Un funeral en Nassau. Autor: Mara del Sur

El sol en mediodía, con su magnífica paleta de amarillos y oros y un pincel certero sobre nuestra piel recién venida de un verano que le era propio. Avanzaba enero en aquella playa blanca de Las Bahamas, reverenciada por infinitas olas de un océano turquesa. El contraste con nuestro Río de La Plata, amarronado y barroso a la altura de Buenos Aires, era conmovedor.
En la playa milagrosa de Nassau me complacía sacándole fotos a mi amiga y no tenía ganas de volver al crucero para el almuerzo. Ella sí. Insistió. A mí me costaba salirme de la placidez del talco de la arena en mis pies, de las voces de las vendedoras ambulantes ofreciendo collarcitos de caracoles y almejas con forma de pez. Me resistía a abandonar el mar y sobre todo el sol bajando y subiendo por nuestros cuerpos cansados. Pero ella insistió. Y yo accedí con un disgusto mal disimulado. Tomamos la calle que bordea la playa. Una estridencia de sonidos nos alcanzó en seguida. Avanzaba un grupo de musiqueros con trompetas, saxos y flautas que daban cuenta de la pasión de sus ejecutantes. Iban acompañados de mucha gente bailando. Induje a mi amiga para que no nos perdiésemos aquella fiesta de motivo desconocido. Ella generosamente aceptó. Todos danzaban con gracia y renovada alegría. Quise imitarlos e improvisé algunos pasos. De inmediato nos invitaron a Mónica y a mí, a sumarnos a la celebración. Se me representó la escena de los amables arahuacos, allá por 1.492 intercambiando regalos con Colón en la isla San Salvador y me dije que estas tierras no tienen otro destino que no sea la hospitalidad y la inclusión. Esta ciudad portuaria, refugio antiguo para piratas y filibusteros, aún recrea la arquitectura del siglo dieciocho pero, orgullosa de su reciente emancipación del Reino Unido, muestra un sincronismo estremecedor.
Se nubló de golpe y fue una bendición para poder seguir bailando. Clarinetes, maracas, improvisados tambores de gasolina, flautas, cornetas y chifles agudizaban sus notas con singular estridencia. Nos acercamos un poco más hacia el centro porque vimos una carroza atiborrada de flores que suponíamos llevaba a una reina de belleza con su séquito de princesas. Nos costó salirnos del asombro cuando vimos un féretro en el interior de la bellísima carroza blanca. Una catarata de pequeñas rosas esfumadas vestía el vehículo en su parte delantera. Un único hombre llorando y una muchacha cabizbaja que apoyaba su dolor sobre la baranda de ese particular coche fúnebre que avanzaba lento y festivo. Iban dos niñas vestidas de un blanco inmaculado con pequeños ramilletes de flores temblando en sus manitas negras. Las mujeres lucían vestidos de importancia que acompañaban con tacos imposibles. Sombreros majestuosos de ala ancha y pañoletas de organza labrada. Los hombres de traje o frac. Muchos trajes lucían un colorido inusual -al menos en mi país- para la ocasión. Pero iban también los más pobres, vestidos de cualquier manera. Los mejores bailarines llevaban pantalones blancos y camisetas y zapatos al tono. Una pareja extraña llamó nuestra atención, nadie podía igualarlos en la destreza del baile. El estaba borracho y alardeaba un sombrero de arpillera que representaba fabulosos cuernos de toro, y ella lucía un vestido escandalosamente escotado de un azul francia al igual que el pañuelo que ceñía su cabeza. Me dejaron fotografiarlos porque todo, absolutamente todo era bien interpretado en aquella isla de gentiles.
Esto es un funeral, nos dijimos extrañadas. Y absortas quedamos atrapadas en la algarabía de aquellas contorsiones de despedida. Nos gustaban esos negros de risa ancha y generosas maneras. No fue difícil sentirnos parte de aquel grupo que festejaba la muerte como la liberación de todos los males. La danza redoblaba sus ritmos y agitaba un entusiasmo mayor cuando nos acercábamos a algún cementerio de los tantos mezclados con las casas del pueblo. El sequito se detenía allí donde creíamos que al fin le darían sepultura, pero no, luego de negociaciones infructuosas seguía hacia otro destino. Atravesando la ciudad entera, con sus burdeles y casas de juegos para que a nadie le queden dudas sobre la muerte de la vedette- eso creíamos- cuya foto exhibían como página central de una popular revista. La mujer tendría unos 56 años cuando un accidente –quisimos imaginar- le quitó el futuro. Era bella aún y lucia un cuerpo de contornos inquietantes como solo las negras pueden tenerlo. Por lo general, al menos las que allí estaban, llamaban la atención por su altura y abultadas formas. Senos generosos y piernas pulidas. Cinturas mezquinas para interrumpir las redondeces de las carnes. Hombrones de tamaños nunca vistos, robustos y fuertes como robles, no dejaban de balancearse al compás de la música, dando saltos de acrobacia cuando lo exigía el ritmo. Uno de ellos, el que tenía un sombrero de mago con plumas multicolores a igual que las flores que adornaban su enorme corbata rosa, pantalones a rayas y un saco de arlequín; se subió de un salto a una columna de cemento y desde allí ofreció su espectáculo de desvaríos de circo. Tocó la trompeta con total maestría y comunicó de ese particular modo la alegría que significa despojarse de las ataduras del cuerpo.
Una negra de desconcertante belleza, lucia un vestido violeta y una cabellera risada que le alcanzaba la cintura. Sostenía semejante estructura sobre tacos aguja de unos diecisiete centímetros, que sin embargo no interferían en la cadencia de su ritmo africano. La imaginamos parte del elenco de vedettes o artistas a la que pertenecía la muerta.
La caravana trepaba las calles más altas sin dejar de sacudirse con el aleteo de los tambores. Al fin se detuvo en un cementerio abierto que se continuaba en los patios de las viviendas aledañas. Las tumbas viejas se pisaban sin miramientos con la seguridad de que las almas ya habían partido y solo quedaban los huesos como recuerdo y algo de la mampostería barata que les dio sostén en los primeros tiempos. Contorneadas con listones bajos de cemento, las tumbas sólo ostentaban lápidas lisas en su cabecera, casi sin inscripción ni cuidados posteriores.
El lugar destinado para la inhumación estaba cubierto con un gazebo rojo a modo de resguardo, que tenía colgados los globos blancos que soltarían mientras el cajón se bajase con extrema lentitud. Los musiqueros volvieron a tomar sus pesados instrumentos como último homenaje a esa hermosa negra a la que le debían placeres memorables. La suelta de globos alardeaba de un festejo que no condecía con la tristeza honda de los deudos. Un hombrecito oscuro, de no más de metro veinte de estatura, con una cabeza enorme y piernas arqueadas sin piedad sobre pies de pato, iba presuroso de tumba en tumba para no perder detalle.
Por la calle lateral avanzaba una limusina negra, de la que pronto bajaron un cajón de lujo que iba hacia otro sitio del cementerio, adornado con mayor detalle. Lo llevaban a mano alzada un grupo de sacerdotes acicalados con atuendos que marcaban su rango. El grupo de mujeres que llevaban vestidos rigurosamente negros o blancos con sombreros inmensos y collares de perlas, caminaban erguidas y majestuosas a pesar del luto. Además del gazebo ahora blanco, el espacio estaba rodeado de un living con sillones y sillas vestidas de pana verde para comodidad de los dolientes. El mismo verde en las alfombras que rodeaban la fosa y en las barandas que la cercaban realzando su infeliz envergadura. No había músicos en este ritual. Niñas pequeñas, vestidas de princesas tiraban, junto a adultos llorosos, sus flores blancas a la fosa oscura. Sólo algunos mostraban orgullosos la tapa de la revista que lucía la foto de esa muerta de familia rica. Supusimos que se trataba de la misma revista pero que estar en la tapa acrecentaba el prestigio y la popularidad de la difunta. Entonces imaginamos a ambas mujeres falleciendo en un brutal accidente mientras iban o volvían de una actuación -que se nos ocurrió- notable. No quisimos inoportunar con preguntas de curiosos y nos bastó la imaginación para redondear la historia de tan triste desenlace. Era claro que los rituales eran diferentes y que por ende sus creencias religiosas también. Sacerdotes católicos estaban en la ceremonia más lujosa, la que no tenía ni música ni globos, y guardaba un silencio compacto como señal de luto. La otra, en cambio, desplegaba un ritual con destellos paganos que le daba un colorido de fiesta. Alrededor de tres horas lentas transcurrieron en este mundo raro al que miramos con ojos nuevos, como de niños. Mónica y yo nos retiramos agradecidas de aquella hermosa ceremonia en la que las almas se cuelgan de enormes globos blancos para vagar por un universo insondable, tan misterioso como la vida misma.

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  1. Teresa

    La autora logra un contraste divertido y colorido entre ambos funerales.No es necesario que vierta su opinión ni su concepción de la muerte,la cual está implícita en esta magnífica y bellísima descripción.

  2. Cintia

    La autora obtiene en su cuento la perfecta descripcion de una ceremonia con caracteristicas festivas,culturalmente exotica .Esta cultura decide acompañar el sentimiento de miedo a la muerte y el dolor que ella provoca, con el antagonismo despampanante de lo que parece un desfile de alegria, energizante descripcion…Luego la otra ceremonia, mismo evento, diferente marco…mismo hecho:la muerte.Como elemento unificador del ser humano.

    miedo a la muerte

  3. MARIA JOSE C.

    Me han gustado mucho las ricas descripciones, en las abundan detalles culturales que sorprenden y atrapan.

  4. vecina

    Muy buena descripción del lugar y del acontecimiento mortuorio. Me gusto la diferencia cultural entre los dos funerales. Magistral narrativa, muy buen desarrollo.-

  5. chiky

    agradezco a la autora por la magia de sus palabras que supo transportarme en un ritual tan lleno de vida y color.,VIAJE y me cargue de energia.

  6. negrito

    La autora consigue con una simpleza destacable llevarnos de la mano compartiendo sus percepciones emocionales. La narración focaliza su encanto descriptivo en los ritos mortuorios necesariamente curiosos por sus limitaciones temporo-espaciales. El lenguaje llano, desprovisto de eufemismos y accesorios permite una compresión entusiasta de los hechos. Es notorio el respeto y la adhesión a estos ritos ancestrales que aunque no pertenezcan a nuestra carga genética son valorados como un aporte cultural preponderante. Un texto de particular interés, vivo e incisivo logrado magistralmente por la sensibilidad de la autora.

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