El hombre más afortunado del mundo. Autor: Juan San Gil Andrés

¡Por fin estoy en Nueva York!.

La gran manzana, la ciudad que nunca duerme, la capital del mundo. Soy el hombre más afortunado del planeta. Desde que nací soñaba con venir a esta ciudad. Siempre me atrajo su magnificencia, su mestizaje, su historia. Pero es que, claro, el billete cuesta un riñón y no me lo pude permitir hasta que no cobré la indemnización por despido de la empresa en la que trabajé los últimos 15 años. Es verdad que ni se despidieron de mi, ni me agradecieron los servicios prestados, que solo me indemnizaron con el 25% de lo que debían… Sus abogados me dijeron que la situación económica era complicada, que los mercados no estaban respondiendo, que el barril de Brent, que los entendiera. Lo hice, y bueno, soy afortunado porque estando las cosas tan mal como decían, tan sólo fueron 6 meses los que tardé en recibir ese 25%. Aún tuve que posponer el viaje un tiempo hasta que solucioné todos los trámites legales del divorcio. Mi despido fue la gota que colmó el vaso. Mi mujer dijo que si no me aguantaba trayendo dinero a casa, mucho menos sin traerlo y que ahí me quedaba. Al principio lo pasé mal, porque estas cosas son un palo, pero luego descubrí que ella no se fue por mi culpa. Había otro. Eso, por extraño que parezca, me tranquilizó bastante. Era cornudo pero al menos mi matrimonio no fue basado exclusivamente en el dinero. En eso fui afortunado. El caso es que por fin pude comprar el billete -un poco caro porque sólo quedaban en Bisnes y era temporada alta-. Junto con el hotel -escogí el Marriot que me gustaba el nombre y estaba céntrico- me salió el paquete por 10.000 US $ -dólar arriba, dólar abajo- por 4 días y cinco noches. Pero qué bien me ha tratado todo el mundo hasta ahora. ¡Soy muy afortunado! En la aduana, en el JFK, noté en el polisman portoriqueño un respeto fuera de lo común cuando rajaba mi bolsa de deporte para cerciorarse que mi pasta de dientes no era ningún explosivo plástico, siempre un por favor después de un quítate la ropa y déjala en esta bolsa sucio chingón, incluso un atisbo de cariño y complicidad cuando exploraba todos mis orificios con un guante de látex como única separación entre él y yo. Cuando hubo terminado su trabajo y me dijo que podía ir, fue entonces cuando entendí que los americanos son gente afable y bondadosa de por sí, a juzgar por la amplia sonrisa que esbozaba cuando me señalaba la salida y él y sus colegas se despedían de mí saludándome con la mano.

Y ¡por fin estoy en Nueva York!

Ahora debo encontrar al tipo que me hará el transfer. Hay un montón de latinos con trajes de chófer acrílicos y un par de tallas grandes con carteles con el nombre del viajero, generalmente mal escrito, buscando a su porte. A ver si encuentro al mío. Pues parece que se ha retrasado. Al cabo de hora y media de espera, decido irme al hotel en taxi, pero qué suerte, antes de salir y coger un yelou cab, se me acerca un tipo con un mal inglés -yo diría que kosovar o del algún país de la antigua Unión Soviética- y me dice que por la tercera parte me lleva a la misma puerta del Marriot. ¡Qué afortunado soy! Por supuesto le digo que sí, y monto en su Toyota desvencijado.

Las dos siguientes horas son un poco confusas para mi. Difusamente recuerdo que el soviético para antes de entrar en uno de los túneles que llevan a Manhattan. Sin mediar un ecskiusmi se pasa al asiento de atrás y me empieza a atizar por todos lados. Es ahí cuando pierdo la presencia de ánimo y me privo. Despierto en la misma cuneta donde habíamos parado, sin las maletas, con la cartera en el suelo, sin un solo dólar y con el cuerpo como si me hubiera pasado por encima un vagón de mercancías varias veces. Gracias a Dios el ex-soviético me ha dejado la tarjeta de crédito y mi documentación en una pequeña mariconera que llevaba en la cintura y que probablemente, le pasó desapercibida. En eso he tenido suerte. Me pongo a hacer auto-stop. Llamaría al hotel para que me vinieran a recoger, pero el de la cececepe se largó con mi móvil. La espera se me hace un poco larga. Sobre todo, la última hora cuando se pone a llover como sólo lo hace en el Hudson en esta época del año. Me recoge un rastafari en un Chevy del ´85 con más corrosión que pintura. A los treinta segundos de estar dentro del coche ya estoy colocado. Como llueve, lleva las ventanas subidas y se está metiendo entre pecho y espalda un canuto que casi le da contra el parabrisas. Me lleva a cambio de parar a medio camino, hacer una visita a un cajero y soltarle 100 US $. Aunque viendo el caso que me hacía la gente, creo que he tenido bastante suerte en dar con Salam (así me dice que se llama). Nos despedimos en la puerta del Marriot entre risas y abrazos -los efectos de la atmósfera interna del Chevy se hacen notar-. Cuando me dispongo a franquear la puerta del hotel, el conserje se interpone en mi camino y me pregunta que a donde me creo que voy. Me doy cuenta que sin maletas, completamente calado y bailando reggae, no es la mejor manera de entrar a un sitio como el Marriot. Le explico lo que me ha pasado entre risitas contenidas y le enseño la tarjeta de crédito y el carnet del video-club de mi barrio que tiene foto. Se queda más o menos convencido y me deja el paso expedito hasta el mostrador de recepción. Después de hacer el check-in, la amable recepcionista me deja caer que tienen servicio de lavandería -por la ropa que llevo- y que la tienda del hotel no cierra en toda la noche -por la ropa que no llevo- y que puedo pedir cualquier medicina sin receta al médico del hotel para mejorar el estado en el que me encuentro. Le agradezco la información, le pido que me de unos cuantos dólares con cargo a mi habitación y me compro algo de ropa en la tienda. Subo a la habitación. Después de darme una ducha y aunque son las 3:00 am, estoy demasiado excitado como para quedarme en la cama -los efectos de la atmósfera del coche del primo de Bob Marley se me están pasando-. Me visto con mi ropa nueva y me zambullo en pleno corazón de Manhattan. Estoy en Nueva York, ¡qué afortunado soy!

Ha dejado de llover (¡qué suerte!). Aunque es de madrugada la Quinta Avenidarezuma vida. Paseo mirando hacia arriba -que es como se pasea por NY-, llego a Times Square. Me quedo como un idiota en el centro de la Squaregirando sobre mi mismo y disfrutando del espectáculo. No me doy cuenta que el centro cae justo en un paso de cebra y cuando el semáforo se abre para los coches, una furgoneta se me lleva por delante. El chino que la conduce baja la ventanilla y en un perfecto mandarín se entretiene en lo que intuyo un profuso y variado catálogo de insultos hacia mi persona y mi familia cercana. Cuando se cansa de insultarme se va, probablemente porque o tiene prisa o porque la furgoneta que conduce carece de seguro. Afortunadamente no le había dado tiempo a acelerar mucho con lo que el golpe no ha pasado de un revolcón, una muñeca dislocada y un pequeño catálogo de tumefacciones que se vienen a unir a las de la paliza de hace unas horas. Nada que impida proseguir mi paseo (¡qué suerte tengo!). Bajo por Broadway y, bien por el reciente percance, bien porque a estas horas de la madrugada hace bastante fresquito, el cuerpo me pide entrar en algún sitio a tomar algo que me tonifique. Me cuesta trabajo encontrar algún sitio abierto, pero al final me decido a entrar en un Jazz-club llamado Antonino´s. Jazz clásico, ambiente cargado, poca iluminación. El barman y los cuatro tipos que tiene como clientela se me quedan mirando como a un bicho raro cuando entro y digo gud nait con alegría y despreocupación. Pido güisqui con coca cola. Mientras el camarero hace su trabajo, distraídamente, saludo con la mirada y una educada sonrisa a dos que están apoyados en la barra. No deben entender mi natural cortesía, porque uno de ellos se me acerca y me empieza a decir en tono que roza el grito y con un tufo a bourbon que tira de espaldas que si le tomado por un sucio bujarrón y que si lo que quiero es romper culitos, lo que voy a conseguir aquí es que me rompan la cara. El caso es que mientras me lo dice, lo único que se me ocurre para tranquilizarle es ponerle la mano en el hombro. Como la mano que utilizo es la que me dislocó el chino de Times Square, el dolor hace que en vez de en el hombro, la mano se pose en el cuello provocando una situación un tanto confusa. Ahí es cuando la cosa se complica. El del olor a bourbon, me agarra por la pechera y a empujones me saca del Jazz-club por la puerta de atrás que da a un callejón maloliente. Junto a su compañero, me tiran al suelo y al grito de sonofbich me trabajan los riñones, estomago e intestinos a base de patadas. Es justo después de una patada en la cara cuando vuelvo a perder la presencia de ánimo y me vuelvo a privar.

Son las 8:00 am cuando despierto en el callejón. La consecución de palizas de toda índole, empiezan a hacer que me cueste trabajo ponerme en orden de marcha. Me registro. No me falta nada, afortunadamente, esta gente lo único que quería era machacarme las costillas, no mi dinero. Sin embargo, estoy empezando a tener dificultades para andar, respirar e incluso tragar, porque me temo que alguno de los últimos golpes recibidos fue a parar a la traquea y quedó maltrecha. Decido ir a descansar un poco al hotel. Aunque a poco de emprender el camino cambio de opinión. Paso por debajo de un imponente conjunto de rascacielos. No he visto nada igual. Un amable indigente me indica que las azoteas son visitables. No lo dudo, me pongo tan contento, que en agradecimiento le suelto al jomles cincuenta pavos. Cuando me doy cuenta y le quiero explicar que ha sido una equivocación, que sólo quería darle 5 y que me devuelva los US $ el tío está a cuatro manzanas. Da lo mismo, los rascacielos se pueden visitar, ¡que afortunado soy! Entro al hall del que tengo más cerca y compro un ticket para la azotea. Mientras aguardo junto a media docena de turistas que esperan lo mismo que yo, me entretengo comprando una cámara desechable en una tienda de tabacos que hay en el mismo hall del edificio. Se abre la puerta corredera de un ascensor y el ascensorista nos indica que entremos. ¡Dios cómo sube! En el trayecto y debido a la aceleración ascendente, me da la impresión que mis vísceras se vuelven a recolocar después de los golpes recibidos. Al cabo de un par de minutos las puertas se abren. El espectáculo es inenarrable. Estoy en el punto más alto de la ciudad. El día se ha despejado y las vistas son magnificas. Estoy completamente emocionado. Se me olvida mi despido, mi divorcio, los acontecimientos de la aduana, el robo con paliza en el trayecto desde el aeropuerto, el colocón con el rastafari, el atropello de Times Square, los golpes en el callejón del Jazz-club… Este momento compensa todo ¡Soy el hombre más afortunado del mundo! Me doy cuenta que debo inmortalizar el momento. Le tiendo la cámara desechable a una señorita que está a mi lado y le ruego que me haga una foto con Nueva York a mis espaldas. Es guapa, quizás luego la invite a un café. Me pongo cerca de la barandilla. La señorita me dice que no me mueva y que sonría. ¡Soy el hombre más afortunado del mundo! Sonrío. “Click”

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