A tanto de tanto de no sé cuándo. Autor: Heida Zambrana

Mi muchachita de siempre:

Tu última carta, ¡tan breve! como la vida; la foto, opaca y descolorida, además de dejarme algo desorientada, me ha llevado a revivir en el espacio de un pálpito, como diría nuestro amigo cubano, (recuerdas cuando pasábamos horas enteras tratando de descifrar algunas de las más enrevesadas páginas de El reino de este mundo)  viejos espacios recorridos, viejas lágrimas, perdidas tristezas.  Percibí tanto dolor, por tan poca cosa, que no sabría, esta vez, qué comentarte.  Pienso que ya no te inquieta el misterio de aquella chica, la de los ojos tristes y que tu afán, tu único afán, el de cada día, es develar la incógnita.  Y te pregunto: ¿que más da que hable francés, alemán, ruso o español?  Lo que te inquieta, of course, no es el idioma, es el encubrimiento. Y cuando sabemos que ese encubrimiento es grave y duele, duele, duele, que por doler me duele hasta el aliento, y lo sientes y lo piensas  pero no sabes qué es, entonces, comienzas a sentirte extraña en tu propia casa, a luchar contra monstruos que no ves, pero sabes que están ahí.  Qué rabia, qué impotencia, qué dolor de siglos incontables. Y es el recelo y la desconfianza y la lucha a brazo partido para descubrir qué diablos tiene  adentro la cajita.  Y es el pan que en la puerta del horno se nos quema, y no entender nada como cuando lees al viejo Hölderlin y el poema te parece nuevo porque los poemas, como nosotros, son otros cada vez que los leemos. Y también como mi carta, que hoy te dice esto; mañana ¡quién sabe! Y como su rostro, pero sin la mano en la mejilla, que nos convoca sucesos que pudieron haber ocurrido o nunca haber ocurrido.  Y un pañuelo, un poco al descuido, como si fuese a limpiar el cáliz vacío de un sacrificio innecesario. ¿No será que tu corazón, como la cajita de la bella de día, guarda algo tan insoportable que solo puede gritar desaforadamente porque no sabe por qué grita?

Pienso, si me lo permites, que todo ha sido una gentil distorsión, extemporánea, quizás, solo para no ver tu cara de asombro o de dolor que posiblemente ya habías puesto.  Tu cara, ese rostro de finas líneas que tan transparentemente deja saber lo que sientes y piensas, antes de que lo sientas, antes de que lo pienses. Debes contestarte esa pregunta y decidir si prefieres continuar alimentando incógnitas o si, tal vez, crees que el señor Tiempo, ese que al fin y al cabo se encarga siempre, siempre, siempre de revelar la Verdad te devele, algún día, la incógnita. ¿De verdad te interesa, dime, de verdad te interesa saber?

Y como tú a mí no me haces falta (siempre estás ahí) … solo me despido,

María

P.D.

¡Ah! olvidé decirte, que aunque lucías triste en la foto  llevabas, con mucha elegancia, of course, el abrigo.

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