El mundo de los sueños. Autor: Marta Bordons Martínez


Las maletas ya estaban hechas. La ilusión se respiraba en el aire. Mara se despidió de los peluches que la saludaban con una sonrisa muda desde la estantería, y de los libros de aventuras con cuyos protagonistas tantos buenos momentos había compartido. Después, cerró los ojos. Segundos después, el viaje comenzaba.

Flotaba, etérea como el soplo mágico de un hada, liviana como una pluma en medio de un tornado. Pero caía, suave, planeando, entre un cielo gris y púrpura. No veía nada, sólo ceniza y amatistas. No hacía frío, ni calor. No había humedad, no había sequedad. No había nada. Se estaba tan extrañamente en paz…

Pero entonces cambió, y ya no estaba allí. Así de simple. Todo había desaparecido. Ya no flotaba. Ya no había cenizas, ni púrpura. Sólo negro. Estaba sola y hacía frío. Estaba tan rematadamente sola… Y triste. La oscuridad la asustaba. Tan insondable, tan profunda e imponente. Tan silenciosa… Odiaba esa oscuridad.

Y entonces la oscuridad se abrió bajo sus pies, unos pies que no tocaban el suelo pero que lo necesitaban. Y la oscuridad se la tragó. Aquella oscuridad que tanto odiaba. Y caía cada vez más rápido. Más y más y más. Y vio que bajo ella se extendía un desierto, tan infinito como sólida su superficie. Y caía… Y el suelo se acercaba, y con él el miedo a la muerte, y al dolor. Pero en los sueños no existe el dolor…¿no?

Pero su caída se detuvo, instantánea, centímetros antes de chocar contra el erial. Mara se dejó caer, suavemente, contra el suelo. Los pies descalzos se hundieron en la arena, que era blanda y aterciopelada. El polvo le acariciaba las piernas, y le hacía cosquillas entre los dedos. Miró a su alrededor. Sólo había desierto. Arena, de oro y luz. Y una roca exactamente cada ciento veintidós metros y quince centímetros, que formaban una línea recta como un sendero hacia el destino. Mara lo consideró una señal. Había una maleta a su lado. Una pequeña maleta de mano de cuya presencia no se había percatado hasta entonces. La cogió y la observó con curiosidad. Era muy simple. De un marrón suave y desgastado, con un asa asombrosamente cómoda.

No pesaba apenas nada; tal vez estaba vacía. Mara trató de abrirla, pero no encontró ninguna cremallera, ni broche, ni nada de nada. De cualquier forma, Mara no la dejó allí. Echó a andar, entre aquel lugar tan dorado como ardiente, seco y desolador. Aquel lugar que se derretía bajo un cielo rojo, sin sol, sin luna. Sin nada.

¿Cuánto caminó? ¿Varios siglos? ¿Unos instantes? ¿Una vida? ¿Un suspiro?

¿Qué importaba? Lo que importaba es que, emergiendo del corazón del desierto como un delicioso espejismo (tal vez de eso mismo se tratase), había un oasis que traía consigo el joven y fresco rumor del agua, y del verde. Mara no se lo pensó. No estaba cansada, pero algo la atraía, incansablemente, hacia aquel lugar puro y vivo en un lugar muerto y abandonado.

Era pequeño, con una hermosa laguna del azul de los océanos tropicales y varios árboles cuyo color agradaba la vista tras el pálido dorado de la arena.

La sola visión de aquella agua de turquesas bastó para que la lengua de Mara se convirtiera en un estropajo. De pronto todo el calor del desierto mordió su piel, y la arena se volvió tan ardiente como brasas. Encogiéndose de hombros, avanzó hacia el estanque. Se arrodilló ante él y, usando sus manos como cuenco, bebió un sorbo.

Sabía a mar.

De pronto le llegó una brisa salada que le acarició el rostro. Cerró los ojos con placer. Espera… ¿Corriente? ¿En el desierto? Miró al horizonte y se encontró con la visión de un mar del azul de los zafiros, extendiéndose centelleante como la cola de una estrella fugaz.  La playa de sedosa arena se fundía con el desierto en una caricia, y el cielo seguía siendo de un rojo intenso, que daña la vista.

Mara bajó la colina, la liviana maleta tan extrañamente sellada sin dejar de acompañarla un momento. Se acercó a la orilla. Estaba maravillada. Del color azul del mar, de la pureza cristalina del agua, del brillo de las olas y del blanco de la espuma. Del olor, a sal, a verano. De la brisa…

Nunca había visto el mar.

Las olas relucientes se enroscaron en sus tobillos, lamiendo sus piernas. Estaba deliciosamente fría, y su sólo contacto aliviaba el dolor de las quemaduras del desierto que ya no existía.  Comenzó a avanzar mar adentro, incitada por el murmullo relajante y la frescura de todo cuánto la rodeaba. El agua empezó a cubrir su cintura desnuda, su torso, su pecho, hasta llegar a su cuello. Mara no se cuestionó el parar. No pudo. De pronto no había nada sólido bajo ella. Empezó a hundirse, y el aire se escapó veloz de sus pulmones, pero no le dio tiempo a asustarse, pues pronto descubrió que podía respirar sin problemas. Sus cabellos oscuros se arremolinaron en torno a su rostro como algas enfurecidas. Podía ver unas burbujas juguetonas escapando de su boca y sus orificios nasales para huir a la superficie. Y su cuerpo, tan lento… Probó a dar un paso, y se sorprendió al ver que no le costaba tanto como recordaba. Porque recordaba algo, algo del agua. Cuando se bañaba en la piscina, en un lugar muy lejano. En otro mundo…

Miró a su alrededor. Pececillos plateados se movían centelleantes como mariposas exaltadas, jugando a acercarse a la muchacha sin permitir que esta acariciase sus resbaladizos cuerpos. Y corales. Miles de corales de colores imposibles. Había rojos apasionados, azules gélidos, frescos verdes, amarillos soleados y fuego anaranjado. Había violetas mágicos, y grises de plata. Había añil de medianoche, y rosas coquetos. Había tantos y tan  poco tiempo para verlos… Sus formas, sus olores, su todo… Y los peces.  Cientos de ellos. Tímidos y asustadizos, asomándose curiosos tras las algas que les servían de refugio. Arrogantes y orgullosos, paseándose coquetos frente a la chica para que pudiese contemplar sus vistosos colores y sus movimientos primorosos. Cariñosos y afables, que se acercaban para mordisquear los dedos de la chica y hacerle cosquillas con sus besos. Y ariscos, que la miraban con desconfianza y casi con odio. Había cientos, a cada cual más hermoso. Mara sentía que era incapaz de dejar de mirarlos.

Entonces desaparecieron. Se fueron extinguiendo, como si sólo se tratasen de polvo, arrastrado por una ventisca. Los corales ya no estaban, ni las medusas que se movían perezosas con su suave contoneo. Ni los peces, que parecían huir acosados por un feroz tiburón de dientes afilados como la mordaz lengua de alguien dominado por el odio y la envidia. Y Mara se encontró sola en medio del mar. Tan sola que tuvo miedo de seguir estándolo. Cerró los ojos y se sintió llorar, pero sus lágrimas se fundieron con el océano, tan inmenso que se las tragó. Cuando los volvió a abrir, ya no estaba allí.

Estaba tumbada entre la hierba de una llanura  de un verde intenso como el cristal coloreado. Tan  intenso como sus propios ojos. La hierba le hacía cosquillas en la punta de la nariz. Se levantó lentamente. De pronto le pesaba el cuerpo. A su lado estaba la maleta. La recogió y miró a su alrededor. Mientras lo hacía, el verde de la hierba se convertía en el púrpura de las flores, que abrían sus corolas al cielo sin sol, anhelantes de aquella luz roja que parecía saciarlas.

Mara comenzó a caminar entre ellas, sintiendo su tacto aterciopelado acariciando su piel. No sabía a dónde iba, pero le daba igual. No tenía sed, ni hambre. No estaba cansada, ni adormilada. Estaba tan bien… Le gustaría quedarse allí para siempre, en aquel campo de flores violetas, que le partían el corazón.

Entonces llegó

a un acantilado que sometía a un bosque fascinante. Era una explosión de color y vida. Árboles, grandes como montañas. Sus troncos nudosos, cubiertos de musgos e hiedras, crecían ondulados, erectos, trenzados y gruesos. Y las hojas que adornaban sus ramas como nubes en el cielo, frondosas y verdes, como esmeraldas pulidas. Dentro de sus copas existía un verdadero ecosistema de extraños insectos y aves multicolores. La hierba… Parecía de azúcar… De un verde tan vivo y tan anormal… El color del anticongelante, de la menta…Un color que nunca había visto y que le produjo satisfacción. La hierba lo cubría todo como la falda de la Naturaleza. No dejaba surcos marrones de barro, arena o piedras como en aquel lugar que no lograba recordar. No. Era todo verde… excepto cuando la rociaba de color las flores.

Flores…Había de todos tamaños y formas. Creaban colonias o se hallaban desperdigadas por todo el bosque, como pequeñas motas de pintura salpicadas por un pincel sobre un lienzo. Algunas, anaranjadas, parecían formadas por escamas y crecían en espiral. Eran inmensas. Otras dejaban al descubierto fuertes colores fosforescentes, brillantes. Y algunas, al sentir el contacto de un ser humano, se encogían sobre sí mismas y casi desaparecían. Y su aroma. Era empalagoso, dulzón y turbador. Se averiguaba la esencia de las flores con solo oler su aroma. Eran mágicas. Había flores transparentes como el agua, brillantes como el sol, esponjosas, blandas como algodón. Había tantas que Mara se mareaba. Algunas eran tan diminutas y frágiles que parecía que con la más mínima ráfaga de aire saldrían volando…

Y otra maravilla eran los hongos. Había colonias de setas inmensas como casas. Brillaban en la oscuridad con colores lilas y rojizos, mareantes. Sus pies eran tan grandes que se necesitarían por lo menos cinco humanos con los brazos extendidos para rodearlos. Y su sombreros… de tantos tipos y colores… Los había escamosos, convexos, globosos, hundidos… de bordes rajados, enrollados, estriados y ondulados… De tal variedad que dañaba la vista y tan grandes y coloreadas que se podían distinguir desde el aire. Había extensos mantos de musgos multicolores entre las gruesas ramas húmedas y umbrías. Algunas de ellas caían al suelo, brillantes, como tentáculos eléctricos. Cambiaban de color según la humedad y la sequedad del ambiente. Era impresionante. Un mundo nuevo, idílico, maravilloso… mágico.

La joven, abrumada por todos los colores, las formas y los prodigios que crecían allí, tuvo que cerrar los ojos para tranquilizarse. Pero ni así. Aún el aroma de aquellas plantas hipnóticas y atrayentes penetraba en su cuerpo. Mara se planteó en respirar por la boca, pero iba a ser igual; la intensidad del aire bastarían para que pudiera saborearlo… y seguro que sería delicioso.

Mara, absolutamente maravillada, descendió hasta el bosque casi brincando. Acarició los ásperos troncos de árboles cuyas copas formaban completos techos de hojas de deliciosos colores y olisqueó el aroma de las innumerables flores que la rodeaban. Era todo tan bonito… Deseó que no desapareciera nunca, pero desapareció.

De pronto estaba muy lejos. Y hacía frío. Tanto frío…

Abrió los ojos, aunque no recordaba haberlos cerrado. Estaba rodeaba de nieve y hielo. De pie, en medio de un erial árido y estéril. Más allá dos glaciares se erguían presuntuosos. Decidió encaminarse hacia allí, al no encontrar ninguna otra pista. El frío le congelaba los dedos de los pies y le enrojecía la nariz. Hacía tanto, tanto frío…

Atravesó los glaciares colosales, admirando la serenidad de su álgido blanco y la solemnidad de su silencio. Y cuando terminó, se encontró con una imagen que jamás podría olvidar.

En aquel lugar frío y abandonado, había mucha vida.

Animales, muchos animales. Vio una osa polar que se movía en apariencia aburrida, con dos cachorros curiosos siguiendo sus pasos instructores. Y también focas. Muchas de ellas, algunas se sumergían raudas en el agua de un lago helado, y otras dormitaban bajo aquel cielo rojo, con sus blancas crías arrastrándose junto a ellas. Y muchísimos pingüinos, de todo tipo y condición. Emperadores engreídos que se pavoneaban de los demás por su tamaño y su elegancia. Los Penacho Amarillo, que lucen a ambos lados de la cara adornos de plumas doradas. Y los papúa, pequeños, de corto pico y gran predilección por los calamares.

Pero había mucho más. Morsas fofas de conducta haragana. Grandes colonias de aves pescadoras. Las sombras ágiles de zorros blancos que buscan algo que echarse a la boca. Lobos del ártico de sonrisas risueñas y mirada glauca de medianoche, que sometían a los demás animales desde acantilados escarpados. Ciervos lívidos de imponentes cornamentas, y cabras pálidas que hacían cabriolas, presumidas, sobre los más insondables abismos. Incluso pudo atisbar el movimiento pesado de la cola de una refinada orca emergiendo del agua oscura, antes de desaparecer para siempre.

Pero no acababa allí. Había también animales que Mara no había visto nunca, y que dudaba que existieran. Tan extraños y desconocidos que le resultaba imposible describirlos. Bastaba contemplarlos para quedar anonadada.

Era muy hermoso. Y todo tan pacífico… Los animales no luchaban entre ellos, estaban en paz, tranquilos, felices. No había discordias ni problemas, todos estaban de acuerdo. Era demasiado bello para ser cierto. Ojalá en el otro mundo, aquel que no lograba recordar, fuera todo igual…

Entonces sintió un soplo gélido a su espalda. Se giró. Tras ella había un caballo.

Era un formidable caballo negro como la tinta, cuyas crines rizadas crecían indómitas por su cuello. Tenía un porte elegante y aristocrático, unas patas fuertes y largas y un cuerpo fornido y musculoso. Sus ollares, abiertos al máximo al respirar, despedían un vaho invisible que humedecía el aire a su alrededor. Sus orejas se pegaban a su cabeza, fieras, como las de un gato, para luego erguirse atentas hacia el mínimo ruido. Una estrella blanca adornaba su frente, el único rastro de color entre aquella negrura. El único además de sus ojos.

Poseía unos ojos hermosos y expresivos, centelleantes como la luna, infinitos como el tiempo, serenos, puros, y tan, tan bonitos…

Deseó tocarlo, ansió tocarlo. Lo tocó, y la oscuridad del animal la envolvió como la noche, impidiéndole ver nada más.

Abrió los ojos, y ésta vez lo hizo de verdad.

De nuevo estaba en su dormitorio, en su cama. Su gato, Whiskers, dormía entre las mantas, hecho una bola. Sus peluches, tan tímidos como siempre, no decían nada desde su estantería. Los libros, en cambio, la miraban con descaro desde la mesilla de noche.

-Tranquilos, os lo contaré todo. Vosotros me lo contáis todo a mí.

Se arropó con la colcha. ¿Y la maleta? Aquella que la había acompañado durante todo el viaje. Estaba en el mundo de sus sueños, esperándola. Esperando a que volviera a cerrar los ojos para volver a viajar, a lugares nuevos. Para ver cosas que nadie más ve, cosas que no existen, porque si existieran no serían tan especiales. Para aprender, y entender. Y para conocer y disfrutar. Para asombrarse y maravillarse. Para suspirar, para reír y sonreír.

Y, sobre todo, para vivir.

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