Miranda de Ebro Express. Autor: Julio Mauriz Niet

Transcurridos más de cuatro años, estoy convencido de que el viaje realizado entonces, mantenía, sin ser consciente de ello, algo de magia que, en aquel momento, adolecía de una tensa incertidumbre. Quizás es que ahora conozco su desenlace, y por qué no decirlo: el medio de transporte utilizado era el ferrocarril. El tren para mí siempre ha tenido un no sé qué de especial. Conservo un gratísimo recuerdo de mis viajes en ese medio de locomoción, en nada equiparable a mis desplazamientos en otra clase de transporte. En mi niñez ya me fascinaba subirme al destartalado y enmohecido vagón del correo con destino a Toral de los Vados, para enlazar con el expreso Vigo-Barcelona, que aún hoy, a pesar de los años, sigue pausado su andadura en busca del mar Mediterráneo. Todavía me viene a la memoria aquella manía de crío por entonar el eterno pipí chacachá a la vez que movía la locomotora de hierro a lo largo del pasillo.

La cuestión es que se trata de un lejano -y cercano para mi sesera de archivo- catorce de julio. Hacía un calor bárbaro. Iba caminando por la carretera ardiente de las dos del mediodía al lado de mi único hermano –él iba a despedirme-, a coger el coche de línea. Allí ni siquiera estaba mi mejor amigo, a pesar de haberme prometido horas antes acudir a despedirme. Ocasionalmente, el director del banco –en el cual trabaja mi hermano- circulaba con su coche rumbo a Ponferrada, por lo que fue aquél quién me trasladó a la ciudad.

Abandonaba mi pueblo no sé por cuánto tiempo. Me había desligado de mis raíces, de los míos. En Ponferrada nadie me conocía Caminaba despreocupado y absorto por la larga avenida, casi solitaria a eso de las tres y media. Me parecía avanzar por la más triste travesía de todas las posibles, ocasionándome una creciente melancolía el trajín vertiginoso de los potentes motores de los vehículos transitando aislados, y que en esos momentos, para mí casi angustiosos, me hacían recordar los automóviles de mi pueblo, un lugar extremadamente sosegado.

Ya en el interior del portal de la casa de mis tíos, ascendí cansinamente la escalera y llamé con los nudillos dubitativos. Aunque por pocas horas, gracias al vínculo de la sangre, volvía a ligarme a Villafranca. En el hogar me arengaban aconsejándome sobre lo que debía y no debía hacer, alentándome al propio tiempo. Las horas vespertinas de más calor transcurrieron sin darme apenas cuenta de ello; ni siquiera me percaté de haber hecho la merienda con algo de pan y mucho de chorizo al cabo de las tres horas de mi llegada a la casa. Sin dudarlo, no lo puedo negar, no fui consciente del momento preciso de abandonar el modesto hogar; cuando me quise dar cuenta, estaba sentado a una mesa de la cafetería de la estación bebiendo una tónica insustancial.

Apenas una hora para mi larga partida hacia Logroño. En el local acogedor, satisfecha la sed de mentirijillas, casi no escuchaba los últimos consejos de mi tía; sobre todo, mientras me hallaba casi trasplantado a tierras desconocidas, efecto este que amplificaba el pitido de las férreas locomotoras. Había llegado la hora definitiva de la partida, que una voz femenina y entonada anunciaba por la megafonía. Los besos de despedida y las últimas advertencias se entrelazaban rápidos. A través del compartimiento elegido para la ocasión, agitaba sin ánimo el brazo en señal de adiós.

El tren en marcha, el vaivén característico del primer arranque, el aire tibio viciado por el humo de los cigarrillos, las personas ajenas, no me parecían formar en modo alguno un ambiente hostil; más bien identificaba al cúmulo de sensaciones con un aliado inesperado. Ante todo, la constante melodía de las ruedas de los vagones circulando por el camino de hierro, era la que aminoraba cualquier inquietud en mí, como si de un narcótico se tratara. Enseguida encendí un cigarrillo rubio. Toda la vida me ha agradado recrearme en el aroma y el humo que el tabaco libera; de hecho, cuando no charlo con nadie, ese efecto balsámico ayuda a deleitarme, a agudizar extraordinariamente mi imaginación.

Durante un buen rato me reconcentré en el benigno traqueteo del convoy; y ello, fundido al bucólico paisaje divisado a través de la ventanilla, me produjo una gran calma, rayana en el éxtasis. Acaso el fenómeno estuviera favorecido por una situación extrema en mi vida. Atisbaba a ratos hasta el más mínimo detalle del cubículo y de mis interlocutores y compañeros de viaje con los cuales había iniciado una tímida conversación. Uno de ellos, el que se sentaba frente a mí con destino a Barcelona, llevaba una boina calada muy característica de los paisanos de pueblo. Su rostro estaba tan surcado de arrugas que, más bien parecía una enorme manzana reineta de tan avejentado. Fue el primero del departamento con el cual entablé diálogo, facilitado más por su carácter desenvuelto y campechano que por mi diluido interés. La conversación era meramente cotidiana y salpicada de tópicos. Al instante, entendí de su limitada preparación que sin embargo le describía como una especie humana en extinción; parecía un individuo maltratado por la pesadez de las escurridizas horas. El viejo sacó de un hatillo el bocadillo de tortilla con tomate, y enseguida, sin mesura alguna, me ofreció compartirlo con él. Por descontado, al resto de viajeros también ofreció de su humilde vianda, si bien el obsequio ya no se ofrecía con el mismo entusiasmo.

Habíamos llegado a la bimilenaria Astorga. En la lejanía quedaba el Bierzo, Bierzo de choperas y minas de antracita, de la toponimia celta y de las onduladas y verdosas montañas. Comenzaba a abrumar la tierra llana y seca de la zona, con la escueta vegetación del estío en plenitud; no en vano, a modo de recordatorio, un par de mujeres maragatas de mediana edad y carnes extremosas, ofrecían a viva voz las características mantecadas del terruño. Uno de los ocupantes del breve espacio, chico joven de crecido pelo y atuendo descuidado, con pantalón vaquero raído al mismo borde de quebrarse en mil pedazos, se apeó del tren sin desconectar en ningún momento su incendiario casete que vomitaba decibelios de música barulleira, que ese era el calificativo del abuelo de la boina cuando se fue el mozo sin despedirse ni de su sombra. Otros dos chavales aprovecharon el trajín de los viajeros que subían y bajaban sin cesar para tomarse unas cañas en el bar de la estación. Ya en marcha el tranvía, descubrí a los dos jóvenes liando un canuto de hachís en el angosto pasillo, aprovechando la calma reinante del momento. ¡Qué contrastes tan brutales los de hoy en día! Estos sólo pueden darse -eso pienso yo- en un ferrocarril: el hombre de pueblo comparte viaje con un muchacho de los denominados rockers, con dos jóvenes modosos entregados a los placeres disipados y con un servidor dispuesto a cumplir con los deberes patrios, amén de alguna persona más con sabe Dios qué carencia.

A mi lado se sentaba una mujer aparentando tener la treintena de primaveras; era de cutis y ademanes finos y un tanto relajados. A su lado se sentaba su hijita de muy corta edad. La señora se distraía con la lectura de una revista de argumento político, no prestando excesiva atención a ninguno de nosotros. Su belleza no era extremada, pero la perfección de sus facciones y la imponencia de su figura, nos hacía a todos mirarla con disimulo. Al menos, yo no podía evitar vigilarla de soslayo. Su semblante me tranquilizaba, aún más si cabe, me hacía imaginar lo maravilloso de una mujer de categoría, con clase e inteligencia, para compartir conmigo el resto de mis días. Esto no quiere decir que fuera el arquetipo de mujer deseado entonces por mí, pues acaso sólo se tratara de una señora sumamente fría y convencional, escasamente imaginativa y pasional. No obstante, voy a dejarme de divagaciones un tanto pueriles para continuar con lo sucedido.

Cerca de León abandoné la compañía para acercarme a la cafetería del convoy, lo cual me costó más de una caminata para dar con ella. Antes de atinar no me quedó otra que la de preguntar a uno de los viajeros que se encontraba aspirando el aire, una especie de aliento que entraba pegajoso a través de una de las ventanillas del pasillo a la cual estaba acodado. Siempre me ha gustado tomar café, sentado y disfrutando del paisaje; desde luego, es completamente opuesto al avistado desde un vehículo a motor. Prendí un nuevo cigarrillo después de sorber el líquido de forma frenética. De inmediato, un joven militar de aviación se sentó frente a mí, y lo primero que me soltó fue un ¿tú vas a la mili? A lo cual respondí, aturdido y pillado de sorpresa, como a traición, que sí. Le pregunté cómo lo había adivinado, y él me contestó que a todos los futuros militares, aspirantes a reclutas, se les dibuja la tesitura en la cara. Al instante le dije hacia dónde me dirigía, y sorpresa, él cumplía el servicio militar en el mismo cuartel. Esto me produjo una alegría espontánea que pronto se trocó en tristeza más profunda, pues era inevitable hablar del año y pico de encierro en medio de las cuatro paredes, lo cual intentaba evitar junto al presentimiento de la dichosa disciplina. En ese momento, ni el relajante avance del ferrocarril, ni el café que había tomado, paliaban de algún modo la sensación de claustrofobia del redivivo cuartel. Así, en cuanto me fue posible, le esquivé ratonero. Días más tarde coincidí con él y terminamos haciéndonos grandes amigos.

El expreso había llegado a Venta de Baños en noche cerrada. Allí estuvimos estacionados alrededor de veinte minutos, aunque luego de ese lapso, el tren aún se dispuso a realizar una maniobra de envergadura para enfilar la dirección a Burgos. Mientras contemplaba la onírica estación de la localidad, mis oídos se bañaban con la cadenciosa melodía del vendedor ambulante: bocadillos de jamón, chorizo, queso… cerveza, coca-cola, vino, agua, gaseosa. Casi todos los acompañantes dormían, alguno bostezaba observando a los viandantes deslizarse a lo largo del andén. Un poco a lo lejos se adivinaba la silueta del guardagujas vestido de oscuridad, eso gracias a su linterna.

Habían transcurrido algunas horas, quizá dos, y ya estábamos en Miranda de Ebro, otro de los importantes nudos ferroviarios del Noroeste español. El convoy volvía a realizar otra maniobra enorme que concluyó al cabo de un buen rato. Deduje que en el compartimiento todos dormían menos yo, por tanto me permití acurrucarme en mi asiento sin temor a que fuera descubierta mi inquietud. Al propio tiempo saboreé el ambiente cafeteril y mundano de la estación, no en vano, desde hace algún tiempo, en mis viajes me satisface el panorama de ocasión, y sublimar en el cerebro cosas como ésa. Lo cierto es que pude bajar a la cafetería pero no me atraía para nada mezclarme con la anónima multitud, prefería vivir esos instantes a cierta distancia, en soledad.

Apenas quedaba una hora para llegar a mi destino en Logroño. El más hermoso momento de aquel inquietante viaje llegó curiosamente a la salida de la estación, cuando la larguirucha culebra circulaba por en medio de la ciudad. No sé si alguien que haya viajado en tren por Miranda se ha percatado de que el deslizado de las pesadas ruedas por los raíles se transforma en un tremendo ruido, aunque evocador en extremo si se escucha en la soledad de la madrugada. Nada tiene de la tonalidad convencional de otros lugares. Es la melodía que aún hoy me brinda una dulcificada nostalgia, y que me inspiraría meses más tarde, ya licenciado, la composición de la balada urbana Miranda de Ebro express.

Al fin había llegado a Logroño. Al tiempo de coger mis bártulos los compañeros dormitaban, incluido ese señor bajito de la boina calada al cual despedí para siempre. Qué cosa más curiosa haber convivido durante unas horas con personas a las cuales, casi con toda seguridad, jamás volvería a ver. No obstante, a pesar de la separación, estoy seguro de que algo de ellos y mío, acaso las palabras o algo más inmaterial, permanece danzando por los recónditos espacios del compartimiento.

Mis últimas horas de libertad fueron las más intensas, porque uno es consciente de ellas cuando se ha percatado de estar en un tris de perder, aun temporalmente, su más preciado don del albedrío. Esas horas de ansiada independencia permanecen custodiadas en aquel expreso, quizá por ello mantengo protegido dentro de mi memoria el emocionado momento, una mutua e imborrable estima entre el tren y yo, una especie de complicidad de pareja.

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