Chabeli. Autor: Patricia Suárez


I.

Para empezar, la habían engañado. Pero siempre la engañaban y éste no era el problema mayor. Habían viajado a Brasil tres veces de vacaciones, en 1980, 1981 y 1982; por eso Chabeli pensó cuando le propusieron el viaje, en 1984, que la propuesta era que ahora ella lo hiciera sola. Le preguntaron si para sus quince años, querría de regalo de cumpleaños la fiesta tradicional o el viaje a Brasil. Ella recordó que su tía Mariana –la que ahora estaba internada en el Psiquiátrico Philippe Pinel a causa de desaveniencias maritales- había viajado sola al Brasil cuando cumplió quince. En definitiva, ésta era su Oportunidad, la Liberación, un Poco de Oxígeno. Segura, respondió: “El viaje”. Todos festejaron; todos estaban contentos: casi vivaron su nombre a coro. A ella tanta alegría junta de su familia le dio mala espina. Días antes, la madre le había contado a modo de advertencia que Elsita, la hija del tío Josafat, le había arruinado la fiesta al tío –una fiesta costosísima- encerrándose en el baño a llorar. El tío Josafat y la tía Elsa aporrearon la puerta con desesperación, pero Elsita se negó a salir. Los invitados ni siquiera tuvieron la delicadeza de marcharse, sino que se quedaron para comer y bailar y hasta cortaron la torta de Elsita sin Elsita: una desfachatez. Chabeli creyó, en el momento en que la madre le vino con el asunto éste, que le contaba lo de la prima Elsita para torcer la decisión de Chabeli, y que ella eligiera el viaje y no la fiesta. Porque seguramente la fiesta sería más cara que un viaje a Brasil. Error: el error es la alfombra roja de los incautos y era, por supuesto, por donde Chabeli se paseaba con mayor denuedo. Al Brasil viajaron todos juntos, en ómnibus.

II

Cuando arribaron a Florianópolis esta vez, no llegaron a instalarse en un departamento. Pasaron tres días en un hotel del centro, un poco siniestro porque era concurrido por las prostitutas con sus clientes. La madre explicó que era el hotel más barato que pudieron encontrar y que elegían eso porque querían guardar toda la plata para gastarla en Río de Janeiro. A la mañana siguiente de haber llegado la madre tramó en una agencia de turismo el resto del viaje. Tardarían un día en llegar a Río, pero el ómnibus tenía asientos reclinables que se hacían cama,  un Súper Aire Acondicionado que echaba ráfagas frías directas del Polo Norte. Los brasileños lo exageraban todo; pero la madre les confiaba: la deleitaban con sus sonrisas y con ese gorjeo propio de ellos, la voz en la garganta, a la altura de la campanilla, agitándose durante unos segundos antes de articularse en forma de palabras. Cualquier hijo de vecino a cuatro leguas a la redonda se hubiera dado cuenta de que los estafarían. Los asientos tenían las palancas trabadas y no se reclinaban; el aire acondicionado se rompió dos pueblos después de que salieran de Porto Alegre; no obstante el guía turístico que era encantador y en cada sonrisa mostraba más dientes que un tiburón, aclaró que el desperfecto sería cosa de momentos. Hicieron todo el viaje en medio de un calor infernal. El guía cada tanto se acercaba a la madre, que se daba aire con una abanico de papel y la alentaba. Falta poco, decía en un español horrible. Cada vez que el guía venía hasta sus asientos, la madre le pegaba un codazo a Chabeli y le hacía saltar el libro. “Qué suerte tenemos de ser en este tour los únicos argentinos”, le susurraba, “fijáte cómo nos atiende el buen hombre”. Chabeli gruñía y volvía a la lectura; la madre observaba atentamente el material de lectura. Se lo pidió prestado: Chabeli temió lo peor. La madre lo examinó: ¿qué hacía su hija leyendo Otelo, por la punta del sauce verde? Cuando la madre era chica leía Heidi y se sentía una iluminada. Qué vida de miércoles, gemía ella, ¿por qué esta nena no le había salido normal? (Los otros dos, como se vio después, tampoco le salieron normales, pero por el momento ella no les notaba la anormalidad y además, se ocupaba de ellos el padre, que tenía más paciencia con los chiquitos.)

El padre y Rosi, de cuatro años, iban en el tercer asiento del bus a Río de Janeiro, juntos; después venía otra gente, una chica rubia y un italiano que trabajaba en el puerto; y en el último la madre y Chabeli. Como Toñito no pagaba asiento, iba un poco en brazos de la madre y otro poco en los del padre. Chabeli eligió el lado de la ventanilla, para tener más luz para leer. Sin embargo, la madre –siempre la mandaba a leer con tal de que no saliera a la calle a potrear con los varones, como ella decía-, esta vez le chilló que mirara el paisaje; Chabeli le contestó que no había nada para ver: el campo, bueyes flacos, yuyos altos. A veces, los morros. De pronto la madre la amenazó: o miraba el paisaje o le tiraba el libro por la ventana. Por suerte anocheció rápido.

Chabeli tenía catorce años y cumpliría los quince en marzo, al regresar del viaje. Aunque la madre la vestía con pantaloncitos minúsculos estampados con corazoncitos y suéters apretados de Minnie Mouse, nadie podía confundirla con una niña. Para colmo, la madre la hacía calzar zapatos con cuatro centímetros de taco, por el asunto del arco de los pies. Chabeli tenía los pies planos, los tobillos vencidos, los ojos miopes y el riñón flotante. A pesar de la imagen contravertida que daba, Chabeli era virgen. Era consciente de que tenía un problema entre las piernas que había que solucionar lo antes posible, para eliminar para siempre de su mente lo que la gente llamaba sexo. Podía ser un asunto placentero, como decían las revistas, pero a ella no le interesaba en absoluto tener una clase de comercio que al menor error de alguna de las partes te hacía traer hijos al mundo. Ella no quería tener nada que ver con hombres ni con chicos, pero cuanto antes se quitara la virginidad de encima, mejor: una cuestión menos en la que pensar. Era la llamada Operación Liberación del Himen. Le resultaba urgente y necesario acabar con la virginidad, y para tal fin ella había planificado hacerlo con un negro cualquiera de su viaje de quince. Le daba más o menos igual la apostura del negro y si hablaba o no el español. En el amor, sabía decir la abuela, impera el lenguaje de las señas. Ella perdería la virginidad por fin, se haría mujer y a los dieciocho años y un día cumplidos ¡saldría definitivamente de la casa de sus padres! Cuando anocheció y el bus se sumió en una oscuridad tal que parecía cruzaban el Leteo, el tipo de adelante, el italiano que trabajaba en el puerto, le manoseó la rodilla y el muslo en la oscuridad del ómnibus y ella le clavó el taco del zapato en el centro de la palma abierta y estirada. El tipo acalló un maullido de dolor; al día siguiente cuando bajaron a desayunar en un parador no la miró y mantuvo el brazo pegado al pecho, en un cabestrillo imaginario. Chabeli se alegró: tampoco podía entregarse a un cualquiera, así porque sí.

III

El primer sitio que visitaron en Río do Janeiro fue el Estádio do Maracaná, el estadio más grande del mundo. Ahí había jugado Pelé, o melhor jogador do mundo. Diego Maradona no era mejor; Diego Maradona era un infame al lado de Pelé. El padre se indignó de la exageración brasileña. Chabeli y Rosi, la hermanita, estaban pálidas y descompuestas. El calor o los camarao ao palito que engulleron en un puesto callejero las enfermó. El padre las llevó hasta una canaleta del Estádio y vomitaron por turno. La madre seguía pegada al guía, preguntando sobre Xuxa. ¿Era verdad que Xuxa había sido actriz porno antes de conocer a Pelé? ¿Era verdad que Xuxa nunca había visto a Pelé descalzo, a pesar de haber sido su esposa? ¡Qué suerte que ellos fueran argentinos y el simpático guía se viera forzado a hablarles en español para que entendieran algo de todo eso lindo que veían! Hacían mil grados centígrados en el Estadio; o calor mais ardente do mundo, podría haber comentado el guía, pero eso justo no lo comentó y la madre, que en la casa no podía vivir sin el aire acondicionado en temperatura glaciar, acá se las arreglaba con el abaniquito. Toñito dormía en sus brazos todo el tiempo; era probable que el bebé se estuviera deshidratando, pero ella no lo notaba. Pronto, terminaron la visita al Estadio y los llevaron al zoo. Era el zoo más grande del Brasil, de Latinoamérica o tal vez del Cosmos Infinito; el guía lo había dicho pero Chabeli no pudo retener sus palabras. Sentía el acre de las náusea ir y venir; no podía prestar mucha atención. El padre y los hermanos chiquitos subieron a un trencito que los llevaba a recorrer el zoo, con los otros turistas autóctonos que viajaban con ellos en el bus y tenían también hijos pequeños. La madre y ella se quedaron a la entrada; Chabeli no podía caminar, le dolían las ingles y las axilas, sentía los ganglios hinchados. Unos flamencos estaban sueltos cerca de donde ellas se sentaron y la madre tuvo la infeliz idea de llamarlo con chistidos como si hubiera sido una torcacita de la plaza. El pajarraco se le vino al humo, silbando y batiendo las alas; Chabeli cerró los ojos para no ver cómo el bicho ese terminaba con su madre de un picotazo en un acto de justicia; oyó los gritos de ella y la gente que a su alrededor hablaba en portugués, primero espantando al bicho y luego confortándola. Así que al final la madre había sobrevivido; Chabeli suspiró. La madre regresó a sentarse junto a ella acompañada por el estibador italiano a quien ya no le dolía el estigma en la mano que Chabeli le hiciera la noche anterior. La madre no estaba en absoluto ella amedrentada con lo sucedido con el flamenco; encima dictaminó: a veces los pájaros se excitan frente a las mujeres hermosas; en su juventud había tenido un loro asqueroso que hacía lo mismo y no la dejaba en paz; los abuelos lo tuvieron que regalar. Chabeli sintió que se juntaban lágrimas en sus ojos, pero después cayó en la cuenta de que era transpiración: le sudaban los ojos. La madre trató de contarle lo del loro al italiano; dado que el italiano sólo sabía italiano y portugués, ella decidió usar el dialecto piamontés que utilizaba su suegra sobre todo cuando se quemaba la comida. Al italiano le subieron los colores; dijo que sufría de hipertensión o eso le entendieron por las señas; también podría haber sido una seña obscena, pero Chabeli consideró que el tipo no podía hacer una seña de esa clase al aire libre, entre la gente y los niños. El italiano estudió el mapa del zoo y explicó que un poco más allá estaba la lagunita artificial con los crocodilos y jacarés y ahí seguro que correría aire fresco, algo más que aquí. Tendió un brazo a cada una, para que se enredaran en él y siguieran hacia allá. De buena gana Chabeli lo hubiera hecho –ya le daba lo mismo que el tipo fuera o no un degenerado completo- pero una ráfaga de brisa trajo el olor de las heces de los animales, el olor a caca más grande del mundo y sintió que su cuerpo, comenzando por la pituitaria, iba volviéndose verde, pudriéndose hasta el mismo y maldito himen, a medida que ese olor se mezclaba con su sangre: en cualquier momento ella, Chabeli, se disolvería en el aire igual que los vampiros de la televisión se disolvían al contacto con la luz del día. La madre dijo al degenerado que ella lo acompañaría gustosa a ver los cocodrilos, así después aprendía a distinguir una cartera de piel falsa de una verdadera. El italiano no le entendía ni jota de lo que ella parloteaba, pero reía a gusto, abriendo la boca propiamente como un yacaré. Chabeli contuvo la arcada y deseó como nunca había deseado nada antes que la madre cayera al foso de los lagartos y se la tragaran, que le pelaran hasta los huesos y ya terminara de una vez la pesadilla de aguantarla. Sin embargo, los deseos nunca suelen ser escuchados a la hora en que alguien los pronuncia, sino quién sabe cuántos años después, puesto que Dios debe padecer de sordera congénita. La madre regresó veinte minutos más tarde, un poco despeinada y arreglándose los tirantes de la solera. Chabeli supo que su madre había hecho el amor con el portuario como si tal cosa y ahora seguía parloteando, colorada y feliz, como si nada hubiera pasado. Pero tal vez había pasado: tal vez los cocodrilos pudieron haber visto a la pareja al trenzarse y friccionarse haciendo sus cosas; del susto de ver a semejantes humanos copulando, los bichos seguro que ahora flotaban muertos en el pantanito del zoo. La madre y su partenaire acababan de destrozar la fauna sáurica del lugar. Chabeli creyó que iba a vomitar y caminó apresurada hacia la espesura, para hacerlo sobre unas matas de toronjil adonde nadie la viera. Cuando llegó, sintió pena de la pobre y fragante planta, respiró y respiró hasta tragarse la arcada y que su estómago acabara por calmarse. Sintió un rebuzno y cuando alzó la vista vió allá lejos un Unicornio, un jodido unicornio que sólo podría ver ella porque era una recontra jodida virgen hija de mala madre. Se quedó helada, pensando que estaba muerta o que era la protagonista de un filme de fantasía; el tiempo se detuvo quién sabe cuánto, mientras los dos se miraban entre los juncos. Al rato, le llegó el grito desaforado de la madre: “¡Chabeli!” El unicornio huyó trotando hacia la zona de juegos didácticos. Entonces Chabeli pudo ver que el fantástico animal  se despojaba de su envoltura de unicornio y tomaba la forma de un pony manchado exactamente igual a cualquier pony que ella hubiera visto a lo largo de sus catorce casi quince años de vida.

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  1. Madame Rosa

    Me encantó! Yo le daría el primer puesto aunque el final me pareció un poco desabrido.
    Este cuento merece terminar de otra manera, más acorde con las expectativas creadas al comienzo.

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