Viaje con sabor a té. Autor: Juan Manuel Marco Alcaraz

28/12/2006

Ceuta, Sebta, dos nombres para designar un mismo espacio desde dos puntos de vista diferentes, dependiendo de qué lado te encuentres de la frontera. España y Marruecos, Europa y África, dos maneras distintas de entender la vida, de concebir la realidad, el tiempo. Conceptos abstractos que se contraponen y a la vez se complementan. Recuerdo las palabras del palestino Edward Said, en su obra Orientalismo en la que acuña el término de otredad, del otro, el nosotros y el ellos, y de cómo Occidente a lo largo de la historia ha definido su personalidad, su identidad, su carácter en contraposición a Oriente, salpicado de falsos e injustos prejuicios. Como las piezas blancas y negras del ajedrez ¿qué harían las unas sin las otras? Dicotomía blanquinegra. Aquí se encuentran los viajeros, a punto de traspasar la línea imaginaria –esas líneas geométricas que provocan guerras-  que nos separa a nosotros de ellos, a ellos de nosotros, pero… ¿quién es quién?

En la verja fronteriza hay gente sobre la loma, esperando el paso de mercancías para cogerlas mediante ingeniosos medios, siempre pendientes de que no aparezca el policía que les lanza piedras para separarlos de la verja, o simplemente parecen estar observando, en cuclillas. La loma tiene pendiente pero allí están ellos anhelantes ante las puertas de Europa y nosotros expectantes ante las puertas de África, del mundo árabe, y con cierto revolotear de mariposas en el estómago.

Chaouen. La policía dirige el desordenado tráfico, son toda una autoridad con su uniforme de mariscal y su piel tostada. El hombre que se encarga de cuidarnos la furgoneta, desdentado, sonríe y nos agradece la propina. Nos canta la canción de La Tarara algo distorsionada y nos dice que es del Barcelona. Entramos por la medina: callejuelas empinadas, puestos de especias, gente ofreciendo hachís, niños aprendiendo las artes de la picaresca, aprendiendo a ser mayores demasiado rápido.

Llegamos al hotel Low Bar a cuyo dueño le han amputado la pierna hace poco por el azúcar, según nos comenta en perfecto español; sus ojos brillan y nos dice que vivió tres meses en Madrid pero que no aguantaba el ritmo de vida allí, mucho ajetreo. Miro alrededor, asiento, le comprendo. Gano mucha manteca, nos afirma, porque es dueño de otro hotel dentro de la medina. Nos cae muy simpático. En el centro del patio descubierto hay una fuente azul y cuatro lámparas grandes, árabes, que juegan a engatusarnos con sus juegos de luces.

La habitación es sencilla pero tiene encanto, me asomo al balcón y recuerdo que en la medina hemos visto jugar a los niños sobre el empedrado de la plaza a una especie de rayuela cuyas normas de juego no logré descifrar. Todo parece de otra época porque los niños juegan en la calle y la mujer mayor de la tienda donde queremos comprar botellas de agua que no sabe sumar y sale a pedir ayuda a alguien para volver con el precio escrito en un trozo de papel. Desde el balcón veo pasar a un joven montado en burro con las alforjas, a paso lento, se demora: otro ritmo de vida. La sombra de una lechuza ulula sobre el poste de la luz.

29/12/2006

Amanecer en Chaouen. Tranquilo y azul. Desayuno con zumo de naranja recién exprimido y té a la menta. Cogemos la furgoneta y nos dirigimos a la lavandería, al lado de los muros de la medina. Gente lavando la ropa a la antigua usanza, reclinados, doblando el espinazo, frotando, enjuagando. Se nos acercan niños y les damos caramelos, pero siempre quieren más, incansables, insaciables, con los ojos negros y profundos como un pozo. Atravesamos una de las puertas de la medina escoltados por nuestra corte de niños.

Compramos babuchas, pendientes, jabones, timbales, láminas azules, y nos perdemos entre el amasijo de estrechas calles. Los comerciantes son agradables, te llaman y se dirigen a ti llamando tu atención. Amigo, amigo. Regateamos y sonríen, seguro que salimos perdiendo, aunque eso es relativo, si crees que vale la pena pagar una determinada cantidad por un objeto y te satisface pues todos contentos.

Nos despedimos de Chaouen y partimos en dirección a Fez. Comemos en la furgoneta, hablando, cantando, muchos kilómetros pero el viaje es ligero. Pasamos por Fez sin detenernos. En una rotonda nos aborda un chico en moto, haciendo malabarismos nos ofrece su ayuda para orientarnos por la ciudad. Se cuelga literalmente de la ventanilla. Tendencias suicidas. Girando está muy cerca de nuestro vehículo y con tanto bache casi le damos un golpe, sin embargo él sonríe. Un vaquero a caballo asaltando una diligencia. No gracias. El chico mira a Nacho rodeado de chicas. Ali Baba, qué morro tienes, y se despega de nuestro lado.

Continuamos el viaje de noche, hace frío, hasta llegar a Midelt. Paramos en una kasba, hotel de lujo. Amplios patios, de fondo el Atlas nevado, torres árabes con sus almenas oteando. Color arcilla, y el precio es bueno y nos quedamos embelesados inmediatamente con el trato y la atmósfera de tranquilidad que se respira. Cenamos ensalada de cien colores, tan saludable, y los camareros son beréberes, tienen un perfil que transmite fuerza, su piel es más tostada. Estirpe. Las habitaciones tienen aire acondicionado y son muy cómodas. Antes de ir a dormir nos fumamos un cigarro en la terraza, frío reconfortante, de fondo, una constante: el abrupto Atlas. Descansamos en este palacio color ocre, nuestra pequeña Alhambra durante una noche.

30/12/2006

Salimos en dirección a Er-rachidia, después de un buen desayuno con té y tortas untadas con miel. Atravesamos una planicie, una llanura ocre. En nuestro trayecto se interpone el imponente Atlas nevado. Todo es desértico, pequeñas poblaciones, rojizas, amoratadas por el frío. Los niños en los lindes de la carretera, se lanzan como leones voraces cuando nos detenemos para darles camisetas, gorras, bolígrafos… Se ven necesitados. Nos apena. Subimos un puerto de montaña, vamos ganando en altitud. Paramos para tocar la nieve, y jugamos como niños lanzándonos bolas. Hay abundante blanco, parece una estampa pirenaica

Continuamos hasta Merzouga, las dunas del desierto. Paramos en tres kasbas y la última nos convence. Antes hemos visto unos camiones franceses con despliegue de tiendas de campaña: han organizado una fiesta rave convocada por Internet. Nos reciben con té en la entrada de la kasba. Las habitaciones son confortables, sorprendentemente los beréberes que trabajan allí hablan casi todos español. Ataviados con sus chilabas. Sus turbantes. Hassan, el dueño, vive en Barcelona. Yussef en Valencia. Se van acercando, para conversar, no se inmiscuyen, escuchan, son divertidos y amenos. Saben estar. Té a la menta.

31/12/2006

Nos despertamos antes de que suene el despertador. Las cortinas dejan traslucir las caricias de los primeros rayos del sol y la colcha berebere con las chapitas, esos diminutos espejitos que emiten un leve sonido. Desayunamos muy bien, tortas con miel, mermelada, té, café.

Tras un tour en 4×4 comemos en nuestra kasba, Nasser Palace. Por la tarde montamos en dromedario (¿o camello?) y nos dirigimos a ver la puesta de sol en la gran duna, toda una experiencia. Los camellos se quejan, tal vez de llevar a tantos turistas. Nuestro camellero es simpático, ya lo conocemos de la kasba, se llama Ibrahim. Subimos el último tramo de la duna andando, y nos lanza su turbante de unos cinco metros creo que nos dijo, a modo de liana para que podamos coger impulso y superar el desnivel pues los pies se hunden en la fina y traicionera arena. El turbante es azul, parece un charco en la duna. Ya en la cima, vemos la puesta de sol y aplaudimos.

Medito sobre la arena, pies descalzos, arena fría. Respiro, la duna y la luna. Me relajo, inspiro, espiro. La capucha de la chilaba me envuelve. Me fundo en el desierto. Llamando a las puertas del cielo, de la tranquilidad, de la paz. Llamando a las puertas del desierto.

Ducha y cena de nochevieja. Cuatro platos, uvas frescas, colores, sabores, grupo de música en directo. Amabilidad, hospitalidad, todos hombres beréberes. Baile, luces de colores y las chicas se quedan bailando y hablando con ellos.

Dormimos en un dormitorio comunal, grande. Los nueve con manta y saco. La familia berebere nos cede su espacio. Un salón con televisión y foto familiar. El resto de habitaciones ya habían sido reservadas con antelación y nos encontraron este apaño tan generoso que nosotros invadimos pacíficamente. Apenas vemos mujeres ¿dónde están? Hemos de respetar sus costumbres y tradiciones.

1/1/2007

Nos despertamos a buena hora. Resaca, ojos cansados, maletas por hacer. Ducha de agua fría para despejarme. Desayunamos y nos despedimos, les agradecemos su hospitalidad, compramos pañuelos de color azul berebere. Es una despedida calurosa y grata. Yussef, Ibrahim, Ahmed, y el resto, Hassan no estaba. Abrazos, besos y nos desean lo mejor para este nuevo año. Nos despedimos del desierto.

Carretera y manta, vamos del este al oeste del país en dirección a Marrakech. Pasamos por aldeas, sorteando a gente en bici, en burro, a pie…van hablando entre si, despreocupados, sin prisa. En mitad de una carretera desierta, sin casas en varios kilómetros, aparece un hombre cerca de la carretera, solitario, su bici en el suelo. Parece una estatua, rodeado de soledad. Turbante. ¿Estará esperando a que alguien pare y le dé conversación? Es un oasis de palabras en medio de la nada. No es el primero que vemos en nuestro periplo marroquí.

Llegamos a las gargantas del Todra, son moles de piedra que desafían al vértigo. Es el sobrio paraíso de muchos escaladores. Carreteras serpenteantes. Comemos pinchos morunos en un  restaurante enclavado en lugar privilegiado, atravesamos unas tablas de madera suspendidas bajo el riachuelo que corta como un cuchillo las gargantas. Continuamos hacia las gargantas del Dades. Ya es de noche. Tenemos dos kasbas donde elegir y tras la obligada deliberación decidimos. Frío. La kasba es acogedora, de colores blanco y arena, adusto. Techos de caña y colores azul, negro, rojo, naranja…calidoscopio dunar. Cenamos en salón acogedor y nos tomamos la primera cerveza del viaje. Música acogedora en directo, sabrosos tallín y kefta. A descansar.

2/1/2007

El sonido del río que atraviesa la garganta del Dades me despierta, me susurra al oído para desperezarme. Salimos para ver de día la garganta. Altos muros pelados, sombríos. Paramos a comprar en una tiendecita solitaria con un restaurante arriba. Compramos y regateamos. Nos ofrecen té a la menta reclinados sobre alfombras de mil colores y nos invitan a una boda berebere.

Ya anocheciendo se vislumbra Marrakech, con una capa de humo flotando sobre ella como un ovni amenazador, ¿niebla, polución? La respuesta es obvia.

El hotel está muy bien, a cinco minutos de la plaza Djemaa el-Fna. El gerente o dueño que se pasea por el vestíbulo parece francés. Las habitaciones están en la terraza del edificio que es muy amplia y se agradece el disponer de algo de espacio, aunque el aire esté viciado y sea denso. Una almenara de setenta metros, que sirvió posteriormente de modelo para la Giraldaejerce de faro entre ese mar revuelto de gente y bullicio que inunda las calles, y polución. Nos dirigimos a la plaza Djemaa el-Fna. Muchedumbre, restaurantes al aire libre, especias, gentío. Nos tomamos un zumo de naranja recién exprimido y nos adentramos un poco en el zoco, mañana lo veremos en todo su esplendor aunque ya nos sorprende ese microcosmos. Cenamos en la plaza, los camareros de los restaurantes o puestos de comidas numerados, sin nombre, intentan atraernos. Antonio Banderas nos llaman. Pido mi primer cous cous del viaje. Delicioso y generoso. Tras insistir un poco nos invitan a un té. La gente sigue siendo agradable con nosotros. Tomamos en un puesto una infusión de jengibre muy caliente y picante que nos revitaliza. Y más gente, hormigas, caos, tatuadoras de henna, movimiento, y al final te acostumbras a todo y te fundes en el ambiente.

3/1/2007

Madrugamos, en el desayuno esperamos una eternidad hasta que llega nuestro té. Paciencia y croissants de desayuno. Vamos andando hacia los jardines dela Menaraa través de una amplia avenida, la de Mohammed VI. En manga corta. Hileras de olivos infinitas, árboles frutales, jardines vastísimos.

De vuelta cogemos un taxi. Toda una experiencia. Siete contando al conductor. Luli casi sobre la caja de cambios. Paramos en la mezquita de Koutoubia con su alminar de setenta metros, es el que vemos desde el hotel. Es una obra maestra de la arquitectura islámica y una de las más grandes del mundo musulmán occidental.

Comemos en una de las muchas terrazas de la plaza, en el corazón de Marrakech que no para de palpitar vida, de bombear gente por sus arterias: aguador con traje vistoso, encantadores de serpientes, puestos de comida con una montaña de caracoles, pequeño mostrador con cientos de dientes… Me tomo un cous cous real, y después del obligado té, realizamos la incursión definitiva en el zoco. Unas cuatro horas deambulando. Hay gente pero ya no es agobiante. Compramos babuchas en una pequeña tienda. Yasin habla español. Nos reímos con él, nos muestra su blanca hilera de dientes, negociamos, sonrisas, disfrutamos, discutimos precios. Nos pregunta por nuestros nombres y nos dice que sabe escribir en español, que tiene amigos en Valladolid y Málaga. Regateamos y nos cuenta que ha estudiado mantenimiento informático o algo así y que por eso tiene canas. Permanecemos entre las ordenadas babuchas de cien colores casi una hora, pero es ameno, forma parte del ritual. Escribe nuestras iniciales en la suela de las babuchas para que no nos confundamos. Sigue sonriendo. Yasin que tenemos que irnos, que todavía nos queda por ver mucho zoco.

 

Nos seguimos perdiendo en el laberinto de callejuelas, olores, colores, sonidos, mendigo con las cuencas de los ojos vacías, amigo, amigo: el zoco. Otro ritual de compra con Yamal. Queremos comprar dos pufs de cuero. Regateo duro, pero siempre amabilidad, conversación, la eterna sonrisa. Yamal tiene la nariz chata y una cicatriz que la atraviesa. También le compramos tetera y vasos. Me ofrece seiscientos camellos por Luli. No hay suficientes camellos en el mundo para cambiarla. –No, no muy caro, mañana nos vamos, no tenemos dinero y  tenemos que comer -Si quieres comer mañana puedes venir a mi casa. Y me lo creo. Nos rompe todos los esquemas. Como procede, casi una hora después, ritual de despedida: le coge la mano a Luli, la aprieta contra el pecho de él, después contra el de ella. Aprieta las manos entrelazadas contra la frente de ella, después contra la frente de él, y dos besos. Repite las tres acciones conmigo y finalmente nos indica hacia dónde dirigirnos. Nos alejamos exhaustos y cargados hacia el hotel.

4/1/2007

La llamada al rezo desde los minaretes realizada por un muecín que a pesar del sueño nunca falta a su cita, con los ojos rojos (imagino), nos ha desvelado por la noche. La llamada se hace mediante altavoces, tradición y modernidad cogidas de la mano, ¿grabación o voz en directo? Cubre la medina de Marrakech con su manto de palabras.

Assila, bañada por el Atlántico. Al aparcar nos recibe un hombre con un mono atado a una cadena, nada de fotos, y otro que nos pregunta si llevamos algo de alcohol. Nos adentramos en la medina y nos dirigimos a un mirador adosado al perímetro de la muralla con vistas al Atlántico. Hay gente esperando a la puesta de sol sobre el océano. Abajo hay unos niños, están trabajando unas pieles de cordero, le echan agua del mar que recogen con un cubo y golpean las pieles con estacas de madera una y otra vez incansablemente para secarlas. Seguramente sean las de la fiesta del cordero de cuando iniciamos nuestro viaje. La espuma de las olas contra las rocas las va lamiendo poco a poco. Observamos la puesta de sol. Aplaudimos. Vamos a buscar hotel y paseamos siguiendo los caprichos de la muralla. Calles encaladas de azul y blanco. Olor a salitre. Tiendas con el precio fijo, estamos más cerca de Europa. Unos chicos de Córdoba nos facilitan un contacto marroquí que a su vez nos ayuda a encontrar hotel. Es más limpio, más europeo, blanco y verde, con baño grande y agua caliente sin problemas. Nos gusta.

Damos una vuelta por la noche, humedad. Dos chicos entablan conversación con César. Nos acompañan a buscar una pastelería, buscamos dulces típicos para la familia, pero como es tarde es difícil encontrar un establecimiento abierto. Lo hacen desinteresadamente, nos llevan a varios sitios, nos conducen a través de estrechas calles desiertas. Desconfianza por mi parte. Niebla y largo paseo. El más alto trabaja de guardia de seguridad en un banco, el más bajito  y más hablador no trabaja, soy un cero a la izquierda, nos comenta. Pasamos cerca de una iglesia, bruma y más humedad. Todo cerrado y conversación, eso es lo único que buscan, ni propinas ni nada a cambio, sólo palabras. Qué injusto en mi juicio. Nos acompañan a la entrada del hotel y se despiden de nosotros amigablemente. Desparecen entre la niebla como dos espectros, dos espectros hospitalarios.

5/1/2007

Madrugón, rumbo a Ceuta, atravesamos el Tánger de Paul Bowles. Está muy mal señalizado, pasamos por una carretera bordeando la costa (sin edificios a pie de playa) que está en muy mal estado y además está en obras, pero al final atisbamos la frontera. Logramos pasarla con menos esperas y papeleos que la primera vez. Pasaportes sellados. La Guardia Civilecha un vistazo rápido pero no se demora porque no se atreve a abrir el maletero atestado de maletas y mochilas. Tetris. Si me habéis engañado, eso que os lleváis nos espeta. Devolvemos la furgoneta, cogemos ferry a Algeciras. Ya de camino de vuelta a casa, todavía con el sabor del té a la menta reverberando en nuestros labios.

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