De la muerte en vida, a la vida y muerte. Autor: Hero

Como cada mañana, Aldo, se levantó a las seis. Debía prepararse para ir a trabajar. Mientras él se preparaba el desayuno, su esposa, Eva y sus dos hijos, seguían durmiendo. Ella no trabajaba y los niños estaban en receso escolar, por eso las actividades de la casa eran menores, exceptuando las de Aldo. Él debía realizar todos los días las mismas actividades.

Aldo era mecánico de aviones desde hacía dieciséis años. Asistía a su trabajo seis días a la semana, cinco de ellos trabajaba nueve horas y los sábados solo seis.

Sus días eran una continua repetición de los mismos hechos. Se levantaba, se preparaba él solo el desayuno, iba a su trabajo, allí todos los días debía realizar pruebas de control de motores de los aviones prontos a despegar.

Al volver a su casa, en época escolar, debía ir a buscar a los niños del colegio, al volver se bañaba, miraba un poco de televisión, leía el periódico que no había podido leer a la mañana, cenaba, mientras escuchaba los comentarios de sus familia, sobre las cosas que habían hecho durante el día y luego se iba a dormir.

Todo eso parecía repetirse diaria, semanal, mensual, anual y eternamente.

Esa mañana no parecía ser la excepción, solo que Aldo no sabía que ese día comenzaba para él una nueva vida.

Al llegar a su trabajo vio varios autos policiales, dos ambulancias y mucha gente corriendo hacia un lado y hacia otro. También pudo ver una tenue columna de humo proveniente de la última Terminal de pista.

Estacionó su auto, se apresuró a bajar, no por inquietud, sino por curiosidad. Unos instantes después se enteraba que un avión había sufrido un incendio en uno de sus motores derechos, lo que le impidió despegar, lo sacó de pista e hizo que el fuego consumiera gran parte de la nave en pocos minutos.

Era un hecho excepcional, muy fortuito, casi inexplicable e imposible, pero esa vez, ocurrió.

Con tanto movimiento extraño y con el olor de la tragedia rondando el lugar, se predispuso a esperar órdenes para empezar a trabajar. Pero no fue así, el aeropuerto se cerró todo el día y no operó. De todos modos él debía cumplir su horario de trabajo y por eso, se ofreció a realizar cualquier tipo de ayuda.

La labor que él hacía diariamente era controlar los motores y ese día ningún motor se encendería.

Como nadie le dio instrucciones de realizar ninguna tarea, se sentó junto a la cinta de equipaje, para observar el movimiento en la pista accidentada.

En cierto momento, una señora se acercó para pedirle ayuda, necesitaba saber si su hija había abordado ese avión. Aldo no era una persona muy sentimental, ni emocional, no sabía como actuar en un momento así y se limitó a decirle a la señora que preguntara en la sección Check-in por el apellido de la hija. La señora giró como para encaminarse hacia el lugar, pero repentinamente se detuvo. Aldo volvió a indicarle hacia donde debía dirigirse. Ella se volvió hacia él, su rostro estaba pálido y sus ojos vidriosos. Lo miró y le preguntó: -¿Qué haré si me confirman que su nombre está en la lista? ¿Cómo haré para no desmayarme, para no caer, para no sentir que muero? ¿Cómo volveré a casa y seguiré con mi vida sabiendo que ella no estará nunca más?

Aldo no supo que contestar, la miró, frunció el ceño y luego de pensar unos minutos, se ofreció a averiguarlo él mismo. La señora se sentó y esperó su regreso. Él sintió  un alivio enorme al saber que la joven no había abordado. Volvió alegre y se lo dijo a la expectante mujer.

Pocos minutos después la joven llegó, suponiendo que allí estaría su angustiada madre y le contó que le debía la vida a un embotellamiento en el tránsito,  que detuvo por varios minutos al taxi en el que se dirigía hacia el aeropuerto.

Acto seguido juntas se fueron y Aldo pensó que ya había recibido un impacto suficiente para ese día. Pero no fue así.

Conforme pasaron los minutos y las horas, los bomberos sacaban los cuerpos de los fallecidos y los paramédicos se llevaban a los heridos .El lugar se llenaba de familiares desesperados.

Comenzaron a rodar las historias y Aldo las fue oyendo, un poco intencionalmente y un poco sin querer, pero lo cierto es que todo llegaba hasta él, no solo hasta sus oídos, sino hasta su corazón.

Escuchó de dos hermanos que viajaban a despedirse de su abuela moribunda y pensó que el destino había sido cruel con esa familia, porque murieron antes ellos que la agonizante anciana.

También comentaron sobre dos recién casados que iban hacia su luna de miel, la cual nunca llegaría. Otro caso fue el de un grupo de médicos que irían a realizar tareas humanitarias a otro continente. Además de un niño que luchaba contra una grave enfermedad y sería transplantado en otro país, pero el destino se interpuso. Esos eran solo unos pocos casos. Había decenas de ellos. Pero él ya no quería oír más.

Solo deseaba que llegue el horario para ir a su casa y disfrutar de su vida. Pero de pronto pensó ¿Disfrutar de su vida? ¿Era válida esa expresión? Si todos sus días eran iguales, si su vida no tenía emociones ni sentidos, si solo era una repetición de hechos rutinarios y consecutivos ¿Podía llamar vida a ese transcurrir de sucesos? Si, en verdad, su vida, era insulsa, tediosa, uniforme, invariable, sosa, aburrida, apagada, horrorosa.

Salió de su trabajo, se subió al auto y no podía ponerlo en funcionamiento. Él quería hacerlo, pero algo se lo impedía, había una fuerza  muy poderosa que no le permitía moverse hasta que no se diera cuenta de lo que le estaba sucediendo.

Por un momento, puso su mente en blanco y sintió que alguien quería aclararle algo, alguien necesitaba que él reviera su situación. Primero pensó que era Dios, luego quiso culpar al destino, más tarde, a la vida, pero en un impacto de lucidez, supo la verdad; era su corazón quien quería que su mente supiera lo desconforme que él estaba con la vida que llevaba.

Sin moverse del vehículo, sintió que estaba transportándose en el espacio y se veía a sí mismo desde otra dimensión. Parecía que estaba viendo a otro hombre que no era él. Sentía que desde la perspectiva ajena podría llegar a darse cuenta de lo que necesitaba para que su vida cobrara sentido.

Hurgó  en su mente intentando hallar una señal, una pista, un indicio que lo llevara a saber qué era lo que le estaba sucediendo.

Recordó su infancia, había sido criado amorosamente por sus padres. Le habían enseñado mucho de la vida. Lo apoyaron siempre en todo. Lo encaminaron y lo formaron de un modo correcto y fructífero.

También recordó su juventud. Siempre era responsable en sus actitudes, en sus actos, en sus tareas, en su vida en general.

Y , al fin, le llegó el momento de recordar  sus sueños, aquellos que todo niño, joven o adulto, guarda en su corazón, anhelando a diario que se haga realidad. Pero él, ya los había olvidado. Con tanta uniformidad en sus tareas, no se daba posibilidades de pensar en lo que había ambicionado años atrás. Comprendió tristemente que había olvidado y relegado sus sueños, o mejor dicho, su sueño, ya que solo había tenido uno.

Desde muy pequeño había querido conocer el Kilimanjaro. Había leído mucho sobre él y sabía todo lo que podía saberse al momento. Pero en verdad lo que él quería era verlo, sentir su aroma, ver su color, conocer la tierra que lo rodeaba, calcular su altura comparándose con él. Ese era su sueño, su único sueño, el único que tuvo tiempo de tener y sin saberlo, había mantenido guardado en su inconsciente, durante su mediocre vida.

Entonces comprendió todo. Lo que había ocurrido ese día, era una bendición. Aunque injusta, la paradoja del destino, se cobró  de varias vidas, para salvar y revivir solo una; la suya.

Aldo necesitó ver la situación de gente que no había podido concretar su viaje, para darse cuenta que el viaje de su vida, aún no había comenzado, que lo que quería en su corazón, estaba dormido y sepultado por la rutina, que su vida no era tal, que su sueño estaba muerto en vida y decidió revertir eso urgentemente. No podía permitirse que, el día siguiente, se llevara con su sol, la ansiedad de su alma. No podía dejar que pasara un día más, sin hacer lo que debía.

Llegó a su casa, se bañó, cenó y se fue a dormir como lo hacía cada noche. La mañana siguiente, al despertarse, toda su familia seguía dormida. Nada en su casa cambiaba, solo cambiaría él.

Tomó una maleta, colocó su mejor ropa, que no era mucha, puso en su bolsillo sus documentos personales, su tarjeta bancaria y su pasaporte. Dejó en la mesa del comedor una carta dirigida a su esposa donde le explicaba lo que haría. En la misma, recalcó que la había amado mucho en su momento, pero que ella había cambiado demasiado y ya no se sentía ni feliz, ni a gusto. Destacó el amor natural que sentía por sus hijos y se despidió con un simple: “Hasta pronto”.

Pasó por el banco y retiró los ahorros de toda su vida. Luego fue hacia su trabajo como siempre, solo que esta vez, no como empleado, sino como pasajero.

Voló a Tanzania. Solo fue tras un sueño. Conoció el Kilimanjaro. Sintió su aroma. Tocó su tierra. Lo miró. Lo admiró. Lo disfrutó y lo adoró. Hizo realidad su sueño. Le dio vida a su vida. Le dio anhelo, color, ilusión, esperanza y placer a su corazón.

Sintió felicidad, ya había olvidado esa sensación, pero logró recobrarla.

Con la satisfacción de haber cumplido su sueño, emprendió el regreso a su casa, imaginando la cara de su familia cuando él hablara de lo que había hecho. Pero no lo consiguió, porque el avión en el que volvía, se accidentó al despegar. Era un hecho excepcional, muy fortuito, casi inexplicable e imposible, pero esa vez, volvió a ocurrir. Igual que aquel sucedido pocos días atrás, aquel que le había abierto los ojos, para ir tras su sueño. En éste, él volvía a ser el protagonista, solo que podría ser su última escena.

Aldo, agonizante, fue retirado por los paramédicos.

En su corazón se sentía sonriente, porque era precisamente, su corazón quien estaba feliz. La felicidad se debía a que, por suerte, su vida se apagaba, justo cuando había sido rescatada de la monotonía y la infelicidad.

Ya no tenía un sueño pendiente.

Sabiendo que moriría, estaba contento porque había recobrado la vida, a pesar de su muerte. Y eso había sido posible porque él fue tras su sueño, porque ignoró sus reglamentarias costumbres, para ir en busca de un anhelo eterno.

Cerró los ojos para imaginar “su” volcán y morir con esa imagen en su mente, pero justo antes de eso, vio un desorientado empleado del aeropuerto, acercarse a la escena, sin saber que sucedía. Fue entonces, en ese último latido de su corazón, cuando Aldo entendió que con su muerte, estaba salvando otra vida.

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