MIlagro de amor en Capadocia. Autor: Mara Delsur

La ciudad de Aksaray me inducía a nostalgias. Volvía una y otra vez a evocar imágenes de la Patagonia argentina a la que me remitía su color de arenas rosadas y su tierra desnuda. Estaba dónde siempre había querido estar y nada justificaba esa tristeza que no quise perdonarme. Quizá la puntada más aguda de la soledad la experimenté a ochocientos metros de altura, en ese globo magnífico que me elevaba, a las cinco de la mañana,  hacia un cielo oscuro, para balancearnos en su  artificial vientre  sobre  el amanecer de un paisaje lunar, único en el mundo. Mis amigos no quisieron hacer el gasto y quedaron durmiendo en el hotel. Eran habituales nuestras diferencias en cuanto a preferencias e inversiones. Y yo solía andar más sola que acompañada en aquel país donde desconocí el miedo porque lo transité en estado de trance. La fascinación que sentí en Turquía no la he experimentado en  ningún  otro sitio del mundo.

Con los ojos mojados intenté captar la maravilla de un valle poblado de chimeneas de hadas y sombreros de duendes. Aquellas superficies moldeadas como por olas ocultaban antiguas viviendas excavadas en el cerro que parecía de mármol color arena, con pequeños castillos asomando sus crestas. No podía contra las lágrimas que me hundían la cara, era un pequeño torrente intruso e inoportuno que pretendía incomodarme. Tiempo después se esclareció su función. Sólo cuando Onur, un perfecto desconocido, me alcanzara su pañuelo.  Hablaba un español de apuros por su corta estancia en Madrid. Estaba solo Onur. Dijo ser geólogo y por eso volvía cada tanto a esas tierras  que se me antojaron perforadas como  un colador  por osados pájaros carpinteros. El dijo que me guiaría dado que una mujer bella era parte de la estética del paisaje y que había que cuidarla. Imaginé que se compadeció de la soledad que me chorreaba desde el amanecer y a ochocientos metros del suelo. Me mostraba, casi con ternura, los innumerables conos sobre la piedra caliza y esas elevaciones caprichosas, como en los sueños. Me explicó pacientemente que la cadena montañosa de Tauro provocó hace sesenta millones de años las barrancas y consiguientes depresiones rellenadas por el magma de los volcanes. Me gustaban sus manos mientras tanto, sus manos mostrando un altiplano con valles erosionados por el viento, el frío y algunas lluvias. Sus manos repitiendo la forma de aquellos sombreros, apoyados tímidamente por la mano de Dios, sobre gigantes de piedra. Sus dedos apuntando hacia los ojos, bocas y  genitales de mujer en la montaña herida para servir de refugio, contener, amar, parir, criar y rezar. Onur ignoraba las sensaciones que  asomaban a mi piel cuando se me acercaba para señalarme un mundo que parecía onírico, y yo sólo supe más tarde las que se precipitaron en él. Reía cuando yo comparaba esa magnífica geografía con suculentos  merengues  por su entramado de picos rosados y beiges. Había terracotas mezclados y un tiza viejo queriendo imponerse.

Desde lo alto, las excavaciones parecían cuevas de roedores y los pocos  árboles de la planicie se veían pequeños e insignificantes. Flotamos en el aire del amanecer durante cincuenta minutos como en una  dulce mecedora, gracias a la compañía milagrosa de Onur. Cuando  el globo aerostático tocó tierra, me estremecí, temí perder la compañía de aquel hombre,  de amable sensualidad, para siempre. Pero él me tomó del brazo y después de desayunar con té y rosquillas de sésamo, me condujo hacia el valle para mostrarme las iglesias y las casas rupestres, mientras más de sesenta globos multicolores seguían acunándose en el aire de la Anatolia Central.

Onur me tomaba de la cintura y comprendí que estaba totalmente occidentalizado. Vivía en Londres desde su egreso de la universidad de Estambul. Y allí escribía ensayos sobre la cultura otomana en relación con la geografía y el clima. Dijo que no tenía hijos y   pícaramente que había perdido la costumbre de harenes, pero nada sobre  si amaba a alguna mujer.

Cuando mi cuerpo ya se estrechaba contra el suyo y su brazo me enlazaba con determinación de propietario, mi vieja soledad se hizo trizas sin dejar rastros.

Onur me condujo hacia las cuevas que dieron refugio a los primeros cristianos  por los siglos primero y segundo. Nos metimos en el vientre de la montaña cepillada por el viento. Me mostró las iglesias excavadas en la roca con influencias del imperio bizantino. Nos detuvimos frente al fresco que representa la traición de Judas y después lamentamos juntos los daños de las pinturas ocasionados en las figuras sagradas, fatalmente  prohibidas en el período iconoclasta de Bizancio. Mientras atravesábamos las entrañas del monte profanado, e íbamos bajando y subiendo más de siete subsuelos interconectados, Onur acortaba la distancia entre nuestros cuerpos hasta que fue imposible hacerlo con las bocas. Sus labios se apretaron con los míos y fue  ese el beso más bello que recibí en la vida. Un beso turco le dije a mis amigas. Y ellas me envidiaron.                                                                                                                      Los sonidos se transportaban de modo tan eficiente en el interior de la montaña que era de suponer que si un niño lloraba en un nivel, se oía en todos los demás y su madre podía localizarlo sin demora. Quise saber de las rejas que muchas veces quedaban debajo de nuestros pies en los distintos niveles y Onur explicó que se colocaban allí a los muertos envueltos en alguna manta hasta poder sacarlos al exterior cuando el enemigo no acechara.

Subimos escaleras de tierra apisonada por siglos, atravesamos túneles salvadores una y otra vez hasta salir al exterior desde donde la áspera piel de las rocas parecía plagada de colmenas que no eran otra cosa que los asientos  de las palomas, alimento diario de los refugiados de antaño. En el Museo al aire abierto de Göreme ya parecíamos una sólida pareja en viaje de aventuras. Onur quiso llevarme a conocer los caravansarays, refugios de caravanas y camellos que atravesaron la ruta de la seda, construidos hasta el siglo trece por los salyúcidas.  Me fascinó la fastuosidad de estos palacios en los que hombres y bestias mezclaban sus cansancios. Onur volvió a besarme y con más pasión aún en el  primer recoveco de la galería majestuosa. El amor se había compactado y no dejábamos de abrazarnos y besarnos con algún minúsculo motivo como festejar que aquello también nos gustaba. Luego del almuerzo en base a kebap y arroz saltado con hortalizas, llegamos en el auto alquilado de Onur, al  antiguo puerto de Efeso. Las  espectaculares ruinas de la Biblioteca de Celsus, la calle de mármol, la Casa de la Virgen María, el tempo de Adriano y otras maravillas, me dejaron en tal estado de asombro que Onur tenía que hacer aspavientos para sacarme del estado hipnótico. Además todo, de su mano, era doblemente sorprendente.

Fuimos a su hotel apenas empezaba el sol a declinar. Los ventanales desvestían a una Capadocia sensual, irreverente. La habitación olía a vainilla y era toda blanca. La cama inmensa con edredones como nubes impecables. Las pinturas de las paredes recreaban un paisaje surrealista con los típicos caballos de Capadocia que los persas obligaban a entregar como pago de impuestos. Magníficos caballos exhibiendo su fuerza instintiva. Inspirándonos en su derroche de energía, nos acercamos sin vacilación. Se mezclaron nuestros ojos durante un tiempo indecente. Y nos amamos con salvajismo, con civilizadas maneras, con inocencia de púberes, con lujuriosa premura, con todo y sin nada. Con hambre, con sed, con brutales urgencias, y renovadas manías. Fue a la turca le dije a mis amigas y todas me envidiaron.

Dormí con Onur aquella noche. Lo deseé como nadie.  Y fue la primera vez que pude entregarme a un hombre sin mediar un tramo de historia compartida. Lo gocé como una hembra en celo, despojada de identidad y  de cultura.

El nuevo amanecer me quitó de sus brazos para arrojarme a un micro que nos llevaba a Ankara. El apuro sólo dio tiempo para que él me alcance su tarjeta y no pueda anotar mis datos. A los gritos le dije: “Yo te escribo Onur, no te preocupes”. Y me fui con su olor, con sus besos hundidos en mi piel, anidando sensaciones irrepetibles. Me percaté más tarde que no había podido retener su apellido impronunciable. Pero tenía su tarjeta, celosamente guardada en mi bolso marrón.

En Grecia mis amigas quisieron que les muestre la tarjeta de Onur. Y en Grecia me sentí morir al ver que la había perdido. Perdido no es el término correcto porque recuerdo haber cerrado con sumo cuidado  el cierre del bolsillo interno de mi bolso y no lo abrí durante todo el viaje en crucero. No podía creerlo. En el momento en que Celina me pidió insistentemente ver  la tarjeta, recién ahí me percaté de su extravío. La noche más sórdida me ovilló sin piedad. Lloré las lágrimas que Onur ya no podría secarme.

No olvidé jamás  sus manos alterando la geografía de mi cuerpo, ni sus dedos accionando las techas de todos mis sentidos, abriendo sensaciones en mi biología dormida, convocando a la loba agazapada  entre los velos de tímidos prejuicios. Onur fue ocupando mis sueños, la languidez de mi vigilia, y pasó a ser habitante de tiempo completo en mi  esperanza.

Al año siguiente intenté volver a  Capadocia y  en la misma fecha con la esperanza de encontrarlo, pero la enfermedad de mi padre no me lo permitió, debí cuidarlo siendo su única hija viva. Renuncié dolorosa pero momentáneamente   a la búsqueda de ese hombre que había provocado en mí, en un sólo día, lo que otros no hicieron en años. Después mi economía declinó y ya no pude hacer viajes largos. Pero yo sé, tengo la absoluta certeza de que Onur aparecerá en algún cruce de caminos.  El grito de mi sangre lo traerá hasta  mí con la misma  fuerza  con que el mar reclama a sus afluentes. Recién pasaron cuatro años. Ignoro cuánto tiempo le lleva al amor dar  la vuelta a un planeta en llamas pero sé que  quizá en el mismo punto o en otro tal vez, Onur volverá  a extender su pañuelo para recoger las lágrimas caídas por su ausencia.

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  1. SLS

    Después de leer este relato tuve la sensación de que yo misma había estado allí viviendo esa experiencia. Perfecta la descripción de todas esas sensaciones increíbles, propias de una mujer..

  2. Elisa Aguerre

    Es una historia de amor, tan bien contada, agil, llena de sensaciones imposibles de no sentir que además te lleva de viaje en su mochila recorriendo un lugar tan fascinante como el que describe.
    Me gratificó enormemente leerla y creo que si bien es una historia de amor, también es un canto a la “esperanza”.
    Elisa.

  3. Teresa

    Me fascinó y atrapó el ritmo y la vertiginosidad que la autora logra darle a esta historia y al paisaje que la rodea. Los personajes se enamoran de esta ciudad mágica y vuelcan todo ese amor en una pasión que será breve,pero que perdurará en el tiempo.La idea de la permanente búsqueda queda flotando al final del cuento. La narración es ágil,tal vez abusa un poco de las descripciones,pero invita a seguir leyendo para conocer el desenlace que no es para nada previsible.

  4. Agustina

    Bellisimo relato de un viaje encantador!
    La autora oscila permanentemente entre la descripcion de un lugar fascinante, magico y el despertar de la pasion en ese contexto, donde el lector queda atrapado en esa historia.
    Muy recomendable!

  5. Cintia

    El cuento tiene una descripcion precisa de los sentimientos de soledad y desencanto, aun estando en el lugar mas maravilloso del mundo.De repente esos sentimientos, se contraponen a una secuencia de escenas de felicidad, gracias al despiegue de energia, que fluye en virtu del estado de enamoramiento.
    Cuan cerca conviven en el ser humano la tristeza y la felicidad…siendo los mismos podemos ser felices o no, depende de como decidamos vivir.

  6. vecina

    Excelente, leerlo transmite estar viviendo una aventura en un lugar maravilloso. Muy buen relato .-

  7. chiky

    bella historia!!!Onurrrrrrr vuelve !! regresa a los brazos de esta pasajera que nunca te olvido..Las descripciones espectaculares. Con mucho dinamismo y pasion relata la autora y te va atrapando esta historia . Pensare en estos lugares para el proximo viaje y estare mas atenta con las direcciones….ONURRRRRRRR!!!!

  8. belen

    Que hermosa sensación es leer y sentir que uno esta viviendo la experiencia que le relatan.
    Lograr ese resultado en el lector, habla de un narrador privilegiado. Felicitaciones!

  9. any

    La autora nos permite percibir nuestros mas intimos sentimientos a traves de su narracion.Su descripcion exacta, nos lleva a recorrer caminos inesperados como esta historia de Amor.

  10. Maria

    Un relato romantico, hermoso, en un lugar paradisiaco, que nos transporta y la autora nos permite soñar y disfrutar….

  11. Maria

    El pensamiento femenino y sus más íntimas vivencias aparecen en este encantador relato, lleno de magia y frescura.

  12. negrito

    La narración es un canto a la vida. Mas aún a la vida amorosa. La autora nos entrega sus más íntimas percepciones y nos concede el privilegio de estar en su interior para ser partícipe de esas prolongadas emociones. Su observación es aguda y colorida. Un lenguaje directo nos ofrece una comprensión que perfora los límites de nuestra pasividad y nos lleva por los mismos lugares con las mismas intenciones. Gran relato lleno de encanto dinámico.

  13. Lucía

    Narrativa de alta calidad, delicada en su poesía y exacta en su descripción. Una historia intensa, vivida en un marco ancestral que resulta a su vez andamiaje de esta genuina experiencia de amor.

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