La discriminación en el paraíso. Autor: Cayuco


En los inicios de mi vida laboral, logré ser aceptado en un laboratorio farmacéutico para ocupar la plaza de visitador médico y después de recibir y aprobar un curso básico, se designó la que sería mi zona de trabajo y me correspondieron precisamente los estados de Guerrero y Morelos, ambos llenos de paraísos tropicales y turismo, pues incluían las ciudades de Cuernavaca (a la que se llama la ciudad de la eterna primavera) y el puerto de Acapulco del que se dice que no es un lugar sino: ¡Un estado de ánimo! por lo que en un traqueteante autobús (eran los primeros años 70) me trasladé al paraíso de mis sueños. El viaje estuvo lleno de paisajes encantadores y de la alegría de quienes como yo viajábamos rumbo a un lugar de ensueño. En poco más de ocho horas de recorrido avistamos el océano Pacífico y después de respirar con fruición el aire salobre de la brisa del mar que acariciaba nuestros rostros, descendí del autobús con el resto de los viajeros y cada uno emprendió su camino; yo me hospedé en un modesto “hotel de viajeros” que ya estaba asignado para mí, pues mi presencia en el lugar era por trabajo.

La primera semana me resultó azarosa, pues desconocía del lugar todo lo que no era turístico y debí trabajar con ahínco recorriendo la ciudad. Sin embargo, el sábado me apuré y al medio día, di por terminadas mis labores, regresé al hotel y me puse en ropa de carácter – traje de baño, sandalias y una camisa que hacía juego con el pantaloncito. Deseaba andar con calma siguiendo la orilla del mar y caminé evitando que la arena se colara en mi calzado y disfrutando la frescura de la brisa y el olor salobre que impera en la costa. Como más cercana me dirigí primero a la playa Hornos, pero la encontré desierta sin siquiera una palapa con servicio de restaurante, pues ese fin de semana no tenía muchos visitantes y decidí caminar por la orilla del mar hasta encontrar un lugar en el que hubiera gente. Lo encontré por fin en la paya llamada “Condesa” y viendo que en la fila de palapas con sillas de extensión y mesita adosada había un mesero tan ansioso como yo por ver llegar clientes, ocupé uno de estos lugares y cuando el empleado se me aproximo moderando su ansiedad por iniciar el trabajo, le ordené que me trajera una orden de picadas y una cuba. Las picadas son pequeñas tortas de masa de maíz fritas en manteca de cerdo, que son pellizcadas formando un borde y después de cocinarse se rellenan de frijoles refritos con salsa de chile, cebolla picada y queso añejo espolvoreado. Este platillo resulta muy usual para iniciar la diversión, especialmente cuando no se desea gastar demasiado, pues estos sitios de veraneo suelen ser caros. Era ya más de medio día y tan solo me encontraba yo en el restaurante de la playa, por lo que la cara larga del mesero me anunciaba su frustrada desilusión. Se acercó a mí y pudimos platicar sobre la ausencia de turistas, que el atribuía a que la semana anterior había sido festiva desde el viernes y ahora no esperaban gran afluencia de gente. Poco tiempo después, me hizo una propuesta curiosa:

-Si no se ofende don, le propongo que si usted paga las cocas, yo pongo una botella de ron que tengo a medias y podemos pasarla menos mal, pues no creo que venga nadie más que usted.

Para mi pobre bolsillo aquello era una solución y acepté sin considerar que este hombre subsistía de las propinas que recogía por atender a los clientes del establecimiento y nos pasamos la tarde bebiendo moderadamente y platicando sobre futbol y mujeres. Cuando ya me despedía, me indicó que solamente recibiría por ese día la propina que yo quisiera darle. Esto me sensibilizó y además de cubrir el costo de los refrescos con que mezclábamos el ron le entregué todo lo que tenía en mis bolsillos –que no era ya mucho-.

El día anterior había fondeado en el puerto un submarino norteamericano. Era una nave enorme construida en 1949 muy diferente de las que combatieron en la segunda guerra mundial y el capitán de esta, anunció a los acapulqueños que recibiría a quienes llegaran a su embarcación permitiendo que hicieran un breve recorrido por ella. Nunca imaginé que tendría esa oportunidad y me uní a un pequeño grupo de huéspedes del hotel donde yo me encontraba y entre todos contratamos los servicios de un lanchón que nos condujo hasta el enorme submarino. Estaba ya programado que los visitantes llegaríamos por la parte trasera –Popa- y penetraríamos a su interior, pudiendo efectuar un recorrido hasta el otro extremo donde había una segunda escotilla abierta por donde saldríamos y donde nos esperaban las lanchas que nos regresarían al puerto. ¿Quién no ha visto una película sobre estos buques? Sin embargo llamó mi atención el olor denso que impera en su interior y una sala donde colgaban de las paredes hasta tres hamacas en cada fila y se nos indicó que ahí dormía la marinería, pues solamente los oficiales disponían de un pequeño camarote. El recorrido duró menos de media hora y salimos asombrados de haber confirmado en vivo como era el interior de un submarino de guerra.

Ese paseo me permitió familiarizarme con mis compañeros de hotel y me enteré que lo ocupaban varios vendedores de ferretería y abarrotes, así como representantes de laboratorios farmacéuticos quienes resultaron gente tranquila y muy amistosa, tanto que me incluyeron en sus diversiones y me invitaron a un paseo que tendrían el domingo del siguiente fin de semana y eso me motivó a permanecer en el puerto unos días más.

Se trataba de viajar desde Puerto Marqués a la playa llamada el revolcadero y este viaje nos saldría gratis y sería muy interesante. Esto se inició por ofrecimiento de Pedro un lanchero que hizo amistad con Miguel, uno de los propagandistas y al cual le propuso que nos llevaría sin cobrarnos nada en su cayuco y viajando por un estero al que llamaban el pantano negro hasta el revolcadero, pero nos informaron que al término del paseo, nos pediría un favor:

-No se trata de dinero, ni es algo difícil para ustedes –nos advirtió- pero cuando regresemos les diré que es lo que quiero.

Era Pedro de aspecto típico y usual entre los pobladores nativos del puerto, bajo de estatura, muy moreno y musculoso, vestía al modo tradicional de los lancheros: solamente un pantalón arremangado debajo de las rodillas, descalzo y el torso desnudo. Era siempre muy callado, pero se mostraba invariablemente amable, aunque parco en sus comentarios y respuestas.

Salimos de Acapulco muy temprano para aprovechar el tiempo, disfrutando de la brisa tibia de una mañanita costeña, acompañados con el sonido extraño para nosotros de los tumbos que causa el reiterado ir y venir de las olas. Viajamos en dos automóviles que dejamos en el estacionamiento de la playa de Puerto Marqués y localizamos a Pedro quien nos llevó a la orilla del estero donde se encontraba el cayuco que abordamos con cuidado pues éramos siete y el espacio no es muy grande. El estero es conocido comúnmente como “el pantano negro” pues sus aguas son obscuras y lodosas y estaba cubierto de vegetación selvática, mangles y enredaderas en las que habitaban en profusión aves de distintas especies y monos de larga cola y mirada descarada, que nos daban la impresión de estar viajando por África o el Amazonas. Disfrutamos enormemente el recorrido por lo extravagante que nos parecía y llegamos a un pequeño lugar con chozas donde ya se nos esperaba. Nosotros traíamos varias botellas de brandy y ron. Ahí nos proporcionarían los refrescos con que se combina y más tarde nos prepararon mojarras en un comal que estaba sobre los carbones al rojo vivo. Estos pescados estaban deliciosos y además todo esto nos saldría a muy bajo costo. Bebimos, nadamos en el mar que se encontraba a pocos pasos y volvimos a beber y a platicar sabrosamente. Ya a punto de que el sol se ocultara, nos embarcamos nuevamente y regresamos a los coches y de ahí a Acapulco. Pedro se había negado a decirnos que pediría en pago de su servicio y estábamos intrigados.

Al llegar al Puerto, le dijimos:

-Ahora si Pedro, dinos de que se trata.

Nos miró con su sonrisa dulce nos dijo:

-Quiero que me lleven al cine

(¿?) Al escucharlo enmudecimos pues estábamos asombrados de la insólita petición y repetimos a coro:

-¿Al cine? ¿Y porque nosotros? ¿A poco no puedes ir solo?

Pedro bajó la vista con disgusto y dijo quedamente:

-No… ¡No me dejan entrar!…

Al escucharlo, nos indignamos por la injusticia y nuevamente exclamamos al unísono:

-¿Qué no? ¡Cómo que no!

Sin pensarlo más nos dirigimos furiosos hacia la sala de cine que frente a nosotros mostraba su marquesina iluminada y pedimos 7 boletos. Llegamos con Pedro, a la entrada. Naturalmente no fue preciso más que la advertencia ominosa que presagiara nuestra actitud envalentonada por la indignación y el alcohol ingerido:

-¡Viene con nosotros!

El empleado que controlaba el acceso se encogió de hombros y penetramos al interior oscuro acogedor y helado por el aire acondicionado, por lo que consideramos conveniente cubrir la espalda de Pedro con un suéter pues temimos que le hiciera daño el fresco. Él estaba admirado por lo que tenía frente a si y sin discutir nos permitió protegerlo. Nos acomodamos y presenciamos la proyección de la película que ya había empezado y todo transcurrió sin incidentes.

Al terminar la función lo invitamos a cenar pero no aceptó, solo pidió que lo regresáramos a Puerto Marqués y Miguelito lo hizo como ya estaba acordado entre ellos. Los demás nos dirigimos a una cenaduría, íbamos silenciosos y llenos de pensamientos encontrados, que fluctuaban de la satisfacción de haber cumplido un deber y la duda de sí debíamos estar orgullosos o avergonzados.

-Qué cosas ¿No? Quien iba a imaginarse que fueran tan exagerados, esta discriminación supera lo que creíamos y tan buena persona Pedrito.

De pronto surgió un cuestionamiento brusco.

-¿Lo consideras igual que tú?

Esta pregunta la hizo Arturo, y nos miró uno a uno.

-¿Lo llevarías a tu casa? ¿Lo presentarías a tu familia como si fuera un amigo más?

Nadie contesto y quedamos en silencio, pensando y analizando nuestra responsabilidad y nuestra vergüenza.

Esa noche llenó mi mente la vergüenza y la idea de que nada podía hacer además de terminar muy conmovido y parece que a mis compañeros de aventura les recordó algunas situaciones parecidas entre poderosos y miserables, porque todos quedaron pensativos y hasta hubo entre ellos algunos suspiros, al despedirnos  Arturo comentó con burla:

-Cómo podrán darse cuenta si hay en México una discriminación y un rechazo a la gente humilde y pobre, pues si Pedro lograra una fortuna tendría otro trato, pero no lograría acceder a las esferas que la sociedad reserva a sus pares, siempre se le recibiría con desagrado y tolerancia forzada, porque si bien en este país todos somos iguales ante la Ley y ante Dios, resulta que hay algunos: ¡Que son más iguales que otros!

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Un Comentario

  1. Guillermo Carballido Cruz

    Al leer “La discriminación en el paraíso” del autor: Cayuco, me transportó al mar y al contacto con gente de esos lugares – no sabía yo que un domingo por la noche en la Ciudad de México, en cuestión de minutos estaría nadando en las playas de Acapulco, tomando ron y hablando de mujeres -. Resulta verdaderamente asombroso lo que un aparente sencillo viaje de trabajo puede despertar, en quienes leemos las líneas de un sensible escritor, que nos ilustra con la naturaleza, así como con las injusticias sociales. Viajar no solo es aprender, es denuncia y es cuando lo que se escribe tiene sentido. El deber de todo escritor es responderle a la sociedad, describiéndola con rigor y traduciendo los silencios de las lejanías, en conciencia y realidad, por cruda que sea,

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