La casa con rejas y otros relatos. Autor: Mediterráneo.

(…la carne parecía de plomo, los ojos eran opacos y la extenuación tan extrema que los pómulos rompían la piel…) E.A.Poe

 

La casa estaba cerrada por fuera y eso les daba cierta tranquilidad, a pesar de que no podrían huir aunque lo quisieran. Pero así, encerrados,  estaban seguros, por lo menos durante el día.

La noche era otra cosa, en la oscuridad volvían a presentarse todos los monstruos que los acosaron, y volvían en su busca, abrazándose y murmurando no temerles, porque la luz llegaría con el día y se irían.

De a poco las risas fueron cesando, de a poco el hambre, la sed, la desolación fueron mezclándose con una sensación de tinieblas que se mezclaba entre las greñas del pelo, bajo las uñas, en la hendidura pequeña por donde entraba un poco de luz.

Esos espectros que rondaban las habitaciones se mezclaban con sus alientos y rozaban sus cabezas y ellos eran tan pequeños. Sentían un frío diferente. Como el que se mete entre los dedos, debajo de la piel tan parecido al miedo.

Los ojos eran dos grandes huecos opacos por donde el terror intentaba escapar, y la extenuación tan extrema se escapaba por los pómulos que rompían la piel.

Cuando los hallaron, estaban abrazados. Como intentando darse la fuerza necesaria para afrontar el miedo, los terrores, la sed , el hambre.

Abrazados en ese último acto de protección mutua, de amor indescriptible. Eran tan pequeños.

Los habían buscado tanto.

Se organizaron cuadrillas, voluntarios, pero todo fue en vano. Ellos vivían más allá del arroyo, más allá del asfalto, más allá de la civilización poco civilizada.

La madre quedó vacía, sin fuerzas. Del padre, nadie supo jamás nada.  Y ellos, tan solos, tan estúpidamente solos en un mundo con espinas.

Apenas empezaba la vida. Apenas eran un puñado de sueños que deberían ser soñados.

Inmaculados los dos. Inocencia en los ojos, en las manos, en las caricias.

Eran del fondo. De una casa precaria, madera y chapas. Una sola habitación con tres camas. Eran del otro lado.

Allí estaba su vida. Descalzos en verano, sin medias en invierno. Con el hambre permanente  metida debajo de los párpados, que se saciaba en un plato de la iglesia o en una taza de mate cocido con pan, en la casa, cuando podían.

Piel oscura, ojos negros, y abdomen abultado. Sin proteínas.

Ese día, la idea de la casa con rejas los sedujo.

Luz, jardín, comida. Una cama nueva, comida, un televisor, más comida. Comida de la rica, con gusto a fiesta. Y entraron.

Los descubrieron tres semanas más tarde. Los cuerpos hinchados y el olor nauseabundo decía a las claras que allí había, por lo menos más de un cadáver.

Eran dos. Una niña de unos cinco años, y un varón algo mayor, no mucho.

Nunca se supo quién o quiénes fueron o por qué había pasado algo tan atroz.

Dos años más tarde, en el mismo sitio se vio a un alto miembro de la comunidad rondar por esos parajes, acompañado de dos pequeñas criaturas.

Otra vez la casa era el imán necesario.

Otra vez, la miseria empujaba.

El hombre, otra vez, con ellos a la casa con rejas.

ACEPTAR

En el pueblo escondido entre los cerros, busco que el aire me devuelva espesuras y afanes que quedaron esparcidos en huellas que no se notan. Así pasan las horas que marcan un sello, una impronta, que tengo entre las manos.

A las seis, aparece por detrás de mí. Tímidamente se acomoda a  mi lado. Ni siquiera intenta extender  hacia mí, otra cosa que no sea todo el entorno. Débil figura, incipiente se desliza aunque siempre prendida a mí.

A las siete, ya algo más tangible, pero aún de color indefinidos. Un poco más ancha, un poco, casi nada. Aún así hay diferencias y yo lo  noto.

A las ocho, su compañía es presencia. Está a un costado, en el mismo lado. Puedo verla, estremecida de a ratos. Crece.

A  las nueve, sigue conmigo, se recuesta entre mis pliegues. Le permito acomodarse. Nada le digo, porque la siento más amiga. Una fiel compañía que nunca me abandona y en quién puedo confiar todos mis secretos.

A las diez, me presiona, quiere abrazarme. Estoy a gusto. En la tibieza del otoño, siento la presencia como si fuera mi otra piel. Se sigue acomodando.

A las once, se estremece, y tengo ganas de consolarla. Tengo ganas de gritarle que no hay nada que temer, que el día brilla y yo estoy en júbilo. Tengo miedo que  no entienda, se ha hecho tan pequeña.

A las doce, no la encuentro. Oigo un llano pequeño que sube por mis piernas. Que trepa hasta el latido. Me da pena su pena. La busco y ahí está. Hecha un ovillo, acurrucada en mis propios pies. Tan vulnerable, tan deshecha, siento la necesidad de protegerla, de decirle que es tan mía, como yo soy de ella.

A las trece, se asoma e intenta buscar mi rostro. No me alcanza. Intenta ponerse en puntas de pie. La veo pequeña, tan efímera. Tengo ganas de protegerla, de cubrirla en un abrazo, pero no puedo. Se escapa con cualquier movimiento mío. Quiero convencerla, mi intención no es mala.

A las catorce, se estira y llega hasta mi pecho. Aún no puede mirarme a los ojos. Quiero acariciarla pero lo impide. Creo que persiste su miedo. Es débil y etérea. Yo también temo lastimarla.

A las quince, se endereza. Casi puedo verle los cabellos. Bien plantada, ahora casi desafiante, aún en su pequeñez. Me da gracia. Se anima a enfrentarse conmigo, pero quiero que se entere que no soy su enemigo. No permite que me acerque más de lo que ha establecido.

A las dieciséis, se acomoda, se eleva, pero todavía no tanto. Su cabello acaricia mi barbilla. Es como un espejo violento, y quiere que me entere que está allí, que no permitirá nada de mi parte. Es desafiante. Ha crecido.

A las diecisiete, está erguida frente a mí. Me mira fijo, la sostengo. Entonces se da vuelta, ahora de espalda a mi frente, no quiere escucharme y mira hacia el oeste. Le hablo, la amarro. Intenta deslizarse aunque sabe que es un imposible. Creo que recién se ha dado cuenta.

A las diez y ocho, ya no le quedan dudas. Estamos frente a frente nuevamente. Intenta separarse, quiere empujarme. Ahora ha crecido, es un poco más alta que yo y eso, la hace sentir más fuerte, empecinadamente vigorosa. De todos modos, yo sigo marcando su tiempo y su vida. Ella entiende que nada puede contra mí, nada puede sin mí.

La vida en este pueblo entre los cerros es casi como en todos lados, a pesar del paisaje. Hasta aquí hemos llegado juntos.

Recién se ha dado cuenta, que nuestro destino será morir en el mismo minuto.

Entonces, mi sombra comprende y acepta.

 

EL BEBÉ LLORA

El bebé llora, pueden oírlo. Yo sé que están cerca.

Es tan difícil vivir con esta sensación de miedo. Tenemos miedo, tengo miedo.

Y nuestro bebé sigue llorando.

Es un llanto pequeño, quejumbroso. Es un llanto de dolor y no llego a identificar la causa.

Hay voces en el pasillo. Hay sombras por todos lados. Nosotros estamos adentro, pero igual se escucha. No me animo a traspasar la puerta, pueden entrar y ver al bebé.

Anoche, en la TV, uan nueva advertencia.

Comunicado Nº 32: toda criatura menor de dos años que perturbe el orden, será expropiada.

¡Locos! Los bebés siempre lloran, los bebés no se expresan de otra forma. Lloran, entérense: ¡lloran!

Igual tratamos de calmarlo.  Ellos rondan las esquinas, las manzanas. Los barrios, los pueblos, la nación.

Ellos, siempre ellos. Como antes.

Pero ahora es con los bebés de menos de dos años, como el nuestro. ¡Qué no llore! ¡Qué no grite! ¡Qué ni siquiera sea un gemido!

Abrazarlo, acunarlo. Eso es lo mejor. Le digo a Estela que lo abrace fuerte para que sienta nuestra protección. El bebé sigue con su llanto pequeñito.

Cerrar ventanas, celosías. Cerrar puertas, apagar luces y que todo sea como una noche larga. Hasta que pasen, hasta que se vayan.

Es nuestro primer hijo, nos falta experiencia para saber que le sucede. ¿Por qué llora? Somos tan inútiles y ellos rondan y rondan las veredas, las cuadras, las vidas.

Tomo al bebé en brazos. Se lo arrebato a Estela y lo encierro en mi pecho. Se calma, o está muy cansado como para seguir llorando. Por un momento no hay sonidos en la casa. Solo los pasos externos, las bocinas, las sirenas, el toque de queda. Y nuestra agitada respiración.

Menos mal que nuestro bebé, ahora está tranquilo. Sigue contra mi pecho y lo abrazo con todo este amor que me brota. Carne de mi carne, pedazo de mi vida, por quién me dejaría matar.

Ellos, los de siempre no van a poder arrebatárnoslo. No ahora, que ya no llora. Estela tiembla. Es ese miedo que nos invade ante la sola idea de saber que podemos perderlo para siempre.

¿Dónde llevarán a los bebés que lloran? ¿Dónde los encerrarán para que nadie los escuche?

Es de noche. Ahora no se mueve. Entre mis brazos, contra mi propio latido, contra mis propios huesos, se ha quedado dormido.

Ahora llora Estela, con un llanto pequeño, hacia adentro y le acaricia la pelusa dorada de la cabeza. Sus lágrimas lo mojan pero al bebé no le importa.

Ellos ya han pasado. Después de las tres de la mañana, dieron la última ronda.

Solo hay un llanto, el de Estela,  tal vez el mío, pero a ellos, estos llantos no les interesa.

Nuestro bebé, laxo entre mis brazos. Ellos se han ido, y el bebé ya no respira.

Tampoco llora.

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