Una sinfonía para Londinium. Autor: Evelyn Ojeda Coronel

Amaneció en el hotel  Hanover en el centro mismo de  Londres y esto no era un sueño más o uno de los tantos recuerdos que venían a su mente y parecían de alguien más, lo que él llamaba recuerdos prestados.  Era la primera vez en Londres para él,  no así para sus caprichosos recuerdos.  Había venido a resurgir cómo el Ave Fénix  al igual que Londinium lo había hecho en dos oportunidades,  ella se había levantado de las cenizas en mil seiscientos sesenta y seis y había resurgido de nuevo después del bombardeo nazi.  A sus cuarenta y dos años tendría un  nuevo comienzo aquí en el corazón de Londres,   por eso ella era su musa.

Miro por la ventana de su habitación afuera estaba oscuro aun y hacia mucho frio para su gusto era otoño, se abrigo muy bien por venir  del trópico el frio no le era familiar.  Caminó hasta la estación del metro llamada Victoria, esperaba  que Londinium le contara su historia en notas musicales que él escribiría.  Una de las muchas  ventajas de la era tecnológica era prescindir de  su piano de cola para componer, ahora llevaba con él su computador portátil allí registraría lo que su musa le susurrara al oído.

Y aquí en la estación Victoria mientras esperaba el próximo tren  oyó sus primeros sonidos los del de bombardeo nazi justo sobre su cabeza, en estos túneles donde mucha gente logro salvar su vida cuando ocurrió este trágico suceso.  Y con este sonido inició su composición.  Usaría cinco o mejor ocho percusionistas con toda la entonación dramática del  momento. Sin notarlo se encontró caminando por Trafalgar square, su estomago lo distrajo necesitaba desayunar, había  perdido como todo artista la noción del tiempo.

Ya la ciudad había despertado y  el único que parecía no tener prisa era él y aquel hombre bajo algo obeso con bigote, ¿Hércules Poirot?.  Sacudió su cabeza su mente nuevamente jugándole bromas.  Estaba aquí en el Londres del Siglo veintiuno y este no era un ser real si no tan solo un personaje que existió en la imaginación  de Agatha Christie,  y luego fue conocido por muchos como él  a través de las páginas de sus  varios libros, concluyó que alucinaba por la falta de glucosa.

Mas tarde se encontraba contemplando el Palacio de Buckingham desde lejos y observaba con fascinación el cambio de guardia cuando resonó en su oídos, música que hablaba de reyes y reinas, batallas, coronaciones de esta mujer Londinium amada por unos odiada por otros.  Continuó buscando con la mirada más allá de los muros del Palacio y entre los guardias vio caminar a un anciano de barba no puede ser el Rey Lear pensaba.  Alguien le dijo:

–          ¡Sorry!

Y un cochecito  llevado por una joven madre lo tropezó sacándolo de su abstracción, tenía que dejar ir sus recuerdos caprichosos, y concentrarse en  la música por eso  busco donde sentarse a escribirla.  Comenzó con instrumentos de viento y oyó como entraban trombones, las trompetas, los fagotes y en su mente entre reinas y reyes el tiempo transcurrió sin que lo notara.   Por la  tarde feliz caminó de regreso a su hotel.

Esta noche Londinium lo acompañaría a un pub no iría buscando mas historia en notas musicales  quería  imaginar que podía ser un turista más en la noche Londinense aun así  estaba dispuesto a sorprenderse.  Al salir de la estación Cornhill para ir al Pub de Anchor, cruzo el “London Bridge”.  Samuel se detuvo a mitad del puente y quedo atrapado con la imagen de las  aguas del  majestuoso Támesis serpenteando por el cuerpo de Londinium.   Sintió que alguien se acercaba con  pasos rápidos y frente a él se cruzo una nariz aguileña y una pipa. ¿Sherlock?,  la voz se ahogo en su garganta cuando la oyó de nuevo con toda su magia musical, debía volver de prisa al hotel no podía perder el sonido en su cabeza.   Cuando abrió el computador portátil en su habitación en sus ojos tenia la imagen del Támesis y en sus oídos los acordes de los violines  unidos a la   viola  que jugaba con los cellos allá en el fondo entraban los contrabajos, luego le siguieron  las  maderas con sus flautas, oboes y clarinetes.

Samuel probaba nuevamente a ser un turista y con esto en su mente decidió tomar uno de los autobuses rojos de dos pisos que son tradicionales en esta ciudad,  seguro de que este día tendría gratas sorpresas.

Aunque no eran muchos los días que llevaba en Londres apenas cuatro  ya  le parecía que había recorrido muchas millas de historia.  Su musa no le había fallado y se sentía vital, su composición no paraba de fluir en sus dedos y en su mente. Componía con sus cinco sentidos convertidos en notas musicales.   Sin embargo durante el transcurso de ese día Londinium no canto a sus oídos, esto no lo preocupo solo por hoy  pensó,  podía ser tan solo un turista mas.

Transcurría ya su noveno día en Londres y desde aquella noche en el Támesis Londinium había enmudecido,  ya no le cantaba su historia le quedaba un solo día para partir y su obra estaba incompleta su ánimo se había derrumbado.  Se preguntaba qué  había hecho que disgusto tanto a su musa, ¿porqué callaba? tendría que partir sin culminar su obra maestra,  se sentía de nuevo como antes de venir  derrotado sin ánimos para luchar, sin ilusiones de vida se aferraba a esta sinfonía como su última esperanza  de volver a ser el compositor que una vez fue.    Durante  los días anteriores visitó todos  los lugares que se le ocurrieron   buscándola inútilmente tan solo  para encontrarse  con un silencio que era como el rechazo de una amante.   La busco entre el bullicio del Camden Town desde allí caminó hasta el cementerio de Highgate donde entró creyendo que era un buen lugar para encontrarla, se sentó un rato en la entrada de un mausoleo.   La espero a los pies de la tumba de Karl Marx pero solo alcanzo a  oír el sonido que emitieron  unos murciélagos.

Caminó desesperado por lugares conocidos como las calles Abbey Road y Oxford Street y por otros casi anónimos  como  Battersea  pero aun sus recuerdos caprichosos como los llamaba habían huido las calles, las casas,  los edificios  no le recordaban nada.

Era su ultimo día en Londres apesadumbrado decidió pasar esa mañana apartado de la gente en uno de sus  parques.  No comprendía la razón y cuando  se le escapo la oportunidad de escribir su obra maestra.  Una y otra vez se preguntaba como Londinum lo había abandonado.   Para que seguir aquí si  ya no soñaba con Londres y los personajes de los autores ingleses de épocas pasadas no lo asaltaban en visiones mientras caminaba.  Londres se había despedido de él antes que él de ella.

Como un autómata se vistió,  se coloco el abrigo,  la bufanda, tomo la cámara de fotografías se la colgó al cuello y en la otra mano tomo el estuche que contenía el computador portátil, salir con su computador portátil a cuestas era ya un hábito y se lo coloco al hombro.  Caminando lentamente como si con esto pudiese alargar los minutos que le quedaban en esta ciudad,  bajo a desayunar un último desayuno ingles  pensó y sonrió con amargura.  Con el abandono de su musa su hambre había despertado así que ordenó: huevos fritos, algunas  tostadas, jugo de naranja y té además agrego tomates fritos con algunos champiñones, mantequilla y mermelada.

En uno de los folletos para turistas  vio la foto de un parque,   el Hyde Park y le pareció que en medio de aquella extensión natural con árboles que se habían pintado de amarillo  a la orilla del hermoso lago podía llorar o cambiar su tristeza por resignación.  En todo caso sería un buen lugar para despedirse de la  musa que lo había abandonado.  Y así estaba sentado en una banca, contemplando el otoño en Londres o para expresarlo mejor el otoño de su vida como músico,  cuando de improviso el sonido del viento entre las ramas de los arboles fue alterado por otro  que no le era muy familiar se oyeron  risas y voces de niños pequeños, cerca vio un grupo de niños guiados por sus maestras al parecer era un paseo escolar.  Y en ese momento ella volvió y una vez más lo sorprendió tanto que al principio no identifico la melodía con la que Londinium le contaba de su regreso de las cenizas tal como él la conoció renovada, vital.  Al principio creyó que los niños estaban cantando algo pero no era así, la coral infantil que escuchaba estaba en su cabeza y ahora si se hacían nítidas las notas de la melodía casi no podía contener su alegría y sus dedos se hicieron torpes para abrir el estuche del computador.

De nuevo estaba escribiendo y este era el cierre magistral de su obra musical,  la esperanza y el entusiasmo de las generaciones nuevas.   Y allí entraban  las cuerdas se le unieron los instrumentos de viento  y además incluía  un coro infantil, luego entro toda la orquesta era el  cuarto  y último movimiento de la Sinfonía para Londinium ya estaba completa, le quedaba muy poco tiempo para recoger su maleta en el hotel  y llegar al aeropuerto Heathrow.   Llego jadeando y apenas con  tiempo para tomar el vuelo.

Cuando el avión se levantaba sobre el cielo de Londres no sentía la tristeza de la despedida,  porque  llevaba el  sentimiento de una promesa volvería para presentarse en quizás en el Royal Festival Hall ó en Cadogan Hall, tal vez en Wigmore Hall.   Sus parpados se hicieron pesados, sus ojos se cerraron,  imágenes se dibujaron en su mente y nuevamente volvía a soñar.

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