Una vuelta por el cielo. Autor: Fabio Andrés de Salterain

Se siente raro saber que uno está por viajar a lo más alto, donde hasta los cardones (*) desisten si se les pide trepar más allá de los tres mil quinientos metros de altura y la blancura de la sal te obliga a cerrar los ojos por el resplandor  y que,  sin embargo, todo comience  acá abajo y en la más absoluta oscuridad de una ciudad que todavía duerme a las cinco y media de la mañana.

Estamos en Salta.

Mientras apuramos los últimos tragos de café caliente intercambiamos palabras hechas de miradas expectantes con otros desconocidos. Ellos, como nosotros, hoy quieren ser parte del cielo aunque sea por unas horas y saber qué sienten el cóndor, el cardón y la llama cuando el aire frío les acaricia el cuerpo. Entonces afuera, el ronroneo del Movitrack (*) nos recuerda a todos que estamos en la tierra. Al menos por ahora.

A una seña del conductor, vamos subiendo uno a uno por la escalera del vehículo, prodigando sonrisas a otros muchos rostros de ojos azules y pelo dorado; de ojos rasgados y pelo negro y también otros de ojos sin tiempo y pelo ya blanco, que han decidido resucitar la emoción guardada bajo años de rutina y responsabilidades.

En ese instante en que el entusiasmo susurra al oído, todos somos iguales. Todos somos niños y aventureros.

La puerta se cierra. La bestia azul y amarilla (*) se despereza con un bufido y tuerce el morro, como un animal amaestrado que gira, buscando el norte, porque de allí vienen olor a viento blanco y a inca eterno.

Poco a poco vamos escapando de entre las vísceras de la ciudad y sus arterias de vidrio y cemento, hasta que el animal halla una ruta limpia y se encarama a ella bajo una llovizna triste que no va a lograr retenernos aquí abajo, a fuerza de lágrimas. El viaje ha comenzado.

Las luces se alejan a nuestras espaldas y media hora después el sol, curioso, asoma un ojo para seguir de cerca nuestra trayectoria que a esta altura ya ha cambiado  las viviendas grandes y los edificios  por unos puñados de casitas bajas que salpican la vera de la ruta pero unos kilómetros más adelante se amontonan como para darse calor. Justo ahí, está Campo Quijano, con su telón de fondo pintado de montañas altas, verdes y nubosas que anticipan lo que hay más adelante y explican el apodo por el que todos le conocen: el Portal de los Andes.

Un poco más adelante la ruta se inclina imperceptiblemente y de golpe se quita su traje gris asfalto, se viste de tierra y piedra y se hace camino junto al río.

Poco a poco vamos subiendo, como acariciándole las curvas a la montaña que se abandona a nuestro sensual recorrido y nos devuelve en la lejanía una sonrisa de satisfacción de lado a lado, de margen a margen, de hierro a hierro. Es el viaducto de la Quebrada del Toro, un puente mudo de doscientos sesenta metros de largo que describe un vuelo eterno y rectilíneo a treinta metros sobre el lecho del río. Bajo su vientre la piedra y el agua, sobre su lomo el hierro y el cielo, porque por allí pasa el Tren a las Nubes que, de vez en vez, de marzo a diciembre, le pinta los labios a la sonrisa de la montaña.

Allí no hay escape. A izquierda y derecha sendas paredes de roca y vegetación se pierden en las nubes y nos cortan el paso dejándonos una sola vía de escape – hacia delante – como la vida. ¿Volver la vista atrás? ¿para qué? Allí hemos dejado paisajes espléndidos, pero vienen mejores.

El río Toro le come los pies a la montaña; la montaña le come las faldas a las nubes y a nosotros, nos devora el asombro.

Poco a poco y de manera constante continuamos subiendo casi sin darnos cuenta, casi sin querer y con la compañía permanente de una serpiente rojiza de acero que se aferra a la pared de roca con unas garras invisibles. Es la vía del tren que va y viene, sube, gira, baja, avanza y retrocede en maniobras imposibles, o mejor dicho casi, porque muchos hombres hace más de ochenta años dejaron su aliento para lograrlo.

Ahora sí, un poco más despacio. No sé, tal vez sea la sed, tal vez las curvas del camino, tal vez el primer indicio de esfuerzo; el punto es que la bestia azul que nos porta se detiene, se sacude el polvo y huele el agua en el aire. Es la Estación de Chorrillos.

Prácticamente un solar desierto con una estación de tren, mínima, que hace décadas mira a la montaña como buscando algo que jamás encuentra. Una casita de adobe, unas artesanías coloridas y contra la montaña escrito un nombre con letras de agua helada, sobre un trazo aéreo y cristalino que cae desde la roca y se estrella aquí abajo (*)  . “Chorrillos”, susurra entre estrépitos acuosos y se despide hasta el próximo contingente.

El animal espera echado mientras nosotros nos mezclamos entre risas, comentarios y nubes de café vaporoso antes de volver a montar en su grupa.

Al poco rato el viento se lleva el aroma. Y a nosotros también.

La pintura del paisaje  comienza a correrse. El verde se escurre, se lo lleva el río, se lo rumia El Toro (*) y tras su ausencia aparecen los rojos férreos, los amarillos calizos de un mar que ya no es (*) y el marrón de la Madre Tierra. La Pachamama (*)  despliega un sutil borde de su pollera y comienza a relatarnos con voz de viento su historia de siglos… “Había una vez un pueblo cobrizo que adoraba al sol. Había una vez un pueblo blanco que lo perseguía en sus barcos. Pero hubo un pasado que los mezcló a fuerza de pinceladas agrias en colores nuevos , a veces brillantes y vivos, a veces tenebrosos y letales. De su paleta  nació una mujer que se llamó indoamérica y tuvo hijos de todos los colores, como estos cerros. Los siglos pasaron y esos hijos mestizos, distintos, un día murieron y eligieron descansar aquí, en este cementerio de pequeños nichos blancos que, sin excepción, miran al este, al  Inti que los vio nacer, al sol que los trajo de lejos”…

La voz se hace lejana y se pierde a nuestras espaldas junto con el cementerio de Chorrillos y la vida continúa – como el camino – hasta que el rojo de los cerros se hace rosa. Santa Rosa de Tastil (*).

Uno a uno nos desencaramamos de este  lomo recio y obediente que nos trajo y ponemos pie en tierra.

No sé porqué, pero la iglesita nos recibe con cara de asombro. Dos ojos negros y una boca grande y azorada pintados prolijamente sobre su perfecto cutis de piedra labrada nos dan la bienvenida a este caserío de sólo doce almas y un millón de leyendas. Se llama Tastil, como los indios que la habitaron. De ellos solo queda el recuerdo grabado en sus petroglifos y celebrado por una bailarina (*) que jamás se cansa de agitar su pollera a rayas.

En una casita baja donde las cabezas casi rozan el cielorraso de caña y piedra se atesoran las reminiscencias de los tastileños de otros siglos. Pieles, morteros, cacharros y reproducciones de un pasado siempre presente se aferran a las paredes de adobe. No quieren irse. Esta es su tierra y por las dudas haya quien no lo entienda, tienen su propio guarda que vigila todo desde el sueño, allá en el rincón. Un sueño de hombre de quinientos años recogido de un mar de sal (*) que nunca se acaba.

Adios Tastil.

La iglesia nos saluda tan asombrada como cuando llegamos. ¿Por qué será?

La pregunta queda en el aire, sin más respuesta que la del silencio de la puna. Ni aún los cardones están  para respondernos, ellos se quedaron mucho antes, aletargados en un tiempo infinito, sentados a la vera del camino, jadeantes a falta de oxígeno y de ganas. “Eso de seguir subiendo – dicen ellos – queda para los cóndores, las tuscas (*), los trenes  y los curiosos que nunca se detienen”.

Desde lejos, el nevado de Acay asiente con su cabeza siempre blanca y, sabiamente,  nos avisa que estamos pisando terreno sagrado. ¿Será porque estamos cada vez más cerca del cielo, donde moran los santos?

Tal vez. Pero a veces nos dan permiso a los hombres comunes para que lleguemos hasta estos paraísos. Entonces, San Antonio de los Cobres(*), amable, curtido, calvo por los vientos, hecho a fuerza de heladas, paciencia y tiempo sale a recibirnos.

El pueblo es un caserío que contrasta con el celeste límpido del cielo y un cerro que, para no tener que hablar a causa del frío, nos da la bienvenida con palabras de piedra escritas en sus faldas que, a pesar del viento, nunca se levantan. “Bienvenido a San Antonio de los Cobres” reza el cerro de día y de noche a los que llegan por el camino y a los que se van por su cielo; a los que vuelven de las minas, a los pastores, al paso del tiempo .

A veces llega el tren con su miríada de curiosos y visitantes ávidos de algo que no sea cemento, e inmediatamente  les corresponden un enjambre de lugareños que se arriman con sus sonrisas de colores, con los recuerdos tallados en sus rostros, con pedacitos de sus manos que se irán en las artesanías de barro y cuero a conocer vaya a saber qué otros mundos, lejos de aquí cuando se los compren por unos pocos pesos. Pero ellos, cuando el tren se vaya  – cuando nosotros nos vayamos – se seguirán quedando tallados en la piedra de sus ancestros, imprimiendo sus huellas dactilares en más cacharros de barro para poder escaparse de a poquito con la próxima visita de turistas, aunque sea así, simbólicamente, de su pueblo de cobre y hielo.

Nosotros bajamos, nos mezclamos con ellos y nos hacemos cómplices de su fuga. Y cuando partimos por el camino de tierra,  se vienen con nosotros en un guante de alpaca, en una ocarina de barro, en una bufanda de llama.

El animal de hierro nos llama con su ronroneo y nos vamos con un pedacito de San Antonio en nuestros bolsos.

Las llamas nos despiden  y la bestia retoma su trote cansino por la ruta 40, un camino de tierra en medio del cielo, un camino de cielo aquí en la tierra.

El desierto se torna paraíso por alguna razón que ninguno podemos explicar, pero así es. Porque el sequedal se ha tragado el verde de las quebradas dejando a la orilla del plato sus huesos de piedra y, sin embargo, es un banquete que da paz a los sentidos. Ahora la nada nos dice todo con un silencio que ensordece.

Allí a lo lejos un túmulo de adobes rompe la lisura del llano y nos avisa que hay hombres – tal vez ángeles – que se atreven por estas soledades y viven de ellas. Allí está El Mojón, inamovible como su nombre, clavado en medio de un tapiz de polvo y piedra a fuerza del sueño de unas pocas almas que lo hicieron nacer.

Un caminito angosto se abre hacia la derecha y nos apartamos de la ruta un kilómetro hacia adentro. La soledad nos recibe con los brazos abiertos y nos hace pasar a su hogar hecho de luz y tusca en medio de la nada. Una iglesita primorosa, una casa museo, un comedor y un par de ranchos de adobe inventan un oasis y abren sus puertas de cardón centenario para los coleccionistas de recuerdos imborrables que siempre, siempre, caen por estos lugares.

Las puertas del comedor nos invitan a pasar y la calidez nos embarga a todos.

Un ángel de tez curtida y alas invisibles nos da la bienvenida a su casa donde el plato principal e invariable, es la cordialidad. Unos cuencos con empanadas y un guisado de llama son el fruto del cariño del día al que nunca le falta sal. No allí, donde las gruesas y pesadas mesas están hechas de bloques de sal milenaria que, de sólo descubrirlas, le ponen sabor a la experiencia y le arrancan sonrisas a nuestro asombro que parece no tener fondo.

Cuando el rito del almuerzo y la reunión se acaban, dejamos ese santuario y el duende de la siesta silba entre los remolinos del viento  puneño. Nadie quiere moverse, pero el Movitrack nos ladra para que sigamos viaje. Él no se cansa, no se apuna, no se llena con nada y todavía falta mucho paraíso por recorrer. Levanta el hocico y huele sal al norte. “Vamos – dice con su voz de barítono insatisfecho – hay un mar más adelante”.

Uno a uno entramos en su vientre y nos dejamos llevar al norte del sueño en medio de una nube de polvo que nos seguirá como una sombra constante por todo el camino.

Afuera las llamas nos miran pasar rompiendo su habitual paisaje de tierra roja y extensos tolares (*)  que corren  por kilómetros como únicos reyes de la planicie.

Pero el mar espera.

Espera.

Espera.

De golpe, los tolares se detienen en seco y se postran, retroceden, huyen ante la inmensidad blanca de un mar de sal que se despliega por toda la puna y de repente somos un punto negro, minúsculo, insignificante; una suciedad en medio de una blancura perfecta donde lo único que puede hacerse es callar y, como un creyente, bajar la vista ante el resplandor que emana de su gloriosa manifestación. Las Salinas Grandes, nos rodean y nos acercan un trozo de sol hasta la tierra. Inti vive. Inti reina (*).

Apenas si puede alzarse la vista para intentar divisar el límite donde el blanco se vuelve celeste y viceversa. Sobre su piel de sal cuarteada por el tiempo corren piletones de agua verde y límpida que seducen para acercarse y casi invitan a tomar de ella. Como decenas de abejas ansiosas revoloteamos a su alrededor importunando su blancura, interrumpiendo su paz sin poder sorber un sola gota de su néctar salado reservado sólo para saciar la vista, el más hambriento de todos los sentidos.

El sol nos abraza y la piel enrojecida de nuestros rostros dice que ya es hora de partir. Su alteza nos ha dispensado suficiente de su tiempo y nunca hay que abusar de su paciencia.

A la orilla del camino nuestra bestia azul y amarilla se encabrita. A sus pies la serpiente de asfalto ha vuelto a aparecer  bajo el manto de polvo y lo desafía a correr tras ella.

Una, dos, tres zancadas largas y gana velocidad. Pronto la bestia está en carrera de nuevo con nosotros  asomando las cabezas desde su espalda y tragándonos el viento por sus ventanas.

En el horizonte, la serpiente comienza a subir y a sesear cada vez con más fuerza rumbo a un cielo que nunca se alcanza ni se acaba. Su lomo se curva de repente cuando tocamos los 4170 metros de altura y se agazapa para intentar perdernos definitivamente  huyendo cuesta abajo por un laberinto de cien curvas y contracurvas. Ahora, estamos en su reino : la Cuesta del Lipán.

La persecución  comienza y todos nos trepamos al lomo de la máquina para presenciar un espectáculo que quedará grabado a fuego en las retinas del alma. El viento canta entre las hendijas de las rocas, las quenas de las quebradas traen una melodía de siglos y los colores resucitan y discurren entre hilos de agua y paisajes verdes salpicados de naranja, azul y ocre. El cardón aparece nuevamente y custodia nuestro descenso de a cientos, de a miles y somos atraídos, arrastrados hacia el ombligo del valle donde el color vive y reina por los siglos de los siglos y el pincel de Dios ha dado sus mejores trazos: Purmamarca (*).

La serpiente a huido de nosotros y nos ha dejado en medio de un paraíso donde la paz se respira y el color juega en  las laderas de los cerros, allí donde un día, hace siglos, se estrelló el arcoíris dejando su firma indeleble para asombro de los hombres.

La tarde comienza a caer suavemente sumando su baño de luz naranja al lienzo milagroso de la montaña. La plaza del pueblo cobra vida y su espíritu se remueve en los puestos de los artesanos, las voces se multiplican y la magia de la baguala y la copla comienza a asomar por las esquinas.

En ese momento el destino nos llama y aspiramos por última vez la esencia de la puna que dejaremos atrás.

Nos despedimos en parte, porque algo de los cerros se viene con nosotros.

La quietud y la timidez de las primeras horas han desaparecido y ya nadie es un desconocido, todos somos uno, parte de la aventura, supervivientes de la revelación de la naturaleza, testigos del pincel de Dios.

No sentimos más grandes y a la vez más pequeños cuando subimos a nuestro corcel de acero en un silencio casi reverencial que nos acompañará el resto del camino. Pero pronto una voz se levanta en el fondo, un recuerdo aparece, una risa hace un tajo en la solemnidad de la tarde y nos devuelve a la tierra. Jujuy nos verá pasar y una copa de champagne sellará la travesía, coronará la osadía de estos mortales de haber puesto un pie en el cielo donde viven el sol, la sal y el silencio y aún así haber sobrevivido al milagro para poder contarlo.

Poco después, la noche nos recibirá en su regazo y la ciudad de Salta se vestirá de luces para darnos la bienvenida con todo su encanto, con toda su magia proverbial, cuando desde la Cuesta del Portezuelo la bestia azul y amarilla regrese a casa bajo un manto de estrellas, las mismas que esta mañana nos vieron partir al cielo.

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