Caminos de la India. Autor: Enrique Solano Fernández


Se abre la puerta del enorme avión, en el aeropuerto de Nueva Delhi y te recibe una bocanada de aire caliente, como preámbulo de una inquietante y nueva aventura.

La india es solamente para aquellos que puedan ver más allá de la miseria, la contaminación, ese caos vial (mezcla de ruidos, peatones que se cruzan sin ver, autos, elefantes, vacas, bicicletas, camellos, burros, etc.), y la enorme cantidad de personas que te piden lastimosamente una limosna; si puedes hacerlo, si puedes ver más allá de la miseria, entonces disfrutarás de un viaje lleno de emociones, de belleza, de historia y arquitectura.

Si no puedes hacerlo, es mejor que te compres una gran rebanada de pizza, una “coca” o una cervecita, y te pongas a ver el Discovery Channel, pero, si se trata de viajar sin riesgos ni incomodidades, la mejor opción es visitar el centro y norte de Europa.

Los trámites aduaneros y migratorios de ese aeropuerto eran tan lentos como acuciosos; revisaron minuciosamente los equipajes, llenamos una declaración donde anotamos todos los datos y descripción de los objetos de valor que portábamos, cámara, reloj, cadenita de oro, anillo, etc. Con la advertencia firmada de que al salir del país, deberías presentar los objetos descritos, ya que si no lo hacías o presentabas un acta de extravío, serías sospechoso de contrabando.

Pero el colmo fue la revisión física, ya que me pasaron igual que a otros pasajeros, a un vestidor, donde los revisores me pidieron cortésmente que me quitara toda la ropa incluidos los calzones, para una revisión “de rutina” así que “encueradito”, solo tapándome con mis propias manos, me preguntaron la razón de mi estancia en la India. Puede ser que en ese momento, algunos mojigatos o delicados pasajeros se regresaran a tomar el primer vuelo para Europa.

¡Vaya recibimiento! Pero pasado ese trance, ahora el siguiente paso es ir al banco local dentro del aeropuerto, al cambio de moneda de Dólares a Rupias, y aquí viene otra experiencia:

_ El banco está ubicado antes de la salida, respondieron a mi pregunta

Y entonces me encuentro con una fila de espera ante la ventanilla y me formo, pero pude percibir que algo no encajaba con nuestro estilo de vida occidental: los clientes formados, eran como que muy inquietos y se te acercaban más de lo que tú estás acostumbrado, y yo me dije:

_! Aguas Enrique! con la cartera y por si acaso pégate a la pared que estaba a un lado, por aquello de los “arrimones”…

Pero observando a los demás, me doy cuenta de las grandes diferencias entre nuestras culturas; las personas, la mayoría locales, así se comportan y las distancias entre ellas son mucho más cortas que lo que estamos acostumbrados, a nosotros no nos gusta que se nos acerque nadie que traspase nuestro territorio personal, ya que nos sentimos incómodos. Ya me imagino la reacción de algunos engreídos ingleses, que ocuparon por años este país, ante esta diferente percepción de comportamiento social.

Sin mayor problema salí del banco a buscar el taxi que nos llevaría al  hotel en el centro de la ciudad.

Del aire acondicionado del aeropuerto a la calle sientes la diferencia y en el taxi, al no contar con aire, circulamos, siempre por la izquierda, herencia inglesa,  con las ventanillas abiertas al muy cálido anochecer, y en el camino, dije en voz alta:

¿Que son aquellos bultos blancos, sobre el pasto de los camellones centrales? Que a mí me parecían como si fueran muertos.

_ Son personas, dijo el chofer del taxi; no tienen casa, se duermen donde los sorprende la noche…

Pero eran demasiados, y no nada más ahí, lo mismo en las banquetas y muchas sabanas blancas a manera de tiendas de campaña, recargadas en los muros de las casas; cientos de ellos y comencé a ver el detalle, ya que de entre esas sábanas algunos tenían pequeñas hornillas con una ollita calentando la cena para la familia, que supongo estaban adentro de la improvisada tienda.

Llegamos a un buen hotel, por recomendaciones de mi amiga de la agencia de viajes, que entre otras cosas me dijo que no debía dar limosnas por ningún motivo, ya que en las calles y plazas, te ves rodeado de pedigüeños, y esta atinada recomendación te puede salvar de algún hecho desagradable, como le sucedió a una amiga que estando en la puerta del autobús de un Tour, dio una moneda y generó un tumulto de gente que la empujaron afortunadamente hacia adentro del autobús, como si alguien hubiera gritado “están regalando dinero” en un lugar donde el hambre y la miseria son muy frecuentes.

Al día siguiente, conseguí un taxi con chofer para viajar a Uttar Pradesh, con el objetivo de visitar la ciudad de Agra, y conocer una de las maravillas de la arquitectura: el imponente Taj Mahal, situada a 204 km de distancia de Delhi, así que salimos como a las 7 de la mañana del hotel donde estábamos alojados. Y qué bueno que salimos temprano, ya que el extremo calor es casi insoportable, sobre todo cuando viajas en un auto sin aire acondicionado, como la mayoría de los taxis urbanos comunes.

Una vez que inicias este recorrido, captas en toda su magnitud, el drama diario del caos urbano  de la capital de la India: lo primero que te impresiona es la apatía de las personas para cuidarse de los autos, las motos y las bicicletas, y esto solo se entiende a partir de la acendrada religión hinduista, donde ya sabes que tu destino está marcado, y si has de perecer atropellado, es que ésa fatalidad ya estaba escrita, tú no tienes nada que hacer, o no puedes modificar tu destino, así que te puedes atravesar sin más preocupación que sufrir en esta vida, para que seas premiado en la siguiente reencarnación como un ser superior al grado que te tocó en ésta y si te portas mal, tu destino en la próxima oportunidad será convertirte en un ser inferior, chango, perro o gusano.

En relación a las vacas, no es que éstas sean sagradas, sino mas bien son reverenciadas como si se tratara de una madre; aunque les tiren el puesto de frutas, no les hacen daño, ni siquiera las asustan.

En esta lógica, todos los autos, camiones, motos y bicicletas, van tocando el claxon con insistencia, para que las personas se hagan a un lado en las calles repletas de gente, donde encuentras puestos ambulantes, personas a las cuales les falta un brazo o una pierna, o ambas, ciegos, vendedores de toda clase de cosas, junto a personas de traje y señoras vestidas con saris de Seda y elegantes joyas: niños, ancianos y muchos jóvenes de todas las clases, ya que aquí sigue habiendo clases sociales o castas bien definidas y todo mundo respeta su origen.

Encontramos un camión de volteo, de esos que se utilizan en la construcción, parado, a la orilla de la calle-carretera, donde de inmediato decenas lo abordaron por todos lados; los que ya estaban arriba jalaban o ayudaban a los que se iban subiendo hasta que se llenó totalmente:

_ ! Es un camión de alguna constructora!, que se detiene, a proveerse de mano de obra para alguna obra; es ¡una oportunidad de trabajo! Dijo el chofer.

El escándalo de la calle es ensordecedor, y nosotros con las ventanillas abiertas, para que circulara el aire, aunque esto no ayudaba mucho ya que el aire estaba caliente también, pero al pasar, después de lo que parecía un mercado, dijo el chofer:

_ ! Aquí hay algo interesante para ustedes!, si quieren pasamos mientras nos refrescamos un rato.

Nosotros asentimos y se paso a una polvosa callecita del lado izquierdo del camino junto a una especie de largo bordo elevado, de tierra, coronado de plantas verdes, como si fuera de un río, buscando un arbolito para quedarse en la sombra.

Descendimos del auto siguiendo sus pasos, envueltos en el ruido de la calle:

_ ¡ Ya verán que sorpresa les tengo!

_ Es un lugar que nos merece mucho respeto, dijo, juntando las  palmas de las manos e inclinando levemente la cabeza; así que nosotros pensamos que era algún lugar sagrado o un templo.

En algún sitio del bordo había un arco de piedra como de tres metros por la cual entramos y no era más que pasar del otro lado del bordo, para transportarnos como por arte de magia, a un mundo lleno de paz y de quietud.

Ante nosotros se presentaba un enorme cuadrángulo plano, rodeado de un muro de piedra rosa coronado de enredaderas, con algunos arbolitos, que hasta oí el trino de los pájaros. Caminamos hasta el centro del espacio, donde un sencillo túmulo junto a una linterna a manera de farol y cuatro ruedas de flores amarillas, contaba con una placa de granito negro, con el nombre “Mohandas Karamchand Gandhi”, Mahatma Gandhi.

Creo que esta sencillez de tumba, te deja sin aliento, no hay más que decir, no hay más que reconocer la grandeza de este hombre que obtuvo la libertad de su patria, solo con la fuerza de su voluntad.

Después de ese efímero bálsamo de paz, reiniciamos el camino por la caótica carretera rumbo al sur, al estado de Uttar Pradesh, pero todavía hay algo relevante que contar, que me impactó de manera importante: un poco más adelante se encontraba un gran terreno llano, sin árboles, ¡algo que parecía ser una gran alfombra de color blanco! que reverberaba a lo lejos como un gran espejismo a causa del intenso calor.

Hasta donde nuestra vista abarcaba; fijándote bien, te dabas cuenta que eran como casas con miles de gentes hacinadas, pero no eran casas formales, ¡Eran sábanas! Miles y miles de sabanas blancas, como casitas de campaña en toda la extensión del terreno.

Más adelante nos detuvimos en una concurrida mezquita donde para entrar dejas tus zapatos afuera, entre cientos de gentes que pasan, pero no, no te los roban, aunque lo que sientes de inmediato, estando descalzo, es una sensación pocas veces vivida, el piso es de mármol rosa, pero no está frío, hace tanto calor que el piso está calientito y así en calcetines entramos al lugar, solo por conocer su interior. A la salida compramos unas naranjas para mitigar la sed, en una especie de mercadillo callejero, con muchos vendedores de frutas, legumbres y cosas realmente raras o desconocidas, donde, rodeado de gente estaba una “encantador de serpientes” en posición yoga, con las piernas cruzadas, su punto rojo en la frente con su clásico turbante y una flauta que la esponjada cabeza del áspid seguía como hipnotizado, al compás del movimiento y de la música.   Muchos de “los mirones” estaban demasiado cerca de la víbora, pero Enrique “el precavido” no se acercó a menos de 2 metros de distancia del ofidio; dejamos una moneda en la canastita y seguimos nuestro camino, seguidos de dos o tres pedigüeños insistentes, respecto a los cuales, repetía en mi cabeza internamente: “no los veas, piensa que no existen, acuérdate que no debes dar limosnas” pero esto me generó una verdadera lucha interna, ya que me costó mucho trabajo ser insensible ante esta desgarradora realidad, pero, bueno, así es el mundo donde vivimos.

Conforme avanzamos a nuestro destino,  la presencia de personas y autos sobre el camino se hacía más escasa y cambiaba el panorama a palmeras, cultivos y árboles.

Como a los 100 kilómetros hicimos una alto en un moderno paradero hecho de tabique aparente, de forma circular con un arbolado jardín al centro; alrededor los baños muy limpios, información turística, mapa de la carretera, juegos infantiles y una bendita sombra de los arboles.

Más adelante, el calor nos hizo parar de nuevo, en el centro de un concurrido poblado, que más me pareció el “zocalito” (parque central) de algún pequeño pueblo de México, con arbustos en las enrejadas jardineras;  dijo el chofer que para enfriar un poco el radiador que solo recibía aire caliente del camino.

Bajo un arbolito, con varias personas cercanas a nosotros, abrimos las ventanas del auto y empezamos a pelar las naranjas que habíamos comprado, cuando frente a nosotros se presenta una niña como de once años cargando un sweter rojo en su brazo y  extendiendo su mano, solicita una ayuda, viendo insistentemente, con un gesto de hambre, las naranjas medio peladas, ¿cómo te puedes comer una fruta en esas condiciones sin que te remuerda la conciencia por el hambre del observador? Lolita, mi amiga, tampoco pudo aguantar la escena, y aún sabiendo que no debíamos dar limosna a los cientos de pedigüeños, la escena nos partió el corazón y nos hizo romper la regla: le pedimos el swetercito, le envolvimos las naranjas haciendo un nudo con las mangas de su prenda, y se las entregamos; uniendo las palmas de las manos y con una reverencia, desapareció entre la multitud.

Así que: ¡adiós a las frescas naranjas!, ya compraríamos algún refresco más adelante, pero eso no fue todo lo que nos pasó en ese poblado de nombre impronunciable para nosotros: antes de partir, al arrancar el motor, una niñita como de seis años, se agarró  con sus dos manitas, del borde del cristal de la ventana medio abierta de la puerta delantera mirándonos a los ojos en tono de súplica. De inmediato advertimos al chofer, no la fuera a lastimar; así que apagó el motor, se salió del auto, se dio la vuelta hasta donde estaba “colgada” de las manos, la separó y le dijo algo en su idioma al pararla a un lado del camino, regresó al volante, pero la niña otra vez se acercó y se agarró del cristal.

_ ¿Qué quiere?,  le preguntamos al chofer.

_ Quiere que se la lleven, ¡Quiere irse con ustedes!

_ ¡ No, eso no es posible!, debe tener familia, no, no se puede…

Regresó el chofer a quitarla y ahora le pidió a unas personas que la detuvieran  para continuar nuestro camino.

Solo pude ver su carita triste cuando reiniciamos nuestra marcha, dejando profunda huella en mi conciencia.

Y ahora, el injusto contraste… bajo el quemante sol, tal vez a casi cuarenta grados, el Taj Mahal, una enorme y delicada mole de mármol blanco, con su elegante cúpula central, sus arcos parecidos a un medio punto y los esbeltos minaretes que la custodian, resplandecía al fondo y se reflejaba en el fresco espejo de agua azul, bajo un  increíble cielo contra el cual se recortaba la silueta de la maravilla arquitectónica.

Como la mayoría de nosotros, solo la había apreciado en las fotos de los libros, pero ahora, verla de cerca, recorrer los jardines y entrar al impactante resplandor de las piedras preciosas incrustadas en el delicado encaje de mármol blanco bajo los arcos, la cúpula y el cenotafio, que al traspasar la luz del sol al interior a través de gemas preciosas: turquesas del Tibet, zafiros de Ceilán, lapislázuli de Afganistán y otras traídas de arabia y de oriente; apenas alcanzas a comprender la fuerza y trascendencia del amor de un emperador Mogol, que en 1630, puso a trabajar a 20,000 obreros, para levantar este edificio en honor de su adorada esposa.

Atrás de la maravilla, hay leyendas oscuras, no comprobadas, que dicen que muchos de los arquitectos, artistas y trabajadores fueron cegados o mutilados para evitar que hicieran construcciones que superaran este monumento, pero lo mismo se dice acerca de otras grandiosas construcciones de la antigüedad.

Sin embargo eso pasa desapercibido ante la magnificencia de una obra considerada como una de las siete maravillas y patrimonio de la humanidad.

Apenas si pasamos frente al Fuerte Rojo, opacado por el Taj Mahal, con la idea nuestra de regresar a Delhi más temprano, pero entonces nos enteramos de un serio contratiempo: ¡ los carros no circulan después de las tres de la tarde bajo el infernal calor de más de cuarenta grados!, por que se quedan parados a medio camino; así que muy a nuestro pesar, nos fuimos al aire acondicionado de un lujoso hotel con vestíbulo de mármol blanco que tenía una característica única, después de la recepción había una especie de kiosco interior de mármol, que alojaba a alguien muy especial: ¡al adivino oriental!, y que por unos dólares te leían la suerte, presente, pasado y futuro.

Como no creo en esos poderes de la adivinación, dejé escapar “esa oportunidad”

Al atardecer regresamos al caos vial de Nueva Delhi, refugiándonos para la cena en el agradable restaurante bar del hotel, donde disfrutamos de unos deliciosos camarones tandoori, mientras escuchábamos la dulce voz de una cantante internacional, a quien le pasé una caricatura con la leyenda; “You sing like an angel”  y en respuesta, no sé como supo de nuestro origen, cantó tres canciones mexicanas: “Cachito mío”, “Cuando vuelva a tu lado” y “México lindo y querido”, en español, que con gran emoción, nos transportaron mágicamente a las antípodas, al otro lado del mundo, a 20,000 km de distancia, a donde se ubica el mejor país a nuestra forma de ver: el nuestro.

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