Sirdania. Autor: Subdi

Sirdania, esa palabra enigmática que encierra un viaje de mochila a la espalda, una escapada a una ciudad y dos países, unos lugares otoñales de color ocre y verde apagado, una visión de columnas arruinadas evocando un pasado esplendoroso, un pasado que también ha tumbado al propio viaje, con lo que ahora toca recordar.

¿En qué momento el recuerdo ya no es exacto, se transforma en algo parecido a lo que una vez fue realidad, aniquila ciertas partes de lo sucedido y magnifica otras realzando el ego? Esa es la verdad, algo incierto, y eso es lo que trataré de narrar en un relato que se mueve por lugares demasiado emborronados a lo largo de la historia.

Recuerdo el anochecer y el amanecer en Palmira, un castillo vertical y vertiginoso, un restaurante con mucho perejil, un hamam maltratado, un tren nocturno de literas antiguas, a un chaval que nos lleva a una terraza en obras con el sol ocultándose tras feos edificios, unas rocas derretidas en Petra, unos peces y corales coloreados.

Y también recuerdo un mar salado donde es imposible ahogarse y una casa damasquina transfor- mada en restaurante donde comimos el primer día y cenamos la última noche.

Un día apacible enmarcaba las últimas horas en Roma, al comienzo del periplo. Recuerdo que tomamos el afamado café de Sant Eustachio, y con el regusto aún en el paladar ya estábamos encima de un traqueteo hacia el aeropuerto, y no mucho tiempo después un avión despegaba en los últimos estertores del día rumbo a oriente.

Recuerdo un autobús deteriorado moviéndose por una carretera alargada donde jóvenes mozos desaliñados dispensaban una atención de libre albedrío. La luz cegadora del desierto quedaba al margen por la desfachatez de pesadas cortinas de color oscuro, y un duermevela se apoderaba de mí a pesar de la resistencia, produciendo ráfagas de visión en mis ojos (una casucha aposentada en mitad de la nada, un movimiento brusco en el asiento delantero, unos dromedarios ramoneando valientes retamas).

Llegamos ya a un pueblo desparramado y rechoncho, cálido, con un calor de siesta de verano. Allí una furgoneta abollada nos lleva a un hotel con ínfulas beduinas. Hay una comida al aire libre. Y sí, después Palmira, de un rubio casi albino.

Sin embargo las columnas se van tornando de un color nublado que anuncia lluvia, y ya no es el desierto ni es Palmira, es un lugar abandonado y es Apamea. El imperio romano petrificado y olvidado. Los “cardos” prolongándose desganados sin conducir ya a ningún sitio, solo a un final bruscamente interrumpido por arena y maleza, un trocito de antigüedad sin pasar por ninguna máquina orweliana.

Palmea es la palabra inexistente que uniría las dos ciudades cuando Roma extendió aquí sus tentáculos de piedra. Ahora es por brea y grava por donde circula un autobús destartalado con sillas de plástico blanco en el pasillo, donde posaderas de gente lugareña se acomodan mientras unas mujeres hablan alto, como si estuvieran enfadadas con el conductor y el hombre que le acompaña.

Todo en el vehículo parece estar a punto de desprenderse, el remate sintoniza con un país árabe, donde se respira cierto ambiente de dejadez, de que Alá proveerá. Las ruedas siguen dando vueltas a 1550 revoluciones, quizás a 2000, son tantas las revueltas aquí sucedidas. Toda la carretera de grava y brea se rodea de arena desteñida, muy clara. Periódicamente, en lo alto, se asoman, mirándonos por encima del hombro, carteles de color verde que evocan antigüedad esplendorosa y violencia, indicando Damasco o Irak. La música muy floja, apenas perceptible, casi como un crujido más del dichoso autobús. Y de pronto llegamos al centro de Siria, a una ciudad de norias que se quejan chirriando como un burro de carga rebuznando. Son pesadas, resistentes como dromedarios, tercas como mulas, resignadas como ovejas, sumergiéndose en un agua pestilente y pútrida. Sí, el mítico río Orontes convertido en cloaca fecal, triste época ésta donde todo se acaba ensuciando y contaminando.

Y paseamos por escuetas calles estrechas y subimos a la ciudadela, donde en viernes la localidad se apretuja en su circunferencia, vivaqueando en familia numerosa mientras observa la ciudad allá abajo, una ciudad aplastada que te implora con anáforas desgarradas que no olvides su pasado, ni los pasados de otras ciudades devastadas en tiempos recientes. Cae el sol anaranjado tras el abigarramiento de edificios, diciéndonos adiós a la sordina, limpiando la ciudad de polvo, o mejor dicho, haciendo que ese polvo no se vea, que desaparezca hasta el día siguiente, como los sucesos de 1982 en este lugar, que han generado un odio cobijado en un callejón oscuro que aflorará algún día y moldeará la historia.

Las familias numerosas nos observan, somos parte de la atracción y distracción en un día festivo. Los niños nos miran estirando el cuello, con los ojos bien abiertos, sin pestañear. Quieren hacerse fotos con nosotros, nos avasallan para que así sea. Y al extender su manto enlutado la noche, el vocerío se apaga y bajamos lentamente por un camino ya marcado de este túmulo de civilizaciones superpuestas, con tranquilidad, sin prisas, respirando el frescor de un fin de día que nos unió de una manera simbólica con Palmira y Apamea, es decir, con Palmea.

Un taxi parte a las puertas de un museo lleno de mosaicos arrancados torpemente de las ciudades bizantinas a las que ahora nos dirigimos. Penetra en un mercado que se arrebuja a ambos lados de la calle, donde la gente se roza y habla en jerga, compra el sustento diario y devuelve unas monedas y billetes que a veces escasean. Aquí el hambre no se adivina, pero huele a pobreza sostenida. Es el mercado de Ma’arat an-Nu’aman, ciudad donde, entre la realidad y la leyenda, los cruzados acribillaron a la población musulmana que aquí vivía.

Y una carretera serpentea por tierra pedregosa salpicada de nimias aldeas donde pollos famélicos corretean alocadamente, para luego pararse, escarbar y picotear instintivamente, aunque no saquen nada. Más lejos niños despeluzados y sucios juegan entre un desorden de aperos de labranza y cajas polvorientas. Miran detenidos unos segundos pasar el coche, unos segundos en los que nuestras miradas se cruzan, luego se separan, yo me voy, ellos se quedan, sus pies se clavan en los terrones para seguir formando parte de un lugar inhóspito y olvidado, aunque ellos aún no lo sepan.

Quizás les espera lo mismo que a estas “ciudades muertas”donde, al saltar la tapia de piedras sueltas, nos encontramos ahora.

El taxi se ha ido, no hay nadie aún, salvo nosotros. El abandono sobrecoge, sólo enormes lagartos deslizándose entre la hierba reseca nos hacen compañía, o más bien nos observan desconfiadamente con la lengua fuera. Una pared inclinada hacia la izquierda, cuyos últimos bloques yacen esparcidos por la maleza, me hace pensar en el paso del tiempo, en lo que fue motivo de ilusión, también de tristeza, se convierte en algo afásico y apagado, casi siniestro, testigo de que aquí sucedieron acontecimientos cotidianos, pero se niega a hablar como un tipo duro de la delincuencia, donde tan mal visto está la delación, con lo que sólo queda imaginar y descifrar. La muerte se encontró con nosotros al final en forma de tumba con techumbre piramidal. Es una tumba solitaria con cinco sarcófagos haciéndose compañía en su estómago, donde la carne quedó digerida por el tiempo, un tiempo inmemorial transformado ahora en piedra labrada. El taxi anexiona los lugares y, tras un castillo en ruinas llamado Saladino, al llegar el crepúsculo nos deposita suavemente en la avenida 14 Ramadan de Latakia, junto a la enorme estatua de Hafez al-Assad, el padre del actual presidente. Cae la noche por fin, la humedad es palpable, el cuerpo está pegajoso, el cansancio se acumula, la cabeza asimila lo observado, el aire contaminado está estático, apenas es perceptible. La noche es negra, las luces de las farolas son mortecinas, ictéricas como la hepatitis. Las avenidas discurren caóticas con automóviles y gente en tono elevado, de los locales salen comentarios de fútbol y música rai envueltos en el humo de los narguiles. El sueño nos dice que hay un hotel, que hay unas horas hasta el día siguiente, hasta la salida de un tren que nos llevará a trompicones por paisajes abruptos y glaucos a Alepo.

Y de esta ciudad recuerdo la llegada y la salida, siempre con la estación de trenes como símbolo del alfa y omega. Nos despedimos de un sudafricano, que conocimos en el hamam del gran zoco, cuando nos encaminábamos por Bab al-Faraj, junto a la Torre del Reloj, hacia la estación, ya en la hora omega. La noche cálida y melancólica cubría las rectas avenidas, y tras un giro y medio pasamos por una vetusta tienda apretujada en cuyo interior una anciana con ropaje negro y arrugas profundas en su rostro de pobreza ingenua, bajo una luz desanimada, nos vendió algo de comer mientras descubríamos que era analfabeta, y la ternura se adueñó de mí.

La gente se iba acumulando en el exterior de la estación, sentada en los marcos de piedra que rodean los árboles. Un chico de unos veinte años se volvió sonriente y nos habló de repente, de una manera locuaz y solvente. Pronunciaba casi en un susurro y muy lineal. Otra vez la ingenuidad y la ilusión casi infantil plasmadas en unas calificaciones universitarias que nos mostró como un tesoro. Luego la marabunta casi irracional desbarató la magia al entrar en los andenes para agarrar el último tren del día con destino a Damasco.

Y cambiando la noche por el día, por un día despejado y ardiente, se hace presente el alfa a la vez que caminamos y nos despistamos hacia el centro de Alepo, buscando un hotel que no aparece, que al final es otro llamado Al-Basha, cuya entrada tiene al fondo un mostrador y tras él un joven recepcionista nos aloja en voz baja y amablemente, aunque pudiera ser al revés, de manera amable y sin alzar la voz, ya no recuerdo.

Mi mente sigue su curso zigzagueante mientras sortea los quehaceres diarios e ideas peregrinas y, simultáneamente, permanece enclaustrada en un esplendoroso teatro romano con corteza árabe, el cual se calienta al sol del mediodía, luego avanza y se instala ya en Jordania, donde un chaval llamado Ibrahim, que conocimos en el autobús que te aleja de la frontera siria de Ramtha y te lleva a la ciudad universitaria de Irbid, fue amable. Recuerdo de él su cara atezada con manchas, su cortesía al llevarnos a su casa, mejor dicho, a la de su hermano, a tomar café, donde las mujeres jamás se manifestaron en cuerpo, pero sí en alma (seguramente fueron ellas las que nos lo prepararon), y al final, recuerdo una despedida informal a las puertas del hotel. Ya con J a solas, me relajé y me alegré al comprobar cómo merecen la pena los viajes, lo que te muestran y te enseñan. La habitación era acogedora y merecida tras un día largo donde cruzamos a otro país y a otra realidad no muy lejana. Tras una ducha rápida nos tumbamos en la cama y nos apagamos sincronizados con la luz.

La luz se enciende cegadora y nos muestra Jerash, un lugar polvoriento que rodea unas alargadas ruinas romanas. Estamos bajando por la carretera que las flanquea, aunque torcemos a la izquierda y entramos en el hotel Hadrian a tomar un ansiado café. El calor proclama su victoria desde el exterior, sabedor de que pronto acudiremos a él. Y así ha sido, pienso mientras me dirijo al centro de la plaza oval, que a su vez es el centro de esta ciudad romana degollada por el tiempo, siempre el tiempo, que sigue transcurriendo impertérrito a pesar de los exhortos. La plaza está acorralada por un ejército de firmes columnas, que una a una se alinean esperando una señal que ya solo puede ser de rendición, que por fin descansen del gentío que día a día se entremezcla con ellas.

Y a continuación Ammán, antiestética y descomunal, ruidosa y sinuosa. Y posteriormente Petra, la mítica ciudad nabatea convertida en una ajada prostituta de lujo violada miserablemente, con miles de espermatozoides penetrando por la vagina, llamada siq, en su matriz. El gobierno jordano, ni que decir tiene, ejerce aquí del peor de los proxenetas. Las paredes rosáceas del útero se derriten como si lloraran, impotentes ante todos los que las ven, resignadas a ser toqueteadas por multitud de manos insaciables.

Por la mañana temprano despertamos con un frío de alba en una tienda beduina instalada en un desierto rojo, el fílmico Wadi Rum.

Recuerdo de allí unas ruedas levantando polvo de arena rojiza y unas rocas deformes y horadadas que salpicaban de pardo el paisaje. Recuerdo una guía multilingüe eslovaca, alegre y seria, agradable y resuelta, profesional y cercana, muy plantada en su papel. También recuerdo, acaso, un ocaso cobrizo y perezoso, lento, bebiendo té rudimentario preparado por una abnegada germana. El sol era un gran círculo naranja que nos dijo hasta mañana mientras por oriente salía con desparpajo una luna llena brillante, proyectando una luz casi mágica donde el desierto parecía un planeta lejano inhabitado, en el cual los primeros colonos se iban asentando tras una gran desgracia en el astro de procedencia.

Las rocas aparentaban tener pesadillas, se retorcían en un escorzo imposible. La noche en calma cubría el calor diurno momentáneamente, hasta que el sol, hastiado de su monotonía, anuló la nutación al volver a asomar por detrás, trayendo consigo el ardor del sur y sorprendiéndonos aún tumbados en las colchonetas de un color ya indeterminado.

Otra vez las ruedas girando y despeinando la arena pelirroja, otra vez los beduinos con sus blancas chilabas al volante, otra vez un mísero pueblo sin asfaltar donde atracaban y repostaban la gente del desierto, donde la carretera terminaba de una manera agónica disminuyendo su firme hasta acabar en un raquítico reguero salpicado de grava dispersa.

Solo nos queda que un grupo de checos nos lleve a Aqaba, a que un Mar Rojo nos engulla y nos enseñe su mejor y peor cara, unos corales donde merodean peces llamativos amenazados por medusas de plástico que flotan boca abajo bien abiertas, dispuestas a cargar con esta belleza irisada y llevársela para siempre.

Salimos a la superficie y caminamos por la playa deprisa, decididos a dejar el lugar e ir cerrando la cremallera de Jordania subiendo de sur a norte.

En Aqaba, sí, se acabó el sur con una despedida parca, prácticamente cumpliendo con las formalidades. Llegamos de noche al lugar donde este país se hundía en un mar pequeño y denso reposando en un agujero, que esperaba como una olla recién puesta al fuego los condimentos para la cocción.

Un secador de pelo zumbando mientras expulsaba un aire canicular que quitaba la humedad a las prendas lavadas y aún no secas. La escena tenía lugar en un hotel de Madaba, en los últimos días del viaje. Era de noche, una noche melancólica, como son todas las noches al final de algo, entrañable, triste. El aire del secador conseguía su función, secar la ropa lavada, y mientras tanto, golpeaba con docilidad mi piel reconfortándome, ayudándome a pensar y a recordar estos días viajeros ya casi caducos. J pululaba por la habitación metiendo de vez en cuando porciones en la mochila hasta hacer un todo. Yo seguía abstraído, pensativo, rememorando los días que fueron transcurriendo uno tras otro, imparables, tenaces, sucesivos, y así como, sin saber muy bien el porqué, a veces nuestra vida es una antinomia que da un giro inesperado que se veía venir, en ese momento, en ese hotel de Madaba, la torsión en el viaje se había producido, pues sabía que pronto aquello terminaría, que sólo quedaría cruzar una frontera y regresar a la inmarcesible Damasco, donde veríamos de nuevo a hombres y mujeres separados, mostrando que los muchos emparejamientos se hicieron mediante el lenocinio, y luego Estambul, y después Roma, desandando lo andado. Unos pasos sucesivos y ordenados al compás de unas horas también sucesivas y ordenadas, que de manera ineluctable lo concluirían todo en una balaustrada con vistas a un mar centelleante, ya acercándonos a casa al unísono para terminar en ella, en unos días habituales que se irían sucediendo unos tras otros hasta desembocar en un nuevo viaje, en una nueva historia confundida entre millones de nuevas historias que ya suenan a viejas.

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Un Comentario

  1. Javier

    Genial, como no podía ser de otra manera. Tu relato ha tenido el poder de transportarme de nuevo a ese maravilloso viaje. Esperemos que Siria pronto vuelva a ser el país apacible que encontramos, solo que más libre.

    J.

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