La flor de Clarisa. Autor: Lorenzo Rojo

La anciana, apoyada en un bastón y con una diminuta maleta de hule delante de los pies, aguardaba en el borde de la acera al taxi que acababa de llamar. Pasaban unos  minutos de la dos de la noche.

El taxista, un hombre de unos treinta años, quien no tardó en llegar, hizo una mueca de disgusto en cuanto comprobó que la anciana era la clienta que había requerido sus servicios por teléfono. No recordaba haber llevado nunca, y menos a semejantes horas, a una persona de edad tan avanzada. Observándola de cerca, mientras la ayudaba a introducir la maleta en el portaequipajes, el hombre calculó que no le faltaría mucho para cumplir los noventa años, si no los había sobrepasado ya, y, aunque parecía en sus cabales, a saber cuál era su verdadero estado mental, tal vez a su demencia senil le había dado el cuarto de hora de cordura.

-¿A dónde va a estas horas, abuela? De noche, todos los gatos son pardos. Y en  esta ciudad, como me supongo que usted ya sabrá, las garras de los gatos están más afiladas que en otros sitios.

-No se preocupe por mí, buen hombre. Siento debilidad por los felinos, aunque menos de la que ellos sienten por mí. Además, voy al lugar más seguro de la ciudad.  Por cierto, me llamo Clarisa, y tengo ya biznietos, aunque nunca los he visto. Viven en el extranjero.

-Mucho gusto, Clarisa –el taxista giró el tronco y extendió el brazo por encima  del asiento-. Mi nombre es Daniel.

-¡Daniel! -exclamó la anciana mientras sujetaba la mano del hombre con sus artríticos dedos-. Así se llamaba mi tercer marido, que en paz descanse. Fue el mejor de  los tres, tal vez porque yo también fui la mejor de las tres Clarisas que contrajeron matrimonio. Guarda usted un cierto parecido con él, sobre todo en los ojos. Mucho gusto, Daniel –la mujer inclinó lentamente la cabeza y, ante la perplejidad del taxista, estampó un beso en el dorso de la mano de éste.

-Es usted una mujer sorprendente.

-¿Por qué? ¿Por besarle la mano?

-Por eso y por mucho más. ¿Por dónde cae ese sitio tan seguro al que se dirige?

-En las afueras, ya se lo diré cuando llegue el momento. Hasta entonces, recorramos la ciudad. Imagínese que lleva en el coche a una turista que visita la villa por primera vez.

-A estas horas, nunca llevo turistas, Clarisa.

-Pues imagine que son otras las horas. La imaginación puede con todo, incluso con la vejez más vieja. Fíjese, ahora mismo me estoy imaginando que es usted el otro Daniel, mi tercer marido. Él era bastante nervioso, pero hoy, sorprendentemente, muestra una pasmosa tranquilidad. No tiene ninguna prisa. ¿Sabe por qué?

-No, señora.

-Porque Daniel me lleva con Daniel.

-Muy sorprendente –masculló el taxista apretando con suavidad el pedal del acelerador.

Durante las horas siguientes, Daniel, que había apagado subrepticiamente el taxímetro, se dedicó a circular a la buena de Dios por las estrechas calles del casco antiguo. La jornada laboral no había hecho más que empezar, y le encantaba la historia que le estaba contando la anciana, quien, contra todo pronóstico, gozaba de una lucidez mental envidiable. Una historia en la que Daniel era el protagonista.

Pese a que la noche se resistía a dejar de ser noche, no tuvo más remedio que claudicar ante el incontenible empuje del alba, momento en que Clarisa, exhausta, le pidió al taxista que se dirigiera a las afueras de la ciudad. Necesitaba descansar.

-Ha hablado usted demasiado, y no se lo digo como reproche, porque ha sido un placer y un honor escucharla.

-No sé cuáles serán sus habilidades al volante, me supongo que serán muchas y buenas, pero lo que sí puedo asegurarle es que es usted un excelente escuchador, mucho mejor que mi querido Daniel. Lástima que la escucha, en la sociedad tan materialista en la que vivimos, no se demande como profesión. Se haría usted de oro.

-He sido un buen escuchador porque, como diría mi padre, la ocasión la pintan calva… Ya estamos en las afueras. ¿Dónde quiere que la deje, señora?

-Al final de la calle.

-¿Estará abierto a estas horas? –preguntó el taxista, taciturno. Sus sospechas se habían cumplido. La mujer iba al lugar que él, transformado en el otro Daniel, había imaginado.

-Me supongo que sí.

-Las floristerías seguro que no. Es demasiado pronto.

-No se preocupe, llevo las flores conmigo, aunque lo más probable es que estén todas marchitas.

-La flor de Clarisa, no. Doy fe de ello.

Cuando se apeó del vehículo, la anciana se aproximó a la ventanilla del conductor, y se empeñó en abonar el importe de la carrera.

-Se me ha estropeado el taxímetro. No puedo cobrarle nada.

-Usted no puede cobrarme nada, y a mí me apetece pagarle todo. Qué cosas pasan en la vida, Daniel.

La mujer arrojó una cartera al asiento trasero del vehículo y, tras dedicarle al taxista su mejor sonrisa, la monumental, pronunció unas palabras que Daniel jamás olvidaría.

-Ahí queda eso.

-¿Se refiere a la cartera?

-A la cartera y a todo lo demás.

-¿Todo lo demás? ¿Dónde, señora Clarisa?

-Con usted. Haga con ello lo que crea conveniente.

Dicho lo cual, la mujer giró sobre sus talones y, apoyada en el bastón, despacio, muy despacio, se alejó del vehículo.

-Espere, Clarisa, se le olvida la maleta  –gritó el taxista saliendo del coche.

-No la he olvidado porque la he dejado a propósito. Forma parte de eso que queda con usted. Hasta siempre, Daniel.

Y Clarisa abrió la cancela del cementerio.

El taxista se quedó con eso que la anciana le dejó: la flor de Clarisa.

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