Tras el rastro del amor. Autor: Loida Muñoz Olmo

Todo comenzó el 17 de Julio del año pasado, año 2010. Esa fue la fecha de mi partida, o mejor  dicho, nuestra  partida, puesto que ese día Robe y yo comenzaríamos nuestro viaje por esta vida de una manera distinta.

Nos subimos a esa clase de coche antiguo, estilo “cucaracha” y con ese color descolorido que los caracteriza. Su parte trasera estaba finamente compuesta por unos tubos de escape medio oxidados, unas latas colgantes que arrastraban por el asfalto y un cartel que anunciaba de manera gratuita un “JUST MARRIED”, es decir, “RECIÉN CASADOS”.

Este dato no lo necesitamos, dirán ustedes lectores, y efectivamente, no es algo a tener en cuenta. Pero tal vez, y por esta ocasión, conviene que nos fijemos en la particularidad de que yo tenía 21 años y mi marido 26, y bueno, como saben, no es común formar un matrimonio con esta edad en una sociedad como la nuestra.

-”¡Qué romántico!” Pensarán algunos

-”¡Pobre chica!” Dirán  otros.

Pues ni lo uno ni lo otro.

La verdad es que no creo en los cuentos de hadas y princesas. Esos donde las chicas quedan sometidas al poder rescatador de algún valiente y encantador hombre  por el que desesperan hasta desmayar y que con el que finalmente engordan de tanto comer perdices.

Tampoco creo en esas “reinas” de sus casas, aunque si creo en el conflictivo reino que creen someter bajo sus pies. Ese reino que finalmente se revela contra ellas y que contraataca en forma de lavadoras, limpieza de polvo y niños llorones.

Y lo acepten o no, queridos lectores, alguno de esos dos pensamientos, de una manera más correctamente procesado, pasan por la cabeza cuando alguna chica dice “pues eso, que me caso”.

Pero no quiero que se confundan. Si creo en los cuentos y en las mujeres que los protagonizan, al fin y al cabo es lo que vivimos todos, una vida que finalmente narramos, o que otros narrarán, ¿no es eso un cuento?

Creo en los cuentos personalizados y protagonizados por mujeres y hombres de verdad que pelean contra el despertador y su molesto rugido cada mañana.

Por esa razón, nosotros decidimos ser los escritores de nuestro cuento y nos esforzamos por huir día a día de las fábricas creadoras de historias con finales  felices.

Yo firmemente creo en el amor, aunque no el de los cuentos. En el amor real, que construye, fomenta y llora de empatía, el que te lleva a sacrificar tu vida por otros.

Y por esa razón,  la de querer aprender más a cerca del amor y del amar, emprendimos nuestro viaje.

-¡Qué miedo! exclamaron algunos al ver la magnitud de la decisión que tomamos.

Y la verdad que miedo no. El único miedo que sentí fue cada vez que asumía que tendría que meterme por algunas horas al estómago de ese pájaro de hierro, que parece estar formado a parches y al que además ponen unas ventanitas pequeñas separadas cada 30 centímetros, para así, adivino desde mi ignorancia, dar un poco más de motivación al espectador durante todo el viaje.

La verdad que las indicaciones de seguridad dadas en cada vuelo son de agradecer, pero, sinceramente, no ayudan a  superar mi fobia. Al final no es ni fobia ni miedo, son cosquillas en el estómago, que desaparecen pacientemente clavándole las uñas a Robe, como si mis fuerzas ayudaran al avión a coger altura ¡ja!.
En total, y aunque ustedes no se lo crean, cogimos más de 9 aviones y para ello tuve  que decirme a mi misma y en voz alta,a modo de promesa :  -”Ni el miedo ni el dinero nos limitarán.”

El 27 de Julio ya estábamos en el aeropuerto de nuestro destino, y recalco aeropuerto y no destino porque de un par de hombres dependía nuestra entrada y estancia en el. Y efectivamente, como de ellos dependía, hicieron todas esos movimientos burocráticos legales y con calificativos del estilo que corresponde a aquellos que trabajan en las aduanas.

Nosotros, o mejor dicho, nuestros pasaportes españoles color granate, llevaban un papel adicional impreso y pegado que nos había costado dinero, tiempo y esfuerzo.

En ese papelito aparecía nuestra foto, y al lado un título que citaba algo así como VISA DE ENTRADA A EEUU. Es decir, y para ser más clara con ustedes, con ese insignificante papel optábamos a alargar nuestra estancia  en EEUU como turistas por tres meses más, siendo el total seis meses.

Y como digo, con ese papelito optábamos. Porque al final la decisión dependía de los uniformados y angloparlantes policías, a los que parecen haber entrenado para poner cara de enfadados. Aunque después pensé que  el café aguado que no paran de beber también les ayudaba en sus expresiones faciales y corporales.

El procedimiento estaba bien definido ya que, como saben, la inmigración no es algo nuevo en Estados Unidos.

Cuando vieron nuestros pasaportes y los datos extras de estos, un policía, sin bacilar ni un segundo, nos indicó que le siguiésemos.

La verdad que aún no entiendo como llegamos a esa sala de interrogatorios sin dejar rastros líquidos por el suelo. Compréndanme, sabíamos que de la entrevista que se aproximaba dependía nuestra estancia y el aprovechar el viaje que habíamos planeado y pagado con mucho esfuerzo desde hacía ya más de un año.

Así que allí nos encontrábamos. En una sala de espera con 6 sillas de las incómodas, estilo a las que ponen en los ambulatorio públicos, una mujer a la que no lograba identificar los sentimientos y un joven que no parecía nada asustado.

La decoración de la sala me llamó la atención, y creo que hasta me transmitió paz. Todos eran dibujos de las famosas películas de Disney. Mickey y Miny Mouse, Pluto, Donald y otros nos sonreían mientras esperábamos escuchar nuestros nombres. También había una pequeña zona de juegos para niños al estilo americano, que dejaba ver la diferencia cultural al que nos sometíamos y me hizo pensar sobre todos en aquellos que, en familia, tratan de pasar fronteras políticas para buscar una vida mejor.

Pero esas observaciones no influían sobre mis reacciones. Yo aguantaba fuertemente esa carpeta naranja en la que guardábamos todos esos documentos, justificantes y otros varios que habíamos conseguido durante el pasado año. Al mismo tiempo me aseguraba de que Robe vigilase bien todo nuestro equipaje, tenía miedo de que lo robasen. (Pensamiento estúpido por mi parte ¿quién robaría en una sala llena de policías aduaneros?)

De repente escuchamos nuestros nombres con un acento no identificado, intuimos que nos llamaban.

-¡Allá vamos!pensé. Y corriendo le hice un gesto a Robe para que siguiera manteniendo el equipaje entre sus manos.

El policía nos miró. Abrió el pasaporte de Robe y lo volvió a mirar. Luego repitió la misma operación conmigo.

-Why do you want to stay with us? Six months is a lot of time. Dijo en un americano perfecto.

-Lo siento, pero no entendemos muy bien inglés. Contesté yo.

Realmente si entendíamos algo, pero creo que el cerumen del miedo nos tenía tapados los oídos.

-Ok. Yo poder hablar algo de espaniol. Constestó con una sonrisa algo irónica.

-Six months is a lot of time. Volvió a decir en inglés.

-Ok. Contesté yo. Y rápidamente saqué una carta de recomendación de nuestra carpeta naranja.

-I have this letter, it is from a friend of us. Dije en un inglés chapurreado.

El policía la cogió y comenzó a ojearla.

Mientras Robe me miró. Adiviné la inseguridad en sus ojos, no sabíamos si la carta ayudaría o empeoraría todo.

Sin mirarnos a la cara el policía prosiguió:

-Ok, sit down and wait.

O algo por el estilo.

Mientras recogíamos todos los demás papeles que habíamos desparramado por el mostrador vi como el policía que nos había atendido llamaba a uno de sus compañeros.

-James, Can you help me, please? Le dijo.

Seguidamente vi como una sombra de 2×2 metros aparecía entre los escritorios,  allí estaba el.

Nombre: James

Altura: 1,92 centimetros.

Peso: 90 kilos.

Vestimenta: Uniformado.

Color de Piel: negro

Trabajo: Autorizar o desautorizar la entrada de personas en los Estados Unidos.

No sé si fue porque estaba asustada ante la presencia de James o porque simplemente mis piernas no aguantaban más por el temblor, que rápidamente estábamos sentados de nuevo, en las mismas sillas.

Tras unos largos minutos, James nos llamó. Otra vez tuvimos que descifrar que estaban pronunciando nuestros nombres, aunque no tardamos en hacerlo, al ver que el nuevo policía tenía su mirada clavada en nosotros.

Seguidamente nos hizo algunas preguntas.

Nosotros tomamos como recurso nuestro inglés aprendido y una amplia sonrisa, yo como añadido me esforzaba por mantener mi respiración al ritmo conveniente.

Finalmente conseguimos decir :

– Estaremos viviendo con unos amigos y ayudando en distintos proyectos artísticos y sociales.

James nos miró. Tal vez era un ángel, o tal vez lo imagino como ángel porque su presencia me recordaba a John Coffey en la película “La milla verde”.

-Ok. Su entrada es autorisada. Dijo con acento mejicano.

Obviamente guardamos la compostura ante tales personalidades, pero la verdad que creo que nuestros ojos destellaban al estilo luces de Navidad.

Directamente fuimos a recoger nuestras maletas a las cintas transportadoras y al mismo tiempo tratábamos de asumir qué clase de 6 meses nos esperaban.

Pero no había mucho tiempo para pensar, teníamos que encontrar a nuestros amigos, llevaban un par de horas esperándonos.

Y allí, detrás nuestra, estaban los tres.

Tuvimos esa sensación de conocerlos de toda la vida, aunque realmente solo los habíamos visto una vez en nuestra vida, y de eso hacía más de dos años.

Dos de ellos era una pareja de avanzada edad, bueno, unos 65 años. Sus cabellos eran canosos y llevaban puestas esa clases de gafas que le dan un aire de abuelos entrañables. El tercero de ellos era Antonio, un amigo español que desde hacía algunos años vivía allí con su esposa.

Perdonen ustedes, he sido maleducada al no decir donde aterrizamos; Seattle, estado de Washington(WA), Estados Unidos.

Seattle fue y es la cuna del Grunge. Personajes como Kurt Cobain, Jimmy Hendrix y otros del nivel, vieron nacer sus carreras. También grandes empresas como Starbucks o Boeing. Es una de las ciudades de todo Estados Unidos donde más artistas y personas adictas al café puedes encontrar.

Además de su grandes ofertas en el ámbito artístico, laboral y cafetero, Seattle también se caracteriza por disponer de los paisajes más bellos de Estados Unidos.

Una de las razones por las que el follaje es tan generoso es porque casi en los 365 días del año se ve rociado con lluvia. Es tan normal que caigan esas gotas molestas  que los Seattlenianos nunca llevan paraguas, es más, cuando ves a alguien cubriéndose sabes que nos es de la zona.

Maletas cargadas y ya montados en el 4×4 estilo americano en el que nos recogieron, emprendimos nuestro viaje de 1 hora de duración hacia lo que sería nuestro hogar en los siguientes 200 días.

2 de la madrugada. Casita azul situada en el medio de un bosque lleno de ciervos, cerdos salvajes, mapaches, pájaros carpinteros y ardillas.

Una señora de mediana edad nos abrió la puerta.

Nombre: Caroline

Edad: 54 años aproximadamente

Color de pelo: Rubio, algo teñido.

Color de ojos: Azules, a los que adornaba con divertidas gafas.

Aspecto: Cansada y algo desesperada, puesto que eran las 2 de la madrugada, en equivalencia al horario americano, las 5 de la madrugada.

Caroline nos recibió amablemente, nos saludó extendiéndonos la mano y nos sonrió en numerosas ocasiones. Ella, como buena americana, no hablaba nada de español, pero por supuesto, dominaba un perfecto inglés americano del que nosotros como buenos españoles, no entendíamos nada.

Después de una breve conversación con nuestros tres acompañantes-transportistas se despidió y nos mostró nuestra habitación.

Ese cuartito sería nuestro testigo por los siguientes 6 meses, aunque ahora pienso que más bien sufrió nuestra ausencia, dada la agenda tan apretada que siempre nos acechaba.

Recuerdo nuestra adaptación a la cultura americana, especialmente en la convivencia. Nosotros los compartíamos todo con Caroline y su marido Michael. Bueno, más bien ellos lo compartieron todo con nosotros, todos menos la cama, la comida y el cuarto de baño.

Todo había que guardarlo en lo que nosotros llamamos “tapers” (Tupperwares).

La limpieza y el orden se extreman casi a lo máximo, incluso a la hora de poner el lavavajillas. Y así otras curiosidades que quedan en nuestro recuerdo.

No quiero que se tomen esto como críticas, para nosotros sólo fueron anécdotas.

Tuvimos que aprender a adaptarnos a una nueva cultura, un nuevo idioma y nuevas costumbres.

Pero nuestra búsqueda por querer saber más del amor y del amar no había llegado a su fin y por lo tanto ninguna de esas cosas anteriormente citadas nos detendrían.

Durante los 6 meses de estancia en Seattle estuvimos enfocando nuestras fuerzas a ayudar. Aportar un poquito de nuestro conocimiento y fuerzas y compartirlo con otros fue todo una experiencia. Nuestro método fue utiliza las artes como herramienta.

Trabajamos con jóvenes, altos, latinos, bajos,ricos, americano,rockeros, negros,raperos, artistas, fotógrafos de profesión y otros de devoción, pobre,músicos, cristianos, famosos, luteranos, profesores, formadores, productores y otros variopintos personajes.

Nuestro horario de trabajo no tenía limites, puesto que al final la amistad se mezclaba con la obligación. Normalmente nuestro día comenzaba a las 3 am. Desde esa hora hasta las 9 am del mismo día dormíamos.

Sobre las 9:15 y después de retrasar el despertador 3 veces, conseguíamos levantarnos con algún que otro retortijón provocado por la ingesta de nachos con queso y jalapeños de la noche anterior.

9:30 Preparación del desayuno a base de café aguado con leche desnatada, tostadas de pan de molde y cereales tamaño XXL.

Sobre las 10:15 salíamos de la casa, sabiendo que no volveríamos a ella hasta las 3am. Nosotros éramos provisores, así que cargábamos el coche con todo tipo de útiles, incluso el pijama, por si surgía algún inconveniente.

Ya conduciendo el coche automático tomábamos las curvas pronunciadas y provocadas por nuestra localización, situados sobre un pequeño valle. Finalmente desembocábamos en las amplias y rectas carreteras, que se veían bañadas con todo tipo de paisajes. He de aclarar que casi siempre, y como parte de las vistas idílicas, algún ciervo o mapache se interponía en nuestro camino, haciendo nuestro viaje más interesante.

Las mañanas, normalmente, las dedicábamos al estudio del que nuestro amigo español Antonio disponía. Allí grabábamos, producíamos, hablábamos y nos reíamos. Ese lugar era nuestro punto de encuentro donde, acompañados de un mal café, intentábamos mejorar nuestro alrededor.

Como digo nunca supimos diferenciar entre trabajo y tiempo libre, por eso nuestras reuniones continuaban en un antro de comida mongoles. Por tan solo 10 dólares comíamos hasta la saciedad. Dada nuestra constante asistencia a aquel local de la esquina, sin cartel publicitario alguno, fuimos adquiriendo experiencia, tanto era la nuestra que en ocasiones podíamos ver, en esos ojos achinados que nos atendían, cierto aire de enfado.

Después del café de la tarde nos reuníamos con grupos de personas o algún particular. El perfil de estos variaba, aunque en su mayoría eran artistas. Nuestra búsqueda sobre el amor dio frutos, y conocimos esa clase de amor lleno de empatía, conversaciones con indigentes, razones no cuestionables y miradas transparentes. Y tras estos 6 meses de aprendizaje y distintas experiencias hicimos las maletas rumbo al verano de Buenos Aires siguiendo la ruta que el amor nos había marcado.

Ese día no nevaba, y pensar eso me ayudaba a entrar por la puerta del aeropuerto.

La misma pareja que nos había recogido fueron los encargados de llevarnos al aeropuerto.

Próxima parada: Buenos Aires, Argentina.

Lugar de residencia: Hogar de niños “EL ALBA”

Tiempo de Estancia: 3 meses.

Estación del año: Verano(muy caluroso)

Si me preguntan como llevé las 14 horas de viaje, les diré que fue bien. Si me preguntan como fue nuestra llegada, reconoceré que por instantes prefería montarme de nuevo en avión. Les explicó.

Todo fue con normalidad; nuestras maletas estaban bien, llegamos con un poco de atraso y Antonio, el director de el hogar, nos recogió.

Desde el momento en el que me subí al coche y nos añadimos a la circulación comprendí eso que dicen de que “los aviones son el medio de transporte más seguro del mundo”.No culpo a los argentinos, simplemente nosotros veníamos de un país donde los conductores guardan una distancia de seguridad considerable, no tocan el claxon, ponen todos los intermitentes, no pisan las líneas separadoras y dicen “I’m sorry” a todas horas.Ante lo socialmente adquirido en los 6 meses anteriores el lugar donde acababa de aterrizar era otro mundo. Ni mejor ni peor, simplemente distinto.

Soy una apasionada de los animales, y para mi sorpresa las calles por las que cruzábamos estaban llenas de estos. En mi opinión los perros argentinos son más inteligentes que de lo normal, sabían cuando cruzar o no la carretera. Después comprendí por qué, y es que o aprenden o mueren atropellados.

Otra imagen de las que recuerdo son las carretas de caballos. Rústicas, austeras, sin fines turísticos y que delataba el nivel de vida del conductor o conductores, que en ocasiones no superan la edad de 9 años. Estos carros tirados transportan chatarra, madera, basura y a veces fruta caducada. Posteriormente estos son revendidos a fin de obtener algunos pesos con los que vivir.

Todas estas cosas que relato me sorprendieron e impactaron, pero nada nos conmovió tanto como conocer a los 50 niños del Hogar el Alba.  Ellos conocían el amor y nos lo mostraban cada día en forma de besos, abrazos y te quieros. También en lágrimas, al contar esas historias de las que han sido víctimas. Esos pequeños sabios nos mostraron algo, trabajar con amor es fácil y hay ofertas laborales por todos lados.

Nuestro paso por estos distintos países nos ha enseñado varias cosas. El amor sobre pasa culturas, comidas, historias y personas. No hace falta buscarlo porque por sí solo se muestra, a veces en forma de lágrimas, a veces de risa, abrazos o sonrisas. El amor es un viaje, un viaje por la vida. Y ¿qué sería de un viaje sin personas, lugares, olores, comidas y sentimientos? Nada. Y por eso nuestro viaje sigue, estemos donde estemos, porque cada momento es una aventura, pequeñas instantáneas que se guardan en nuestro álbum con forma de corazón, con forma de amor.

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