Léase cómodamente mientras viaja. Autor: Catalina Camargo


…la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba…

Julio Cortázar

Imagínese usted en esa situación. El ajetreo del viaje, a punto de perder el avión, el trámite común de los vuelos, el aeropuerto y el abordaje. En esos casos, la prisa y el temor de perder el avión hacen de usted un manojo de nervios. Un vuelo a nivel nacional no es tan embarazoso como uno fuera del país y con escalas, pero aún así algo dentro de usted se rompe, dispersa sus partes y tira de sus cabellos cuando las esperas y el transcurso de los minutos le hacen acelerar el pulso.

Ahora imagine que usted es él. Sí, justamente ese hombre de terno, corbata y cabello engominado, ese hombre de ojos grises y piel trigueña que con una mueca de soberbia en su rostro grasoso y con algunas arrugas sube a bordo del avión. Ese hombre no es supersticioso, no le teme a las alturas, es muy observador y se cree una importante persona de negocios. Por eso viaja cuando a veces ni es necesario, para demostrarle a todos hasta dónde ha llegado luego de pasarse más de seis años en la universidad.

En los aviones no se permite fumar (lugar público). Pero además del tabaco, su afición se centra casi siempre en los libros. Detesta las películas porque recortan su imaginación, siempre dice. Si usted está en el lugar del sujeto, puede deducir fácilmente lo primero que ha de pedir a la aeromoza cuando el avión haya despegado y esté estable en el aire. Pero una vez dentro, y porque ese hombre posee precisamente un ojo de águila, repara inmediatamente en el libro pequeño que se halla a su izquierda, en el asiento vacío que casi nadie o (para su mala suerte) absolutamente nadie ocupará.

Usted es él y podrá imaginar las ansias que tiene por que despegue el avión y pueda leer ya aquel libro con la tranquilidad de las tres horas de viaje que lo separan de su destino. Por fin, en su interior, los nervios y el tumulto propio del viaje se van calmando. Una vez escuchada la voz de la aeromoza y seguidas las instrucciones debidas, despega el avión y no tarda mucho en superar las nubes. Ese hombre se desabrocha el cinturón apenas oye la instrucción en el altavoz y, con el libro entre sus manos, lee el título antes de hojear el volumen y comenzar con la lectura.

Parecen ser crónicas de viaje, piensa. Lo adecuado para una situación así: hice bien en tomar esta aerolínea. Su atención está completamente centrada en el libro y nadie, en absoluto, puede perturbar ese interés una vez se haya inmiscuido en la historia. Si usted está por completo en el lugar de ese hombre y tiene esa desenfrenada pasión  por los libros, sabe de lo que estoy hablando y sabe también que, desde las primeras líneas, está ya en los interiores de esa historia, como una parte esencial e indisoluble.

El hombre se interesa en la trama con facilidad, por la cercanía con su realidad y la forma como está narrándose. La historia es tan sencilla como la propia vida del sujeto: Un hombre acelera el paso y llega a la terminal aérea con prisa. Hace los trámites necesarios y consigue abordar a última hora el avión que lo llevará a su destino. Una vez adentro encuentra un libro interesante en el asiento de al lado y comienza a leerlo. Mientras se va introduciendo en la historia, como si de un personaje más se tratase, situaciones extrañas se dan a su alrededor. El hombre del asiento de la otra fila extrae una botella y bebe de ella con premura. La aeromoza cabecea un poco en la parte trasera del avión, mientras un niño balbucea algo incomprensible. Los minutos pasan y pasan, circunstancias van y vienen, las tres horas de viaje se acortan más de lo estipulado y eso el hombre no se lo puede explicar. De pronto, el avión se mueve para ambos lados y produce un movimiento bamboleante que todos los tripulantes sienten y observan con preocupación, se escuchan comentarios, voces que perturban en parte al hombre que lee el pequeño libro, un estrépito que se agolpa en su cerebro y lo cerca, hasta que una voz fuerte y unas cuantas sacudidas lo sacan de su concentración: “¡Señor, tiene que abrocharse el cinturón ya!”.

Si usted es ese hombre y comienza a notar que todo lo leído en el libro es realmente lo que está viviendo en la realidad, sería complicado definir con exactitud la sensación que lo embargaría en este instante, qué ideas pasan por su cabeza y la consistencia del sudor frío brotando de sus poros y bajando por su cuerpo. Pero si ese hombre fuera yo, con seguridad estaría paralizado, con los ojos fuera de órbita y una palidez cada vez más cercana a un estado de muerte. Especialmente si leyera lo que él en esos momentos está leyendo luego de percatarse de lo ocurrido a su alrededor: El avión tiene problemas en el descenso y la aeromoza vuelve a su asiento para dar las instrucciones a los pasajeros: mantener la calma, mantener los cinturones abrochados, no levantarse de los asientos mientras el avión planea un aterrizaje forzoso y en el caso de que las máscaras de gas caigan, cogerlas y ponérselas para evitar perder oxígeno. Ese hombre lee esto y se da cuenta que, mientras lo lee, aquello sucede con precisión en su contexto inmediato. Las máscaras de gas caen, al tiempo que el sujeto lee justamente ese episodio en el párrafo del libro. Sin embargo, él no se pondría eso sobre la cara, no quería sedarse y no continuar leyendo lo que parecía ser, a todas luces, su destino. Todo, absolutamente todo, estaba ocurriendo de forma similar al texto, en ese avión; cuanto más avanzaba en su desesperada y nerviosa lectura, más se acercaba a un final que él creía certero e inevitable.

Un final del que no se resignaba a formar parte. Un final escrito que no iba a permitir su intromisión en la realidad.

Usted probablemente haría lo mismo. Se pondría de pie como un loco e iría tambaleándose y golpeando a todo mundo con tal de llegar a los paracaídas, ponerse uno y saltar al vacío, la salvación. Lo haría, si una aeromoza impertinente no se cruzara en su camino y lo detuviera a tiempo, con la ayuda de otros pasajeros todavía en pie o sin el cinturón puesto. Aún con el libro en la mano, usted gritaría por su vida, sabiendo que lo registrado ahí ocurre tal y como está escrito, que todo pasa según lo calculado por alguna fuerza imparable y misteriosa. Que todo es idéntico a sí mismo, aun en la ficción y su aciaga contraparte. Todo en absoluto (el avión, los pasajeros, el aterrizaje, la desesperación, la huida inútil, su batalla por salvarse, el libro volando lejos, su grito grave e infernal dentro del aeroplano: vida absurda), excepto en el final, ese desenlace de la historia que aquel hombre (que, sin lugar a dudas, es usted) nunca podrá leer.

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