El directo Córdoba-Jesús María. Autor: Isabel Ali

Claudio tocó el hombro del chofer, que parecía petrificado. Al instante, este soltó un grito espeluznante que resonó en el silencio y llenó de estupor a los pasajeros que se preguntaron qué sería lo que sucedía.

—¿Qué le pasa? —preguntó Claudio.

—Usted me asustó cuando me tocó —reprochó el chofer.

—Lo siento mucho… Pensé que dormía con los ojos abiertos…

—No me dormí. Estoy concentrado en descubrir dónde estamos.

Un susurro nervioso surgió de los pasajeros.

—No sé dónde estamos —dijo el chofer—. No hay ruta, no hay señales. Desde que entré al empalme con Río Ceballos no diviso más que negrura.

—Deténgase y averigüemos —opinó una pasajera.

—Ya intenté frenar, acelerar, pasar un cambio… Y nada de ello es posible. Ni siquiera el volante responde —aclaró el chofer, levantando los brazos para demostrar que movimiento y velocidad estaban fuera de su control.

El pánico llenó los corazones. Hubo llantos, maldiciones y gritos. Luego de la confusión y el escándalo, un caballero delgado como una espiga trató de sosegar los ánimos:

—Tranquilidad, por favor… Calma… ¿Cómo sabemos que el micro se mueve? No hay puntos de referencia en el exterior que demuestren que nos movemos. Tal vez estemos detenidos… Veamos qué ocurre afuera…

—La puerta está trabada… —anunció el chofer.

—Intentemos por una ventanilla —sugirió el caballero, y sacó un brazo por la primera que pudo abrir.

Empalideció. Retrajo el brazo con rapidez y se quedó observándolo incrédulo: estaba cortado a la altura del codo, justo hasta donde lo había asomado. No sangraba, ni le dolía, pero igual se desmayó.

Un pasajero se aventuró a decir que ocurría algo totalmente irracional: que era posible que todos hubieran muerto. Alguien se opuso aseverando que debían de ser víctimas de un secuestro extraterrestre, como dicen que pasa en el Triángulo de Bermudas.

—Basta. ¡Ni muertos, ni marcianos, ni perinolas! —gritó Claudio— organicémonos un poco… Por ahora no podemos hacer nada… Ya vimos lo que pasó con la ventana. Es importante conservar la calma y estar atentos a cualquier cambio en el paisaje.

Todos asintieron, mirándose entre sí, buscando apoyo y confianza. De pronto, se sintieron muy cerca los unos de los otros y empezaron a hablar en forma ordenada.

—Soy Carlos, director técnico de un equipo de fútbol infantil de La Granja. Viajo con mi esposa Marta y mis hijos, varones y gemelos de diez años, retornando de un paseo por la capital.

—Estamos de novios; él es Miguel y yo Ana. Vamos de visita a la casa de mi tía, en Villa Animí.

—Encarnación Serrizuela. Ese es mi nombre.

—Me llamó Claudio. Mi hermano me espera en la Balanza de El Manzano. Vuelvo a casa después de mucho tiempo…

El señor Sixto Taboada, con su brazo trunco, apenas pudo balbucear su nombre.

Se reunieron en la parte delantera del coche. Minutos después, Carlos exclamó:

—¡Allá! ¡A la izquierda!

En medio de la oscuridad se alcanzaba a ver un foco encendido. El micro entró en una senda delimitada a ambos lados con conos fosforescentes y se detuvo frente a un parador de ruta. La puerta se abrió sin ruido. La imagen del brazo del señor Taboada impidió que alguien tomara la iniciativa de salir. Claudio arrojó su llavero hacia fuera. El alivio fue grande, cuando vieron que las llaves caían al asfalto, intactas. Uno a uno fueron bajando y se encaminaron hacia el parador, pensando que cualquier cosa que hubiera allí sería mejor que estar encerrados en un vehículo sin rumbo.

El local era espacioso, aunque desde la calle no lo parecía. Al fondo, un escenario brillaba con luces azules. De los parlantes salía una música pegadiza. A la derecha se extendía la barra del bar, ostentando tentadores manjares y estantes repletos de licores. Un espejo enorme ocupaba la totalidad de una pared, frente al cual los gemelos se dedicaron a hacer morisquetas. Dos máquinas tragamonedas custodiaban la entrada a los baños y una media luz sospechosa reinaba sobre todo.

—Estoy para servirlos —informó una voz dulce—. Sírvanse lo que quieran… Hoy es su día de suerte. Mi nombre es Verónica y soy… casi su ángel de la guarda…

A nadie se le ocurrió preguntar dónde estaban. Don Carlos reconoció, entre los jóvenes de una mesa, al arquero más famoso del país; se acercó a pedirle un autógrafo y terminó compartiendo la cena con él. Marta se acomodó en un butacón, hipnotizada con unos folletos que prometían que unas píldoras proveían juventud eterna , con sólo tomar dos por día.

Los novios vieron las máquinas tragamonedas:

—¿No es nuestro día de suerte? Probemos… —dijo ella.

—Si ganamos bastante, compramos lo necesario para casarnos este verano… ¿Qué opinás? —ofreció él.

Ella metió la mano en el bolsillo y sacó algunas monedas. Uno en cada máquina, comenzaron a jugar. El dinero que ganaban era tanto que vaciaron las mochilas para cargarlo y, al fin, pidieron en el mostrador que les cambiaran las monedas por billetes para aligerar el peso.

Juan, el chofer del ómnibus, estaba comiendo una milanesa, cuando un hombre de bigotes le preguntó si podía mostrarle una carpeta que traía bajo el saco.

Sixto Taboada entabló conversación con un anciano que bebía apoyado en el mostrador, que resultó ser cirujano y le aseguraba que podía implantarle un brazo ahí mismo en menos que lo canta un gallo.

Encarnación Serrizuela rezaba, con la cabeza gacha, parada en un rincón, haciendo oídos sordos a dos ángeles que le revoloteaban alrededor de la cabeza.

Los gemelos, hartos de helado y hamburguesas, pegaban papeles ensalivados en el espejo para escribir sus nombres.

Claudio observaba a diestra y siniestra, con mirada crítica. Todo le parecía patético y desquiciado.

Verónica apareció de la nada:

—¿No encontraste nada que te interese? —le dijo.

—No sé a qué te referís… —respondió él.

—Amor, fortuna, placeres… Algún deseo tendrás…

—Puede ser… Todos tenemos un deseo oculto.

—Yo conozco el tuyo. No pudiste estudiar… Pero sos muy inteligente… Querías ser abogado.

—¿Cómo sabés eso?

—Yo sé todo de todos. Y tengo el poder de cumplir los deseos. En un instante puedo convertirte en abogado: con un título universitario y un historial de casos ganados. Un futuro seguro que te garantizará éxito. Y para hacerlo eficaz, puedo inyectar en tu memoria todos los conocimientos necesarios… ¿Qué más se puede pedir? —concluyó Verónica.

—Cierto. ¿Qué más se puede pedir? —contestó Claudio.

Ella sonrió satisfecha.

—Ahora decime cuánto me va a costar…

—Puedo ofrecerte un trato justo. Por cada año de pasado que yo te dé en forma de conocimientos y experiencia, me entregarás un año de tu futuro. Nunca sabrás cuántos años me diste, hasta el día de tu muerte —propuso Verónica.

—Dejame pensarlo.

—Imposible. En diez minutos se pondrá en marcha el colectivo. Aquí quedarán para siempre los indecisos.

—¿Puedo hacerte una contraoferta? —interrogó Claudio.

—No podrías mejorar lo que ofrecí… Pero te doy una oportunidad. Si no me convencés tu destino será espantoso —sentenció Verónica.

—Necesito un tablero de ajedrez.

Verónica chasqueó los dedos. En el aire se dibujó, como un holograma, línea por línea, un tablero.

—¿Vamos a jugar? —sonrió ella.

—No. Yo te doy todos los años de mi vida que quieras tomar. A cambio quiero carpetas de juicios en las que yo figure como abogado ganador.

—¿Cuántos?

—Dos carpetas por el primer casillero del tablero, cuatro por el segundo, dieciséis por el tercero y así cada resultado multiplicado por sí mismo para el casillero siguiente. Son muchos… Tal vez sea imposible para vos…

—No existe nada imposible para mí —se jactó Verónica.

—Entonces aceptá. Es preferible un abogado agradecido que un rehén inservible.

—Trato hecho.

—¿Puedo esperar afuera, mientras organizás las carpetas?

—Sí. Me tomará unos minutos.

Claudio le hizo señas a Juan. El hombre del bigote quedó hablando solo. Antes de salir tomaron del brazo a Encarnación Serrizuela que apretaba su rosario y seguía rezando. En el micro estaban Don Carlos, la pareja de novios y Sixto Taboada.

El chofer aceleró con verdadero gusto al sentir que dominaba la máquina. Desde la ventanilla, Claudio observaba como una avalancha de carpetas sepultaba la entrada al parador. Se oyó un chillido desgarrador seguido de una  promesa de venganza.

—¿Qué pasó? —quiso saber Juan.

—Una mujer que no aprendió a multiplicar al cuadrado… Siga conduciendo, por favor.

En la tentación del local, algunos habían hecho un trato. Don Carlos obtuvo un contrato para dirigir un importante equipo de fútbol en Europa, a cambio dejó a su esposa y a sus hijos en el parador. Él no supo que su Marta hizo un trueque parecido: cónyuge y prole por juventud eterna. Los gemelos, por menores de edad, no tuvieron derecho a un deseo. Y, por inquietos e insoportables, el espejo se los tragó.

Los novios cargaban una cantidad inimaginable de dinero que les serviría para iniciar una etapa de lujos, sin casamiento en el verano. Porque en su afán de enriquecerse se trabaron en una discusión acerca de quién había invertido más monedas y terminaron peleando a puñetazos y odiándose con un odio que iba a durarles así de feo hasta la muerte.

Sixto Taboada obtuvo su brazo a un precio muy alto: firmó un contrato a través del cual se comprometía a ser concejal por diez años procurando que ninguna ordenanza, favorecedora para el pueblo, fuera promulgada.

A Encarnación, los ángeles le propusieron hacerla santa y milagrera, pero, como estuvo metida en sus rezos todo el tiempo, ni siquiera se dio cuenta.

Los que creían irse con su sueño cumplido, no sospechaban que, a la larga o a la corta, les acarrearía tristezas y miserias.

—Me mostró los planos de una casa como la que siempre soñé tener… —murmuró Juan.

—¿Y? —preguntó Claudio.

—Me dijo que a cambio quería mi alma.

—El tipo estaba loco. Hizo bien en decirle que no.

—No alcancé a decirle ni que sí ni que no. Estaba decidiéndome cuando usted me llamó.

La luna rosada se escondía tras las plumas de los álamos. El paisaje nocturno, a través de las ventanillas, era maravilloso. Juan miraba el horizonte y atendía a las señales, volvía a ser el chofer que saluda a las personas que le hacen señas desde las banquinas.

—El Manzano —gritó con ímpetu.

Claudio agitó la mano despidiéndose. Al descender del colectivo, el aroma de la peperina y los poleos le acarició la cara. El vehículo siguió su marcha hacia Jesús María. La calma reinó silenciosa sobre la Balanza del El Manzano. Enfrente lo esperaba su hermano.

—¿Cómo anduvo todo? —preguntó.

—Bien. Ayudame con el bolso —le dijo Claudio.

El rastrojero se puso en marcha, tomando por el camino de tierra hacia las afueras del pueblo. Claudio miraba por el espejo retrovisor. Una polvareda densa se levantaba al paso de la camioneta. No le contó a su hermano lo que acababa de pasarle. En cambio, le comentó:

—Decidí que me voy a quedar a trabajar acá, en el pueblo.

—¿Y qué vas a hacer acá?

—Ayudarte con la chacra. Algún trabajo irá a aparecer… Mientras tanto puedo salir a cazar..

—¿Qué vas a cazar? Con la sequía que hubo este año, no quedaron ni vizcachas.

Claudio lo miró levantando una ceja:

—Zorras, hermano… Tramposas zorras… —dijo, pensando en el empalme de la ruta con Río Ceballos.

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  1. Rodrigo

    Buenísimo, te lleva suavecito hasta la parte mas interesante y luego te sacude con intensidad cuando se produce el desenlace y mas encima con final feliz.

    Buen cuento, buena enseñanza

    Rodrigo

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