Un tren de largo recorrido. Autor: Lorenzo Rojo

En el mismo instante en que por la megafonía de la estación se anunciaba que el tren de largo recorrido con destino a Barcelona estaba a punto de tomar la salida, una mujer, arrastrando una maleta, subió a trompicones en el primer vagón.

Tras recuperar el aliento durante unos segundos en la plataforma, se dirigió a la plaza que le correspondía.

-Buenos días, por poco lo pierdo –saludó al viajero que ocupaba el asiento contiguo al suyo.

-Discúlpeme –el hombre, quien estaba ensimismado en la lectura de un periódico, se incorporó para dejar paso  a la recién llegada- ¿Le ayudo a dejar el equipaje?

-Gracias. Es usted muy amable. Me ha costado varios minutos dar con un taxi y, luego, en el trayecto, hemos permanecido parados varios minutos, en una calle estrecha de única dirección, a causa de una furgoneta que se hallaba aparcada en doble fila. Si el tren hubiese salido a su  hora,  me habría quedado en tierra.

-Es la primera vez que me alegro de que el tren vaya a salir con unos  minutos de retraso  –dijo el hombre sorprendiéndose a sí mismo, no por el contenido de sus palabras, las cuales se correspondían exactamente con lo que sentía y pensaba, sino por haber sido capaz de expresarlas. La voz de la mujer, dulce y cálida, le recordaba a la de su madre difunta, la voz de timbre más hermoso que había escuchado en su vida. Ahí radicaba la razón de su insólito arrojo verbal.

En los segundos siguientes, el hombre se dedicó a observar de soslayo a su compañera de viaje. Aunque no era la típica mujer que llamaba la atención al primer golpe de vista, conforme la examinaba con el rabillo del ojo, el observador fue descubriendo algo inefable, algo que sólo perciben los ojos que miran más allá de las apariencias, algo que, a falta de otro nombre, llamaremos belleza. Además, su cuerpo desprendía un ligero aroma a azahar, el olor preferido del hombre. Éste, de unos cuarenta y tantos años, de pelo entrecano y complexión delgada, se frotó las manos imaginariamente. Intuía que el viaje iba a resultar muchísimo más emocionante de lo habitual.

-¿Va usted a Barcelona?

-No. Me bajo en Lérida –dijo la mujer.

Poco le faltó a él para decir: “Qué lástima”, pero se mordió la lengua en el último momento. ¿Qué le estaba pasando?

En cuanto el tren se puso en marcha, la mujer, algo más joven que su vecino de plaza, extrajo una novela de tapas duras del  bolso de mano. El hombre miró de reojo la portada: “La invención de la soledad”, de Paul Auster. Aunque por un lado le complació que el gusto literario de la mujer fuese tan selecto, por el otro, le inquietó que hubiese elegido un libro de ese autor para ocupar el tiempo de tan largo viaje. Cuando Paul Auster aferra a un buen lector por los ojos, no lo suelta hasta el final. Lo sabía por experiencia. Quizá ella había escogido precisamente “La invención de la soledad” para que su virtual compañero de asiento captara, entre líneas, el significado oculto del título y obrara en consecuencia con su lectura. Quizá. Y si la intención de la mujer era leer sin más, en cuanto se zambullera en la prosa de Paul Auster, podría convertirse sin proponérselo en la viajera muda. Puestas así las cosas, el hombre, embargado por una audacia insólita en él, decidió intervenir en los acontecimientos antes de que éstos, por sí mismos, tomaran unos derroteros contrarios a sus intereses.

-He leído casi toda la obra de este autor que ha hecho del azar su santo y seña –dijo cuando ella se disponía a pasar a la segunda página.

La mujer cerró el libro y lo guardó. Tenía tantas ganas de cháchara como él, o incluso más. El hombre emitió un espontáneo suspiro de alivio que camufló de carraspeo. El azar de Paul Auster quizá adquiriese todo su esplendor, la coincidencia de dos soledades complementarias, en el vagón de un tren de largo recorrido. Quizá.

Cuando después de un viaje placentero (y apasionante,  según dictaminaría luego el recuerdo) de casi ocho horas, ella se dispuso a apearse del vagón, en Lérida, dos estaciones antes que su compañero de asiento, éste,  en la misma escalerilla del vagón, al despedirse con un protocolario beso en la mejilla, deslizó en la mano de ella una tarjeta con sus señas.

La mujer se quedó en el andén con la mirada fija en el tren que se alejaba rumbo a Barcelona, sin percatarse de que la tarjeta, en vez de depositarla en el bolso como era su intención, abstraída, se le había escurrido al suelo, en donde, en los minutos siguientes, antes de ir a parar al recogedor de una empleada de limpiezas, sería pisoteada por decenas de suelas de zapatos.

Durante las horas compartidas en el trayecto hasta Lérida, el hombre y la mujer habían hablado de literatura, de cine, de política, de las veleidades de la fortuna, de feminismo, de machismo, de amor y desamor (ambos eran divorciados); pero a ninguno de los dos se le había ocurrido preguntarle al otro si su viaje era de ida o de vuelta. Aparte de su estado civil, en lo que respecta a sus respectivos datos personales, el hombre y la mujer sólo habían intercambiado sus nombres de pila, Ángel y Claudia; ignoraban incluso cuál era el lugar de residencia del otro.

Ángel estaba tranquilo al respecto. Claudia tenía la tarjeta con su dirección, número de teléfono y domicilio, y estaba convencido de que más pronto que tarde, de una forma o de otra, se pondría en contacto con él. Los ojos no solían engañarle, y en los verdes chispeantes de ella había distinguido el deseo, probablemente el mismo que destellaba en los suyos.

Sin embargo, no volvieron a verse en los siguientes quince años.

Consciente de que sólo un milagro obraría el prodigio de encontrar a Ángel, Claudia hizo todo lo que estaba en su mano para que el milagro se produjera; lo buscó en Bilbao y en Barcelona, una, dos… hasta diez veces, preguntando aquí y allí, indagando por este lado y por el otro; pero, con la escasa información de que disponía: “Ángel, un hombre de ojos verdosos, alto, delgado y de unos cuarenta y tantos años”, le fue imposible averiguar su paradero. Sólo la casualidad podría propiciar un nuevo encuentro, pero la casualidad no parecía estar por la labor. Al cabo de  cinco años de búsqueda infructuosa, la mujer se dio por vencida.

Ángel, por su parte, buscó a Claudia al mismo tiempo que ella lo buscaba a él, aunque no con tanto afán, ya que suponía que a ella no le había interesado su persona lo suficiente para dirigirse a él, por teléfono o por escrito, y que, por consiguiente, lo que percibió en los ojos de la mujer se trató de un deseo carnal momentáneo, no del deseo global que abarca a toda la persona. Aun así, intentó localizarla para disipar sus dudas.

Curiosamente, excepto una vez, siempre se buscaron en ciudades diferentes. Mientras ella erraba por Bilbao, él lo hacía por Lérida; y en tanto ella recorría a la buena de Dios las calles de Barcelona mirando fijamente a los ojos de los transeúntes, en busca del verdor de los de Ángel, él hacía lo propio por Bilbao, buscando el verdor de los de Claudia. Un día de primavera, sin que ninguno de los dos lo supiera, llegaron a viajar en el mismo tren; ella, en el coche primero; él, en el segundo. Durante el viaje, Claudia, de camino a la cafetería, incluso rozó con su pierna el codo de él; pero no se vieron porque, en esos instantes, Ángel dormitaba con la novela “La música del azar”, de Paul Auster, en el regazo. Abrió los ojos bruscamente unos segundos después de que ella regresara a su asiento. Nunca supo que el aroma a azahar que despedía Claudia lo había despertado.

Sólo habían compartido ocho horas de viaje, y, sin embargo, esas horas pervivían en sus respectivas memorias inmunes al paso implacable del tiempo. Se recordaban porque se habían recordado durante tres lustros. Ahora bien, recordaban al otro que habían conocido en el tren, ¿serían capaces de reconocerse después de todo el tiempo transcurrido?

Dieciséis años más tarde, en la estación de Chamartín, en Madrid, Ángel fue capaz de distinguir a Claudia en una sala de espera abarrotada de personas. Tenía un libro entre las manos. Como en su día leyó él o ella, o quizá él y ella, en un volumen de cuentos inspirados en el ferrocarril, la promesa de amor que uno ha creído percibir fugazmente en un vagón, sólo puede cumplirse en un tren o en una estación. Ángel y Claudia ignoraban un secreto romántico que, al parecer, sólo conocen unos seres privilegiados, los lectores, unos pocos, de un libro de cuentos ambientado en el mundo ferroviario, a saber: que cuando dos viajeros creen descubrir la chispa del amor en un tren y, luego, las circunstancias los separan, sólo en los dominios del ferrocarril pueden volver a verse. Quizá por eso la vez que más cerca estuvieron de reencontrarse fue dentro del tren. Ese día, el azar lo impidió. Pero ahora ni siquiera el azar podría evitar lo que estaba a punto de suceder.

Ángel, sumido en una prematura ancianidad que le había sobrevenido de golpe en los dos últimos años, se sentó al lado de Claudia, quien curiosamente leía la novela “Invisible”, de Paul Auster, la nueva obra del escritor norteamericano que Ángel había terminado de leer la semana anterior. Claudia, quien pese (o gracias) a algunas arrugas en las comisuras de los ojos y los labios, lucía una espléndida madurez, no levantó la vista de las páginas del libro durante los siguientes minutos, tiempo que Ángel aprovechó para moderar las palpitaciones del corazón e impregnarse del aroma de ella; seguía oliendo a azahar, como entonces. Cuando se serenó y despejó las brumas de sus neuronas, al cuarto de hora, tosió levemente, giró la cabeza con lentitud hacia la derecha, en tanto la mujer, impelida por una fuerza misteriosa, doblaba el cuello hacia la izquierda. Sus miradas apagadas se encontraron, y, entonces, súbitamente, en los ojos verdosos de ambos refulgió la luz del recuerdo. La búsqueda había concluido.

-¿Por qué unas horas dieron para tanto? –preguntó él, al cabo de unos segundos, cuando pudo encauzar la emoción por los derroteros de la serenidad.

-¿Por qué? –repitió ella.

-Averigüémoslo –dijeron los dos al unísono.

-¿Qué tren estás esperando?

-Adivínalo –respondió la mujer.

-Lo he adivinado.

-Vamos, entonces.

Minutos después, tras pasar por la ventanilla de billetes, Ángel y Claudia, enlazados de la mano, subieron al mismo tren. Un tren de largo recorrido.

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