Estambul. Autor: Ricardo Martínez-Conde

 

“Perpetuum mobile”: Estambul

 

 

 

Lo que pasó ya falta; lo futuro/aún no se vive; lo que está presente/ no está porque es su esencia el movimiento (Gabriel Bocángel)

He aquí, se dice el viajero, que hemos llegado al gran mercado, al movimiento perpetuo, y, sin embargo, a un espacio bien coordinado dentro de sí, con un equilibrio propio y fecundo.

De una parte, observa el viajero, hay un orden establecido que no es fácil saber quién lo dicta, salvo el hábito o la costumbre o un instinto propio que pone en movimiento esta intrincada y efectiva maquinaria cada amanecer. ¿Es el canto temprano del muecín con su primera llamada a la oración? ¿Tal vez son los pescadores que están ya, al abrir el día, proponiendo su versión del cuadro de las lanzas (horizontales) sobre el puente Gálata, exhibiendo sus cañas en espera del escaso del fruto que les pueda propiciar el Mármara en sus recovecos? ¿Acaso es el hombre taciturno que acomoda con esmero sus productos, ya sea en la tienda o en un soporte cualquiera que le sirva de mostrador sobre la acera? Y qué decir del trajín de los barcos entre una y otra orilla (“Asia a un lado,  al otro Europa”), del inacabable latir del mar…

Todo el fluir de esta vieja y delicada ciudad se establece sobre ese movimiento perpetuo: en un momento dado alguien reza, inclinado sobre su oración, en el hermosísimo interior de la mezquita Rüstem Pasha, o sonríe al hombre del té que transporta su deliciosa balanza ocupada en responder a las solicitudes, o apresura el paso para acceder al tren cremallera (pasa por ser el  más antiguo del mundo) que, desde Karaköy, le deje al inicio de esa calle-río que es Istiklal         Y el viajero, seducido por el ritmo giróvago de las horas, cede su curiosidad –su voluntad- a todo lo nuevo y así se le ofrece bien pronto la rica perspectiva de las mezquitas con su perfil de juguete (como pompas de jabón, escribe Forbes), el abigarrado caserío pegado a las laderas, el chapoteo incesante de las olas esquivas contra los muelles en Eminönü, no lejos de la elegante estación a donde arribaba el Orient Express… Es curioso: en la permanencia todavía como testigo mudo de los restos de la antigua muralla romana, aquí, en Estambul, todo es fusión (con su aquel de ficción) que conforma una panorámica activa, despierta, convocante.

Lo cual propicia, como complementario, la necesidad de sosiego. Y para ello están las cuidadas márgenes marítimas, los grandes espacios abiertos al paseo demorado, a la charla y la concordia (entre Santa Sofía y la mezquita Ahmet), o los jardines de Topkapi y sus grandes árboles donde una tarde, en la compañía de un té servido a la vieja usanza, oí reír a una mujer como pocas veces podrá darse: era como si riera el mar, como si lo hiciesen todas las hojas de la arboleda. Era una sonrisa contagiosa, primigenia. Lo que me trajo al recuerdo el lánguido poema árabe: “Eres tan dulce que tu saliva sería suficiente para endulzar el mar” El caso es que, a pesar de la presencia de sus indudables atributos, esta ciudad no es exactamente una representación de lo árabe; es algo distinto, una transición, un puente donde distintas culturas se juntan, donde distintas estéticas –también anejos continentes- se dan la mano para ofrecer su rasgo distintivo, único.

Otra parte que llama al sosiego está en  esas pequeñas superficies acotadas, los elegantes cementerios incrustados entre los edificios, en distintos rincones, con sus orantes lápidas erguidas, piedras simbólicas que ya pretenden el cielo (o el paraíso) Y aún tendrá ocasión el viajero de reposar el ánimo y ordenar sus emociones en la sencillez del cielo, tantas veces adornado de gaviotas, o admirando  la ondulada perspectiva, paciente, de un caserío extendido hasta la lejanía. Incluso en el interior del Bazar egipcio, el de las especias, cuyo orden y colorido semejan establecer el orden dela Historiay los caminos que las trajeron hasta aquí; ahí diría que también es posible una cierta forma de sosiego, por el código establecido que le guarda. Para percibir y distinguir solo importa que se cumpla la premisa del buen caminante: avivar la curiosidad, propiciar el respeto, aceptar lo distinto.

Estambul, nudo de culturas y lugar de paso a lo largo de la vieja Historia, cruce de civilizaciones, hoy parece haber  adoptado a todos sus dominadores (incluso los nuevos e incómodos turistas) con la conciencia del que acoge. Por eso es difícil sentirse extraño entre su gente, ya que su actitud es, por lo general, receptiva. Lo cual implica el que, al modo de un cuerpo vivo, también su perfil urbano no esté exento de emociones; y aquí cabría rememorar la frase de Valery: “hay fachadas que sonríen, otras que lloran, otras que están, sencillamente, tristes…” Dicho de otro modo, rasgos de sentimiento humanizan este espacio urbano; ¡y cómo pretender eludir las emociones sin menoscabo de su dignidad! Aquí se aprecian, son patentes, orgullo y dignidad.

En ellos está implícito el significado: actividad y sosiego, rezo y trueque; la confluencia de contrarios (¿de complementarios?), el contraste como ejercicio vital. Estambul tiene delante –tal es su axioma- el mar como paisaje, como atributo en su historia. Un mar que expresa cada día un rostro distinto pero siempre vinculando las gentes como nexo de familiaridad, acunando el atraque y partida de los barcos, el trasiego humano entre orillas (¿Es verdad, tal como cuenta Pamuk, que en un tiempo algunos barcos tenían chimenea móvil para poder salvar la escasa altura que ofrece el puente Gálata?)

Es de señalar en esta ciudad viva el ritmo propiciado por los rezos. ¿No es, también, el muecín con su canto que resuena desde el afilado alminar –a veces un canto coral en el cielo marino- quien dicta el recogimiento cuando las luces de ese mismo día se desvanecen en el cielo? Cinco convocatorias al rezo, según el precepto coránico, que tienen su representación gráfica en tan numerosas cúpulas: sólidamente pacientes, femeninas, acogedoras, al modo cómo el profeta trazó en Medina el diseño de su humilde casa, con un patio sombreado para la reunión y un interior silencioso de recogimiento. Libres del nutrido caserío semejarían grandes jaimas de piedra. ¿Y cuántas mezquitas hay en Estambul? Se dice que, solo de la mano del gran arquitecto Sinan –el armenio secuestrado y luego convertido- hay más de veinte.

Al fin, comercio y religión, el “Ora et labora” benedictino hecho comportamiento callejero. He aquí un signo de identidad distintivo del Mediterráneo: recuérdese que sus orillas concentran, no en vano, el mayor porcentaje de símbolos arquitectónicos, religiosos y civiles, que son reconocidos como Patrimonio dela Humanidad.(Lo cierto es que en el espacio del Mare Nostrum uno se siente dentro de algo, perteneciente a algo; una cultura material y religiosa define los rasgos del comportamiento humano, que son percibidos aquí como paisaje, sin estridentes exclusiones)

Tal vez por eso en Estambul es fácil acceder a una cierta invitación, a dejarse ir. Pasado el puente Gálata y su símbolo en la ladera -esa torre icono redonda, esbelta, que ha sido faro y cárcel a lo largo del tiempo- podremos acceder a la gran plaza Taksim; para ello habremos de recorrer ese reguero humanizado, de perpetua corriente, que es la peatonal calle Istiklal. Allí es el fluir incesante, arriba y abajo, de hombres y mujeres que, libres del incómodo tráfico, charlan, ríen, compran, observan, esperan. Del otro lado del puente sin embargo, allí donde recalaba el mítico Orient Express (a la vera de los grandes árboles de Topkapi y su palacio, ‘la más bella colina’ a decir de Lamartin,) estála Estambulmonumental, la que físicamente representa ese cuerno (¿de rinoceronte?) de oro, tal como fue conocida un día. Aquí nos espera la mezquita-museo de Santa Sofía, antigua iglesia cristiana que elevó al cielo el milagro de su cúpula –no lejos, a mi entender, estarían el ejemplo del Panteón romano y, desde luego,la Rotondaen Salónica- Este lugar sagrado, a pesar de la aglomeración desordenada de visitantes, sigue invitando a una forma de oración, de advocación, de trascendencia; ¡qué gran espacio aéreo lleno de sustancia, de código vinculante y secreto! Y cerca de ella, al otro extremo de la amplia plaza ajardinada, la mezquita del sultán Ahmet, con su aire interior teñido de color azul, reflejo de su bella decoración (dicen que como expiación de sus muchos pecados; ahora bien, ¿y por qué el color azul?)

A su sombra, el bazar que la proveía con sus impuestos derivados del comercio; y en el espacio no muy extenso de éste el pequeño museo del mosaico, tan discreto como revelador. Al poco, calle abajo, el Gran Bazar, inacabable arco iris domeñado por elegantes galerías donde se ofertan un sinfín de productos -y colores- tantos como el omnívoro comprador pueda desear. Por fin, en un lateral de la citada plaza, hallamos ese secreto a oscuras que esla Cisterna-basílica, jardín de columnas de piedra, que, bajo tierra, siguen aprovechando el agua de lluvia como provisión. Un bosque animado por el goteo permanente donde, como curiosidad, la medusa –un símbolo de inacababilidad- invertida sostiene una de las grandes columnas. No lejos, también, espera la mezquita de Suleymán, la más grande, con esa geometría dulce, armonizada, trasunto en su interior de los bienes del paraíso que esperan al buen musulmán.

Es curioso cómo esta religión tan propensa a la expresión, esta civilización tan adicta a la palabra ha sabido representar en los volúmenes femeninos de las mezquitas el contenido de su fe, y en las innumerables tiendas su vínculo material, su propensión a la vida.

No quisiera dejar de señalar, en fin, a modo de código representativo, arquitectónico, cómo hay dos ejemplos simbólicos en Estambul (antes Bizancio) de lo que han sido las dos culturas-religiones que allí se sucedieron. Uno, el de la iglesia ortodoxa, representada por la iglesia-museo de Kariyé: la sobriedad de su estructura propicia una devoción terrena, y divina la que deriva de sus elegantes mosaicos, del susurrado discurso que emana de sus figuras El otro símbolo sería la mezquita de Rüstem Pasha, obra del memorable Sinán. Pocos lugares, créanme, tan próximos a ese paraíso en la tierra –tal como su religión promete- gracias a la atmósfera delicada que reflejan sus hermosísimos azulejos de Iznik. Aquí, sin figuras humanas, es una cierta estética del silencio la que infunde el recogimiento, la que suscita el rezo.

El caso es que Estambul no es una ciudad para enumerar sino para discurrir por ella, para asimilar como escenario, como actitud. Es algo instintivo el sentirse vinculado; su ambiente propicia una forma de relación. (Aquíla Historiaes real, o, tal como diría la profesora ateniense Georgia Iona, una herencia asumida, que es el mejor modo de transferencia de una cultura,)  Sus calles, su ‘comportamiento’, emanan un aliento permanente, un democrático reclamo  a través de la palabra. Siendo, como es, propicia al gesto, a la cortesía, todo invita a delegar de sí: mirar, pasear, comprar, escuchar, observar…, siempre en ese blando movimiento al que aluden la ausencia de gritos, el bullir del mar.

Al fin, el viejo mundo mediterráneo, vínculo ancestral, centro y origen de la expresión del hombre: como sueño, como realidad material, como religión, como cultura.

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