Sal si puedes. Autor: Miguel A. Ayala Chaparro

Definitivamente, sí , Policarpio, eligió el peor día de su vida para morir. Flotaba, ingrávido, sobre el amasijo de fierro retorcido en que se había convertido su coche. Mientras, se preguntaba… –de qué carajo le había servido leer los libros de Raymond Moody y Brian Weiss. A su alrededor no había un túnel que habría de transportarlo a otro mundo. Nadie le esperaba para explicarle cómo eran las cosas fuera del plano físico. Tampoco había visto película alguna sobre algo que se asemejara a lo que fue su vida. Llegó a pensar que no estaba muerto hasta el instante en que fijó sus sentidos en el amasijo de fiero donde su sangre se alargaba entre el vidrio, el plástico y las astillas. Entonces pensó que eso que había entre la chatarra y que una vez fue su cuerpo, definitivamente, carecía de un resquicio de vida.

Intentó desplazarse a otro lugar sin mucho éxito. Después de varios intentos se convenció de que lo único que podía hacer era flotar en círculos alrededor del árbol. Primero giró a favor de las manecillas del reloj pensando que así se elevaría a un plano superior. Luego de girar alrededor del árbol ¡sabrá Dios cuántas veces! se convenció de que al único reino al que habría de llegar, si continuaba el ejercicio, era el de los fantasmas cansados.

Luego de pensarlo durante un largo rato, se animó a girar contra las manecillas del reloj. Giró con cautela, ya que no deseaba terminar en el infierno. Luego de girar y girar y girar, se convenció de que el ejercicio habría de conducirlo al mismo lugar que el anterior. Se dijo… –Joder este cielo, o donde sea que estoy, me aburre. ¿estaré en el limbo? –

Una vez más intentó salir de allí. Esta vez se impulsó queriendo emular a un cohete. Al cabo de varios intentos oyó una voz …

–Poli, así no se vuela –

–¿Eres tú? – sí –

–Necesito ayuda para salir de aquí–

–Lánzate de espaldas–

Policarpio titubeó, mientras en su mente se dibujaba un… no jodas

La voz dijo… –¿tienes miedo de volver a morir o de arruinar tu peinado?–

Policarpio se lanzó y entonces supo cómo era el túnel que tanto estudió en sus libros. Al final del viaje llegó a una barriada repleta de casuchas destartaladas perfumada por el vaho que delata a los lugares que carecen de alcantarillado. Un lugar poblado por personas alegres que para ganarse el pan tenían que perder la espalda. Caminó por las calles hasta que se topó con un letrero que leía… Bienvenido a Sal si puedes. Inmediatamente preguntó… –¿estas ahí?

–Sí– respondió la voz.

–Pensé que…  la voz lo interrumpió  y dijo… –¿qué te hizo pensar que…?–

–¿Qué pasó con el fuego de Geburah? preguntó Policarpio

–Te puede arruinar el peinado – repite la voz

Entonces, Policarpio, se lanzó hacia el frente como un bólido y desapareció.

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