Tamaño y encaje. Autor: Juanjo Cardona Planells

Avanza con dificultad a través de la maraña de pinos, bambúes y epifitas que le dan a esa selva nublada un carácter tan enmarañado como el ovillo de sus pensamientos.

Las lluvias del mediodía ya pasaron, llevándose consigo el alivio infantil y burlón agarrado a sus faldas que siempre las acompaña. La humedad relativa es del cien por cien, el bochorno es insoportable. Al menos así se lo parece a él y está seguro que también al resto de sus compañeros. Todos extraños en aquella tierra tan diferente a ese pedacito de ellos mismos que gustan en llamar Hogar.

La humedad en el aire, la angustia en el corazón, el sudor recorriendo ruidosamente todas sus cavidades corporales,…dejándole a uno la sensación de estar dentro de una especie de cacerola. Cociéndose sus carnes, llevándose a ebullición su entendimiento, asfixiándose los poros por los que su discernir había logrado separar hasta entonces lo real de lo aparente, las certezas de los fantasmas. Fantasmas de ojos golosos que a buen seguro le acechan desde rincones encubiertos, observando como la selva lo va cocinando poco a poco. Llagas y picaduras de mosquito no son más que aliños y pequeños cortes que el cocinero practica para asegurar una más sabrosa y mejor cocción de los alimentos.

Los mareos, las náuseas, los vómitos y las diarreas que padecen él y sus compañeros no son más que manifestaciones físicas de algo cuyos orígenes son mucho más profundos: son pedazos de alma que se evaporan, convirtiendo paulatinamente a aquellos hombres en caricaturas de sí mismos. Errantes con fusiles sostenidos por manos blandas y espaldas cargando plomizas mochilas donde la desazón y el agotamiento cada día pesan más y los ánimos menos.

William McKenzie ha viajado más de 8.000 millas. Las que separan aproximadamente el mostrador de la pequeña verdulería regentada por sus padres en el barrio de Queens en Nueva York, en el cruce entre la avenida cincuenta y la calle noventa muy cerca del Newtown High School, hasta la falda de una de las colinas que dan al valle de Khe Sanh en la provincia de Quang Tri, en Vietnam. Donde se encuentra no se puede marcar en un mapa como si de un cruce de manzanas se tratara. Aquí son necesarias unas coordenadas exactas, longitud y latitud. No está muy lejos del paralelo 17, que separa Vietnam en dos, siguiendo los acuerdos de la convención de Ginebra tras la segunda guerra mundial y la capitulación de Japón. Pero a él más bien le parece que sirve para separar en dos al mundo entero. Separar el bien del mal, siendo ambos una función subjetiva a la que el observador se adscribe según su visión de lo que debería ser el mundo. Y todo en aquella franja que se extiende una milla a cada lado del río Ben Hai y que atraviesa el vientre de Vietnam desde la frontera con Laos en la parte occidental hasta su desembocadura en el Mar del Sur de la China, en su extremo oriental.

Se trata de un viaje directo, prácticamente sin escalas, desde la rutina cotidiana de su barrio a la orografía desconocida que ahora le rodea. Del viejo delantal de algodón color vino que compró en O’reilly’s al uniforme de soldado de infantería suministrado por el ejército; y en toda esa mudanza, sus manos han pasado de habitar en una báscula a morar en un fusil. No más de 36 horas. Ése es el tiempo que ha pasado entre el William McKenzie con un futuro relativamente plácido, al frente del negocio familiar y con algún que otro proyecto como abrir otra tienda en tres o cuatro años, al William Mckenzie que hoy se encuentra en Khe Sanh sin más ambición que la de sobrevivir al año que se le viene encima.

Si gracias a la literatura la mente puede trascender más allá del cuerpo, en el caso de las guerras ocurre lo contrario: el cuerpo viaja más rápido que la mente. Y como sucede en estos casos al poner los pies en un lugar extraño uno empieza a hacerse preguntas. ¿Qué diablos está haciendo allí? Muchos de sus compañeros también se lo cuestionan. Otros creen tenerlo claro. Lo ha escuchado muchas veces en los medios de comunicación. Y se lo han explicado otras tantas durante esas últimas horas pero todavía no alcanza a entender. No comprende por qué motivo se encuentra allí ahora mismo rodeado de toda aquella vegetación que no sabe ni nombrar. Él no es ningún Alden Pyle, ni ha leído a su particular York Harding. Tampoco comparte de momento la convicción del personaje sobre el papel y la responsabilidad que su país tiene para con el resto del mundo, aunque sí la habría podido observar en algunos de sus compañeros si hubiera sido consciente de todo ello. Es una de esas realidades que rodean a uno pero que no se manifiesta como tal hasta que alguien se acerca y te la susurra al oído. Al ponerle voz se vuelve visible y se siente uno ridículo por no haber sido capaz de darse cuenta por sí mismo.

Como consecuencia de esa sensación de soledad y desamparo que invade a los que han sido arrancados de su entorno, William siente añoranza de aquellos que le gustaría que en ese momento estuvieran a su lado. Y es que, ante ese nuevo escenario vital, no puede dejar de experimentar una constante inseguridad y la impresión de estar frágilmente expuesto. Una reacción normal dadas las circunstancias aunque fruto del más absoluto de los egoísmos. Y es que son esas personas añoradas las mismas a las que uno no sabe valorar e incluso desdeña en algunas ocasiones cuando las tiene cerca, bien por considerarlas muy pesadas, bien por pensar que ya habrá más tiempo en otro momento.

Trata de seguir avanzando pero la vegetación se hace más espesa si cabe. Su cabeza sigue distraída en divagaciones. Es una sensación parecida a la que experimenta cuando conduce el pequeño camión del negocio familiar: avanza entre el tráfico como un autómata, distraído en sus pensamientos. Sólo que esta vez no va cómodamente sentado al volante de nada, y no sabe si en el fondo hay alguien que esté dirigiendo este trayecto.

De repente, le llega un gesto. El grupo se detiene aunque esta circunstancia es apenas perceptible teniendo en cuenta la velocidad a la que vienen avanzando. Es el momento de hacer una pequeña parada. Llevan marchando ininterrumpidamente desde hace cuatro horas.

William aprovecha para recostar su mochila en los salientes de las raíces de un árbol y pasarse un paño húmedo por la cara, el pescuezo, las axilas, el pecho y el vientre, así como aquellas partes de su espalda que la flexibilidad de sus brazos le permite. Se sienta, medio recostado contra el tronco, y acodado sobre sus rodillas dirige la mirada al cielo. El azul y blanco sólo se perciben como motas en el tapiz de vegetación y niebla que cubre sus cabezas. Desde que llegó la paleta de colores que ha desfilado ante sus ojos es más bien pobre, con el verde y el marrón cobrizo como principales protagonistas.

Aunque William no ha pensado en ello, quizás le habría ayudado a comprender mejor la razón de su presencia si hubiera tenido presente que tras la segunda guerra mundial y el desplome del modelo colonial europeo, Gran Bretaña había perdido definitivamente su papel de potencia dominante en el mundo. Su relevo había sido tomado por unos adolescentes EEUU. Éstos, apoyados en una pujanza económica que les permitió acumular un asombroso capital militar e imbuidos de la insensatez y la ingenuidad propias de esa etapa del desarrollo, se sentían con el espíritu y las ganas de coger las riendas de aquel mundo que se había quedado huérfano de imperios. Y con la misma superioridad moral que invade a los nuevos ricos, los EEUU se sintieron entonces garantes de unos valores que creyeron universales: justicia o el imperio de la ley basado en un sistema heredero del derecho romano; democracia, derivada de la concepción griega de ésta, y un conjunto de valores morales enraizados en la tradición judeocristiana.

Ignora William que todas esas inercias de la Historia eran las que le habían apartado del mostrador de su verdulería para llevarlo de viaje a los pies de aquel árbol en el que estaba recostado. En el futuro la palabra globalización retumbaría con fuerza en todas las esquinas de un mundo no tan redondo, pero hacía ya varios siglos que los vientos del tiempo empujaban a los pueblos hacia caminos encontrados.

Sí piensa William, en un ejercicio para dar respuesta a esas preguntas que le acechan, en ciertos paralelismos entre un individuo y un país ¿Qué podía llevar a su país hasta aquella tierra? Sí, luchar contra el comunismo, ése era el discurso oficial. Sin embargo, ¿era necesario ir tan lejos a combatirlo? Qué les importaba a los EEUU en el fondo lo que pasara o dejara de pasar en Vietnam. ¿Acaso no había otra explicación posible? Analizándolo desde su lógica personal tal vez un país no era tan diferente a un individuo en cuestión de viajes. William entendía que en el viaje se incluía la motivación de la persona por conocer nuevas culturas, explorar nuevos entornos y paisajes, observar otras costumbres, etcétera. Pero es cierto también que el viaje está compuesto de otros elementos que poco o nada tienen que ver con el destino del mismo. Elementos tales como el crecimiento o desarrollo personal, la necesidad de huir de una realidad o de un entorno cotidianos, o sencillamente la voluntad de reafirmarse como persona, como individuo.

¿Acaso no puede un país tener necesidades similares a las de un individuo? No es tan descabellado pensar en el ansia de un país por reafirmarse a sí mismo, más allá de sus propias fronteras. O para aliviar las consciencias colectivas de todas esas almas que configuran un pueblo, una nación o un país ¿no puede ocurrir que se dé a veces la necesidad de evadirse de los problemas domésticos?

Siguiendo con este hilo de pensamiento tal vez las guerras – todas las guerras – no sean más que la consecuencia de un problema que radica en una cuestión de tamaño y encaje. Un individuo, una persona, puede encajar bien más allá de sus fronteras. Más que encajar,  esa persona se ve en cierto modo obligada a adaptarse en mayor o menor grado a las exigencias que impone el destino que lo acoge. Exigencias establecidas normalmente por una realidad geopolítica, configurada por unos ciertos usos y costumbres, unas normas implícitas y otras explícitas como leyes que se aplican al conjunto de gentes que se encuentran dentro de los límites de un territorio definido. Así un individuo – contenido – tendrá cabida dentro de una realidad geopolítica – continente – que no le sea propia, siempre que acepte jugar bajo las reglas que esta última imponga.

Sin embargo, cuando viaja un país lo hace siempre envuelto en una bandera – no puede hacerlo de otra manera, sino no sería un país – siendo ésta el símbolo depositario de una serie de valores de una realidad geopolítica determinada. Así, un país no puede viajar a otro sin que sus realidades geopolíticas entren en conflicto: encaje y tamaño. Pero dado que los países necesitan viajar tanto como los individuos, William llega a la conclusión que todas las guerras son, en consecuencia, inevitables.

Y es tras llegar a esta conclusión cuando William siente cómo le invade una agradable sensación de alivio, en el que la desazón y el agotamiento se empiezan a deshinchar para dejar de ser esa carga tan pesada de hace tan sólo unos minutos. Por fin ha encontrado una explicación plausible de su presencia allí. Necesitaba un motivo sensato, congruente, construido sobre argumentos elaborados para ser entendidos a su nivel, en una escala individual. Los discursos, las arengas patrióticas o la propaganda elaborados para explicar a la opinión pública de su país el motivo por el cual debían estar presentes en Vietnam estaban diseñados para afectar a la consciencia colectiva del país, algo que superaba al propio individuo. Pero William está allí en Vietnam y, aunque no está sólo, carga con todas las incomodidades y los peligros que se derivan de sus responsabilidades como soldado, como patriota… y esa carga es intransferible, debe llevarla él y sólo él, del mismo modo que el resto de sus compañeros cargan con las suyas. En este sentido, están todos solos. Pero al menos ahora la mente, después de realizar su propio viaje, recupera la distancia perdida y se acopla al cuerpo.

Nuevas órdenes le llegan otra vez. El descanso ha terminado. Hay que reanudar la marcha. Recoge sus cosas. Sigue cargando el mismo peso, continua haciendo el mismo bochorno y la selva sigue tan antipática como hace unos minutos, pero siente que su espíritu regresa de vuelta. Ya no tiene la sensación de que lo estén cocinando vivo, ni de que su alma le esté abandonando a cuentagotas. Ahora sí agarra el fusil con firmeza, agudiza los sentidos, tensa los hombros – algo impensable hace un momento – y el peso mojado y embarrado de su uniforme hace que sienta como si llevara puesta una armadura que encallece su carácter.

Más determinado que nunca empieza a avanzar. Hasta ese momento, tan sólo había pensado en pasar de puntillas sobre aquella guerra, pero ahora sí deseaba encontrarse con Charly. Cuando lo viera le explicaría que él ha venido hasta aquí porque su país se encuentra en un viaje de crecimiento personal. Le diría que sus actos individuales quedan enmarcados dentro del engranaje desplegado por su país en dicho viaje. Todo esto se lo explicaría después de haberle volado los sesos, ya que seguramente Charly no le iba a dar ocasión de hacerlo antes. Y en el caso improbable que así fuera, tampoco se habrían entendido.

Del mismo modo cuando, dentro de unas semanas, el grupo de William dé con un pequeño poblado de una tribu étnica en la Ruta Ho Chi Minh, supuestamente sospechosa de aprovisionar a los vietcong del Frente de Liberación Nacional (FLN), también tendrá claro por qué ellos estarán allí y cuál es su deber. Los miembros del poblado gritarán, presos del pánico, diciendo que ellos nada tienen que ver con ningún ejército. Gritarán suplicando para que no les maten. Pero eso sólo empeorará las cosas: cuanto más les griten en una lengua que no entienden, más agudo crecerá el odio y el desprecio de los soldados hacia los lugareños.  William querrá explicarles que ellos están allí no como individuos, no a título particular, sino representando una bandera, unos valores.

Serán los hijos de William y sus nietos quienes tal vez vayan algún día a Vietnam de viaje para hacer trekking, o pasar una noche durmiendo en una de esas cabañas. Dentro de cincuenta años otros jóvenes como William – americanos y no americanos – peregrinarán hacia aquellas montañas, guiados por locales y montados a lomos de motocicletas de fabricación japonesa. Sus guías motorizados, que se harán llamar Easyriders (más auténticos unos, otros menos) prometerán a los visitantes una experiencia inolvidable. Les llevarán de picnic a descansar sus posaderas en aquellas colinas donde se dirimió la Historia, con mayúsculas: así lo asegurarán con un inglés deficiente que imbuirá a todo su discurso, y por extensión a toda la experiencia del viaje, de más autenticidad. Y todo por sólo 60$ diarios en un recorrido que podrá durar entre uno y cuatro o cinco días dependiendo, más que del bolsillo del propio turista, de la capacidad de convicción de los cuadernos que haya compuesto el guía con las recomendaciones escritas por otros viajeros en multitud de idiomas. Jóvenes que accederán gustosos a aprender cuatro palabras en vietnamita, a comer hot-pots y a beber vino de arroz con ese tono rojizo que le da la sangre de búfalo.

Pero eso será algunos años más tarde. Ahora William está allí simplemente porque los EEUU están viajando y vienen a ofrecer al pueblo vietnamita una serie de valores que pretenden hacer extensivos al resto del mundo en ese viaje de afirmación propia. Y después de matar a todos los lugareños de aquel poblado – tamaño y encaje – regresarán de vuelta a su campamento, donde leerán revistas de su país, beberán cerveza americana y comerán hamburguesas. Pues ellos son soldados y no han venido a abrir sus horizontes personales, sino a abrir los de aquella gente – tal y como pretendía Alden Pyle – para hacerles entender que si se esfuerzan podrán llegar a ser tan normales y civilizados como los americanos.

Cuando los hijos de William le pregunten por qué fue a Vietnam les dirá que no fue para combatir a los comunistas. No, fue allí porque los EEUU eran un país adolescente que quería viajar. Y les explicará aquella reflexión que realizó recostado en un árbol de una selva nublosa en una colina del valle de Khe Sanh.

Lo que William no les explicará serán las atrocidades que allí se cometieron, ni en las que él participó. Tampoco sabrá explicarles cómo una persona como él, a partir del planteamiento lógico y racional de una serie de cuestiones, fue capaz de llegar a una conclusión tan inverosímil, tan paradójica. Cómo desde la razón emprendió ese viaje hacia la sinrazón que le llevó a pensar que lo que allí hacían se podía justificar de algún modo. Y no se lo explicará porque simplemente no será consciente de ello. Es una de esas verdades que no se manifiesta como tal hasta que alguien se acerca y te la susurra al oído. Al ponerle voz se vuelve visible y siente uno vergüenza por no haber sido capaz de darse cuenta por sí mismo.

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