Cuarenta grados. Autor: Nadia Jimena Sánchez Patazca

Sentía la felicidad recorriéndome. Por fin me iría de Lima, por fin tendría vacaciones. Aunque de hecho eran muy cortas, pero algo es algo.
Agarré la maleta más grande, metí todo lo que pudo entrar y la cerré con toda mi fuerza. Ya estaba lista para irme.
La verdad era que necesitaba descansar, necesitaba otro aire, otro paisaje, otra gente, otro dejo, otra moneda, otro país. Y pues, mis padres me llevaron a uno, y realmente a uno muy bello.
Estuve esperando en el aeropuerto, con hambre y el aburrimiento por encima. Se notaba hasta en mi rostro, por eso mi hermana se acercó y me obligó a acompañarla al “Duty free”.
Ropa, perfumes, maquillaje, chocolates, licores, todo muy provocativo como para comprarlo. Estuvimos viendo todo por un buen rato, mi hermana se compró una máscara para pestañas espectacular, pero la verdad es que yo, quería libros.
Mi papá nos llamó. Ya estaba por salir nuestro vuelo, pero necesitaba ir al baño, le pedí a mi hermana que me acompañe. Pasamos por donde estaba mi papá para decirle, mientras yo iba adelante, yendo al baño mucho más rápido. A la hora de voltear la pequeña curva que había, salió un chico a toda velocidad y como típica película americana me golpeó la mejilla derecha con su pecho y caí en el piso. Cuando miré hacia arriba para ver quién era el imbécil, estúpido, distraído, torpe que me había empujado, vi esos hermosos, azules, y grandes ojos con pestañas largas y rizadas que me miraban. Estrechó su mano y me ayudó a pararme.
-Discúlpame, discúlpame, ¡discúlpame! No te vi, lo siento, ¿te golpeé? (hablando con dejo chileno)
-(No idiota, ¡me hiciste un masaje!) No, no te preocupes estoy bien…. Ahora…
Se demoró un minuto para soltarme la mano y me dijo su nombre. Sonrió, puso su mano en mi mejilla (en el golpe), y dijo que lo sentía mucho otra vez, y se fue. Me quedé idiota por cinco minutos, hasta que recordé que quería ir al baño. Me apuré por completo y llegué temprano a la cola para entrar al avión.
Me tocó sentarme lejos de mi familia, esperaba que me toque alguien interesante por lo menos. Así que encontré mi asiento, me acomodé y esperé. Llegó la primera persona a mi lado derecho. Una señora, de cierta edad avanzada, chilena y conversadora. Realmente nos llevamos bien desde el primer momento. Aunque, no recuerdo su nombre muy bien, me contó cosas muy interesantes sobre su país, su hijo, y de cómo había perdido su casa en el terremoto, todo muy triste, pero después cambió radicalmente que necesitaba vacaciones y que salir del país le venía muy bien. Realmente era una persona muy buena y admirable. Llegó por fin la última persona de nuestra fila de tres. Una argentina, de unos treinta y tantos años, que hablaba a mil por hora. Miró a la señora de mi costado:
¡No puede ser! ¡otra vez juntas! Exclamó.
Bueno, me daba cuenta que ya se conocían antes. Comencé a hablar con las dos. Y de verdad, fue unas de las conversaciones más buenas que tuve improvisando cien por ciento. Cómo te ayuda hablar con gente mayor, simplemente te hace sentir adulta y te hace madurar. Me decían que tenía que aprovechar mi futuro y muchas cosas muy ciertas. Terminó siendo una noche muy placentera y prácticamente conversamos todo el vuelo. Lo difícil fue despedirse, mencionamos sobre intercambiar correos, pero ya fue muy tarde, ni teníamos lapiceros.
Un saludó con la mano y un: ¡Pásala bonito!, parece que fueron suficiente.
Ya habíamos llegado, estaba helando. Moría de frío y también por escuchar como hablaba la gente. Por fin había llegado a ese país tan bueno del que me hablaban. La rica y cálida Colombia.
Colombianos con su rico dejo y típico: “Si señor”, dándole este tonito cuando lo dicen.
Exactamente llegamos a las 12:00am a la ciudad de Bogotá, hacía un frío de porquería, y teníamos un viaje a las 5:00am, así que caballero no más, a quedarnos en el aeropuerto.
Compré tres expreso y una Coca Cola más grande de lo normal.
Mientras trataban de dormir en las bancas largas que habían, yo estaba con ojos de búho y pues tratando de cuidar las maletas. Chicos lindos atendiendo la cafetería, y hasta limpiando los baños. Ya no estaba en Perú, definitivamente. Estuve despierta toda la noche, no pude dormir, no sé cómo la gente lo hacía en esos asientos de madera, más duros que piedra. En fin, llegó la hora del siguiente viaje, felizmente que este sólo duraba 1 hora. Era de Bogotá a Barranquilla. Pero, para llegar, teníamos primero que ir al otro aeropuerto, o al de al costado, no me fijé bien. Nos dijeron que teníamos que esperar un bus, pero nunca vino.
Mientras lo esperábamos se me acercó un chico, aparentemente no de Latinoamérica, y hasta que me habló tampoco de Estados Unidos. Definitivamente era inglés. Otro dejo tan bonito, la pronunciación, la elegancia de las palabras. Primero me empezó a preguntar sobre el Bus en inglés, me contó que no sabía nada de español, que estaba de vacaciones (clásico), que era de Londres, policía y tenía 34 años. Me contó la mayor parte de su vida en 20 minutos. Fue rápido. Yo también le conté sobre mí, aproveché para decirle que debería ir al Perú, a todas partes, pero que si va a Lima, que no se asuste. No mentira, le dije todavía: -TIENES que aparecerte por Lima, te encantará.-
Pasamos un buen rato, hasta que ya era hora del vuelo, así que tuvimos que tomar un taxi para poder llegar temprano. Igual, viajamos en el mismo vuelo, después de todo. Pero nunca supe su nombre, fue misterioso y genial al mismo tiempo.
Cuando llegamos al aeropuerto de Barranquilla, no pude verlo hasta al último, cuando ya estaba subida en el taxi, y por segunda vez, me despedí con la mano.
Tres horas de vuelo en avión grande, una sola en uno chico y una completa por tierra. En Cartagena nos esperaba el departamento que habíamos alquilado. Específicamente al lado del hotel Hilton. Era un edificio muy alto, con muchas habitaciones y raras tiendas en el primer piso. .
Había gente de todo tipo, afroamericana, norteamericana, latina, caribeña, selvática, creo que eso era una de las cosas que hacía a Colombia un lugar especial.
Entramos al edificio, subimos al ascensor, dejamos nuestras cosas en el cuarto, y simplemente bajamos para conocer todo lo que podamos de esa maravillosa ciudad. Recorrimos las extraordinarias calles de Cartagena por horas y creo que nunca nos cansamos. Fuimos a la playa, a caminar descalzos por la orilla del mar y a tomar el famoso “coco loco”
Cuando nos empezamos a cansar, fuimos al restaurante más cerca que había. Eso era un Mc Donand’s, lo cual no esperaba comer ahí. Mi hermana y yo entramos, compramos unas papas grandes, 2 hamburguesas y una gaseosa rosada con sabor a manzana. En realidad era riquísima. Cuando me acerqué al lugar dónde estaban las salsas, me sentí las más desubicada de todas.
Sólo había mayonesa y kétchup. Y pregunté en voz alta y fuerte:
Señor, disculpe, podría decirme ¿Dónde está el ají?
La gente empezó a mirarme como bicho raro, de pies a cabeza, exclamados y yo estaba tan fuera de lugar como si hubiera hablado de política u Ollanta Humala.
De repente el señor me mira, ríe y me sonríe:
Lo siento señora, acá no hay ají.
Una cosa más a la que tenía que habituarme. Estaría bien por unas semanas, supongo. Después de hacer la vergüenza del día en frente de todo el público colombiano reunido en un Mc donalds del centro de Cartagena, mi hermana y yo nos encontramos afuera para tomar un taxi.
Nos tocó un taxista un poco raro, con barba, joven y con el típico dejo colombiano y el “si, señor”.
Resultó siendo buenísima gente y terminó matándose de risa por todas nuestras jergas peruanas y anécdotas en la ciudad. Nos explicó cómo era la cosa, nos informó que el presidente era Juan Manuel Santos, nos dijo que en realidad “Pisco” en Colombia significa “Pavo”, discutimos un rato por lo del pisco, diciendo él que era chileno, lo cual le explicamos que en Perú hay un lugar que se llama así, y que por eso es nuestro. Y muchas cosas más interesantes.
Llegué a hacerme un poco adicta a las Coca Cola’s personales de ahí. De 600 mililitros. Dos diarias, nada más rico.
Al día siguiente, salimos temprano del departamento. El aire caliente se podía sentir pasando por nuestra cara y haciendo a ese lugar, uno especial, caribeño, caluroso y lleno de sabor. Ese día nos íbamos al mar caribeño. Al conocido lugar de agua transparente, con corales y comida muy rica. Arroz con coco, fríjoles, repollo, pescado, Coco Loco, mar, “la banana”, sol ardiente y gente de todos los lugares posibles que se podría imaginar.
De hecho, algo más ganó mi interés. Nos fuimos a las islas del Rosario y Barú en una lancha, con demás turistas. Turistas colorados y con la cara blanca de tanto bloqueador solar. Las cámaras fotográficas colgando sobre sus cuellos y una botella de litro y medio en la mano. Cómo se pueden distinguir enseguida. Me sorprendí la primera vez que lo hice, pero ya estaba acostumbrada por Perú. Harto mochilero.
Había sido un día espectacular, y de hecho muy largo. Habíamos recorrido las calles más de una vez y realmente no teníamos ganas de ir a “Mister Babilla”.
Por ese día, fue suficiente. Descansamos para que al día siguiente pudiéramos viajar tranquilos a la otra ciudad, Barranquilla.
Un largo trayecto nos esperaba, y aunque puedo afirmar que esto para mí y para mi viaje fue en realidad, esto es tan sólo un pequeño resumen.
El despertador sonó a las 6:00am en punto y exagerando tuvimos que levantarnos. Estábamos cansados, en especial yo.
Tuvimos que esperar otra vez el bus para irnos, otra hora de viaje. En el camino pude observar que se trataba de pura fauna y mucha playa. Hermoso ambiente, hermoso lugar, hermosa gente.
Cuando llegué a Barranquilla realmente quedé impactada. Un lugar tan simple, pero a la vez tan genial. Ya veo por qué hacían los carnavales ahí. La ciudad era diferente, el ambiente, era un cambio radical.
Mi viaje a Barranquilla más que todo fue por un asunto personal. Nos esperaba la boda de una amiga muy querida ahí, así que todo ese día tuvimos que prepararnos.
El vestido, el peinado, maquillaje zapatos, ir al civil y luego al religioso.
No llegamos a ir al civil. De frente aparecimos en la conferencia. Un lugar tranquilo, lleno de flores blancas y un toque de turquesa en algunas partes me hicieron recordar lo bien que la estaba pasando, y que no podía haber algo mejor, ¿o sí?
Me senté detrás de una familia simple que consistía en un padre, madre e hijo único. Tranquilos, civilizados y realmente buenos por lo que pude ver.
Cuando la novia llegó fue un lugar muy cómodo para todos. Estaba realmente hermosa y su esposo con una cara de enamorado total. Puedo asegurar que eso fue lo que más me inspiró de ese viaje. Esas miradas que poco a poco se acercaban. Ahora sí se podía decir que una mirada dice más que mil palabras. Pero para esa mirada valió más que un libro de Shakespeare. Claro, en la obra original.
Me dirigí a la recepción que fue en un restaurante de colores parecido a las flores del salón del matrimonio. Habían tulipanes y mucha comida. Y cuando me di cuenta, un chico mirándome.
José Carlos Morales Van Der Woodsen, descendente de familia alemana, pero de padre colombiano. Una mezcla rara pero linda. No obtuve la mirada que estaba esperando de alguien, pero fue un intento de. Después de un rato de miradas disque discretas, se acercó a conversar. Tenía 20 años, recién estaba estudiando y pues ¿dónde estuvo toda mi vida que lo estuve buscando?
No me desesperé claro, siempre con discreción y paciencia. Más bien, fue él, el que me invito a bailar, y el que pidió mi mail y preguntó mi nombre.
Bailamos toda la noche, canciones desde huaynos a salsas. Y realmente fue divertido, vergonzoso, pero valió la pena. Esperaba que algún día viaje y venga. Pero nunca se sabe cuando se habla de viajes de vacaciones. Quizás simplemente todo es un “vacaciones” y no se puede esperar algo más de eso. Al menos me quedó la canción grabada en mi cerebro de “En Barranquilla me quedo”.
Lo que sí puedo decir es que fue unos de los mejores viajes, pero por otro lado, me falta mucho que viajar.

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  1. Rodrigo Tello

    Me pareció súper chévere, de cómo describías exactamente todo. Se nota que no eres de por acá, Colombia, pero la describes muy bien.
    Suerte en todo!

    Rodrigo.

  2. Juan Marcos

    Excelente, el mejor relato hasta ahora. No sólo la forma que expresas los sentimientos en una hoja, sino cómo los especificas y los sabes poner en cada párrafo. Y eso que no te conozco.

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