El ascensor de los secretos. Autor: David Lemos González

La noche después de haber soñado que se quedaba encerrado con su vecina en el ascensor, se subió en el ascensor con su vecina. Solos. En el sueño, ascendían suave pero de forma demoledora a través del edificio, como una pastilla de éxtasis seccionando la consciencia, o como el corte de una tarta nupcial. Sus pisos, que en el sueño coincidían en la misma planta, estaban, además, en otro planeta, así que el ascensor subía durante mucho tiempo, y en un silencio sideral atravesaba, ¿valiente?, constelaciones con nombres de secretos. Cada vez que superaban una, él la señalaba con el dedo –porque, a modo de solución narrativa, una vez en el espacio, el ascensor era de cristal- y ella le decía al oído el nombre del secreto. A veces, intercambiaban los papeles y era él quien los revelaba, mirando a los ojos a su vecina. Cuando llegaron a su planta, ya habían descubierto demasiadas constelaciones el uno del otro como para volver impunes a sus nuevos hogares.

Por una de esas extrañas idiosincrasias de los sueños, para acceder a la capital de sus hogares, que era el lecho matrimonial, debían de superar previamente un control policial, una aduana en la que, en vez de metales o líquidos, se husmeaba inquisitorialmente la presencia de algún secreto. Las examinaciones y los interrogatorios podían llegar a resultar infranqueables pero, con el tiempo, la gente había aprendido a esquivarlos con habilidad, introduciendo así una gran cantidad de secretos ilegales traídos desde exóticos países extranjeros.

Es por ello que decidieron permanecer en el interior de la cabina hasta que idearan un plan que les permitiera acceder a sus capitales con todos sus secretos -o constelaciones- a salvo. No resultaba sencillo porque ninguno de los trucos habituales iba a ser suficiente para ocultar la cantidad de secretos que desbordaban, incesantemente, todos sus bolsillos, cavidades y cremalleras. A medida que el tiempo pasaba y no hallaban ninguna solución satisfactoria comenzaron a florecer los primeros nervios, debidos, en primer lugar, a que cuanto más tardasen en cruzar la aduana mayor sería la sospecha que recaería sobre ellos, y, por otra parte, porque empezaban a tener la sensación de que las dimensiones del ascensor se estaban reduciendo.

Ansiosos por escapar de lo que estaba adquiriendo características de prisión, su vecina sugirió que no regresasen a sus lechos policiales –o aduanas matrimoniales- y se fuesen a vivir a otro lugar -juntos o no, eso ya era lo de menos-. Pero él rechazó la idea sin dedicarle apenas tiempo a estudiarla, casi en un acto reflejo, pues su ansiedad por regresar a su país empezaba a ser insoportable y, además, la cabina del ascensor había comenzado a disminuir su tamaño aceleradamente. Por si fuera poco, por el propio efecto compresor, los retorcidos secretos empezaron a desbordar todas las rendijas y oquedades de sus cuerpos, y comenzaron a acumularse en el suelo de la cabina. Con los secretos ya a la altura de los tobillos femeninos, la vecina se recogió la falda con una mano y le lanzó al oído del muchacho un último secreto susurrado que le hizo estremecerse.

Por otra parte, por la pura lógica del sueño, a medida que el ascensor reducía su tamaño, mayor era su dificultad para soportar el peso de los cuerpos y el suelo empezó a ceder, o los cables del techo comenzaron a soltarse. Quizá fueron los tornillos. Lo importante es que algo se resquebrajó y se inició un proceso de ruptura que no tenía posibilidad de retorno. El hombre entendió que era su última oportunidad de escapar de esa opresión y se impulsó en el ya arrinconado cuerpo de su vecina para poder salir con mayor vigor. Ella no protestó porque, a esas alturas, su rostro aparecía ya como una imagen deforme sumergida en la profundidad de los difusos secretos, y el demiurgo del sueño ya había reducido su nivel de existencia al de una huella de sangre, o al de las cenizas de un pecado dicho por un niño en voz baja. El hombre, en su desesperación por librarse de su calabozo, quiso presentarse ante los tribunales de todas las regiones, condados y naciones y confesar su culpa. Quiso suplicar clemencia y llorar así que suplicó clemencia y lloró.

Y fue entonces, justo cuando estaba a punto de encaramarse al rellano del piso, cuando el ascensor mortuorio acabó de desprenderse, y por una cuestión de pura justicia o injusticia poética, la vecina, según se precipitaba a la acogedora o inhóspita oscuridad del vacío, alargó los dedos de sus manos y tiró del brazo del hombre, para que cayesen juntos, para que se precipitasen aún más.

El vecino de la vecina se despertó con un sudor cinematográfico poco antes o poco después del impacto contra el suelo. El motivo no fue otro que la malicia del demiurgo de no hacer coincidir la colisión con el despertar y evitar así que se redujese la violencia del impacto o el temor de la incertidumbre. El demiurgo creyó que si lo hacía despertar antes, pasaría el resto del día atemorizado imaginando el golpe y que si lo hacía despertar después le habría hecho saber lo que es romperse los huesos y quedarse inmovilizado por el dolor unos segundos antes de perder la consciencia.

En cualquier caso, el protagonista despertó con la lección bien aprendida, que, por otra parte, no era muy difícil, y lo que le sucedió el resto del día no es de nuestra incumbencia. Baste decir que el hombre no se subió a ningún ascensor y si lo hizo fue en soledad o acompañado de hombres con corbata y/o sobrepeso o de recepcionistas/madres de hijos que les causaban dolores de cabeza; nunca con vecinas ni ninguna otra mujer que pudiese desempeñar el rol de ser vecina de alguien y personaje secundario en sueños. Y dado el carácter luminoso del día, tampoco tuvo a tiro ninguna constelación que observar, aunque, desconfiado, tomó las precauciones de no mirar al firmamento, por si acaso.

No obstante, la noche volvió a llegar, toda vez que el transcurso del tiempo es de carácter circular, y el hombre se sorprendió a sí mismo dentro del ascensor de su planta -que en la vigilia también coincidía con la de su vecina-, con una bolsa de basura en la mano y un juego de llaves en la otra. El ascensor, autómata, tuvo la intención de cerrarse pero ya entonces la luz del rellano, autómata, había vuelto a encenderse porque había detectado un nuevo movimiento, consistente en un coqueto correteo de tacones, unas joyas ligeras que circunvalaban una muñeca golpeándose entre sí y una leve y armoniosa oscilación de un flequillo moreno y ondulado que caía hacia el ojo derecho. Así se presentó la vecina del sueño en la realidad de aquella noche, suplicando con una vocecita de reminiscencias infantiles y un tono de broma neutral -adecuado para relaciones sociales momentáneas, esporádicas y de distancia indefinida o relativa- que le hiciesen el favor de esperarla para que no se cerrase el ascensor, como si tuviera que pagar un nuevo billete si perdiese ese viaje. El hombre, autómata, evitó el automatismo del ascensor, interponiéndose en el camino de su automática puerta, apoyando la espalda contra ese extremo, de modo que el cuello de ella penetró en la caja elevadora no muy lejos de la nariz de él. Fue así como el hombre ignoró la marca comercial del perfume pero tuvo la certeza de que cuando su vecina se lo había aplicado frente al espejo de su pulcro dormitorio se había apartado la melena con un movimiento suave de cabeza manteniendo la vista fija en los ojos oscuros que devolvía el espejo. El hombre, de puro absorto, no supo decir un “de nada” con un mínimo de sofisticación cuando ella le agradeció al detalle con una mirada que se podría considerar cálida, ni resistió el sumario encuentro visual. En lugar de ello, agachó la cabeza, buscó, precoz, una llave en el juego y, por el rabillo del ojo, observó la bolsa de basura que ella también traía en la mano, con más elegancia que él.

Debían de vivir en una planta muy alta o un edificio muy viejo que conservaba antiguos y parsimoniosos ascensores, porque durante el trayecto, ella tuvo tiempo de sacar un par de esos temas que, por cotidianos, reducen al interlocutor a un muñeco de ventriloquía, hasta que por pura cohesión narrativa, el ascensor se detuvo y hubo un apagón de luz, o viceversa. En esa sombría oscuridad de la noche, él escuchó típicas expresiones de sorpresa, susto, confusión y miedo, que, tras unos segundos en los que recibieron el aviso de que era un corte de electricidad no preocupante que se resolvería en pocos minutos, dejaron paso al sonido de una tela rozándose contra un muslo, como si unas piernas intentasen desplazarse pese a la ceñida falda ceñida que las contenían. El hombre apenas podía conseguir que sus respuestas y comentarios resultasen, al menos, tópicos, porque, desde el inicio del apagón, había comenzado a presentir que las malévolas leyes físicas de su sueño de la noche pasada hacían un desvergonzado acto de aparición. De hecho, no solo sintió que el ascensor podría estar reduciendo su tamaño, sino que tuvo la certeza de que a medida que el perfume de ella invadía el recinto, los residuos de su bolsa intensificaban paralelamente su pútrido olor, provocando, consecuentemente, una expansión en su tamaño, que contrastaban cada vez más con el de la bolsa de la chica, que ya no parecía más que un desenfadado bolso de mano. En ese punto, dispuesto a jugárselo todo en una apuesta definitiva con tal de resolver la tensión argumental en alguna dirección soportable, él lanzó un desafío y le preguntó a su vecina si alguna vez se había quedado encerrada en un ascensor. Ella creó algo de luz con un mechero, por ejemplo, que intensificó las facciones más nocivas de su rostro, y disfrazando a toda la inocencia del mundo de una maldad infernal, concentró ésta en sus ojos y le susurró: “¿Quieres que te cuente un secreto?”.

Minutos u horas después, el hombre no desarrolló un argumento convincente que explicase por qué aparecía en la puerta de su casa con dos suculentas bolsas de basura cuando se le había encomendado deshacerse de una, y fue procesado en su lecho matrimonial, donde se le detectaron numerosos secretos. El hombre suplicó clemencia y lloró, arguyendo que había sido víctima de las leyes físicas de un sueño, y del contenido mismo del propio sueño. Incluso llegó a clamar, desquiciado, que se había sentido una mera reproducción de lo que había soñado. La jueza, primero le escuchó con paciencia, luego le ordenó que dejase de llorar y, finalmente, le dijo: “Entonces usted tiene que aprender a soñar otras cosas”.

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