Sombras. Autor: Francisco Javier Pérez Garasa

Atraído por tu leyenda, he peregrinado hasta aquí y ya estoy frente a ti parado, paralizado, porque no te reconozco bajo esta cegadora luz de mediodía que te muestra como un esqueleto calcinado, con columnas a modo de huesos roídos y despojados de toda carne, de toda vida. ¿Eres tú, Palmira? Efectivamente, esto es todo cuanto queda después de que guerras y terremotos te asolaran y el tiempo y las dunas te cubrieran con un sudario de olvido y arena del que todavía no te has desprendido.

Vencido el desánimo, me adentro en ti y camino por tus desiertas calles mientras compruebo, apesadumbrado, que nada queda de tu legendario esplendor. No puedo percibir aquello que sintieron los que hace siglos me precedieron: No queda rastro de las multitudinarias caravanas, ni de las riquezas ni de los sueños que un día  transportaron. Ya nadie se aparta ni reverencia al paso de Zenobia, la más famosa de tus reinas. Tampoco veo al esclavo acongojado, siguiendo a su nuevo amo. En tus otrora animadas plazas ningún mercader ofrece productos de confines lejanos ni se llevan a cabo acalorados regateos siguiendo un ritual que habrá de perdurar cientos de años. Entre tus columnas no se esconde, coqueta, ninguna bella mujer adornada con lujosos afeites y atuendos, ni en tus calles atruena ya el entrechocar metálico de escudos y espadas en fragorosas batallas. Hace mucho que nadie cruza tus puertas, anunciando con excitación la llegada de una caravana y que la ciudad no se alborota con esta promesa de nuevas riquezas. Esas  puertas también desaparecieron, dejando desnudos, baldíos, los gigantescos arcos que las sustentaban,  quedando convertidos en meros marcos para encuadrar una pequeña porción de cielo, de oasis y de desierto.

Y hasta el ninfeo se olvidó de que era fuente, ya no hay agua en su estanque con la que calmar la sed o refrescarse, solo arena, simple polvo en el que apenas ralea alguna mala hierba y sobre el que un ser serpenteante ha dejado su sinuosa huella. Pero quizás, nada resulta tan fantasmagórico como un teatro vacío, con las gradas desnudas, expectantes, unas gradas que celebraron con risas y llantos las obras aquí representadas y que hoy aguardan, resignadas,  algún un evento que dé sentido a su milenaria espera.

Puede que los camellos que hoy por ti transitan sean descendientes de aquellos que cruzaron medio mundo, siguiendo la ruta de la seda, contribuyendo así a incrementar tu riqueza y a extender tu leyenda. Lejos está el tiempo en el que las caravanas navegaban por interminables y ardientes mares de arena gracias a su esfuerzo, haciendo frente a toda suerte de adversidades y en el que las vidas de sus integrantes dependían de ellos, de los bien llamados “barcos del desierto”. Cruel destino el de estos valerosos animales, porque hoy, despojados de toda dignidad, son dóciles animalillos de feria que se dedican a pasear rubicundas y orondas figuras entre tus maltrechas ruinas.

Mis pies pisan tus pavimentadas calles allí donde los carros dejaron su huella, creando profundos surcos, hiriéndote en tu piel de piedra. Avanzo y mi sombra se retuerce y ondula adaptándose a los sinuosos caprichos del terreno en una suerte de baile que tiene algo de sensual, de caricia a tus añejas piedras. Me adentro en un bosque de columnas desmochadas, entre una confusión de capiteles y tambores medio enterrados mientras mis manos rozan delicadas volutas y hojas de acanto talladas con mimo y esmero pero melladas por el tiempo. Me paro porque el ruido de mis pisadas me distrae, cierro los ojos y escucho entonces el más rotundo de los silencios, nada, nada en absoluto, en esta ciudad muerta hasta el aire parece pasar con sigilo, no sé si por respeto o por temor a despertar lo que lleva tanto tiempo dormido.  Presente y pasado mudos, silentes, porque no consigo oír los ecos propios de la vida que un día acogiste y que tus piedras capturaron, enmudeciéndolos para siempre.

Salgo de mi ensoñación, no sé cuanto he permanecido aquí, inmóvil, frente al derruido templo, pero como si yo fuera el estilete de un reloj de sol, mi sombra se ha desplazado unos cuantos grados en todo este tiempo. Otra vez la sombra, lo etéreo, que en este desolado escenario alcanza la categoría de espectro y me estremezco al pensar cuántas sombras a lo largo de los siglos se habrán posado precisamente allí donde ahora está la mía y qué fue de aquellos que en su día las proyectaron.

Y a lo lejos, unas altas torres rompen el horizonte, unas tumbas, erguidas, arrogantes, desafiando al tiempo en un vano intento de no morir tras la muerte, pero sus moradores hace mucho que desaparecieron, engullidos por esa muerte de verdad que es el olvido porque ya nadie recuerda  sus nombres y hace generaciones que nadie les llora ni les honra como es debido. Y hacia allí me desplazo, a algo tan redundante como la necrópolis de una ciudad muerta. Y es que estás tan muerta, Palmira, que estos nichos esculpidos con retratos y escenas de triclinios contienen más vida que tus descomunales ruinas, una ironía que tu cementerio esté más vivo que unas calles que en su día vibraron de actividad y alegría.

Para volver a ti, desando mis pasos por el mismo camino de arena que los cortejos fúnebres antaño transitaron embutidos en vestidos de luto, con muestras de dolor en sus rostros y acompañados por onerosos llantos de plañidera. A pesar de lo avanzado de la tarde, el sol todavía golpea con fuerza en mi espalda, el calor y el polvo que se levanta a mi paso resecan mi garganta provocando una imperiosa sed que no había sentido nunca antes, una sed que calmaré algo más tarde, con una cerveza, en la terraza del decadente hotel frente a tus ruinas.

Y en el declinar del día, la luz rojiza, mortecina, da paradójicamente a tus piedras una calidez saludable, ya no pareces muerta, sino dormida. Me dirijo al centro de la ciudad, al tetrapylon, allí donde las grandes avenidas se cruzaban, para contemplar desde su podio la puesta de sol. Mi alargada sombra se extiende unos cuantos metros ante mí y repta zigzagueante por los peldaños hasta una plataforma que debería haber ofrecido el espectáculo de animación y trasiego de una ciudad aprovechando los últimos rayos de sol pero que ahora ofrece la serena belleza del ocaso en una ciudad que duerme, añorando, y puede que llorando, lo que un día fue y nunca más volverá a ser.

Me dirijo a la salida, refresca y sopla una ligera brisa mientras una ruidosa bandada de pájaros surca el cielo ¡Por fin algo de vida!. No me giro, no quiero una última mirada cuando cruzo tu puerta para abandonarte definitivamente. En mi despedida me escoltan unas sombras que se alargan portentosamente como queriendo desprenderse de las columnas que las proyectan, en un desesperado intento de huir de tu desolación y de tu ruina, pero acabo por dejarlas atrás, allí cautivas. Adiós leyenda, adiós Palmira.

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