Trencuentros. Autor: Lucía Dobarro


“Salida del tren con destino a París por el andén cinco” la voz metálica y aletargada retumba en las paredes de la estación.

Son sólo las seis y veintisiete de la mañana, pero ella lleva largos minutos acomodada en uno de los primeros vagones. Tal puntualidad, unida a su aspecto delicado, delata que se trata de su primer viaje. Segundos antes de que inicie el recorrido, él se introduce en el vagón con la parsimonia del viajero experimentado. Su gran volumen le hace perder el equilibrio cuando el tren emprende la marcha, deslizándose hasta la plaza junto a ella. Sus figuras opuestas llamarían la atención a cualquiera de los pasajeros. Ella, impecable, de piel clara y rasgos angulosos, él fuerte y robusto, curtido por los años, el símbolo del sol naciente sobre su piel es testigo de los cientos de kilómetros recorridos.

El tiempo y el espacio vuelan a través de ese vagón, por el que pasajeros y revisores circulan sin apenas reparar en ellos mientras comparten un mismo destino ante el fotograma de imágenes de la ventanilla, hasta que otra voz metálica anuncia la llegada. El tren frena suavemente y una avalancha de pasajeros saluda a sus familiares y amigos. Sin embargo, ambos permanecen quietos, como ajenos a lo que ocurre en el exterior, dilatando estos últimos minutos de viaje. Han llegado al final de la línea.

 

Ellos continúan solos, inmóviles, a la espera. Es entonces cuando los empleados  reparan en su inesperada presencia y los conducen hacia el interior de la estación, donde un funcionario impasible levanta sus ojos de “Le Figaro” para iniciar el trámite rutinario: comprueba las identificaciones, traslada a los recién llegados a la sala contigua, descuelga el teléfono y marca unos números.

En ese instante, una pareja está sentada en el vestíbulo de la estación. Un chico con grandes patillas y camiseta desgastada puntea unos acordes con destreza en la guitarra, mientras una chica con traje de chaqueta, melena azabache y grandes gafas de sol habla sin descanso entre una lata de refresco bajo en calorías y un paquete de cigarrillos a punto de terminarse. Sus miradas se cruzan con complicidad cuando el móvil de la chica comienza a sonar en el fondo del bolso. Al rescatarlo su cara se llena de sorpresa. Minutos más tarde el silencio de una sala contigua se verá alterado con la llegada de los dos jóvenes que irrumpen entre carcajadas y se dirigen al funcionario que les acaba de telefonear. La chica inicia con cierta dificultad una conversación que el chico retoma en un francés correcto aunque marcado por un fuerte acento español. Enseñan sus pasaportes y billetes de tren entre risas. El funcionario indica que firmen en un libro de lomo rojo y pasen a la sala contigua a recoger a los olvidados en el tren.

La pareja sale de la oficina de objetos perdidos de la estación Paris Nord y se despiden intercambiándose sus números de móvil. La chica de melena azabache se dirige a la parada de taxis arrastrando una pequeña maleta color crema. El chico hacia el andén, colocando su guitarra acústica sobre un gran baúl de piel marrón con la imagen del sol naciente en su costado.

“Salida del tren con destino a Bruselas por el andén siete”

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