Paraíso al natural. Autor: Enrique Solano Fernández


Subí al avión por una escalera de escalones grandotes, de la mano de mi mamá; mucho tiempo después supe que se trataba de un DC 3, de dos motores, los mismos aviones que fueron construidos para la segunda guerra mundial y que todavía, más de setenta años después, en algunos remotos lugares de este planeta, siguen volando sin problema.

Me pusieron un cinturón y así amarrados, de repente ya estábamos volando de Veracruz a Villahermosa, Estado de Tabasco, México, donde aterrizó la “enorme nave” de 21 pasajeros, para iniciar nuestra primera gran aventura para llevarnos a conocer a nuestros familiares en un perdido rancho selvático, a la orilla del río Puxcatán, cerca de Macuspana.

Ya en la ciudad de Villahermosa, muy cerca del ancho río Grijalva, estaba un gran mercado donde vendían frutas raras, comida y muchas cosas nuevas para mí; tiendas repletas de mercancías diversas, donde los mismo podías comprar una medicina para humano, que para caballo, sillas de montar, petróleo, reatas, abarrotes, vino, velas, juguetes, telas, herramientas, azadones, quinqués, palas, carretillas, etc.

También me acuerdo que había un gran murmullo de gentes hablando, riendo y anunciando sus mercaderías en esa gran plaza y que había unos señores morenos, robustos y sudorosos, girando con la palma de sus manos, con fuerza y destreza, los molinillos de madera en un recipiente también de madera, donde salía un espumoso y aromático chocolate que disfrutamos mis padres, mis hermanos y yo. Al paso del tiempo estos señores fueron sustituidos tranquilamente por simples y modernas  licuadoras.

Por la noche en Villahermosa, nos hospedamos en un cuarto de techo alto y muros blancos, con un resplandor de luz de la habitación contigua, de donde salían pláticas y risas, pero el sueño me venció, despertando hasta el día siguiente que salimos de ese lugar.

No sé cómo llegamos a un terreno polvoso y grande como un llano, donde había varias avionetas de un solo motor, que con gran ruido despegaban y aterrizaban ahí. Las avionetas al aterrizar pasaban casi rozando los cables de luz que había a la orilla de la carretera cercana.

Pienso ahora, que aquello era como un paradero de viejos vehículos, donde se reunían varias personas con bultos, maletas, gallinas y costales para ser trasladados de manera rápida por aire a Macuspana, que era nuestro destino.

Avionetas, medio destartaladas por el uso diario, y lo digo así porque antes de subir, le hicieron un pequeño arreglo mecánico al motor, tal vez con un “alambrito provisional”, para después subir apresuradamente, acomodándonos en los asientos y depositando las maletas (los velices diría mi papá) atrás de nosotros, junto a la desvencijada puerta, que por alguna razón no cerraba bien, de tal manera que mi padre, cargándome sobre una de sus piernas, me abrazó y con la otra mano se fue todo el trayecto agarrando la puerta, no sea que se abriera y las maletas se fueran al vacío.

La frágil avioneta aterrizó sin problemas cerca del pueblo de Macuspana y cargando maletas llegamos hasta un lugar donde había caballos, para iniciar una larga jornada de cabalgata de tal vez cuatro horas hasta el rancho. También se podía llegar allá en cayucos o canoas, pero mi padre seleccionó el sistema de transporte más seguro que en este caso, era en bestias.

Yo, no me había subido antes a un caballo, sólo a los de la feria, y me sentaron montado cerca de la manzana de la silla y mi padre atrás.

Cabalgar a esa edad era toda una nueva experiencia, aunque el sol tropical nos hacía sudar mucho, tres o cuatro horas de cabalgata entre la selva verde, nos llevaron a veces cerca de potreros con ganado, otras veces por campos abiertos y también pasamos entre la densa selva, con árboles altísimos, entre un escándalo de pericos verdes, piar de pájaros, aullidos y diversos ruidos de animales desconocidos.

Avanzamos lentamente, en ocasiones cerca del caudaloso río, donde había garzas y diversas aves que pasaban volando y casi rozando las brillantes y serenas aguas, que reflejaban la intensa luz solar. Mi padre decía a veces:

_ ¡ya, ya vamos a llegar!, pero el viaje parecía eterno.

Por fin, después de transitar por una especie de ensalada, de selva casi virgen, la caravana de cuatro o cinco caballos con familia y maletas, se detuvo,  me bajaron y dejaron parado ahí, con las piernas entumidas según la forma del lomo del caballo y aunque me dé pena, confieso que mis piernas fallaron y me caí sentado en el lodo del camino, por lo que todos se rieron, especialmente mis burlones hermanos.

Estábamos en un lugar totalmente desconocido, entonces, nosotros que no éramos exactamente niños de ciudad, pero sí de pueblo grande o ciudad chiquita, como quiera que se le vea a la Xalapa de aquellos años, y vernos entre este paisaje de media selva, con feroces mosquitos que cada rato nos picaban, me hacía sentir con la necesidad de estar cerca de mis padres, o cuando menos agarrado de la mano de mis hermanos.

La casa de mi abuelo era enorme, o así la veía a esa corta edad, hecha de madera, con un alto techo de tejas o lámina, no recuerdo bien, pero tenía una especie de porche de tres o cuatro escalones de madera y tierra, al frente de un terreno plano como a cuarenta metros separado de la orilla del ancho río, y del otro lado del mismo, al oriente, solo se veía una densa selva verde, de árboles muy altos, que se reflejaban en las mansas aguas.

Junto a la casona, del lado izquierdo, había otras rústicas construcciones de madera, una especie de cocina al aire libre y otras que no se si eran graneros o gallineros, pero éstas no tenían muros, estaban abiertas por todos lados.

En el interior de la casa había cuartos con separaciones de madera y puertas de tela de colores con un nudito para amarrar y soltar y… sorpresa¡: no había camas de colchón, solo camas de madera con un petate y una almohada de tela bordada: “duerme, amor mío”, con flores de colores y un corazón rojo, con  relleno de borra, un poco dura, mas una sabanita muy blanca para taparse y un mosquitero pabellón, como de algodón o manta de cielo muy blanco también, que despedía un rico olor a madera y perfume. Claro que había varias hamacas, donde mis abuelos y mis tíos se dormían, ya sea para la siesta o por la noche.

La temible noche en el rancho era muy inquietante, sobre todo para nosotros los niños, ya que bajo la luz de los quinqués de petróleo, sombras fantasmales se reflejaban en el techo mientras tomábamos café calientito con galletas “de animalitos” o pan de dulce adornado de fuertes colores rojo o amarillo, que trajo mi padre.

¿Y el baño? Pues el baño era una letrina de madera, una rústica tabla corrida, con un hoyo como asiento, que estaba afuera, como a 20 metros de la casa, y ni quien se atreviera a salir en la noche selvática llena de extraños aullidos y ruidos desconocidos: negros sapos gordotes, escondidos a la orilla del camino, mezclados con maravillosas luces de luciérnagas que se veían como rayitas luminosas intermitentes en la negra noche. Por suerte que había bacinicas, para no salir fuera de la casa, cuando las sombras caían sobre la oscura selva.

A los chamacos flacos nos cuesta mucho trabajo dormir en una cama de tabla, pues a la media hora ya parece que la cama es de piedra dura, y te duelen todos los huesitos en contacto con la tabla, pero a la media hora, tapados de pies a cabeza, no por el frío, ya que hacía mucho calor, sino por el miedo a este mundo tan desconocido, caímos en un profundo sueño, mis hermanos y yo, desde las siete de la noche, hasta las cinco de la mañana, cuando ya hay ruido de gallos que cantan, gallinas que se te suben a la cama, ladridos de perros y parloteo de familia que se levanta desde antes de que amanezca.

Abres los ojos y despiertas en un mundo extraño; no, no estás en tu suave camita de casa; es un lugar totalmente diferente, tras el pabellón que te defiende de los insectos y los bichos, se observan los techos altos de tejas ahumadas, y vigas algo torcidas, puedes ver alguna lagartija o cuija transparente, un perchero de cuernos de venado sobre una tabla de madera, para colgar los imprescindibles sombreros de palma o de Jipi japa, cuadros de madera labrada con descoloridas fotos en blanco y negro de familiares desconocidos, algunos a caballo, un almanaque o calendario; y hasta tu cama, te llega el olor del cafecito de la mañana o del chocolate que nos hacía la abuela para consentirnos.

Mientras llega la hora del almuerzo caminamos por el amplio terreno plano frente a la casa, descubriendo todo: a lo lejos un kiosquito de palma y postes de madera que es “el estudio” donde mi abuelo se refugia para leer solo, una vieja Biblia llena de subrayados con lápiz bicolor, con papelitos al margen, que separan versículos; a la sombra de la palapa rústica, en pleno campo, casi inmerso en el prometido paraíso, su paraíso, sin inventos modernos, sin radio, sin música, solo la naturaleza alrededor.

De alguna manera éste era, un “paraíso primitivo”, pero resultaba inocentemente cruel a mis ojos, como también les pudiera parecer si lo vivieran; a quienes viven hoy en las actuales ciudades, lejos de la realidad animal y salvaje.

Ahora, llegas al  “súper” y compras carne empacadita, lista para cocinar, pero no te das cuenta que detrás ese envase de lujo, hubo un proceso previo donde sacrificaron un animal, no sabemos cómo, pero a final de cuenta lo mataron, ya sea pollo, cochino o res; porque aquí aprendí cómo se mata un pollo torciéndole el pescuezo; cómo se mata, entre lastimeros chillidos un cochino, cómo se echan los pochitoques, tiernas tortuguitas vivas, al agua hirviendo, pataleando hasta morir; cómo se le arranca el caparazón a una tortuga grande, en vivo, desprendiendo con un filoso cuchillo la piel del caparazón, y jalando duro para arrancarle su dura protección que hasta se ve cómo palpita su corazón, las patas cortadas, ya separadas de su cuerpo se siguen moviendo todavía, mientras la cocinera platica alegremente entre risotadas con las otras personas:

_¿Qué es esto? Insensibilidad? Naturalidad?

_¿Hay “pecado” en ello?

No, es nuestra cruda realidad humana, solo que aquí la vivimos en directo, al natural; no se trata de un programa de tele o de un insensible juego computarizado de guerra.

Sin embargo, en el “paraíso al natural, primitivo”, había insalubridad, altos riesgos de picaduras de víboras, enfermedades (bocio, paludismo, lombrices en la panza, solitarias, infecciones, etc.) y solo iban sobreviviendo quienes se adaptaban; muchos niños morían chicos, muchas señoras en el parto; “la selección natural al natural”, esa era una de las razones fundamentales de lo numeroso de las familias de antaño; de doce hijos, tal vez llegaban a adultos ocho o nueve, los demás se iban quedando por el camino.

En este paraíso, la naturaleza les daba de todo; atrás de la casa había limones y plátanos y algunos pequeños sembradíos de, calabaza, café, cacao y yerbas y un poco más allá el inicio de la selva casi virgen, donde los changos (monos araña) parece que se divierten con gran escándalo columpiándose de las ramas; y abajo: hormigas, tal vez alguna serpiente, arañas, iguanas, a veces podría acercarse algún venado y muy ocasionalmente algún tigrillo o jaguar.

Las gallinas picoteando aquí y allá junto con los gallos pelones, que viven felizmente en ese harem avícola, conviven con los pollitos que rascan buscando lombrices o corren detrás del maíz que les avientan.

Escenas campiranas que no olvido: la abuela, siempre sonriente y “hermosa” (que quiere decir gordita) preparando con sus toscas y regordetas manos, el guiso del almuerzo, en largas tablas de picar, bateas de madera donde ponen la masa, agua del río fresca y ya ligeramente contaminada por alguien que mató algún animal río arriba, sin embargo el agua se hierve y se usa para todo.

De esa rústica cocina al aire libre salía el aroma de ricos guisos raros o desconocidos, fresco pozol de masa y cacao, tortuga, pescados asados, gallina en caldo, camarón de río, armadillo, platanitos verdes machacados, asados o fritos en manteca, iguana y quien sabe que tantos deliciosos platillos que difícilmente volveré a probar.

A la orilla del río, pisando un lodo pegajoso y café, en trusa, nos bañamos, bajo la advertencia de no irnos “a lo hondo”, ya que a veces se acercan los caimanes a la orilla.

Ahí es donde descubro una de las habilidades no conocidas acerca de mi padre, a quien casi siempre lo veía  vestido de traje y sombrero de fieltro en razón de su trabajo diario; pero ahora está de pie en una angosta canoa llamada cayuco, hecho de un gran tronco de madera, guardando un frágil equilibrio, sigilosamente, con una especie de lanza en la mano y en un rápido y ágil movimiento sorpresa, logra ensartar una tortuga, que pasaba bajo el cayuco; desde luego que al día siguiente comimos tortuga “en verde”, que así se llama el delicado guiso.

El río Puxcatan es la vida del rancho, de ahí se toma el agua, es un medio de comunicación en cayucos y lanchas; en una ocasión vimos llegar al barquito de la leche Nestlé, que haciendo una estela de olas, pasaba a lo largo del río comprando leche en las rancherías, la medían o pesaban para ver su calidad y la pagaban ahí en ese momento, para seguir su viaje río abajo.

En el mismo río se pescaban tortugas, pochitoques (tortuguitas que se cierran como si fueran una piedra), tortugas jicoteas, peces de agua dulce, camarones y no sé qué más.

Tenía tíos de nuestra edad, porque mi abuelo aunque viejo, seguía produciendo chamacos (todavía no se inventaba la tele) y estos traviesos, en su propio medio, jugando, se daban cuenta que nosotros éramos de ciudad y no sabíamos nada del campo, sin embargo juntos agarramos un águila muy malherida, misma que corriendo, paseamos con las alas abiertas por el campo, entre risas. (dice Roberto, mi hermano, que con los parásitos del águila nos en ronchamos, pero yo de eso, no me acuerdo).

De lo que sí me acuerdo es que a uno de mis tíos chicos, se le clavó la espina de un pez en el pie y lo tuvieron que curar, le sacaron la espina y le pusieron mucho alcohol de caña entre agudos gritos de dolor.

Más allá, había potreros de ganado y muchas garrapatas, que si andabas sin cuidado se te subían y solo te las podían quitar con un cigarro encendido, y también había plantas con espinas o malas hierbas que al pasar, si te rozan la piel, la ponen roja, causando una gran picazón y desde luego como en todos lados: hormigueros, que había que estar atento a no pararte distraídamente sobre alguno de ellos, sobre todo si eran de hormigas rojas.

Un día, preguntó mi hermano Adolfo por mis padres (quienes se habían ido a visitar a un tío a una aldea cercana) y le dijeron en tono de broma “ya se fueron para Xalapa”, así que, responsablemente a sus ocho años, nos tomó de la mano a Roberto y a mí, y a pie, al caer la tarde, emprendió el camino “de regreso a casa”, por las veredas de los potreros cercanos.

Ya oscureciendo, mi madre que junto con mi padre venían a caballo, después de visitar a unos familiares, instintivamente adivinó a lo lejos, entre las sombras de la tarde:

_“¿Qué, no son esos los niños?” y para su sorpresa, si éramos nosotros, caminado rumbo a Macuspana.

Otro día, a Adolfo se le ocurrió seguir a mi padre, sin que él supiera, a un lugar donde sembraban frijol, pasando por un tramo de selva, pero juguetonamente le aventó piedras, con su charpe (resortera) a los changos que estaban arriba de los árboles, y éstos respondieron con gran escándalo, aventándole ramas secas, lo cual asustó a mi hermano que corrió por la vereda, como pudo y por suerte encontró a quienes estaban sembrando cerca.

No sé cuantos días pasamos en este mundo rústico, impactante y desconocido, pero como en todo, te adaptas, pronto vas aprendiendo y te enseñas a vivir de acuerdo a las circunstancias. Pero un día, llegó el fin de nuestra aventura por Tabasco y salimos en lancha por el río, cruzando la selva, a veces a la sombra de los árboles que en los bordes fangosos acercan sus ramas al agua, a lo lejos, caimanes quietos descansando en la orilla contemplaban nuestro paso y la estela dibujada en el agua.

Regresamos a Macuspana, cargados de recuerdos imborrables, de frutas, chocolate y otros antojitos que nos dieron para el camino, luego pasamos a la tambaleante avioneta y finalmente al DC3 que nos llevó a Veracruz, para después, continuar nuestro viaje en autobús a mi natal Xalapa.

Con el paso de los años, poco a poco, fue llegando “la civilización” a esta zona, el descubrimiento y la explotación del petróleo, los nuevos caminos, nuevos potreros que desmontaron y acabaron con la selva, la flora y la fauna, la tala de los grandes árboles, la contaminación … y aquel paraíso virgen, tristemente, “se fue acabando”; (nunca queremos reconocer la verdadera y cruda realidad: “todos los humanos, incluidos tu y yo, nos lo fuimos acabando, igual que a gran parte de nuestro increíble planeta”).

Ahora ya todo es diferente, dicen que ya se llega por carretera, hasta la antigua casa del Abuelo; pero yo no he ido recientemente y tal vez, ni siquiera sepa cómo llegar, a menos de que pase por alguna prima que me acompañe.

Estas son mis vivencias de cuando tenía seis años, estos son mis vagos recuerdos del año 1949.

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  1. Francisco Vives

    Por alguna similitud, recorde mis aventuras en los manglares del otro lado del rio Papaloapan, frente a Alvarado, cuando mi abuelo me llevaba de vacaciones a su tierra natal, saludos.

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