volver la próxima noche.

Fue el extranjero quien las llevó al piso.

Las otras mujeres, brasileñas parecían ser buenas personas, aun que en este mundo, nadie es amiga de nadie.

Los días fueron pasando y ella fue estrechando los lazos de amistad con sus compañeras de piso.

Salían a tomar el desayuno, a comprar. Iban a trabajar y volvían juntas.

En veintiún días, Paula pagó el billete al extranjero.

Era una de las mujeres que más trabajaba. Los clientes importantes, siempre eran direccionados a ella.

Hizo muchas amistades con los clientes habituales.

Entonces, Paula conoció a Javier. Hombre joven, aun que regordete. Y comenzaron a salir.

En sus días de descanso, salían a cenar y luego a conocer los pueblos de alrededores, pero también salían por las tardes.

Resultó ser un excelente guía turístico.

Le enseñó todas las playas de la costa de Llanes. Los pueblos desde Llanes, Picos de Europa y Cantabria.

Fue a Covadonga, a Santillana del Mar, al Zoológico de Cantabria, a la Cueva de Tito Agostino en Ribadesella, entre muchos otros lugares turísticos que ofrece la región.

Cada día era una nueva aventura, pues cada día conocía una playa distinta o un rincón diferente y comenzó a enamorarse de aquel lugar del primero mundo, hasta entonces conocido por libros. Se estaba enamorando del país.

A Paula, siempre le encantó la historia y cada iglesia, cada playa, cada pueblo tenía su historia.

Muchas de ellas, aun viva.

¡Ah! Las fiestas, eran impresionantes.

Casi todo el pueblo se vestía con ropas tradicionales, y hacía procesiones en honor al Santo festejado. Un día San Roque, otro La Magdalena, otro Santa Ana y como no, La Guía.

Entonces, Javier le invitó a conocer la capital, Oviedo.

Salieron un día, sobre las siete de la mañana, después del trabajo, rumbo a la capital.

Pasó la mañana de compras en el centro comercial Salesas. Luego comieron en el Macdonald’s de la calle Uria y por la tarde fueron a Gijón.

Aquellas playas le encantaron.

Más una vez, las historias, las estatuas y las plazas.

Como no trabajaba aquella noche, decidieron pasarla en un hotel, “Los Fresnos”, era un hotel de carretera, cerca de Lugones.

Cenaron en el propio hotel y luego subieron a la habitación.

Estaba eternamente agradecida por Javier tomar tantas molestias en mostrarle todos los pueblos, contarle todas las historias, en fin, por todo.

Pero llegó el día en que esta tan linda amistad llegó a su fin.

Resultó que Javier estaba interesado en sacar dinero de Paula para invertirlo en su bar del pueblo de La Franca.

Fue entonces que Paula conoció a su hombre perfecto. Jean Pierre era tres años mayor que ella. Propietario de una agencia de viaje en Bélgica.

Estaba de vacaciones en Llanes, en casa de unos parientes.

Llegó al bar y se quedó en la esquina.

Todas las mujeres pasaron por él, pero negó a todas.

Ella fue la única que no se había acercado, pues estaba ocupada con otros dos hombres de puestos importantes en el ayuntamiento de Llanes.

Observó que aquel joven le miraba todo el tiempo, pero le fue imposible deshacerse de sus dos clientes, que le invitaban copas tras copas.

Cuando por fin quedó libre, la camarera le informó que el chico se había marchado.

Aquella noche, después de cerrar, se fue a dar una vuelta por el Paseo de San Pedro. Tal vez, respirar un poco de aire puro.

Echaba de menos a sus padres, sus amigos y su tierra de origen.

Estuvo sentada en la muralla viendo como las olas se quebraban, más abajo de sus pies.

Gaviotas revolaban de aquí para allá, emitiendo extraños sonidos.

Desde donde estaba, veía la iglesia de La Guía en el alto de una montaña, al otro lado del pueblo.

El amanecer era perfecto visto desde la muralla. El viento que soplaba era frío, pero se sentía bien.

El sol ya estaba alto en el cielo cuando ella decidió volver a casa.

De vuelta, cruzó con unos cuantos turistas que iban a ver el mar desde la muralla.

Aquel día se quedó en la cama hasta la hora de marchar al trabajo. Entonces se levantó, se vistió y marchó sin esperar a sus compañeras.

Todas sabían que algo pasaba con Paula, pero ninguna tenía coraje para sacar el tema, aun que, eran muy amigas.

La habían visto llegar a medio día, sin decir palabra alguna, y ahora la habían visto marcharse, sin probar bocado.

Sin embargo, para sus adentros, Paula tenía la esperanza de que, aquella noche talvez conociera, al joven de ojos guapos.

La noche pasó lentamente, y aunque ella haya trabajado muy bien, el joven no apareció.

Fue en la tercera noche que el joven volvió al bar.

Era alto, moreno, guapo, ojos grandes y sonrisa de niño travieso.

Llegó y se colocó en la esquina de la barra.

Ella estaba sentada al otro lado. Tenía la cabeza baja y no vio cuando él llegó.

– Allí esta. – le dijo al oído una de las compañeras acercándose.

Ella levantó la cabeza y lo miró. En aquel momento sus miradas se cruzaron.

Él le sonrió y ella le correspondió.

Entonces él llamó a la camarera y le dijo algo. Luego le pagó y se marchó.

El alma de Paula le cayó a los pies. Pensaba que no había allí ninguna mujer que le agradaba al joven.

Entonces la camarera se acercó y le dijo que había un cliente que le esperaba en la habitación.

Se levantó y fue a atender al cliente. Pensaba ser alguno de sus clientes fijos, pues muchos tenían esta manía. Entrar sin ser visto, ir directamente a la habitación y llamarla.

Cuando llegó, su sorpresa fue enorme. Era el joven.

Estaba sentado esperándola.

– Hola. – dijo ella con larga sonrisa.

– Hace dos noches que vengo a estar contigo, pero siempre estás ocupada. Ahora que te vi sola, no quería perder la oportunidad.

Cerró la puerta y se tiró a los brazos de aquel joven.

Aquella noche, después de cerrar, el joven la esperaba en la mitad del camino.

La invitó a dar un paseo por la playa de Toro. Luego subieron por la iglesia de Santa Ana y fueron a la playa de Sablón y al Paseo de San Pedro.

Resolvieron comer en Ribadesella, en un restaurante típico, donde hacen un pulpo excepcional.

Estuvieron en un Pub, “El Vagón”, que imitaba los trenes antiguos.

Luego él le invitó a su casa, en el pueblo de Poo.

Era una pequeña casa de pueblo, con tres habitaciones, salita, baño y cocina.

Fue después de este día, que ella comenzó a disfrutar de verdad de su viaje.

Descubrió que no era solamente el trabajo en el bar de alterne, pero también el poder amar, el querer y el desear.

Iban de paseo a las playas de Nueva, Buelna, la Franca, Poo, Celorio, Andrín, en fin, cada día viajaban a una playa diferente y se amaban locamente.

En su día de descanso, fueron a San Vicente de la Barquera, donde cenaron, estuvieron de copas y por la madrugada, regresaron.

Ella estaba viviendo un verdadero romance de ensueño. Sus compañeras de piso, la envidiaban, pues ninguna fue capaz de encontrar a nadie que las quisiera tal como Jean Pierre quería a ella.

Pero llegó el fin de las vacaciones para Jean Pierre y su partida era eminente.

– Ven conmigo. – le dijo él.

– No puedo. – respondió ella con tristeza – Tengo que cuidar de mis padres y solo puedo hacer si sigo trabajando por unos dos o tres años más.

Sí, él la entendía. Le prometió volver a buscarla.

Él se marchó en el mismo lunes que ella tenía médico en la capital.

La noche anterior fueron a cenar en un restaurante de cinco tenedores en Posada.

Después fueron al hotel “Las Brisas” donde quedaron hasta por la mañana. Luego él la dejó en el piso que compartía con sus amigas y compañeras de trabajo y se marchó.

Fue durante esta semana que Paula bajó su producción.

Lo echaba mucho en falta. Los largos paseos por las mañanas, después del trabajo, las tardes que pasaban caminando por las playas. Todo le era ahora, tan vacío.

Entonces, el extranjero le ofreció un viaje a un pueblo de frontera.

Ella aceptó.

El pueblo estaba en la frontera con Portugal. Allí estuvo casi dos meses.

Era un pueblo triste, aun que tuviera historia, apenas salía del hotel a comprar.

Cuando volvió, una de sus amigas le dio la noticia.

– Estuvo aquí. – dijo la más delgada – Vino a buscarte, pero le dijeron que habías vuelto a Brasil.

Al escuchar estas palabras, el suelo desapareció debajo de sus pies y tuvo que sujetarse para no caer.

Recuperada, salió en busca del propietario del bar en que trabajaba, el extranjero.

Lo encontró tomando una copa con unos amigos.

– ¿Cómo pudiste hacerme esto? – preguntó – Eres repugnante. Te odio y no pienso trabajar para ti jamás.

Dicho esto, se giró en los talones y salió a la calle.

Pero el extranjero le cogió por el brazo.

– No pensarás que este chaval quiere algo serio contigo. – dijo – Conozco a sus padres y hermanos. El mayor es mantenido por una mujer como tu. ¿Qué quieres acabar manteniéndolo tu también?

No, ella no sabía ya lo que quería, ni en quien creer. Se soltó de la mano que le apresaba y se marchó.

Dos días después estaba con las maletas hechas y con destino programado.

Se marchaba a un pueblo de León, “Santas Martas”.

Alí estuvo casi dos meses. Tomando el sol por el día, trabajando por la noche y en los fines de semana, salía de marcha a la capital.

Iba de discotecas. Primero paraba en el bar 3M, luego iba a Venus, después se marchaba a la Periferia, discoteca bacalera.

Los domingos, solía llegar sobre las tres de la tarde, justa para ducharse, prepararse y bajar a trabajar.

Pero llegó el día que añoraba estar en Llanes, ver sus playas, su gente y decidió volver.

Desde León, buscó un piso y lo alquiló.

Cuando volvió a Llanes, fue de frente a su nueva casa. Un piso alquilado en la calle principal del pueblo.

Siguió trabajando en el bar de alterne, pero ahora todo que ganaba era suyo.

Ya no tenía que pagar la pensión, ni dividir casa con las otras compañeras de trabajo.

Ahora tenía nuevos amigos y en sus días de descanso, salían de copas.

Entonces un día, estaba con un cliente, tomando una copa, cuando él apareció.

Vestía una camisa azul clara y pantalones vaqueros.

Estaba más lindo que nunca.

Paula se disculpó al cliente que acompañaba y fue a saludar a Jean Pierre.

Después de cerrar, aquella misma noche, él la esperaba en la calle.

– ¿Te llevo al piso? – preguntó él al verla salir – Tengo el coche aparcado allí mismo.

– No. – respondió ella en el mismo instante que él ponía cara de sorpresa – Ahora vivo más cerca. Vamos andando.

Caminaron por las calles, hablando de todo lo ocurrido desde su partida.

Llegaron al piso de Paula y ella lo invitó a entrar.

No durmieron, sino que volvieron a salir, rumbo a Arenas de Cabrales, donde él conocía un pequeño restaurante donde hacían un cabrito con patatas estupendo.

En la vuelta pararon en Panes, a tomar un café y a jugar una partida de ajedrez.

Sabía que tenía que aprovechar al máximo del poco tiempo que tenían.

Él se quedó en su piso.

Al día siguiente subieron a hacer la ruta de Cares.

Ella había pasado seis meses pensando que jamás volvería a verlo. Pero allí estaba él, delante de ella.

Y era real.

Entonces Jean Pierre le hizo la propuesta de que ella viviera con él.

La propuesta le cogió de sorpresa y no supo que responder. Recordó lo que le había dicho el Extranjero, dueño del bar de alterne.

Pidió un tiempo para pensar.

Entonces él reveló toda la verdad.

– Paula, ahora vivo en España.

Era un comienzo positivo para una relación, La Verdad.

– He heredado una casa de mi tía en Langreo y he decidido vivir lo más cerca de ti. Pero no es suficiente.

Ella estaba feliz, él había renunciado su vida en Bélgica por ella. No dijo nada, solamente esperó que él concluyera su raciocinio.

– Podríamos vivir allí, los dos. Si quieres, casaremos. – concluyó él.

Decidieron que ella pasaría un fin de semana en Langreo para conocer el lugar.

A pesar de ser una cuenca minera, percibió haber mucha historia en aquel suelo.

Él la llevó a conocer el Museo de la Siderúrgica, el Museo de la Minería E industria, el Parque Nacional de Redes. En fin, él sabía lo que a ella le gustaba.

Sí, ella aceptó vivir con él, en su casa en el pueblo de Pando.

Luego se casaron y de esta unión nacieron los gemelos.

Hoy en día, ella es propietaria de una red de agencias de viajes y turismo.

Es responsable de la sucursal de la Felguera, mientras que Jean Pierre esta en la sucursal de Oviedo.

Hacen rutas turísticas para toda España, Francia, Portugal. Rutas que están básicamente constituidas de pueblos con historias.

FIN

(Pero esto ya es otra historia…)

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  1. luis nobriga

    Muy buen tema. que gane el mejor. …pero lo mas importante es competir… y estamos haciendolo. Suerte.

  2. Pandora Coelho

    Solamente quería dejr constancia de que este relato esta basado en un caso verosímil. La autora solamente ha adaptado algunos matices fantásticos.

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