Bernarcos. Autor: Tomás Solano


Como vivíamos en la misma calle, a Bernardo Cabañas lo conocía desde hacía muchos años. Hubo una época, cuando íbamos al bachillerato, en la que a pesar de que lo veía constantemente -pues me reunía con él y otros chicos de la cuadra para jugar fútbol- apenas podía considerarlo poco más que un desconocido. Varios años después terminamos estudiando, casualmente, en la misma universidad. Y aunque esto me permitió intimar con él mucho más que antes, especialmente porque todas las mañanas íbamos juntos a la universidad, lo cierto es que nunca fuimos buenos amigos; entre nosotros siempre existió una desconfianza que no pudimos superar.

Debido a que yo no tenía carro y el sí, y ya que éramos vecinos, Bernardo siempre me ofrecía la posibilidad de que lo acompañase en el trayecto que debíamos realizar para ir a la universidad, dispensándome de la necesidad de tener que tomar el trasporte público. De esta forma, por lo menos durante los primeros años de carrera, cuando nuestros horarios coincidían, pasábamos juntos media hora diaria. Pero con el discurrir de los años esta situación fue dándose cada vez con menos frecuencia hasta llegar al momento en que ya prácticamente nunca viajábamos juntos. Fue así que me tomó por sorpresa la noticia de que Cabañas había abandonado la universidad, pues hacía ya algo de tiempo que habíamos dejado de vernos.  Y en realidad no volvería a verlo hasta dos meses después, cuando lo vi por la calle. Caminaba solo, dirigiéndose quién sabe a dónde. No me vio, y como decidí no saludarlo lo perdí de vista cuando cruzó en una esquina.

***

Nos conocimos una tarde en que salí a trotar. Él estaba en una plaza, escribiendo con un lápiz en una libreta. No me habría sentado a su lado si los demás bancos hubieran estado libres. Desde ese momento me llamó la atención; me intrigaba lo concentrado que se veía escribiendo ahí, en medio de la plaza, por completo ajeno a las otras personas que estábamos en ese lugar. Desde que me senté a su lado y hasta que no se me ocurrió hablarle creo que ni siquiera me miró una sola vez.

-Disculpa, ¿podrías decirme la hora?

Entonces me miró desconcertado, sorprendido por que una desconocida le dirigiera la palabra.

-No tengo reloj- me dijo sobriamente, y volteó su rostro en dirección a la libreta.

Ya yo me había fijado en ese detalle; había reparado que sus muñecas estaban descubiertas. Pero había imaginado que, como todo joven contemporáneo, llevaba consigo un celular en el que podía consultar la hora.

No me atreví a decirle nada más. Diez minutos después se levantó del banco y se fue, sin despedirse de mí, sin mirarme ni tan siquiera otra vez.

Creo que una semana después, cuando volví a pasar cerca de la plaza como parte de mi itinerario de trote, lo vi de nuevo sentado en uno de los bancos. Retorné a la plaza al terminar de ejercitarme, pero esta vez me senté en otro lugar. No podía evitar observarlo desde lejos, intentando adivinar qué clase de cosas escribía en su misteriosa libreta. Lo recomendable habría sido que hubiera ido directamente a preguntárselo, y no que me torturara intentando discernirlo razonando por mi cuenta. Pero me había jurado no acercarme a él nuevamente; ya sabía lo maleducado que era y lo poco importante, en vista de la atención que confería a la actividad de escribir, que parecíamos ser los demás para él como para que me atreviera a interrumpirlo.

Después simplemente no volví a verlo. Desapareció para mí, con la misma brusquedad con que había descubierto su existencia. Fui muchas veces a la plaza, incluso cuando no salía a trotar, sólo con la esperanza de toparme con él. Al final, resignada, decidí olvidarlo.

***

Por poca utilidad práctica que tenga concertar una reunión con viejas amistades ya casi olvidadas, con el motivo de reencontrarse con ellas, no se puede negar que a veces la curiosidad nos carcome y vale la pena aprovechar esas oportunidades para descubrir qué ha sido de la vida de estas personas. Al pretender de este modo introducirse uno en la vida de quienes ya son desconocidos, pero que en algún momento no lo fueron, se goza reconociendo los rasgos que aún persisten del pasado -en este caso: la timidez casi extrema, la renuencia a hablar de cuestiones personales, ojos huidizos y una aparente indiferencia por todo- y se los compara con aquellos que ahora resultan novedosos. Llevamos adelante, con gran fatiga por mi parte debido a que era yo quien debía hablar la mayor parte del tiempo, por lo menos intentando expresarnos prolijamente, aunque él más que todo sorteando la torpeza que le era habitual en este tipo de situaciones, una conversación en la que nos contamos los hechos acaecidos durante los años en que nuestra amistad había quedado interrumpida. Nada me sorprendió de lo que fue diciéndome a lo largo de la noche; ya me había imaginado, cuando aún éramos unos simples muchachos que cursaban el bachillerato, que él en su vida no hallaría sino que dificultades para alcanzar el éxito con el que todos soñamos. Todavía se mostraba débil e impotente; el mundo, con toda su magnitud y grandeza, parecía aterrorizarlo, y su desenvolvimiento en él -suponía yo- nunca llegaría a ser del todo adecuado.

Ya que seguía teniéndole tanto aprecio como antes, nada me hubiera gustado más que infundirle un poco de mis energías, de traspasarle mi visión de las cosas, de motivarlo y convertirlo en un hombre de provecho. Pero se mostró impermeable a mis consejos y los desestimó con una soberbia inusitada en alguien como él. Ante el escaso éxito de mi persuasión, preferimos seguir conversando, centrándonos esta vez en menesteres que le resultaran menos molestos.

***

Las sombras se perfilaban sobre el suelo, los tres avanzando hacia nosotras. Eran dos chicos y una chica. Uno de los chicos parecía mucho mayor que el otro. La muchacha, joven también, fue la primera en saludarnos mientras los otros dos aún nos observaban esperando una primera reacción por parte de nosotras. Mi amiga terminó por presentármelos. Ella, el chico joven y yo buscamos un bar mientras que los demás fueron a comer algo.

-Bernardo también habla francés- me dijo Nora poco después de que hubiésemos tomado asiento.

-No, en realidad no lo hablo bien- replicó tímidamente el muchacho, moviéndose nerviosamente en la silla.

Pedimos tres cervezas verdes y poco después llegaron los otros dos. A partir de ese momento nos dividimos en dos grupos: las mujeres conversábamos en un lado de la mesa y los hombres del otro lado. El perfil de Nora por momentos impedía que pudiera ver lo que hacían los del otro grupo, aunque de vez en cuando oía algunas de las cosas que se decían entre ellos, especialmente cuando nosotras guardábamos silencio. Enseguida me llamó la atención la pasión con que discutían, seguramente alentados a ello por las cervezas que iban bebiendo. Pero no sólo el tono que utilizaban resultaba curioso, sino que también lo eran los temas elegidos. Hablaban de cine, de filosofía y en algún momento tocaron el tema del lenguaje y hasta el de la política. El más joven de los dos era quien parecía mostrarse más docto y hábil en estos temas y de hecho era quien hablaba la mayor parte del tiempo.

-No es tan joven como parece -me dijo Nora-. Tiene veintitrés años.

Nora los conocía porque acaba de cursar junto a ellos un taller sobre cine. Aquel día, como había sido la última clase del curso, habían decidido reunirse. Era una despedida, puesto que las probabilidades de que se volvieran a ver eran prácticamente nulas.

De pronto, a la vez que las chicas permanecíamos en silencio, Bernardo dijo algo que oímos todos.

-Creo que mi única posibilidad de hacer cine estaría en Francia- mencionó poco después de llevarse una botella de cerveza a la boca. Luego se percató de que las del otro grupo lo habíamos oído.-Al menos reconozco que mi francés ha mejorado desde que estuve ahí por primera vez- dijo, esta vez dirigiéndose también a nosotras.

Tal vez, por lo que pude deducir de la expresión que tomó su rostro, habría preferido no habernos contado nada sobre su viaje a París. Pero ya era muy tarde como para que se retractara y se veía forzado a continuar. Se había ganado la atención de todos en la mesa y por lo tanto esperábamos con impaciencia que continuara con el relato. Quizás le avergonzaba reconocer que su familia tenía suficiente dinero como para que lo hubieran enviado a estudiar un idioma en otro país. Así que justificó este hecho con la excusa de que sólo había realizado aquel viaje con la intención de quedarse a vivir en París. Pero como había fracasado en su intento para lograrlo, ahora se encontraba de nuevo en Venezuela, sin saber qué hacer con su vida.

-Es probable que no estaría en la misma situación si hubiera estado obligado a tener que trabajar para subsistir. Pero estoy muy cómodo así, sin que se me exija mucho.

Llevaba desempleado ya casi un año, desde que había abandonado la universidad, contando los tres meses en los que había vivido en el exterior.

A las doce de la noche nos corrieron del local; lo iban a cerrar pocos minutos después. Así que los cinco estuvimos un rato en la calle, pensando qué hacer a continuación. Acompañamos a María, la otra muchacha del grupo, a sacar dinero de un cajero automático. Aproveché estos minutos para hablar un poco con Bernardo. Le comenté en francés que yo también hablaba ese idioma. Y así, sólo por algunas pocas frases, hablamos entre los dos. Su pronunciación no era del todo buena, pero su vocabulario era muy extenso si tenemos en cuenta que apenas había estudiado este idioma por tres meses.

Nora, que como vivía cerca conocía muy bien la urbanización, propuso ir a otro bar. Pero Bernardo prefirió despedirse; su carro estaba estacionado en la calle y temía que se lo robaran si lo dejaba mucho tiempo ahí. Por lo que llegó a su fin esta reunión entre compañeros del taller, a los que me había terminado por acoplar yo también gracias a Nora, porque casi todos ellos habían llegado junto a Bernardo y por lo tanto se irían de nuevo con él.

Al momento de despedirme de Bernardo le pedí su número de teléfono.

-Para que seamos amigos- le dije mientras sacaba mi celular del bolsillo.

-Yo lo siento, pero no sé si de verdad vale la pena que me des tu número de teléfono. Yo soy muy malo con los amigos y siempre termino por perder el contacto con todos ellos.

No insistí. No sabría decir si de verdad dijo aquello en serio o si simplemente quiso indicarme que yo no le interesaba.  El carro se alejó y pronto lo perdimos de vista en la oscuridad. Nora volvió a proponerme lo de ir al otro bar, así que terminé por seguirla.

***

Unos dicen que París es una ciudad para el amor, otros que es una ciudad cuya importancia es el valor histórico que contienen sus edificaciones y monumentos, pero para la mayoría se trata de un lugar en el cual pasar algunos pocos días de vacaciones, confundiéndose entre la inagotable masa de turistas que vaga por sus lugares más famosos. En cambio para nosotros -los estudiantes del instituto- París tenía tal vez significados muy diferentes. Algunos habían venido para aprender francés, otros porque sus padres los habían obligado y unos pocos habíamos venido con la intención de escapar de nuestras vidas cotidianas. Dentro de este último grupo se encontraba Bernardo Cabañas. Cierto es que él no era el único en una situación así: Nigel, holandés, estaba aquí porque no podía mantener un solo trabajo; Carla, venezolana y caraqueña como Bernardo, acababa de finalizar una carrera de letras y se planteaba quedarse en París para hacer un post-grado; Victor, noruego, huía de unos padres exigentes que no cesaban de presionarlo para que finalmente eligiera una carrera universitaria para estudiar; y también estaba yo, que me alejaba de México con la intención de olvidarme de un fracaso amoroso que aún repercutía en mi pensamiento de manera obsesiva.

No todos se quedaban en la escuela la misma cantidad de tiempo. Yo había elegido cursar sólo diez semanas, mas me quedaría otras cuatro más en Europa realizando un tour. Bernardo se quedaría doce semanas en total, pero pretendía asentarse en París para siempre. Lo normal era que los estudiantes del instituto vinieran solamente mientras durasen sus vacaciones; los que nos quedábamos más tiempo éramos apenas unos pocos que terminamos por conocernos muy bien entre nosotros.

No solamente debía atender a las clases y perfeccionar mi francés, sino que había traído conmigo el material necesario para trabajar en mi tesis de grado poco a poco. Cuando volviera a Guadalajara debía presentarla para así finalmente graduarme. Fue consultando uno de los textos que me había traído, mientras esperaba el inicio de la próxima clase, que Bernardo me dirigió por primera vez la palabra. Se trataba de Schopenhauer, un filósofo que se encuentra relacionado con el psicoanálisis, que es mi área de estudio. A diferencia de mí, que no tengo ningún interés por la filosofía, Bernardo parecía conocer muy bien a este autor. Le pedí que me explicara todo lo que pudiera sobre él. Lo intentó, aunque apenas pude entender un poco de todo lo que me dijo.

A pesar de que era una escuela de francés, lo común era que sus estudiantes utilizaran el inglés para conversar. Entre los hispanohablantes, que éramos muchos, hablábamos en español.

Bernardo era extremadamente callado, pero por lo que me contó Carla -que estaba en el mismo salón que él- en clase actuaba muy desinhibido, tal vez porque su dominio del francés era mejor que el de sus compañeros. Conmigo parecía expresarse con mucha más claridad y elocuencia de la habitual; y una vez me comentó que tal vez esto se debía a mis conocimientos de psicoanálisis. La verdad es que nunca apliqué, al menos voluntariamente, ninguno de mis conocimientos en mi relación con él. Nos estimábamos mucho y nos convertimos en buenos amigos; éramos un par de introvertidos, dentro de un grupo de estudiantes que siendo mucho más jóvenes que nosotros sólo pensaban en ir de noche a la discoteca. Él a veces salía con ellos; yo, por mi parte, no me les unía, pues mis noches bien debía utilizarlas para continuar mi tesis.

En París estaba muy a gusto. Tenía la impresión de que ya no me sucederían más catástrofes; el recuerdo de Sandra empezaba ya a borrarse. Nada me preocupaba. Trabajaba en mi tesis rigurosamente, y durante el día mi francés mejoraba notablemente. La simplicidad de la rutina que vivía día a día no me molestaba.

Con Bernardo hablaba mucho. No extrañaba Venezuela, aunque sí a sus padres, a quienes parecía tener mucha estima. En cambio, yo contaba los días que me faltaban para regresar a México. Mi vida en París era idílica, pero extrañaba Guadalajara.

A las cinco semanas de haber comenzado mis estudios en Francia -es decir, que justo a la mitad- llegaron, como todas las semanas, nuevos estudiantes. A la clase de Bernardo ingresó una de estos nuevos estudiantes. Se llamaba Natalia, y era una argentina que vivía en los EEUU. Dos días después, cuando varios del instituto hacíamos un picnic en un jardín, Natalia permaneció a un lado de Bernardo, conversando con él toda la noche.

Llegaba el verano. Las salidas en grupo cobraban aun más notoriedad que antes. Mi tesis empezaba ya a perfilarse, por lo que podía reducir el número de horas que le dedicaba por semana. De modo que me iba incorporando, poco a poco, cada vez más a las actividades que los estudiantes realizaban durante la noche. Siempre iba acompañado de Bernardo, Carla y Natalia; ocupábamos nuestras horas libres juntos, paseando por la ciudad o acudiendo a discotecas que, repletas siempre de otros jóvenes, permanecían abiertas hasta que el sol saliera.

Obviamente Natalia estaba interesada en Bernardo, y a él -según lo que me había comentado- ella le gustaba mucho. Sin embargo, nunca demostró interés por ella y siempre la trató como a cualquiera de sus otros amigos. Llegó un momento, entonces, en que Natalia prefirió atender a alguno de los muchos que la cortejaban, perdiéndola Bernardo irremediablemente. Todos y cada uno de los muchachos en la escuela terminaban por encontrar pareja; mas Bernardo era diferente: su actitud distante, la aparente displicencia con la que trataba a muchos y, finalmente, su inseguridad a la hora de abordar a una chica, le impidieron siquiera llegar a intimar con una en las doce semanas en las que estuvo en París.

A Bernardo solo lo veía durante las semanas. El fin de semana -decía él- prefería pasarlo solo, reflexionando y conociendo a pie la ciudad. Sólo una vez me confesó cuál era su verdadera pasión. Sacó un cuaderno del bolsillo y me dijo que escribía en él cuando estaba solo, como cuando paseaba por la ciudad y se detenía algunos minutos a descansar en algún parque, o mientras tomaba el metro de noche. Luego guardó de nuevo el cuaderno en su bolsillo y me dijo que lo que escribía no se lo mostraba a nadie. Nunca volvió a mencionarlo. A nadie más le dijo que le gustaba escribir.

Llegó el día en que me tocó despedirme de los compañeros. Pronto saldría de viaje en un tour para conocer otras ciudades de Europa. Tristemente me tocaba decirle adiós a París. De Bernardo sólo obtuve su dirección de correo electrónico, intercambiándosela por la mía. A los de meses de estar de regreso en México le escribí un correo; a la semana recibí una contestación un tanto fría por su parte. No quise seguir escribiéndole, y él tampoco volvió a enviarme ninguna clase de correo.

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